SIETE
luca
Está tumbada debajo de mí como un puto sueño, con las piernas bien abiertas, el coño empapado y las tetas al aire.
Nate está suspendido justo encima de ella, todavía ofreciéndole esa última oportunidad de elegir, esa única salida. Como si fuera a aceptarla. Como si no nos perteneciera ya.
Me arrodillo entre sus muslos, recorriéndola con la mirada. No puedo dejar de mirarla.
Su coño me espera. Sus tetas están enrojecidas, suaves y perfectas.
Mi polla palpita por la presión de todo esto. La espera, el deseo, los años sin tocar lo que deberíamos haber tomado hace mucho.
Entonces lo dice de nuevo. Más fuerte esta vez. —No pares.
La agarro de las caderas y tiro de ella hacia mí, la arrastro hasta que su coño queda justo donde lo quiero. Agarro mi polla, la alineo hasta que su húmedo coño queda pegado a la punta, y presiono la cabeza contra su empapada entrada.
Sin juegos previos. Solo ese primer empuje perfecto.
Me hundo despacio, saboreando cada segundo de tenerla por fin.
Sus paredes se estiran a mi alrededor, apretándome fuerte, succionándome como si hubiera sido hecha para esto. Hecha para mí.
Su espalda se arquea y su boca se abre, y de ella brota un gemido que me empuja directo al borde de la cordura.
Tan apretada. Tan jodidamente caliente. Tan malditamente perfecta.
Nate está junto a su cabeza, apartándole el pelo de la cara como si no le estuvieran partiendo a su hermana en dos en el otro extremo. Le murmura elogios sucios en voz baja que ni siquiera necesita. —Fuiste hecha para esto. Hecha para nuestra corrida.
Su coño se contrae con las palabras de Nate, y gimo. —Joder.
Ella pulsa a mi alrededor. Empujo más profundo, me entierro hasta los huevos y me detengo. Solo un segundo. Solo para sentir cómo me aprieta su cuerpo. La abrumadora y retorcida sensación de que esto está bien, de estar dentro de la hermanastra de mi mejor amigo.
Todavía no se da cuenta de que ahora nos pertenece. Voy a demostrárselo.
Empiezo a moverme con embestidas largas y profundas. La follo en serio, como si esto llevara años gestándose.
Cada embestida hace que sus tetas reboten y le arranca nuevos sonidos. Jadeos, gemidos y grititos indefensos que encienden algo primitivo en mi pecho.
—Esto es lo que necesitas. Así es como siempre debió ser, joder.
La follo más fuerte, obligándola a tomarlo todo. Se estira a ciegas, agarrando el brazo de Nate como si necesitara algo a lo que aferrarse solo para aguantarme. Como si se estuviera deshaciendo.
Mis embestidas se vuelven frenéticas. Me he contenido durante años. Me he mordido la lengua. He fingido que no la deseaba así. Pero ahora, ahora con ella abierta debajo de mí, aferrándose a nosotros, recibiéndome tan jodidamente bien, no me guardo nada.
—Debería haber hecho esto en cuanto cumpliste dieciocho. Debería haberte inclinado sobre la mesa de la cocina y follado hasta hacerte gritar, todo mientras tu hermano miraba.
Nate se ríe. —Me habría unido. Nos habría tomado a los dos también entonces. —Le besa los labios, un beso rápido y suave antes de apartarse—. ¿Te habría gustado? ¿Que nos turnáramos para follarte?
Eso le llega. Todo su cuerpo se tensa.
Tensa alrededor de mi polla, tensa en mis manos. Tensa por la fuerza de otro orgasmo que la desgarra. Grita, fuerte y sin aliento, con el coño apretándose alrededor de mi polla.
No me detengo ni aminoro. Sigo embistiéndola durante su orgasmo, haciendo rechinar los muelles de la cama.
Su coño me ordeña, contrayéndose alrededor de mi polla, empapándome los huevos, y sigo follándola.
—Querías esto. Te metiste mi polla en la boca y te corriste en la mano de tu hermano como nuestra putita antes siquiera de que te folláramos.
La embisto más rápido ahora, con las caderas golpeando contra sus muslos.
Cada centímetro es fricción pura, y cada embestida me acerca más al límite.
Ya está hecha un desastre, pero sigue aguantando, joder.
Mis huevos se tensan, con la polla palpitando. —Voy a llenarte, voy a inundarte el coño con mi corrida.
La embisto una última vez, con la polla enterrada hasta los huevos mientras exploto dentro de ella.
Chorros calientes de semen le inundan el coño, espesos e interminables, escurriéndose alrededor de mi polla mientras sigo dentro de ella, embistiendo a través de las réplicas del orgasmo.
No me retiro enseguida. No quiero. Ella está temblando, gimiendo, con los ojos en blanco.
Pero no hay descanso para ella. Todavía no.
Nate ya se está bajando la cremallera.
Bajo la mirada hacia donde mi polla sigue enterrada dentro de ella y observo cómo me retiro lentamente.
Su coño queda entreabierto, rosado e hinchado, con un hilo de mi semen escurriéndose. La imagen es jodidamente obscena. Hermosa y perfecta.
—Joder. —Paso un dedo por el desastre y se lo acerco a los labios—. Pruébanos.
Abre la boca y me chupa el dedo hasta dejarlo limpio.
Nate se mueve. —Mi turno.