CUATRO
luca
—Ponte de rodillas —digo.
No se mueve de inmediato. La vacilación es intensa y dulce.
Entonces me mira —realmente me mira— y algo en esa mirada se quiebra por completo. Se deja caer, lenta y deliberada, arrodillándose como si lo hubiera hecho antes y esto fuera un maldito ritual.
Detrás de ella, Nate exhala, con las manos firmes sobre sus hombros mientras ella se hunde entre nosotros.
Presiono el pulgar contra su labio inferior. Lo arrastro, húmedo y rosado.
—Sabes cómo funciona esto —digo—. Abre.
Lo hace. Así sin más. Boca abierta, sin preguntas, sin resistencia.
Joder.
No pierdo tiempo. Me desabrocho, saco la polla y se la meto directamente en la boca.
Sus labios se cierran a mi alrededor como si hubiera nacido para esto.
Gruño, ronco y grave.
—Buena chica.
Gime con mi polla en la boca, y la vibración me llega directamente a los huevos.
Enredo los dedos en su pelo rubio.
Nate se mueve detrás de ella, agachándose. Sus manos se deslizan por su espalda, posesivas y hambrientas. Le sube la falda y le arranca las bragas de encaje negro.
Nate gruñe cuando sus dedos se deslizan entre sus muslos.
—Está empapada para nosotros.
Ella gime pero sigue chupándome la polla, con los labios estirados y la garganta en acción.
La veo atragantarse un poco y mi polla se contrae. La saliva le resbala por la barbilla. Se le llenan los ojos de lágrimas, pero los mantiene bien abiertos, obediente.
Me la saco lo justo para dejarla respirar, pero no por mucho.
Saca la lengua y se relame.
Le guío la cabeza hacia atrás y le vuelvo a meter la polla.
—Eso es —murmuro mientras la veo tragármela—. Qué buena puta para nosotros.
Nate la trabaja por detrás, con las manos ásperas y posesivas. Oigo el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de su coño.
Nate gruñe.
—Qué bien me va a sentar este coño con mi polla dentro.
Su cuerpo se sacude hacia delante por lo que sea que él le haga, y mi polla se le clava más hondo en la garganta. Se atraganta, con los ojos llorosos, pero no se aparta. Me agarra los muslos con las manos, me clava las uñas, se aferra a mí como si necesitara un ancla.
Mantengo una mano en su pelo, la otra en su mandíbula, y observo cómo mi polla entra y sale.
La imagen de sus labios estirados alrededor de mí, los sonidos húmedos de su boca, cómo se le ponen los ojos en blanco cuando Nate le da justo donde tiene que darle… es casi demasiado.
—Mírame —ordeno. Sus ojos se clavan en los míos, llenos de lágrimas y desesperación. Jodidamente preciosa—. Eso es. Enséñame cuánto lo deseas.
Gime con la boca llena, y la vibración me recorre la polla. Su lengua serpentea por debajo, encuentra ese punto sensible justo bajo el glande, y aprieto el puño en su pelo.
Siseo.
—Joder. ¿Dónde coño has aprendido a chupar pollas así?
Hunde las mejillas, chupa más fuerte, mueve la cabeza más rápido. Se me tensan los huevos, ya estoy demasiado cerca.
Detrás de ella, Nate la trabaja a fondo. Lo noto por cómo se le sacude el cuerpo hacia delante, por los gemidos ahogados que se le escapan con mi polla en la boca, por cómo se le va la mirada.
—Está chorreando en mis dedos —dice Nate—. Empapada.
Su mano abandona mi muslo y busca a Nate a ciegas, hacia atrás. Él se la coge y se la inmoviliza en la parte baja de la espalda.
Veo cómo un escalofrío le recorre el cuerpo, veo cuánto le gusta que la controlen.
Sujetada. Poseída.
—¿Te gusta? —pregunto, sacándome lo justo para dejarla responder—. ¿Estar atrapada entre nosotros?
—Sí —jadea, con la voz rota—. Dios, sí.
Le guío la boca de vuelta a mi polla, despacio, dejándola recuperar el aliento.
Me mira a través de las pestañas húmedas, con la boca abierta, esperando.
Obediente.
El orgullo y la lujuria me invaden a partes iguales.
Se la traga sin resistencia, con la garganta relajada. Joder. Nuestra chica ha nacido para esto.