DOS
nate
Lo veo antes de que el coche pare y el motor se apague.
Ese destello en sus ojos. Cómo su mano cae del pomo como si quemara.
Se le encogen los hombros y su mirada huye hacia la ventana. No es curiosidad ni esperanza. Solo miedo.
Lo noto.
Luca también.
Se coloca a mi lado, lento y silencioso. Luca es el tío más relajado que conozco. Hasta que deja de serlo. Ahora mismo tiene esa quietud tensa que solo muestra cuando la mierda está a punto de estallar.
Doy un paso adelante justo cuando la puerta se abre de golpe.
Jared no llama. Irrumpe como si fuera el dueño del lugar, borracho y chulesco, con la voz en alto.
—Llevas horas ignorándome, Em. ¿Qué coño te pasa?
Levanta la mano, apenas, pero es suficiente. Emma se encoge.
No es un sobresalto. No, es un reflejo. Entrenado. Como si supiera lo que viene, como si estuviera acostumbrada y ya se preparara para el golpe.
La rabia me explota en el pecho, pero Luca se mueve primero. Porque claro que lo hace.
Su puño se estrella contra la mandíbula de Jared en un arco limpio y brutal. El hueso cruje y la sangre vuela. Sé por experiencia que ese gancho de derecha es una putada.
Jared se tambalea pero recupera el equilibrio. Apenas. Lanza un puñetazo y falla. Yo no.
Agarro a Jared por la pechera y tiro de él hacia mí, luego le clavo el puño en el estómago.
Se dobla con un ruido gutural mientras le meto la rodilla en el mismo sitio y le remato con un codazo en la sien que lo hace tambalearse.
Jared jadea e intenta hablar. Oigo un nombre. El de Emma.
Puto error.
—No volverás a tocarla en tu puta vida.
Agarro al gilipollas por el pelo y le estampo la cara contra la pared. El primer golpe abolla el pladur. El segundo deja sangre. Al tercero, las piernas de Jared empiezan a ceder.
Luca arrastra a Jared por el cuello y tira de él hacia atrás, estampándole la espalda contra el borde de la encimera. Mis puños ya se están moviendo de nuevo.
Un puñetazo en las costillas, otro en el riñón, luego más abajo. No registro el entumecimiento hasta que se me parten los nudillos.
—Si vuelves a tocarla, si siquiera pronuncias su nombre o la miras, te rompo todos los putos huesos del cuerpo.
Esta vez es Luca quien le clava el codo en la cara al capullo, y Jared se desploma.
—Levántate —ordeno. No se mueve lo bastante rápido—. ¡Arriba!
Luca agarra a Jared del pelo y le echa la cabeza hacia atrás.
—¿Qué pasa? ¿Te cuesta mantenerte en pie?
Jared escupe. Falla.
Le parto la boca de un puñetazo.
—Lárgate de aquí.
Jared se arrastra hasta la puerta, todavía jadeando, temblándole todo el cuerpo, dejando un rastro de sangre en el suelo.
Le meto una patada en las costillas, fuerte, y grita. Gime como una nenaza.
Luca sonríe, abre la puerta principal y la sostiene abierta como si fuera un caballero en una cena de gala.
—Usted primero.
Jared cruza tambaleándose, murmurando maldiciones, todavía sangrando mientras baja a trompicones los escalones del porche.
—Estáis jodidos los dos. Esto no ha terminado...
No lo pienso y le meto una patada que lo tira escaleras abajo. Me pongo a horcajadas sobre su pecho y vuelvo a golpear. El crujido del cartílago es nítido cuando la nariz de Jared revienta bajo mi puño.
Luca se ríe.
—¿Algo más que quieras decir?
Vuelvo a entrar en la casa.
Emma sigue paralizada, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho y los hombros encogidos. Tiene los ojos clavados en la puerta, como si esperara que ese gilipollas vuelva a entrar en cualquier momento.
Gracias a Dios no es de esas que gritan como locas por una pelea a puñetazos, pero esa mirada asustada me retuerce algo por dentro.
Todavía tengo los puños cerrados, los nudillos sangrando y la respiración agitada.
Doy un paso y me detengo. Quiero consolarla, pero estoy demasiado cabreado y me da miedo asustarla más.
Cada músculo de mi cuerpo me pide más violencia, pero no contra ella.
Nunca contra ella.
Quiero abrazarla y decirle que está a salvo. Pero no me fío de poder moverme con la suficiente suavidad. Todavía no.
—¿Estás bien?
Asiente. Demasiado rápido. Demasiado automático. No me lo creo.
Miro a Luca, que sigue en la puerta abierta, y niega con la cabeza. Él tampoco se lo cree.
Me duelen las manos y tengo la garganta demasiado tensa. La rabia no se ha enfriado. Solo se ha transformado en algo más oscuro y peligroso.
Ese cabrón le puso las manos encima antes. Lo sé. Lo veo en cómo se mantiene de pie. En cómo sus ojos huyen hacia la puerta cada dos por tres y en el temblor que le recorre el cuerpo.
Quiero ir tras él. Terminar lo que empezamos y asegurarme de que no vuelva a caminar bien en su vida, si es que vuelve a hacerlo.
Pero no puedo dejarla así. No mientras tiembla como una hoja, intentando con todas sus fuerzas mantenerse entera.
La sangre me cubre los nudillos, caliente y pegajosa. Flexiono los dedos y los veo abrirse y cerrarse.
El dolor es distante, enterrado bajo todo lo demás. Bajo la náusea de saber lo que ese gilipollas le hizo. Bajo la feroz e implacable necesidad de mantenerla a salvo.
Los ojos de Emma siguen el movimiento de mis manos, que todavía se flexionan, mientras oigo la camioneta de Jared alejarse. Traga saliva y se abraza a sí misma con más fuerza.
Luca habla desde la entrada.
—No volverá.
Suena seguro, pero yo no lo tengo tan claro. Los hombres como Jared no aprenden. No con una sola paliza. Pero asiento de todos modos, intentando parecer más tranquilo de lo que estoy.
Emma habla por fin, aunque apenas en un susurro. —Debería ir a casa de Leah.
Su voz es débil, tirante por lo que sea que intenta ocultar. ¿Miedo? ¿Vergüenza?
—Te quedas aquí —digo, más brusco de lo que pretendía. Se estremece de nuevo. Mierda. Suavizo el tono—. Solo por esta noche. Donde podamos tenerte vigilada.
Duda, con la mirada saltando entre nosotros, hacia la puerta y otra vez hacia nosotros, hasta que por fin asiente.
El alivio me inunda. No me había dado cuenta de lo mucho que me había estado preparando para una discusión. Para que insistiera en marcharse y volver a ponerse en peligro.
Luca dice: —Ponte hielo en esas manos. O al menos lávatelas en lugar de seguir pareciendo un neandertal.
Me miro los nudillos más de cerca. La piel está partida en tres sitios y la sangre ya se ha secado en los pliegues de los dedos.
No lo sentí. Todavía no lo siento. No del todo. La adrenalina me corre con demasiada fuerza por las venas, y todo se vuelve lejano excepto ella.
Emma.
Quiero tocarla. Estrecharla contra mí y prometerle que nada volverá a hacerle daño. Pero tengo las manos cubiertas de sangre y no sé si tocarla haría las cosas mejor o peor.
A pesar de todo, el corazón me late con fuerza cuando la miro. El crop top que se le ciñe a las curvas, la falda que deja ver unas piernas interminables. El brillo en los labios. Todo se me ha grabado a fuego en el cerebro.
Me doy la vuelta y voy hacia el baño para quitarme la sangre y quizá recuperar algo de cordura. Es mi hermanastra. Debería ser su protector, no estar imaginándome cómo la inclino sobre algo y me la follo hasta que olvide cómo se llama ese imbécil.
Pero ya he pensado en ella así. Muchas veces.
Su imagen no me abandona, y el sonido de su voz de hace un momento —suave y asustada— me retuerce algo en lo más profundo, algo que no tiene nada que ver con preocupación de hermano.
TRES
luca
Las luces traseras de Jared desaparecen calle abajo. Cierro la puerta, echo el cerrojo y me vuelvo hacia la sala de estar.
Emma no se ha movido ni un centímetro. Mantiene la mirada baja y su cuerpo sigue tenso, como si la sombra de Jared pudiera atravesar las paredes y atraparla.
Me acerco despacio hasta donde está. Mantengo las manos abiertas y visibles, e intento no agobiarla.
—¿Te ha pegado?
Sus ojos se alzan hacia mi rostro y bajan igual de rápido. No habla, pero no hace falta. Su silencio es suficiente.
—No volverá a tocarte. Te lo prometo.
Doy un paso hacia ella y extiendo la mano despacio hacia sus muñecas.
No se estremece ni se aparta. Me deja guiarle los brazos hacia abajo y aliviarle parte de la tensión de la espalda.
Sus manos caen a los costados, pero no la suelto. Sigo sosteniéndola. La anclo en este momento y dejo que mi presencia la envuelva.
Alza la vista, y es como si una maldita cerilla se encendiera en mi pecho. Veo cómo empieza a abrirse una grieta en ella. Algo ardiente, confuso y necesitado que ha estado bullendo bajo el shock y el miedo. A la espera de aire.
Sus labios se entreabren y sus ojos se nublan. El pecho le sube demasiado rápido. No está calmada. No tiene miedo. Está encendida.
Conozco la sensación. Cada pelea me deja duro y listo para correrme, la adrenalina empujándome a buscar el coño o la boca más cercana donde hundirme.
¿Era así como se sentía ella ahora? ¿Se había mojado viéndonos moler a golpes a ese cabrón?
Me inclino hacia ella. —Deja que cuidemos de ti esta noche.
Necesito que entienda exactamente lo que le estoy diciendo. Cuando acabemos con ella, Jared será un recuerdo lejano.
No dice que sí. Pero tampoco dice que no. Su cuerpo se inclina hacia el mío y la esperanza cobra vida dentro de mí.
Nate vuelve a entrar en la habitación secándose las manos con una toalla antes de tirarla al suelo. Su manera de acercarse a ella lo dice todo.
Se coloca justo detrás de Emma, le rodea la cintura con las manos, el pecho pegado a su espalda, y la ancla desde el otro lado. —No vas a ir a casa de Leah.
Ella no discute. Asiente y se recuesta contra él, con una confianza total en nosotros.
Le toco la mandíbula y le guío el rostro de vuelta hacia el mío mientras me preparo para decir lo que llevamos demasiado tiempo pensando.
—Hemos hablado de esto —le digo—. Nate y yo.
Abre mucho los ojos.
Nate lo confirma. —No exactamente así. Pero sí. Hemos hablado. —Inclina el rostro hacia su pelo como si aspirara su aroma—. Me he pajeado pensando en ti.
La observo desmoronarse poco a poco, mientras ese calor y esa atracción superan cualquier vacilación.
—Hablamos de lo que haríamos si alguna vez te tuviéramos entre nosotros —murmuro—. De lo que tomaríamos si nos dejaras.
Cuando habla, apenas es un susurro. —Por favor.
Eso es todo lo que hace falta. Mi boca encuentra la suya en un beso profundo y posesivo. Le rodeo el cuello con una mano, firme pero segura, y la mantengo ahí.
Jadea contra mi boca. Se abre como si también hubiera estado esperando este momento exacto.
Las manos de Nate se meten bajo su camiseta, la suben, encuentran piel desnuda y le abarcan las tetas como si le pertenecieran. Le pasa los pulgares por los pezones hasta que ella se arquea.
Gime —agudo, quebrado, desesperado— y se aprieta con más fuerza contra los dos. Ya no tiene miedo. Está lista.
Y no pienso dejar que esta oportunidad se me escape.
La beso más hondo, mi lengua deslizándose contra la suya. Cada nervio de mi cuerpo se enciende con su sabor. Con la sensación de tenerla así y cómo se derrite entre nosotros como si siempre hubiera sabido que esto pasaría. La polla me presiona dura contra los vaqueros, dolorida por las ganas de estar dentro de ella.
Las manos de Nate siguen bajo su top, subiéndolo hasta que se le arruga bajo los brazos. Rompo el beso justo lo necesario para quitárselo por la cabeza.
Las tetas le quedan libres, perfectas y llenas, los pezones duros y pidiendo atención a gritos. Las manos de Nate vuelven a ellas de inmediato, las abarca y las aprieta, le pellizca los pezones hasta que gime.
Mi mano se desliza hacia su culo y lo agarro con fuerza a través de esa falda fina. La atraigo contra mí para que sienta exactamente lo que me provoca. Sus caderas ruedan hacia delante en busca de fricción.
—Joder —jadeo contra sus labios—. Eres jodidamente preciosa.
La boca de Nate encuentra la curva de su cuello y ella deja caer la cabeza hacia atrás contra su hombro con un gemido que me va directo a la polla.
Mi mano se desliza entre sus muslos, se mete bajo la falda y encuentra su calor húmedo a través de las bragas.
—Ya mojada para nosotros. ¿Quieres esto? ¿Nos quieres a nosotros?
Abre los ojos con un aleteo y me encuentra la mirada, nublada por la necesidad. —Sí.
Esa única palabra me deja sin aire. Mis dedos se deslizan más allá del borde de las bragas y la encuentro caliente y lista. Le rodeo el clítoris mientras observo su rostro, mientras el placer supera al miedo, mientras la necesidad arrasa con la vacilación.
Las manos de Nate abandonan sus pechos y bajan para agarrarle las caderas. —Dinos qué quieres —dice.
Tiembla entre nosotros, atrapada en una tormenta de sensaciones. Los labios se le separan, pero no sale ningún sonido.
Deslizo un dedo dentro de ella y siento cómo se aprieta a mi alrededor mientras la observo luchar por formar palabras.
—Todo —jadea al fin—. Lo quiero todo.
La sangre se me precipita hacia abajo tan rápido que casi pierdo el equilibrio. Miro a Nate por encima del hombro de ella y veo el mismo hambre reflejada en sus ojos.
Hemos hablado de esto. He fantaseado con ello. Me he pajeado pensando en ella abierta entre nosotros, tomándosela de los dos.
Pero nada podría haberme preparado para lo que siento con ella aquí de pie, la piel sonrojada, los ojos vidriosos, suplicándonos.
Retiro el dedo de su interior y me lo llevo a los labios, saboreando su dulzura.
Perfecta. Mía. Nuestra.