Ethan #2
—Buenas noches, señor. ¿Cómo está? ¿Le preparo algo de beber? Tenemos nuestra propia cerveza Presidente, elaborada aquí mismo en la República Dominicana, vino tinto y blanco, o el cóctel especial de la noche, una mamajuana.
—Estoy bien, gracias. ¿Cómo está usted? —pregunto, esperando su respuesta.
Asiente, sin dejar de sonreír. Leo su placa identificativa. Benicio.
Me rasco la barbilla mientras sopeso las opciones.
—Todo tiene una pinta estupenda. ¿Cómo me decido? Me han recomendado el cóctel de la casa. ¿Ha dicho que es mamajuana? ¿Qué lleva?
—Sí, la mamajuana. Es la bebida nacional de la República Dominicana. Lleva ron, vino, especias y amargo. Es la perfección —dice mientras se lleva los dedos a los labios y los besa. Su inglés es muy bueno, con apenas un toque de acento. Resulta muy convincente.
—Bueno, pues no puedo decir que no. —No suelo beber cócteles afrutados, pero, como dicen, donde fueres haz lo que vieres. O mejor dicho, cuando estás en el Caribe...
Benicio me entrega un vaso con hielo picado y una pequeña sombrilla azul clavada en un trozo de piña en el borde. Se me hace la boca agua solo de verlo, deseando dar el primer sorbo. Y es la perfección, tal como prometió.
—Gracias, Benicio —digo, alzando el vaso mientras me doy la vuelta para irme.
Con el rabillo del ojo veo a Ava acercándose. Me enteré ayer por Carter de que venía. No sé cómo lo ha conseguido, pero hay que reconocérselo. Se supone que este viaje es solo para socios y sus parejas. Quería preguntarle a Carter, pero no quería que empezara a sospechar.
Echo un vistazo disimuladamente, con la esperanza de que no me vea. Está con Chantal Marks, una socia.
Coincidí brevemente con Chantal en un caso y descubrí que es un pitbull. Se dedica a cierres de inmuebles comerciales y prácticamente dirige todo ese departamento ella sola, con varios asociados a su cargo. Es una tía dura de verdad.
Tiene sentido que hayan conectado aquí. La proporción de hombres a mujeres es de unas cinco a una, así que seguro que tienden a hacer piña. Además, parecen tener una ética de trabajo similar.
Paso un par de horas socializando y poniéndome al día con gente a la que no he visto en casi un año. La primera noche siempre es la mejor en estos viajes. Todo el mundo está emocionado y lleno de energía, listo para desmelenarse.
Solo me tomé dos mamajuanas, pero tuve que cambiar. A mitad de la segunda ya me resultaban demasiado dulces. Pero estos mojitos frozen... madre mía, entran solos.
Parece que el personal está montando una pista de baile. Ahora que estamos bien entonados, quizá nos animemos a mover el esqueleto. Voy al bar a por otra copa y me encuentro a Ava allí plantada. No me doy cuenta hasta que la tengo literalmente delante.
Cantaría mucho si me alejara. Sería raro no decirle nada, ¿no?
—¡Hola! ¿Qué tal? —le pregunto algo torpemente, con el tono más jovial y despreocupado que consigo. Ella me devuelve la sonrisa y levanta su vaso a modo de brindis. Ahí está ese gesto tan suyo que recuerdo—. Así de bien, ¿eh? Pues salud —digo, alzando mi vaso casi vacío hacia ella.
—Sí, ha sido una buena noche. Me alegro de verte aquí. Que disfrutes de la velada —dice mientras se aleja.
Cordial, pero obviamente me está enviando un mensaje. Que la deje tranquila. Recibido.
Le paso a Benicio el vaso ya vacío y apoyo el codo en la barra mientras la veo alejarse.
El mono de lino blanco le sienta de maravilla, ciñéndose donde debe. Su melena castaña le rebota sobre los hombros mientras se desliza sin esfuerzo entre la multitud.
Sigue siendo alucinante que nunca me haya fijado en esto en los quince o dieciséis años que la conozco.
Quizás sea un rito de iniciación por el que todos pasamos: ver a los hermanos pequeños de nuestros amigos como simples pesados. Una visión que acaba desvaneciéndose a medida que maduramos, dejando una especie de asombro al reconciliar las dos etapas.
Todos pasamos inevitablemente por nuestra propia transformación hacia la edad adulta. Aun así, resulta chocante cuando conoces a alguien de toda la vida y hay un desfase entre lo que recuerdas y esa transición gradual que se ha ido produciendo.
Al final acabo acercándome a una de las mesas altas para sentarme en uno de los taburetes. Paso de la pista de baile; hace tiempo que el Electric Slide dejó de hacerme gracia. Siempre es un no rotundo para mí cuando una banda o un DJ arranca con eso en una boda.
Con unas cuantas copas encima, puede que aguantara una ronda o dos. Pero lo dudo, y desde luego no en un evento de trabajo.
Varias personas se sientan conmigo en la mesa y terminamos hablando de uno de mis temas favoritos: historias de clientes de pesadilla. Todos nos hemos topado con clientes chiflados a lo largo de los años. A veces, como abogados, nos toca lidiar con lo peor de la humanidad.
La velada parece estar llegando a su fin. Las verduras a la parrilla y el prime rib que comí antes estaban buenísimos y todavía los noto en el estómago. No pude evitar pasarme. Estaban suculentos y frescos; como diría Benicio, perfección.
Veo que Ava también sigue aquí. Ella y Chantal se están partiendo de risa por algo que debe de ser graciosísimo, a juzgar por el espectáculo que están montando. Seguro que Ava soltó una de sus ocurrencias que dejó a todos por los suelos. Es buena.
Las pocas veces que nuestras miradas se han cruzado, la suya no se ha detenido. No me ha dado pie a ofrecerle una sonrisa, y mucho menos a intentar hablar de nuestro último encuentro.
Por su lenguaje corporal, estoy seguro de que no volverá a pasar. La cara de asco que me lanza lo dice todo. Probablemente sea lo mejor. Aunque mi libido la desea, volver a liarme con ella podría ser desastroso en más de un sentido. Mejor así.
Me levanto para irme, dispuesto a dar la noche por terminada. De camino al carrito de golf, paso junto a Jackson Long. Me paro a despedirme, ya que no hemos tenido ocasión de ponernos al día esta noche. Él y yo trabajamos juntos en el departamento de lesiones personales.
—Hola, tío. ¿Dónde te habías metido toda la noche?
—Oh, ya sabes. Estaba en medio del grupo de idiotas en la pista de baile, haciendo los cinco bailes en línea que conoce todo el mundo.
Tenía que cumplir con mi ejercicio aeróbico del día —se ríe—.
Llegué tarde porque tuve una reunión en la oficina esta tarde.
Aparecí justo a tiempo para unirme al Cotton-Eyed Joe. Qué suerte la mía, ¿eh?
Me fijo en que está un poco sudado, con el pelo húmedo y despeinado. Ahora me arrepiento de no haber bailado más. Así quizás el prime rib no me pesaría tanto.
Jackson siempre me da la lata diciendo que le robo los casos.
Y puede que no le falte razón. Una vez cogí la línea principal de todo el departamento.
El que llamaba pidió específicamente a Jackson, pero yo entablé conversación.
No era mi intención, necesariamente. Simplemente la cosa fue por ahí.
Pero me quedé con el caso, y fue una victoria fácil para nuestro cliente.
Ahora nos reímos de ello, pero fue algo capullo por mi parte.
Vuelvo solo a mi villa, lamentando ahora haber elegido estar aquí tan aislado. Quizás una pequeña parte de mí esperaba no pasar la noche solo.