Compañero de cuarto enemigo multimillonario (Multimillonarios inalcanzables nº 3) Ethan
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Ethan

Salgo a mi galería privada. Suena muy pretencioso, pero así es como la llamó Odalis, la conserje. A mí me parece un simple patio cubierto. Se llame como se llame, es espectacular.

El suelo de ladrillo antiguo está rodeado de vegetación y flores tropicales. Me dejo caer en la cama colgante de la derecha para contemplarlo todo. Puede que haya llegado al cielo.

Respiro el aire salado. El graznido omnipresente de los pájaros llega en estéreo perfecto, aunque no logro identificar de dónde proviene la melodía. Me envuelve por completo.

Hasta donde alcanza la vista, el agua es de un aguamarina cristalino.

Qué bien estar aquí. Últimamente no consigo relajarme. Es trabajo, trabajo, gimnasio, trabajo, casi todo el tiempo. Necesito un descanso.

Durante los últimos meses, me he estado matando a trabajar, siete días a la semana, la mayoría hasta bien entrada la noche. Ahora que los dos casos importantes en los que he estado trabajando sin parar se han resuelto, siento que puedo respirar un poco.

Dejé a mi asistente, Alicia, en la oficina. Principalmente por si surge algo. Pero también porque, en vez de traerla a este viaje, prefiero darle una semana completa de vacaciones con todos los gastos pagados junto a su marido.

Algunos socios trajeron a sus asistentes para recompensarlos. Pero ¿qué gracia tiene irse de supuestas vacaciones con tu jefe? De todos modos, necesito a alguien allí por si surge algo mientras estamos aquí. Creo que así funciona mejor para todos.

Valoro mucho a Alicia. Mide apenas metro y medio con tacones y no llegará a los cuarenta y cinco kilos ni mojada. Trabaja más duro y con más eficiencia que nadie que haya trabajado para mí.

Es una luchadora. Le debo gran parte de mi éxito reciente y mi capacidad para hacer malabarismos con múltiples casos de alto perfil. Es invaluable para mí, así que me aseguro de hacerle saber lo mucho que la aprecio. Y a menudo.

Decidí reservarme una villa privada en el complejo en lugar de quedarme en el hotel. Me gusta tener mi propio espacio. Puede que ahora que estoy aquí no quiera irme.

Entro en la sala de estar al aire libre. La brisa del océano se cuela suavemente, meciendo las cortinas transparentes hacia mí, como un hipnotizador que intenta adormecerme.

Frente a mí hay un salón con muebles de mimbre, y a la izquierda, una gran ventana abierta da a una piscina privada.

Esta villa también viene con su propia conserje personal. Odalis no llega ni al metro y medio con sus zapatos negros de tacón. Debe de tener unos cincuenta años y no ha dejado de sonreír desde que llegué.

—Estaré aquí todos los días, Sr. Ethan. Usted me dice lo que necesite y yo se lo consigo.

—Muchas gracias. Gracias. Muchas gracias.

Ella sonríe. No creo que me entienda. Le devuelvo la sonrisa.

Será agradable tener a alguien que cuide de mi espacio y me prepare algo de comer a altas horas de la noche cuando llegue.

El suelo es de grandes baldosas de terracota que parecen extenderse por todo el espacio. Todavía no he visto la cocina ni el dormitorio principal.

En cambio, me dejo caer en el sofá de mimbre y contemplo el océano. El vaivén de las palmeras resulta relajante.

Aunque he tenido mucho éxito por méritos propios, mi abuelo fue dueño de los Kansas City Chiefs desde finales de los ochenta hasta principios de los noventa. Lo vendió cuando yo era pequeño, antes de que entendiera lo que significaba poseer una franquicia profesional de la NFL.

Falleció hace unos años y dejó la mayor parte de su fortuna a mis dos primos y a mí. No tengo que trabajar, pero disfruto lo que hago y no tengo intención de dejarlo. Me encanta especialmente porque siento que estoy marcando la diferencia.

Y no voy a negarlo: me gusta ser la voz más importante en la sala cuando se litigan estos grandes casos. No es que sea un engreído, pero me gusta el poder que me da mi posición.

Cada uno de los tres recibimos poco menos de mil millones de dólares. Nuestros padres también recibieron fideicomisos considerables —no sé exactamente cuánto—, pero todos han vivido de ellos la mayor parte de sus vidas.

Mi primo Radley se hace llamar «fotógrafo viajero profesional». Pero lo que realmente hace es pasarse la vida en yates con otros ricos y, de vez en cuando, sacar fotos genéricas y trilladas desde el agua en San Bartolomé o la costa italiana.

No tengo muy claro qué hace con las fotos aparte de subirlas a Instagram para presumir de su vida fabulosa. No se lo reprocho. Parece que se lo pasa bien, pero nunca ha ganado dinero por sí mismo.

Mi otro primo, Banks, dice dedicarse a los fondos de inversión.

Así es como nuestro abuelo hizo su fortuna originalmente.

Fue uno de los primeros hombres de gran éxito en los años cincuenta en crear y dirigir un fondo de cobertura rentable.

Estaba haciendo inversiones importantes antes de que eso fuera lo habitual.

Banks no hace gran cosa con ello. Al menos ha aprovechado parte de su riqueza para ganarse la vida de alguna manera. No sé lo motivado que estará, pero hay que reconocerle que al menos aparenta tener una carrera. Los tres somos hijos únicos y crecimos sin que nos faltara de nada.

Ya estoy vestido y listo para la fiesta. He optado por unos pantalones de lino color piedra, una camisa de cuadros vichy rosa y azul claro con las mangas remangadas hasta medio antebrazo, y chanclas.

La villa viene con un carrito de golf para ir al complejo principal. Puede que haya elegido la villa solo por tener mi propio carrito de golf; eso y la conserje personal.

Subo de un salto —las llaves ya están en el portavasos— y me pongo en marcha. Arbustos verdes y exuberantes bordean el camino de grava. Algunos se extienden y me rozan la pierna al pasar. Es increíble conducir por un paraíso tropical.

Esta noche hay una fiesta de bienvenida de la empresa. He ido a no sé cuántos de estos viajes corporativos. Siempre lo hacen bien, sin escatimar en gastos. Siempre es agradable pasar tiempo con mis colegas fuera del trabajo.

Es la primera vez que asisto a una de estas fiestas como socio. Como uno de los asociados con mayores ingresos, me han invitado en el pasado. Principalmente por los ingresos que aporto a REMS.

Solo llevo ejerciendo poco más de seis años, pero he tenido mucho éxito en mi trayectoria relativamente corta. Empecé en este bufete nada más salir de Emory y no me he movido de aquí.

El bufete ha sido bueno conmigo, y desde luego yo he sido bueno con ellos. Hice muy ricos a los socios que me precedieron.

Creo que decidieron hacerme socio tan rápido porque les preocupaba que, con mi éxito, me marchara y me llevara los casos más lucrativos si no lo hacían.

Dudo que hubiera dejado REMS porque es, sin duda, el bufete de abogados más prestigioso de Atlanta. Me atrevería a decir que está entre los cinco mejores de la Costa Este.

No estoy seguro, pero probablemente soy uno de los socios más jóvenes de aquí. Carter Scott debe de andar cerca de mi edad. Tengo treinta y dos años, y creo que él ronda los cuarenta.

Es muy humilde, y seguramente no te darías cuenta al conocerlo, pero es becario Rhodes y fue pasante de Ruth Bader Ginsburg en el Tribunal Supremo nada más terminar la carrera de Derecho.

Es brillante y muy bueno en lo que hace.

Dirige él solo el departamento más importante del bufete, con más de mil doscientos abogados.

Cuando llego en mi carrito de golf, hay una gran hoguera ardiendo en la playa. Me quedo fascinado viendo las pequeñas chispas rojas y amarillas que danzan muy por encima de las llamas.

Las olas lamen la playa a intervalos constantes y perfectos. Gracias a la luna casi llena que brilla en lo alto, puedo ver perfectamente cómo van y vienen.

A un lado, una banda de tambores de acero pone la banda sonora perfecta a este escenario isleño.

El reconfortante olor de algo cocinándose sobre el fuego me envuelve. No alcanzo a ver qué está asando, pero huele increíble. Se me hace la boca agua solo de pensar en la deliciosa comida que nos espera.

Vuelvo al momento presente y me encamino hacia la multitud. Veo a Ari Horowitz justo dentro del área cubierta y voy directo hacia él. Llevamos un tiempo asesorándole sobre una demanda por negligencia médica que está llevando.

—Hola, viejo. ¿Qué te parece todo esto? —digo mientras le tiendo la mano.

Ari es un tipo bajito, algo calvo, pero siempre sonriente y accesible. No siempre disfruto trabajando con todos los del bufete o de los círculos legales de Atlanta. Pero Ari me cae muy bien. No se toma demasiado en serio y siempre cumple.

—Lo sé, esto es increíble. Mi mujer, Erica, bajó cuando lo estaban montando y no paraba de hablar maravillas. Conoces a Erica, ¿verdad? —pregunta, haciendo una pausa para que responda.

—Sí, claro que conozco a Erica. ¿Está aquí?

—Sí. Iba a decir que prefirió quedarse tranquila en la habitación, pero le encantó echar un vistazo. Acabo de mandarle un mensaje para que baje si no está ya acurrucada en la cama. Ben me ha dicho que en breve habrá tragafuegos dando un espectáculo. REMS se ha lucido con este viaje.

—Siempre lo hacen bien. ¿Cómo va el caso Macko? ¿Ya lo habéis cerrado?

—Estamos muy cerca. Las aseguradoras están jugando al gallina entre ellas, así que seguimos en el aire. Pero creo que tenemos la cifra, y es solo cuestión de tiempo. Gracias por tu ayuda. Te lo agradezco de verdad —dice con sinceridad.

—¡Cuando quieras! Oye, voy a por una copa. ¿Te traigo otra?

La multitud crece por momentos, la gente va llegando. Tengo que pillar mi copa antes de que alguien me enganche a hablar.

—Estoy bien por ahora, pero te recomiendo el cóctel de la casa. Está delicioso. Luego nos vemos —dice Ari mientras me da una palmada en el hombro y se aleja.

Me acerco al bar tiki improvisado que han montado en la esquina del fondo. Parece que hay dos bares, uno en cada extremo del espacio cubierto.

El camarero me dedica una amplia sonrisa mientras me acerco, como si hubiera estado esperándome toda la noche.