33 Gwen
GWEN
Una vez que Harrison y yo conseguimos despegarnos, la gente nos pidió posar para fotos y todo.
Para no crear otra pesadilla de relaciones públicas, me aseguré de prestarles la atención necesaria para no resultar descorteses, mientras intentábamos marcharnos lo más rápido posible.
Después de no besarnos durante lo que habían parecido años, solo queríamos recuperar el tiempo perdido, y yo no pensaba en nada más que en llegar a algún sitio donde estuviéramos solos, cuanto antes.
—¿Y qué hacemos ahora? —pregunté a Harrison mientras avanzábamos por la terminal, cogidos de la mano.
—Tenemos que encontrar a tu conductor y decirle que ya lo tienes todo resuelto. Luego iremos a cenar y, después, ¿quién sabe lo que puede pasar?
Me guiñó un ojo, y mi cuerpo entero sintió una descarga. Lo necesitaba, en ese mismo instante. Pero la referencia al conductor me recordó que era una adulta con responsabilidades.
—Me gusta tu plan, pero aún tengo cosas que hacer.
—Empecé a preocuparme al pensar en mi nueva realidad—.
He venido para un mes, y como acabo de abrir mi empresa, creo que no debería abandonar esta posible asociación.
Wakefield está corriendo un riesgo conmigo.
—Miré a Harrison a los ojos—. Tengo que quedarme.
—¿Te preocupan treinta días? —Él me apretó la mano—.
Mi amor, tenemos una vida entera por delante.
Un mes no es nada. Además, yo también tengo algunas perspectivas de negocio aquí, y puedo llevar muchas cosas a distancia con Susan, mientras ella se ocupa de la oficina.
No te vas a librar de mí durante unas cuantas semanas, por lo menos.
Le dediqué una sonrisa enorme. Por supuesto que Harrison apoyaba mi sueño.
Él sabía lo mucho que había trabajado para llegar a donde estaba, y que no tenía ninguna gana de ser una mujer florero.
Él se mantuvo apartado mientras yo hablaba con el conductor que había enviado Wakefield, y luego me condujo a donde nos esperaba una pareja, un poco alejada de la multitud.
Se trataban de un hombre que me resultaba familiar, y una mujer muy guapa. Los dos nos sonrieron al acercarnos.
—¿Te acuerdas de Kevin? —dijo Harrison mientras íbamos hacia ellos—. Es el piloto que nos llevó a la fiesta de mi padre, y me ha traído aquí hoy.
—Por eso me parecía conocido —dije, y le tendí una mano—. Hola, Kevin, me alegro de volver a verte.
Él apartó mi mano y me envolvió en un abrazo.
—Me encanta volver a verte en estas circunstancias. Gwen, te presento a la futura madre de mi bebé, Sydney —dijo él.
Miré al estómago de la mujer y me fijé en el bulto bajo su camisa.
—Holaaaaaa —dijo ella, abrazándome también—. ¡No te imaginas lo mucho que me alegro de conocerte!
Me eché a reír, un tanto abrumada por los calurosos saludos.
—Vaya, ¿os ha arrastrado a los dos hasta aquí?
—¿Arrastrado? —Sydney hizo una mueca—. Más bien ha prometido a esta mujer embarazada y agotada unas vacaciones de cinco estrellas con un montón de tiempo en el spa. Dije que sí antes de que terminara de hacer la pregunta.
—Todos hemos salido ganando —añadió Kevin—. Yo necesitaba más horas de vuelo internacional, este tío viene a ver a Rolls-Royce para hablar de sus nuevos motores para aviones, y mi preciosa mujercita necesitaba un descanso. Todos estamos justo donde debemos estar.
—Todavía no —dijo Harrison—. Vamos a buscar el coche y largarnos de aquí.
Una hora más tarde, los cuatro nos estábamos registrando en el hotel Ashford Intercontinental, en Mayfair.
Era tan espectacular como el hotel de Carmel, pero de un modo completamente distinto.
Parecía sacado de las páginas de una novela romántica de la época de la Regencia, con su mezcla de grandeza del viejo mundo y comodidades modernas.
No me sorprendió que Harrison se ocupara de Kevin y Sydney antes que de nosotros, porque la hospitalidad era innata en su familia.
Seguíamos atrayendo miradas, sin duda porque a mí me había costado abrirme paso entre la multitud que llenaba el vestíbulo, cargada con el enorme ramo de rosas.
Me sentía cansada y emocionada al mismo tiempo, y no estaba segura de cuándo se me pasaría el subidón.
Pero, tal vez, eso no sería necesario. ¿Y si ese nivel de felicidad era, en adelante, mi nuevo estado normal?
Cuando las puertas del ascensor se cerraron detrás de nosotros y estuvimos por fin solos, en aquella cabina llena de espejos que subía a paso de caracol, aproveché la ocasión.
—Calma, tigresa —rio Harrison cuando, prácticamente, me lancé sobre él—. Aquí dentro hay cámaras.
—¿A quién le importa? A lo mejor al equipo de seguridad le vendrá bien un espectáculo —dije, mientras agarraba su corbata para tirar de él hacia mí.
—Vaya, hola —murmuró Harrison.
Bajó su boca a la mía y nos besamos hasta llegar al último piso. La puerta se abrió y, al poco, empezó a cerrarse de nuevo, antes de que fuéramos capaces de separarnos el uno del otro.
Harrison tiró de mi maleta, avanzando a toda prisa por el pasillo hasta nuestra habitación, lo que me dejó claro que yo no era la única ansiosa por desnudarse y ponerse a ello. Le costó acertar con la tarjeta en el lector.
—Espera un segundo… —Señalé una pequeña placa dorada que había junto a la puerta—. ¿La suite nupcial? ¿Se trata de otra broma de Drew?
—No, esta vez he sido yo. —Harrison sonrió, travieso—. He pensado que podríamos practicar.
Él abrió la puerta, la sujetó con un pie y me cogió en sus brazos. Chillé cuando atravesamos el umbral.
—Vamos directos a la cama —le ordené, señalando hacia donde imaginé que estaría, aunque la habitación era una suite, enorme, con terraza y una mesa de comedor para seis personas.
—No tienes ni idea del tiempo que llevo esperando esto —dijo él, antes de cerrar la puerta de una patada.
Harrison empezó a desabrocharme la blusa, la única concesión que yo había hecho para parecer profesional durante el largo vuelo. Mis pantalones negros eran, en realidad, unas mallas, lo que facilitó mucho la tarea de quitármelas. Estuve desnuda en cuestión de segundos.
—Esto es muy raro —dije junto a su boca, entre un beso y otro.
—Ah, ¿sí? ¿Por qué? A mí me parece la hostia de increíble.
Cogió mi mano y la bajó para que notara el bulto entre sus piernas.
—¡Tú aún estás vestido! —protesté.
—Para poder centrarme en ti mejor, cariño —susurró, mientras me besaba el cuello.
Quería desnudarlo, pero una vez que su boca descendió hasta uno de mis pezones para lamerlo con la lengua, no pude hacer más que agarrarme a lo que encontraran mis manos.
—Harrison —jadeé.
—Shh —respondió él entre besos—. No he hecho más que empezar.
Se arrodilló entre mis piernas, puso mis muslos sobre sus hombros y, en tan solo cuatro minutos, hizo que me corriera.
Su lengua y su boca sabían cómo hacerlo a la perfección, empezando a explorar despacio y aumentando la intensidad poco a poco, como si llevarme al orgasmo bastara para que él se corriera también.
—No pares —supliqué, con los dedos enredados en su pelo y los músculos de las piernas en tensión.
Y entonces, noté que caía y flotaba al mismo tiempo. Creo que grité su nombre. Cuando las oleadas cesaron, me sentí incapaz de moverme, pegada a la cama.
—Desnúdate —le ordené débilmente, y le señalé como si le amenazara—. Ahora.
—Voy —prometió, con una sonrisa arrebatadora.
Conseguí mantener un ojo abierto para poder disfrutar del espectáculo. Harrison se quitó la corbata y la lanzó al otro lado de la habitación; después, se desabrochó la camisa con tanta prisa que un botón salió volando.
—Vaya —rio.
Empecé a volver a la vida cuando escuché el tintineo de la hebilla de su cinturón. Faltaba poco. Me incorporé para ver el final y observar cómo Harrison se quitaba los pantalones y los calzoncillos para mostrar su polla, que sujetó por la base.
—Un momento, voy a por un…
Me puse de rodillas delante de él, que no terminó la frase, porque le resultó imposible seguir hablando cuando me lo metí entero en la boca. Le miré desde abajo, mientras él empujaba un poco más dentro de mí.
—Joder —suspiró.
Seguí adelante hasta que noté que él estaba a punto de estallar, y luego me aparté con brusquedad.
—Y ahora, fóllame —dije.
Me acerqué a la cama, me incliné sobre ella y lo miré por encima del hombro.
—Vas a acabar conmigo, mujer —protestó.
Escuché cómo rompía el envoltorio del condón y se acercó a mí para sujetarme la cintura.
Me excitó con la punta y yo me froté contra él, prácticamente suplicándole que me follara.
Por fin, él se introdujo dentro de mí y los dos nos detuvimos para disfrutar de la sensación.
Después de tanto tiempo, estábamos donde debíamos estar.
Harrison se movió dentro de mí despacio, entrando y saliendo de una forma muy provocadora. Con una mano, me agarró el pelo y tiró un poquito, y luego se inclinó para susurrarme al oído.
—Necesito mirarte.
Tras decir eso, me dio la vuelta y me puso en pie, de forma que quedamos cara a cara junto a la cama.
—¿Lo vamos a hacer de pie? —pregunté—. Porque eso me interesa.
—Haremos todo lo que quieras. Pero, ahora mismo, yo necesito esto.
Me depositó sobre la cama con suavidad y se situó encima de mí.
—Necesito ver lo preciosa que estás cuando haga que te corras otra vez.
—Harrison —reí, y le di una palmada en un brazo—. Para, me estás avergonzando.
—¿Qué? Eres perfecta en todos los sentidos. Sobre todo cuando gritas mi nombre.
Él se inclinó para besarme y me acarició una mejilla con cariño.
—He tenido la hostia de suerte —me susurró.
Sus ojos examinaron mi cara, como si me estuviera viendo por primera vez. Notaba el corazón tan ligero, que parecía que quería salirse de mi pecho. ¿Había sido tan feliz alguna vez?
—Tenemos mucha suerte los dos —dije—. O, a lo mejor, no es suerte. Yo creo que es el destino.
Levanté la cabeza lo justo para besarlo, y eso nos atrajo de nuevo, como dos imanes. En cuanto nuestros labios se unieron, resultó imposible parar. Harrison me apartó las piernas con la rodilla y se pegó a mí. Esa vez no esperó más y se deslizó en mi interior con un gruñido. Cerré los ojos.
—Mírame —susurró cuando empezó a moverse, girando las caderas de un modo que me rozaba en todos los lugares adecuados.
Abrí los ojos para mirar los suyos.
—Te quiero, Gwen Ackland —dijo.
No era capaz de procesar nada de lo que me decía: lo que me estaba haciendo sentir, el hecho de que aquel hombre perfectamente imperfecto estuviera enamorado de mí, la posibilidad de pasar el resto de mi vida con él, sentirme así de feliz, así de satisfecha…
—Un momento… —Detuvo sus movimientos—. ¿No tienes nada que decirme?
—¡Te quiero! —grité, al tiempo que me echaba a reír—. Te quiero, te quiero, ¡te quiero!
Habría seguido gritándolo, pero él se echó a reír también y me tapó la boca con la mano. Yo le mordí un dedo.
—¡Ay! ¿Quieres jugar a eso?
Se inclinó para mordisquearme el cuello.
—Vampiro. —Le di un golpe en el cuello.
—Algo así —respondió él, y volvió a retomar el ritmo.
Le rodeé el cuerpo con las piernas y me dejé llevar por él. Por nosotros dos.
Estábamos a miles de kilómetros de casa, encerrados juntos en una habitación de hotel, y allí era justo donde debíamos estar.