Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 34 Harrison
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34 Harrison

HARRISON

—Necesita la insulina a las ocho, espero que no tengas problema en administrársela —dije.

La jovencita con un pulpo tatuado en el antebrazo y muchos piercings, no limitados a sus orejas, lanzó a Gwen una mirada incrédula antes de volverse hacia mí.

—Señor Ashford, como le expliqué en nuestra primera reunión, he sido asistente de veterinaria durante cinco años. Podría administrar insulina con los ojos cerrados. Por favor, confíe en mí. Ofreceré un cuidado excelente a Monty mientras van al concierto.

—Pero ¿has utilizado antes una aguja Apex? Porque esa es la única clase que…

—Harrison. —Gwen me puso una mano en el brazo—. ¿Has olvidado que Kerri trabaja en la clínica a la que llevamos a Monty?

—Sí, cierto —asentí—. Solo quiero asegurarme de que estará bien mientras no estamos. Lo ha pasado muy mal, y no quiero que vuelva a sentirse abandonado.

—Por supuesto, lo entiendo. El pobre ha pasado por bastantes trastornos ya —admitió Kerri, algo más relajada.

Al parecer, a la gente le molestaba menos que yo resultara muy controlador si entendían que lo hacía por preocupación. Una preocupación sobreprotectora, hiperdetallada e intensa, porque, sin duda, eso era lo que yo sentía hacia el miembro más reciente de mi familia.

La decisión de adoptar a Monty, el perro del refugio, había surgido de forma casual, durante una conversación con Gwen mientras estábamos en Londres.

Ella me había mostrado en su teléfono que el perro seguía en el refugio, y me había hecho ver que los dos juntos seríamos capaces de hacer frente a las responsabilidades que implicaba el cuidado de un perro con necesidades especiales.

Habíamos pedido al refugio que lo retuviera para nosotros hasta que volviéramos, pero cuando Susan se enteró, se ofreció a ocuparse de él, para que no tuviera que esperarnos en el refugio.

Había quedado tan encantada con su compañía que había terminado por adoptar a su propio nuevo mejor amigo del refugio, una vez que recogimos a Monty al volver.

Lancé una mirada al bonito perro negro que nos miraba mientras hablábamos de él. Adoptarlo había sido una de las muchas cosas en las que Gwen había tenido razón. Estábamos destinados a estar juntos y, ahora, yo tenía dos razones para volverme mucho más hogareño: mi perro y mi chica.

Aun así, esa era una gran noche, por un buen motivo.

Scarlet nos había enviado entradas VIP para el último concierto de su gira.

Yo me había convertido en todo un Rushie, sin ningún reparo y, esa vez, estaba dispuesto a cantar las canciones a pleno pulmón, junto a Gwen y el resto del público.

Eso sí, esa noche habría una canción nueva en su repertorio.

Me puse en cuclillas.

—Monty, ven aquí a despedirte. ¡Ven a darme un beso!

Él se acercó a mí con el cuerpo arqueado en una media luna y se puso patas arriba. Yo le rasqué la barriga, aún sorprendido por haber estado a punto de dejar pasar aquella oportunidad.

Había estado a punto de dejar pasar un montón de oportunidades, pero, de algún modo, había tenido muchísima suerte.

—Aaaay, mira cuánto te quiere —dijo Kerri—. Está muy feliz, y tiene mucho mejor aspecto que cuando lo vi en la clínica por primera vez. Su pelo tiene ahora el tacto del terciopelo.

—Este perro está viviendo una vida bastante increíble —dijo Gwen—. Hasta tiene su propio asiento en el avión. ¿Cuántos perros pueden decir lo mismo?

—Eh, Monty, yo me ofrezco a ocupar tu sitio si en algún momento prefieres no ir en avión —rio Kerri.

Monty ya sabía identificar lo que significaba la risa, así que se retorció un poco más de felicidad, mientras yo lo acariciaba.

—¿Puedes dejar los cariñitos de una vez, para que no lleguemos tarde? —nos sonrió Gwen.

—Sí, sí, por supuesto.

Si hubiera podido elegir, habría preferido quedarme en casa, en el sofá con ellos dos, pero esa noche iba a ser muy especial.

Por supuesto, por el camino encontramos mucho tráfico, pero, para variar, yo había optado por dejar el coche al conductor de Ashford, para poder disfrutar de cada instante con Gwen. Para cuando llegamos al palco VIP, los teloneros estaban a punto de terminar.

—Llegamos al acontecimiento principal —dijo Gwen, saltando sobre las puntas de los pies sin quitar los ojos del escenario.

Yo me situé detrás de ella y le rodeé la cintura con los brazos. Inspiré su aroma, sin dejar de sentir un destello de emoción al saber que podía recibir una dosis de Gwen siempre que quisiera.

—¿Te he dicho lo espectacular que estás esta noche? —le susurré al oído.

Ella ladeó la cabeza para mirarme por encima del hombro.

—Pues no me acuerdo.

—Permíteme que te refresque la memoria —murmuré, bajando los labios para besarle el cuello—. Con ese vestido, eres el prototipo de los ángeles y las diosas. Pero no deberías haber venido de blanco, porque en lo único que pienso es en ensuciarte.

Ella se rio y se apretó contra mí.

—Ah, ¿sí?

Deslicé la mano por la parte posterior de su muslo.

—¿Crees que alguien se puede dar cuenta de lo que estoy haciendo?

—Si pueden, me da igual —respondió ella, con un escalofrío.

La punta de mi dedo rozó el borde de su ropa interior, en la curva de su nalga, y ella inspiró con fuerza.

—Vaya, pues ahora quiero follarte.

Pero Scarlet tenía otros planes, porque en ese momento se apagaron todas las luces. La multitud chilló al unísono, y yo aparté la mano del culo de Gwen a desgana.

El estadio se iluminó de repente con los miles de brazaletes luminosos que los asistentes habían recibido al entrar. Las luces pasaron con rapidez por todos los colores del arcoíris, y luego se pusieron todos de color amarillo a la vez.

—¡Eres un sol! —chilló Gwen, y empezó a saltar al mismo tiempo que el resto de los asistentes.

Se escuchó un rugido que pude sentir en lo más profundo de mi pecho cuando los brazaletes empezaron a parpadear con un cierto ritmo, que enseguida fue recogido por un tambor, luego el bajo y, después, la guitarra.

Las enormes pantallas situadas tras la banda empezaron a mostrar imágenes de Scarlet durante los conciertos anteriores, y por fin, salió ella con una guitarra y saludando a sus entregados fans.

—¿Por qué estoy llorando? —preguntó Gwen, con los ojos llenos de lágrimas—. Soy una tonta.

La hice girar hacia mí y le cogí las mejillas con las manos.

—Espero que sea porque nunca has sido tan feliz.

Ella asintió, con el labio inferior tembloroso, y me costó la vida no adelantarme al gran final de la noche. Me consolé con un beso rápido, bueno, relativamente rápido, y presté atención al espectáculo.

Hasta yo pude notar cómo había mejorado la producción desde que habíamos ido a su primer concierto.

Scarlet era una auténtica superestrella, y yo ya había comprendido por qué era tan admirada.

No era tan fan como para ponerme una gorra plana, pero podía cantar casi todas sus canciones.

Con una gran excepción, que llegaría hacia el final de la noche.

—Sí, es Chico inútil —me gritó Gwen al oído por encima del estruendo—. ¡Estoy bastante segura de que esta canción habla de Ian!

La había oído poner esa canción en nuestro piso, pero nunca había prestado atención a la letra. Ahora la estaban proyectando en las grandes pantallas al fondo del escenario, mientras los bailarines masculinos convertían las explicaciones innecesarias en movimiento.

Esa oportunidad que estropeaste sin más. Eres un inútil, te lo digo desde ya.

Al final de la canción, uno de los bailarines, que se parecía bastante a Ian, terminó quedándose solo y enfrentado a Scarlet bajo el foco principal.

Ella levantó la palma de una mano, la golpeó con el dedo índice de la otra, y él cayó por una trampilla que se abrió en el suelo, ante un aplauso atronador.

—Apuesto a que se morirá de vergüenza. —Gwen echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.

Cómo me encantaba aquel sonido.

—Eh, chicos —dijo Scarlet cuando la multitud se tranquilizó un poco—. Tengo una sorpresa para vosotros, ya que es el último concierto de la gira.

El estadio se llenó de abucheos, y todos nuestros brazaletes se volvieron azules.

—Un momento, un momento, creo que esto os va a gustar —continuó ella, sonriendo traviesa—. ¿Queréis que os cante una canción nueva?

Se escuchó un aullido tan fuerte, que casi estuve tentado a taparme los oídos, pero eso habría requerido soltar a Gwen, y no tenía la menor intención. Y menos en ese momento.

Todos nuestros brazaletes se volvieron rosas, y latieron como un corazón, mientras la banda y los bailarines salían del escenario, y alguien sacó un taburete para ella.

—Esta canción se llama Siempre has sido tú —dijo Scarlet al acomodarse en él.

—No puedo creer que vayamos a ser los primeros en escuchar una canción nueva. ¡Qué emoción! —jadeó Gwen, con los ojos muy abiertos y las manos unidas bajo la barbilla.

Yo también estaba emocionado, pero también me sentía sorprendentemente descolocado. Pocas veces me ponía nervioso, pero no había duda de que sentía algo así como mariposas en el estómago.

Scarlet empezó a cantar con suavidad sobre un chico perdido y la chica que lo rescataba. Era una canción preciosa, evocadora, y tuve que contener algunas lágrimas al escuchar cómo nuestras vidas iban tomando forma en las palabras que cantaba.

—Un momento… —Gwen se volvió a mirarme, confusa—. ¿Está...?

Grabemos nuestras iniciales en el árbol del jardín, una H para ti y una G para mí.

Gwen frunció el ceño.

—¿Cómo?

Siempre has sido tú, para siempre jamás.

Ese era mi momento. Gwen estaba intentando decidir si podía creer lo que oía, y eso me dio la oportunidad de sacar algo del bolsillo y clavar una rodilla en el suelo.

Scarlet volvió a cantar el estribillo, la canción terminó y Gwen se volvió hacia mí.

Cuando por fin comprendió lo que pasaba, dio un salto hacia atrás.

—Esa canción iba sobre nosotros, y ¿ahora haces esto?

Me miró con la cara llena de lágrimas, y entonces el foco iluminó nuestro palco y la multitud gritó aún más fuerte.

—Ahora tenemos público —observé—, y todos estamos esperando tu respuesta.

Gwen volvió en sí y se lanzó hacia mí, riendo y llorando al mismo tiempo. Yo levanté la vista a la pantalla que había justo delante de nuestro palco, y vi que solo mostraba los tacones de Gwen.

Pero así era la vida con ella: todo patas arriba, impredecible y divertido. Pasión, aventura y una mejor amiga para toda la vida. O eso esperaba yo.

La abracé con fuerza, aún en el suelo con ella encima de mí.

—Entonces, ¿eso es un sí? —le pregunté.

—Oh, sí, Dios mío, sí —rio ella—. Siento no haberlo dicho. Pensaba que tirarme encima de ti lo habría dejado bastante claro.

—Igual podíamos levantarnos y te pones el anillo.

—¡El anillo! ¡Es verdad, hay un anillo!

Nos desenredamos y nos pusimos en pie, lo que provocó otro rugido de la multitud cuando Gwen les saludó con la mano. Yo la miré, le puse el anillo y ella se quedó boquiabierta cuando lo miró.

—Es enorme —chilló—. ¡Es perfecto!

Me había tomado mi tiempo para asegurarme de que encontraba el anillo perfecto: un brillante redondo de cinco quilates en un aro de diamantes y platino.

Gwen tendió la mano hacia la multitud y la cámara enfocó el anillo, lo que provocó aún más gritos.

—Caray —dijo Scarlet desde el escenario—. Eso sí que es un diamante. Y ya que hablamos de joyas, ¿os apetece escuchar una canción sobre el tema?

Empezó a cantar Anillo de color y Gwen y yo nos unimos para bailarla juntos.

—Vosotros dos, buscaros una habitación.

Era Drew, acompañado de Logan.

Yo sabía que vendrían, pero no estaba dispuesto a soltar a Gwen aún.

—Hola, chicos. Bienvenidos.

—¡Logan! ¡Drew! Oh, Dios mío, hola —dijo Gwen emocionada, y se volvió a mirarme—. ¿Has planeado tú todo esto?

—Y unas cuantas cosas más —confirmé, antes de besarle la cabeza.

Nos abrazamos entre todos y mis hermanos admiraron el anillo en el dedo de Gwen.

—Así que ¿vamos a tener una boda?

Nos volvimos para ver a mi padre y al de Gwen, que se acercaban juntos.

—¿Papá? —dijo Gwen con voz temblorosa.

Echó a correr hacia él, que la cogió en sus brazos y giró con ella. Cuando la dejó en el suelo, ella corrió a abrazar a mi padre también.

—No puedo creer que hayas organizado todo esto —dijo Gwen, limpiándose las lágrimas de los ojos.

—Pues aún hay más —reí.

Para cuando terminó el concierto, nuestro palco estaba lleno.

Sarah se había unido a nosotros junto con su nuevo novio, Ted, y también habían venido Kevin y Sydney, que habían aceptado a regañadientes salir una noche sin su bebé, Jack.

Aunque Kevin me había dicho que los dos habían derramado más de una lágrima ante la idea de dejarlo con una canguro, yo me alegraba mucho de que hubieran venido.

Aquel lugar estaba lleno de amor, y no podía creer que estuviéramos todos juntos para celebrar lo que estaba por venir.

Gwen y yo por fin estuvimos a solas unos momentos hacia el final del concierto.

—Nunca creí que podría ser tan feliz —me dijo Gwen, con los ojos llenos de lágrimas de nuevo.

—Nunca he visto a una mujer tan feliz llorar tanto —reí con dulzura y le limpié una lágrima de la mejilla con el pulgar.

—Pues más vale que inviertas en pañuelos de papel, porque si sigues haciendo cosas como esta, no voy a parar nunca.

—Sí, tienes razón. Nos espera una fiesta de compromiso. Lágrimas. Boda. Lágrimas. Luna de miel. Esperemos que ahí no haya lágrimas… Más adelante, un bebé…

—¿De cuánto más adelante estamos hablando? —preguntó ella con un respingo.

Le besé una mano y me encogí de hombros.

—No tengo un plan concreto, pero sí sé que estoy preparado para cualquier aventura a la que nos enfrentemos.

—Me gusta cómo suena eso —respondió ella—. Considérame tu compañera de viaje para el resto de tu vida.

—No podría pedir un copiloto mejor.

Volví a besarla y, en algún lugar de la distancia, se escuchó el sonido de otra ovación.