Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 32 Gwen
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32 Gwen

GWEN

Esperé en la cola para bajar del avión, cansada y deseando haberme permitido el lujo de ir en clase business.

Diez horas atrapada junto a un tío que no creía en los auriculares y se había visto entera The Big Bang Theory, me habían dejado exhausta y de peor humor del que debería estar, teniendo en cuenta lo que tenía por delante.

Se suponía que esa oportunidad debería emocionarme.

Una compañía de relaciones públicas muy respetada y de larga tradición se había puesto en contacto conmigo sin previo aviso para proponerme fusionarse con mi recién estrenada empresa.

Bueno, eso no era del todo cierto. En cuanto se hizo público el papel que yo había tenido en la tregua entre Harrison y Scarlet, no había parado de recibir correos con diferentes propuestas. Tenía toda clase de opciones.

Así que, ¿por qué había optado por viajar al otro lado del mundo, cuando había gente que me pedía ayuda a gritos a la vuelta de la esquina, en Hollywood?

La respuesta era muy sencilla. Necesitaba alejarme de todo lo que me recordara a él.

Harrison estaba dondequiera que mirase. La única forma de sacármelo de la cabeza era poner mi vida patas arriba durante una temporada.

Unos cuantos miles de kilómetros entre nosotros no me harían daño.

Estaría tan ocupada recordando mirar al lado contrario de la calle antes de cruzar y tratando de comprender la diferencia entre una galleta y un biscote, que no me quedaría tiempo para pensar en lo que habíamos tenido y lo que había perdido.

Al menos, eso era lo que esperaba.

Seguí al grupo de viajeros, que avanzaban con lentitud, pensando en cuál sería mi siguiente paso.

Wakefield iba a enviar a alguien al aeropuerto para que me llevase a mi hotel, y tendría la noche para mí antes de comenzar la visita al día siguiente.

Con suerte, tendría tiempo suficiente de recomponerme, para que no se notara el efecto de la diferencia horaria.

Aunque aún estaba en el aeropuerto, las cosas ya parecían diferentes.

El pub tradicional inglés, situado junto a una tienda de Harrods, me dio la primera pista de que ya estaba al otro lado del charco.

Normalmente, estaría absorbiéndolo todo, porque era una anglófila no declarada y me encantaban las aventuras nuevas, pero supuse que la falta de entusiasmo se debía a estar agotada.

En cuanto empezara a trabajar, me sentiría fenomenal.

Mantenerme ocupada sería la mejor manera de superar mi corazón roto.

Wakefield había sugerido que me quedase varios meses, o hasta un año entero, y lo estaba considerando muy en serio.

Sarah y mi padre me apoyaban incondicionalmente, aunque los dos habían sugerido que, tal vez, estaba huyendo de mi vida.

Bueno, eso no era importante. Me había comprometido a completar, al menos, un mes de prueba y, por fin, tenía algo interesante en lo que concentrarme.

Había estado siguiendo al rebaño de pasajeros sin apenas fijarme por dónde iba. El equipaje, eso era. Tenía que recoger la gigantesca maleta con todo lo que necesitaba para los próximos treinta días.

Mi contacto en Wakefield me había indicado que buscara a alguien que llevaría un cartel con mi nombre al salir de la recogida de equipajes, por lo que me sorprendió ver a un hombre con traje negro y un cartel, mucho antes de llegar a las cintas de equipajes.

El cartel mostraba una flecha, sobre la que ponía: Gwen Ackland, por aquí, por favor.

Ya, bueno. Ese era el plan, en cualquier caso, pero gracias por dejarlo tan claro. Me acerqué a él.

—¿Es usted mi…?

Él me hizo una ligera inclinación y señaló un lugar algo más allá.

—Bienvenida, señorita Ackland. Por aquí, por favor.

—Oh —respondí—. De acuerdo, gracias.

Yo me dirigí hacia donde había indicado, pero él no me siguió. Tal vez su trabajo solo era recibirme e indicarme el camino, y el conductor sería otra persona.

Al poco, encontré a otro hombre con un cartel con mi nombre y un mensaje idéntico al anterior.

—Hola, soy Gwen —me presenté—. ¿Es usted el conductor?

—Bienvenida —respondió él, con otra inclinación de la cabeza.

¿Me había convertido en la realeza de repente, o algo así?

Él señaló a donde otro hombre más, vestido igual que los anteriores, me esperaba más adelante en el pasillo, también con un cartel. Me acerqué a él, dispuesta a conseguir una aclaración.

—Hola. ¿Le importa explicarme de qué va esto?

—Saludos. —Otra inclinación, otro gesto para señalar un lugar más allá.

Miré más lejos, y descubrí docenas de hombres vestidos de negro con carteles distribuidos por toda la zona, con la aparente intención de llevarme a un lugar que comprendí que no era donde estaban las cintas de recogida de equipaje.

El corazón me empezó a latir con fuerza y perdí toda la esperanza de golpe, de un modo que me dejó temblando.

No te precipites, me advertí a mí misma.

Es posible que sea una treta montada por Wakefield.

A las empresas de relaciones públicas les gusta montar numeritos, es parte de su razón de ser.

Tal vez esta sea su forma de demostrarme la ilusión que les hace trabajar conmigo.

Era imposible que se tratara de otra cosa que no fuera el comité de bienvenida de Wakefield. ¿Verdad?

Otros viajeros parecían estar tratando de descubrir también lo que pasaba.

Esperé confundirme entre ellos mientras seguía los carteles hacia lo que fuera que me estaba esperando.

Tal vez, mis nuevos colegas habían acudido al aeropuerto para recibirme y, a lo mejor, iban a llevarme a tomar algo a un bar.

Pero… al seguir andando, me fijé en que los siguientes hombres vestidos de traje llevaban una rosa, además del cartel. Los primeros tenían rosas amarillas. pero, al seguir andando, los colores de las rosas cambiaron a naranja, luego melocotón y, después, rosa.

Bueno, vale. Era un gesto algo más romántico de lo que habría esperado de mis nuevos colaboradores, pero no dejaba de ser todo un detalle.

Escuché un alboroto detrás de mí y comprendí que la escena había atraído la atención de una pequeña multitud, que también quería saber qué estaba pasando.

Yo seguí caminando y terminé en una zona amplia y muy bonita, con grandes paneles de cristal que mostraban varios momentos de la historia del Reino Unido.

En el centro, bajo enormes cristaleras situadas en el techo, había una fuente muy llamativa.

Entonces, me fijé en el que debía ser el último hombre de negro, el principal, situado de espaldas a mí. Contuve la respiración, porque su silueta me resultaba familiar.

No. Era imposible.

Él se dio la vuelta, y confirmó lo que mi corazón ya había adivinado.

—¿Harrison?

Estaba de pie, en el centro de la zona de observación, con un ramo enorme de rosas rojas.

—Hola, Gwen.

El ruido a nuestro alrededor se redujo varios decibelios, como si la gente hubiera comprendido que el espectáculo estaba a punto de comenzar.

—Pero ¿qué…? —Me acerqué a Harrison, sacudiendo la cabeza—. Esto no puede ir en serio. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Tenerlo a solo unos metros de distancia era como tratar de mantenerse en pie en un huracán. A pesar de todo lo que me había hecho pasar, no ansiaba otra cosa que acercarme a él y pegar mi cuerpo al suyo.

—El «cómo» da igual —dijo él—. Pero ¿te parece bien que haya venido?

No quería creer que estuviera ocurriendo aquello.

Él me había decepcionado en demasiadas ocasiones.

Sabía que organizar a todos aquellos hombres y conseguir las flores no habría sido fácil, pero también era cierto que la billetera de Harrison podía hacer milagros.

Solo tenía que hacer unas cuantas llamadas o, lo que era más probable, pedir a Susan que las hiciera.

En cualquier caso, la presentación ostentosa daba igual.

Lo que yo necesitaba era su corazón, la parte de él que parecía incapaz de compartir.

—Cómo no me va a parecer bien —contesté por fin—. Te dedicas a la aviación. Los aeropuertos son como tu oficina.

Él se aclaró la garganta y cambió de posición el ramo, al parecer algo frustrado porque yo no había comprendido a qué se refería.

—He venido por ti, Gwen —explicó con sencillez.

Permití que un diminuto rayo de sol penetrara en la oscuridad que había estado alojada dentro de mí. Había empezado bien, señor Ashford.

—Oh. Qué detalle —contesté.

En mi interior, estaba temblando, pero, por suerte, mi voz sonó firme.

Yo ya había puesto mis sentimientos sobre la mesa; en ese momento, no había necesidad de darle nada más.

A nuestro alrededor, fue como si la energía se intensificara, mientras Harrison parecía estar preparándose para lo que fuera a pasar.

—Me gustaría decirte algunas cosas. —Frunció un poco el ceño—. Necesito decirte algunas cosas.

Me empezaron a sudar las manos. No habría venido hasta el otro lado del mundo para darme malas noticias, ¿no?

—Te escucho —respondí.

El corazón me latía con tanta fuerza que tuve la sensación de que necesitaría apoyarme en algo para no caer al suelo.

Ni en sueños habría imaginado una situación como aquella y, aun así, estaba ocurriendo, delante de un público situado en dos niveles.

En la barandilla del piso de arriba, había gente asomada, y habían sacado el móvil para grabar el espectáculo.

—He sido un idiota —empezó él—. He huido de lo mejor que tenía en mi vida. Y lo he hecho tres veces, según a quién preguntes.

No permití que asomara a mis labios la sonrisa que estaba sintiendo.

—Eso va a cambiar hoy —continuó—. He venido para decirte que, desde este momento, me pasaré la vida corriendo hacia ti, Gwen. Ningún destino está demasiado lejos, si eres tú quien me espera allí.

Las lágrimas amenazaban con brotar de mis ojos, pero necesitaba escuchar todo lo que fuera a decir antes de dejarlas fluir. Después de todo, aún existía la posibilidad de que sus siguientes palabras rompieran la ilusión de que lo nuestro podría funcionar.

Harrison hizo una pausa, como si esperase una respuesta mía y, cuando no dije nada, continuó.

—La he cagado, Gwen, de muchas formas distintas. Dejé que salieras de mi vida, y he pasado cada día desde entonces lamentando la forma en que te traté. Te mereces algo mucho mejor.

Aquello me trajo a la mente la cara de mi padre, y me lo imaginé diciendo: «Exacto, por supuesto que lo merece».

—Al principio, no estaba seguro de poder ser el hombre que tú necesitabas —siguió diciendo Harrison—. Yo, bueno, tenía unos bloqueos que necesitaba resolver. Debe resultar bastante evidente que no se me da bien gestionar o expresar mis sentimientos.

—¿Tú crees? —respondí, conteniendo una risa.

Él me dedicó una media sonrisa.

—Sí, pero ese es el viejo Harrison. Quiero presentarte al nuevo, si me lo permites.

—Tengo la sensación de que ya he empezado a conocerle —respondí—. El que te hayas presentado aquí no es nada propio de ti. Los únicos riesgos que sueles correr son los de negocios.

La multitud que nos rodeaba se quedó aún más callada, ahora que el monólogo se había convertido en un diálogo. Nadie quería perderse nada.

—Estaba dispuesto a asumir cualquier riesgo para llegar a ti y, con suerte, demostrarte lo mucho que me importas. Gwen, de ahora en adelante, espero que me permitas seguir estando a tu lado.

Se acercó unos cuantos pasos, y escuché cómo quienes nos rodeaban se acercaban un poco más también. Alguien murmuró «Imbécil del Aire» y supe que nos habían reconocido.

Me había quedado sin palabras. Jamás habría imaginado que Harrison no solo admitiría que se había equivocado sino, además, que me prometería cambiar. En ese momento, abandoné por fin toda mi desconfianza.

Aquello era real. Estaba ocurriendo y, por fin, él me estaba dando exactamente lo que yo había necesitado. El diminuto rayo de esperanza se convirtió en una llamarada solar, y permití que acabara con mi tristeza.

—He venido hasta aquí sin ninguna garantía —dijo él—, para poner mi corazón a tus pies y apostar el resto de mi vida a este momento.

Harrison dejó el ramo de rosas en una mesa cercana y, por fin, se acercó a mí. Todo lo demás desapareció y, en ese momento, fuimos las únicas personas en aquel lugar enorme.

—Solo un tonto se negaría a creer lo que su corazón reconoce como cierto. Tienes mi corazón, Gwen. Ha sido muy fácil enamorarse de ti.

Estaba tan ocupada pensando en lo guapo que era, que me estaba costando prestar atención a lo que decía.

—¿Entonces? —preguntó Harrison, con aspecto preocupado.

—Entonces, ¿qué? —pregunté, mientras me preguntaba si aún faltaría mucho hasta que pudiera besarlo.

Él me cogió los brazos y me acercó a su cuerpo con suavidad.

—He dicho que me he enamorado de ti.

La sensación de sus manos, unida a su confesión, resultaron demasiado. Me quedé mirándolo.

—Tú… ¿Tú me quieres? —pregunté, entre lágrimas.

Él asintió y pareció aliviado.

—Mucho. Joder, te quiero muchísimo.

Me lancé a sus brazos y oculté la cara en su cuello, porque sabía que estaba llorando a moco tendido. A nuestro alrededor, había montones de cámaras capturando el momento, y algunas personas rompieron a aplaudir.

—Harrison, yo también te quiero —murmuré entre lágrimas—. No puedo creer que esté pasando esto.

Él se apartó un poco para mirarme a la cara.

—Eres preciosa. E increíble. Y…

Por fin nos besamos, y la multitud estalló en una ovación, como si alguien acabara de marcar un gol. La boca de Harrison se curvó en una sonrisa bajo la mía, mientras los aplausos resonaban por el aeropuerto.

Yo había comenzado el día con el corazón roto y la vista puesta en mi futuro, pero todo eso acababa de cambiar.

Pero… ¿Cómo?

—Harrison, ¿cómo diablos has llegado aquí tan rápido? ¿Y cómo has sabido dónde estaba? Y todos esos tíos con los carteles, ¿quiénes son?

—Salgamos de aquí, y te lo contaré todo.