31 Harrison
HARRISON
Apesar del tiempo transcurrido, aún no me había acostumbrado a lo fría que parecía la planta ejecutiva desde la marcha de Gwen.
Susan seguía siendo tan eficiente como siempre, pero me sorprendí echando de menos sus cotilleos y su charla anterior.
Parecía decepcionada conmigo, aunque no lo admitiría en voz alta.
Podía ser muy expresiva cuando desaprobaba mis decisiones de negocio, pero sabía bien que no debía meterse en mi vida privada.
Al menos, en esa ocasión había decidido no hacerlo. En el pasado, Susan había estado encantada de dar su opinión sobre cualquier modelo o actriz con la que yo saliera. Gwen parecía ser intocable.
—Buenos días, Susan.
Me detuve ante su mesa, esperando que dejara de actuar de un modo tan distante, pero, tras lanzarme una mirada rápida, volvió a teclear a la velocidad del rayo.
—Buenos días. Vuelves a llegar temprano.
Yo no solía llegar antes de las nueve, pero últimamente prefería enfrascarme en el trabajo tan pronto como salía el sol. Susan, siempre tan eficiente, llegaba a las siete y media sin falta.
—Sí, hay mucho lío.
—Entendido. No ha habido cambios en tu agenda.
Ella no se molestó en levantar la vista de lo que estuviera haciendo. Era evidente que seguía sin querer hablarme.
—De acuerdo. Gracias.
Entré en mi despacho, con la esperanza de tener tanto trabajo que me permitiera bloquear los pensamientos que no dejaban de entrometerse en mi cabeza, como lo estúpido que había sido por pensar que unos cuantos electrodomésticos nuevos podrían devolverme a Gwen.
Durante nuestra última llamada, que no dejaba de repasar en mi mente cada vez que cerraba los ojos, ella había hecho un análisis de nuestra relación que no pude rebatir, porque había tenido razón en todo.
Y yo no tenía forma de arreglar las cosas.
Estaba desesperado por conseguirlo. Tenía que demostrarle que podía ser el hombre que ella quería, el que merecía.
El problema era cómo hacerlo. Estaba claro que con regalos no conseguiría nada, y necesitaba tiempo para encontrar la forma de hacerla volver, porque no pensaba cagarla dos veces.
Lo conseguiría, aunque aún no sabía cómo, ni cuándo.
Recibí una llamada de Deb, del departamento jurídico, y mi día se puso en marcha. No levanté cabeza hasta dos horas más tarde, cuando apareció Susan en la puerta con aspecto más fúnebre del habitual, a pesar del alegre color amarillo de su chaqueta.
—Sé que no utilizas las redes sociales, así que te he enviado un enlace que creo que deberías ver. Está marcado como «urgente», así que será mejor que lo veas ya.
Se marchó antes de que pudiera preguntarle nada. Con un suspiro, abrí mi correo electrónico y pinché en su último mensaje.
El enlace incluido llevaba a un vídeo, y solo con ver la imagen congelada de Gwen, se me cortó la respiración. Joder, la echaba tanto de menos que me dolía. ¿Cómo la había dejado escapar?
Era un imbécil, así de sencillo.
Puse el vídeo en marcha y el estómago se me encogió aún más cuando Gwen me sonrió desde la pantalla, con aspecto feliz e ilusionado.
—Hola, amigos. Os he estado ocultando un secreto y, por fin, ¡ha llegado el momento de contároslo!
Estoy valorando una oportunidad increíble para asociarme con una empresa de relaciones públicas de Londres, porque todos sabemos que el drama no conoce fronteras.
Así que me voy a trasladar allí para tantear las perspectivas durante un mes, o tal vez más tiempo, si la cosa va bien, y explorar si tengo sinergias con Wakefield and Co.
—Guiñó un ojo y se rio—. ¿Os gusta la jerga corporativa?
Bueno, el caso es que voy de camino al aeropuerto, con un montón de adelanto porque así soy yo.
Nos vemos cuando esté al otro lado del charco. ¡Ciao!
Me había quedado sin aliento. ¿Un mes? ¿Y se estaba yendo en ese momento? ¿Lo había sabido cuando se despidió de mí? Su vídeo sonaba como si existiera la posibilidad de que se quedara allí definitivamente o, al menos, a largo plazo.
Habían pasado muchas cosas desde que rompimos.
Su negocio había empezado muy bien, y yo me había limitado a ser un mero espectador de esa nueva fase de su vida, aunque se suponía que debía haber estado a su lado al comenzarla.
Claro, que ella no necesitaba mi apoyo, ya me lo había demostrado una y otra vez.
Miré la hora del vídeo. Lo había publicado hacía treinta minutos, y había dicho que iba al aeropuerto con mucho adelanto. Muy bien, yo sabía a dónde volaba, así que era el momento de actuar.
—¿Susan? —grité.
Ella apareció en la puerta, tratando de contener una sonrisa triunfante. Nunca encontraría a nadie como ella.
—¿Sí?
—¿Puedes pedir un favor a Jason, de Heli-One, y preguntarle si me puede llevar al aeropuerto inmediatamente?
El tráfico hasta el aeropuerto era siempre una pesadilla impredecible, así que no tuve que pensar mucho para decidir que diez minutos en helicóptero era una opción mucho mejor que intentar llegar en coche.
—Claro, por supuesto.
Ella comenzó la llamada antes incluso de darse la vuelta para marcharse.
De acuerdo, perfecto. Tendría tiempo de sobra para llegar al aeropuerto.
Llamé a uno de mis conocidos en el departamento de operaciones del aeropuerto con la idea de averiguar en qué vuelo iría Gwen, pero resultó que se les había caído el sistema.
Él prometió llamarme en cuanto lo hubieran arreglado.
Eso no era lo idóneo.
Sonó el intercomunicador, lo que tampoco era idóneo, porque Susan solo lo utilizaba cuando no quería hablar cara a cara. Pulsé el botón para responder.
—Espero que sean buenas noticias.
—Pues, por desgracia, Jason no tiene ninguna disponibilidad ahora mismo. Uno de los helicópteros está en el taller. Te pide disculpas.
—¿Y cuándo tendrá disponibilidad? —pregunté entre dientes.
—No antes de comer.
Eran las nueve. Joder. Si el vuelo de Gwen salía a mediodía, llegaría por los pelos, incluso considerando lo corto que sería el vuelo al aeropuerto.
—Dale las gracias, pero eso no me vale. Se lo agradezco mucho, en cualquier caso.
No quedaba otra opción. Tenía que ir en coche al aeropuerto, a pesar del tráfico y los controles de velocidad. No pensaba perder la oportunidad de decirle a Gwen en persona que reconocía mis errores y estaba dispuesto a cambiar, si eso nos permitía estar juntos de nuevo.
Sí, no sería perfecto, pero era un comienzo.
Me puse en pie de un salto, cogí mi chaqueta y corrí a la puerta.
—Me marcho —dije a Susan por encima del hombro—. No sé cuándo volveré.
—Me alegro mucho de oír eso —canturreó ella a mis espaldas.
Pude escuchar la sonrisa en su voz. Era ella quien me había permitido trazar un plan.
Si no me hubiera avisado, nunca habría sabido que Gwen se marchaba.
Le debía una bonificación enorme, pasara lo que pasara.
Por supuesto, el único resultado aceptable sería tener a Gwen en mis brazos de nuevo.
No estaba dispuesto a considerar ninguna otra alternativa.
Esa mañana había ido a la oficina en el Aston Martin, lo que resultó una bendición y una maldición a la vez.
Necesitaba velocidad, pero me preocupaba lo que pudiera hacerle a mi preciado coche conduciendo sin control hasta el aeropuerto.
Claro, que estaba dispuesto a comprarme una flota entera de coches nuevos si conseguía llegar a tiempo hasta Gwen.
Sonó el teléfono, y consideré ignorar la llamada, hasta que vi de quién era.
—Hola, Drew. ¿Va todo bien?
—Sí. ¿Por qué siempre asumes que solo llamo cuando hay una emergencia?
Sonaba defensivo y un poco triste, al mismo tiempo.
Reduje la marcha al ver que el coche de delante frenaba.
—Mierda.
—¿Qué?
—Nada. Es que voy de camino al aeropuerto y hay mucho tráfico —gruñí—. ¿Qué pasa?
—Papá me ha contado que pasaste por su casa y hablasteis de mamá y del invernadero.
Había sido mucho más que eso, y los dos lo sabíamos.
—Sí, me alegré de verlo. Y de estar en casa —admití—. Hacía mucho tiempo desde la última vez. Echo de menos cómo eran las cosas antes.
—Exacto, y eso me ha hecho pensar que podríamos quedar a tomar algo pronto. Apenas hablamos durante la fiesta. No es nada importante, solo he pensado que no estaría mal quedar algún día, ¿sabes?
Era un gesto inesperado, y no estaba seguro de a qué se debía.
Aunque vivíamos en la misma ciudad, por lo general no nos veíamos más que unas cuantas veces al año.
Pero, para variar, no intenté comprender sus motivos ulteriores, si es que los tenía.
Vernos resultaría un poco tenso al principio, pero él estaba haciendo un esfuerzo, y eso era lo importante.
Tal vez, mi recién encontrada disposición a admitir mis sentimientos por Gwen se estaba transmitiendo por el cosmos, de alguna manera, y otras personas podían notarla.
—Sí, eso me gustaría mucho. Gracias.
—Y me gustaría conocer mejor a Gwen. Me cayó bien.
Sentí la tentación de contarle lo ocurrido entre nosotros pero, con un poco de suerte, en breve ya no sería relevante.
—Sí, es increíble —dije, en cambio.
—Quizá podríamos organizar una cena más adelante, una vez que resuelva todo el lío que tengo con el organizador de eventos del Carmel Luxe.
—Creía que habías encontrado a alguien —dije, mientras cambiaba de carril—. Papá me contó algo de eso.
—Sí, pero no funcionó. Aún no tenemos a nadie.
—Siento escuchar eso. Cuando lo tengas resuelto, sí que debemos preparar una cena de familia.
Era más un deseo que otra cosa, asumiendo que Gwen estuviera dispuesta a darme una segunda oportunidad. O, según sus cálculos, una tercera oportunidad.
—Genial, tengo muchas ganas. ¿Llamo a Susan, para que lo ponga en tu agenda?
La resistencia de mi hermano a la tecnología me hacía reír.
—Eres de la familia, no alguien con quien haga negocios. Puedes mandarme un mensaje con los días que te vengan bien, ¿sabes?
—No, no puedo. Mis dedos son demasiado grandes para las teclas, y no sé cómo corregir las tonterías que escribo.
Pisé el freno a fondo para evitar embestir al coche que tenía delante.
—Como quieras. Llama a Susan, entonces.
—Me apetece mucho —dijo él.
Sonreí, a pesar de que la fila de coches que tenía delante se había detenido.
—Yo también.
Colgamos, y como el tráfico apenas avanzaba, aproveché para mirar Waze.
Mierda, había un accidente y el resto del trayecto ahora me costaría una hora.
Mi colega de operaciones me había enviado por fin la información del vuelo de Gwen, y el retraso significaba que iba a tener que correr mucho para llegar a tiempo.
Para poder decirle que, desde ese momento, solo iba a correr hacia ella, no a alejarme.
Una de las muchas ventajas de estar en el sector de la aviación era no estar sujeto a las reglas habituales, como la de tener que aparcar a un kilómetro de la terminal. Tenía una tarjeta de acceso especial que me permitiría aparcar muy cerca, y esa mañana me iba a venir muy bien.
Al llegar, aparqué en un espacio libre, salté del coche y eché a correr, tratando de utilizar el móvil al mismo tiempo.
Tan solo faltaban unos minutos para que cerraran su puerta de embarque, y tendría mucha suerte si ella no había subido aún al avión.
No estaba muy seguro de si tendría que tirar de galones de algún modo, pero estaba dispuesto a pedir todos los favores que pudiera para lograrlo.
Miré cómo avanzaba el reloj mientras corría por la terminal, esquivando familias y personas mayores, y esperando contra toda esperanza llegar a tiempo… Hasta que la perdí por completo cuando la información del vuelo de Gwen desapareció de la pantalla de mi teléfono. Me detuve en seco.
—Maldita sea —murmuré para mis adentros.
Me situé delante de las pantallas que anunciaban las llegadas y salidas, tratando de pensar en un plan alternativo.
En ese momento, Ashford Jets solo tenía un avión capaz de hacer vuelos internacionales, y no había mirado si estaba disponible.
No pensaba cancelar los planes de viaje de ningún cliente, así que me limité a cruzar los dedos mentalmente mientras miraba los planes de vuelo de los próximos días.
Gracias a alguna especie de milagro, el avión no estaba reservado hasta el próximo lunes, así que era todo mío, si lo quería.
O, más bien, el avión estaba disponible, pero no era mío en el sentido de pilotarlo, porque no había hecho un vuelo internacional en siglos, y no tenía horas de vuelo suficientes para hacer aquel viaje con seguridad.
Quedaba una última pieza del puzle por completar.
Comencé una llamada con rapidez, antes de convencerme a mí mismo de que sería mejor no pedir semejante favor.
—¿Qué pasa, colega? —preguntó Kevin en su tono alegre de siempre.
—Tengo una pregunta rara para ti. ¿Tienes algo importante que hacer en las próximas veinticuatro o cuarenta y ocho horas?