30 Gwen
GWEN
No conseguía determinar por qué razón estaba remoloneando con lo de elegir un asistente.
Había entrevistado a cinco personas que estaban más que cualificadas, y todos ellos me habían caído bien, hasta el punto de que podía imaginarme lo bien que trabajaríamos juntos.
Pero notaba una especie de bloqueo inexplicable, que atribuí a la fatiga derivada de tomar tantas decisiones.
Demasiadas decisiones difíciles, y falta de capacidad mental necesaria para elegir. Ya lo pensaría al día siguiente. Claro, que eso era justo lo que había dicho el día anterior.
Seguía pensando en las ventajas e inconvenientes mientras avanzaba por el descansillo hasta mi piso.
Saqué las llaves del bolso, pero me detuve en cuanto estuve frente a la puerta.
Estaba abierta, y se oían voces y unos golpes fuertes procedentes del interior.
¿Habría llegado Sarah antes de lo previsto, y decidido dar una fiesta para liberar estrés a base de echar abajo las paredes?
Porque los ruidos que se filtraban hasta el pasillo eran la leche de preocupantes.
—Esto, ¿hola? —llamé al empujar la puerta para entrar.
El aire estaba lleno de polvo.
Entonces vi que la encimera de la cocina estaba rota y apoyada contra la pared del recibidor.
El corazón me empezó a latir tan fuerte que parecía querer salírseme del pecho.
¿Quién estaba destrozando mi casa? ¿Y por qué?
Además, si habían entrado unos ladrones, ¿por qué se habían dedicado a atacar la birriosa encimera de mi cocina?
Me adentré en el piso, más enfadada que asustada, y me quedé helada cuando vi a dos hombres ocupados en instalar una encimera nueva que reemplazaba a la anterior. Una encimera de mármol.
—¿Quiénes son ustedes, y qué hacen en mi piso? —grité.
No me contestaron, se limitaron a resoplar y bufar mientras colocaban la nueva encimera en su lugar. Cuando la tuvieron situada, uno de los dos hombres, más canoso y con aspecto de no tener menos de sesenta años, por fin se dignó a hacerme caso.
—El conserje, Cyrus, nos ha dejado entrar. No hemos hecho más que empezar, guapa.
Señaló hacia el salón en penumbra, detrás de mí y, al darme la vuelta, vi un frigorífico nuevo con pared de cristal, una espectacular cocina La Cornue color azul roquefort, de la serie CornuFé 110 y un lavavajillas de acero inoxidable.
Tuve que preguntar, aunque ya sabía la respuesta.
—¿De dónde ha salido todo esto?
—Ni idea, guapa. Nosotros solo hacemos nuestro trabajo.
—Eh, la nota —dijo su compañero, que estaba señalando un sobre situado sobre la encimera.
—Ah, sí, Cyrus dejó esto para ti. Puede que ahí tengas la respuesta.
Lo cogí y me deslicé entre los electrodomésticos nuevos hasta llegar a la ventana, para poder sentir el sol en la cara mientras me enfrentaba a lo que Harrison Ashford tuviera que decir. Inspiré hondo antes de abrir el sobre.
Gwen:
Entré en tu vida y, en muchos sentidos, la he hecho más difícil. Te pido disculpas por ello. Por favor, considera este gesto como un detalle para hacer que tu vida sea más fácil y, lo que es más importante, para hacerte feliz. Espero que hagas todo el pan de masa madre y toda la quiche que puedas.
Atentamente,
Harrison
Apoyé la frente contra el cristal mientras trataba de asimilar aquel mensaje.
Resultaba evidente que era un gesto muy generoso.
No quería ni pensar en lo que habría costado todo aquello, porque solo el horno se debía vender por unos diez mil dólares.
Y, como gesto, era muy dulce. Harrison había tenido en cuenta lo que era importante para mí, y me lo había proporcionado, envuelto para regalo y sin ningún estrés.
Entonces, ¿por qué me parecía todo tan vacío?
Recordé la conversación que tuve con mi padre aquel día durante el desayuno. ¿A él le parecería que eso era volver arrastrándose? Puede que sí, al principio, pero una vez que analizara la situación con él, sabía que estaría de acuerdo conmigo, y su respuesta sería un no enorme.
Miré el caos a mi alrededor. Mi cocina se convertiría en una obra de arte, y ya me imaginaba la forma en que esas mejoras cambiarían lo que podía cocinar, y cómo lo haría.
Como mínimo, debería darle las gracias por un regalo tan creativo.
Un mensaje de texto o un correo electrónico me parecieron demasiado impersonales y, aunque no tenía ninguna gana de hablar con él, sabía que solo valdría una llamada de teléfono.
Marqué el número y esperé que estuviera demasiado ocupado para contestar.
—Gwen. —Había contestado después del primer tono, como si hubiera estado esperando la llamada—. Hola.
El gran Harrison Ashford sonaba… ¿nervioso?
—Hola. Tu regalo es increíble. Es lo más. Muchas gracias.
—¿Encaja todo bien? Porque he tenido que estructurarlo todo de memoria.
Lancé una mirada a donde los hombres estaban encajando la maravillosa cocina nueva en el lugar donde había estado la antigua.
—Sí, parece que sí. Es bastante impresionante que lo hayas calculado de una forma tan acertada.
—Ha sido un riesgo calculado, pero ha merecido la pena. ¿Qué tal pinta tiene?
—Ahora mismo está todo hecho un desastre, pero ya me puedo imaginar cómo quedará. Es una mejora increíble. Quién sabe, igual dejo las relaciones públicas y me dedico a la repostería a tiempo completo.
—No lo hagas —respondió con una risa—. Los atletas drogadictos y las actrices complicadas te necesitan.
Los dos nos quedamos callados.
—Todo eso es para disculparme por mi comportamiento —dijo Harrison por fin—. Lo siento de verdad, Gwen.
La sinceridad en su voz hizo que se me encogiera el corazón, pero también que resultara aún más difícil decir lo que debía decir, a pesar de mi nueva cocina de un millón de dólares.
—Te lo agradezco mucho, Harrison, pero es demasiado. Eso era lo que quería decirte.
—Si te hace feliz, nada es demasiado —respondió con rapidez, como si supiera hacia dónde se dirigía la conversación y quisiera evitarlo antes de que ocurriera.
Inspiré hondo antes de hablar.
—Harrison, sé que te gusta intentar arreglar las cosas, pero no me hace gracia que me trates como un problema que puedes resolver con tu cartera mágica.
—Un momento, Gwen, no. Tú nunca has sido el problema. Era yo. Tú siempre has merecido algo mejor de lo que te ofrecía yo. Me aparté de ti porque tenía miedo.
Fruncí el ceño mirando mi reflejo en la ventana. Era tremendo que Harrison admitiera tener miedo, pero eso no resolvía el problema.
—Te agradezco que lo digas.
—Es que es verdad. Me alegro de que hayas llamado, porque me gustaría resolver esto. Espero que nos des otra oportunidad. Que me des otra oportunidad —se corrigió.
Empecé a dar vueltas en círculo, luchando contra lo que mi corazón trataba de convencerme de que dijera. Aquello se parecía mucho a lo que yo había querido oírle decir desde el momento en que me había dejado… Pero no llegaba a serlo del todo.
Él sabía que se había equivocado, pero no había dicho nada sobre si pensaba cambiar. Y, si no cambiaba, acabaríamos teniendo el mismo problema más adelante. No estaba dispuesta a exponerme a todo aquello otra vez. Inspiré hondo.
—Harrison, me encanta tu regalo, pero no cambia nada entre nosotros.
—La voz se me quebró, pero seguí adelante—.
Podríamos volver a intentarlo y, durante un tiempo, nos iría genial.
Creo que los dos lo sabemos. Pero cuando pase algo y las cosas se vuelvan estresantes o complicadas, no creo que pueda confiar en ti.
Tu reacción después de mi accidente me hizo mucho daño.
—Inspiré hondo—. Y tengo la sensación de que la renovación de mi cocina es una versión distinta del mismo rollo.
Es un gesto increíble, pero vacío. Yo te necesité en aquel momento, y tú mantuviste las distancias.
Me das cosas, me compras comida, pero me costó la vida que me dieras un abrazo y, joder, eso dolió muchísimo.
Mucho más que el cristal del parabrisas y el airbag golpeándome la cara.
—Gwen, lo siento mucho, yo…
—Déjame terminar, por favor —pedí, porque el dolor evidente en su voz estaba a punto de hacerme perder la determinación—.
Arreglar las cosas con dinero es muy sencillo, pero si no resuelves los problemas subyacentes, es como decorar con nata una tarta quemada.
Parecerá muy bonita, pero en cuanto la cortes, es evidente que debajo no hay nada que merezca la pena.
Me temblaban las manos, y me sentía algo mareada. Todo aquello estaba poniendo a prueba mi fuerza de voluntad, como si Harrison fuera una droga que mi cuerpo se moría por consumir, a pesar de las advertencias de mi cerebro.
—Ofrecerme regalos… es muy fácil. El problema es que no estoy segura de que puedas darme lo que necesito en una relación. Y no estoy dispuesta a arriesgar mi corazón de nuevo.
Él soltó una larga exhalación, como si mi sinceridad le hubiera descolocado.
—Gwen…
Sabía que no debía esperar que me suplicara cambiar de opinión, ni que admitiera emocionado que tenía mucho en lo que mejorar.
—No sé qué más decir. —Soltó un suspiro tenso, como si le doliera.
Cerré los ojos con fuerza, antes de que pudieran derramar una lágrima.
—Entonces, lo diré yo por los dos. Esto se ha acabado.
El silencio en la línea duró tanto, que pensé que había colgado. Después de todo, ¿con qué frecuencia escuchaba Harrison un «no»?
—¿Eso es lo que quieres, de verdad?
Lo que quería era gritar: «¡Pues claro que no, imbécil!», pero daría igual. Harrison era como era, y no pensaba que fuera a cambiar.
—Sí, lo es. Espero que lo entiendas.
—No puedo decirte que sí, pero respeto tus deseos.
Su respuesta me convenció de haber tomado la decisión correcta. Le había expresado mis sentimientos con total claridad y, aun así, él no lo pillaba.
—Lo entenderé si quieres llevarte los muebles de cocina. Aún no están instalados, será muy sencillo.
—Gwen, no. —Sonó como si la idea de llevarse su regalo le repugnara—. Todo eso es para ti.
—De acuerdo. Gracias. —Mi voz sonó temblorosa, así que me aclaré la garganta—. Supongo que esto es una despedida.
—Ajá.
Su breve respuesta me confirmó que no era solo yo quien se sentía vulnerable.
—Adiós, Harrison.
Hice una pausa para ver si él decía algo más, pero, cuando la línea siguió en silencio, colgué y dejé de contener las lágrimas. Estaba oculta tras el frigorífico, situado en mitad del salón, así que los instaladores no verían cómo se me partía el corazón por la mitad.
—Pero ¿qué diablos es esto?
La voz se escuchó por encima del ruido de la instalación y me hizo dar un salto.
—¿Sarah? —llamé—. ¡Has vuelto!
Me limpié las lágrimas con rapidez y me deslicé entre los trastos para darle un abrazo. Ella se las apañó para verme la cara antes de que la enterrara en su hombro al darle un abrazo.
—¿Qué es todo este lío? ¿Y por qué estás llorando? No entiendo nada. ¿Eso es una cocina de color azul?
Contuve una risa.
—Sí, eso es lo que es.
Ella se apartó, me sujetó los hombros y me miró a la cara.
—Y ¿por qué estás llorando? ¿No te gusta el color azul?
Intenté no deshacerme en un mar de lágrimas, pero no pude impedir que me temblara la barbilla.
—Bueno, han pasado muchas cosas desde que te fuiste, y no he querido agobiarte con ello mientras estabas fuera, porque sé lo intensos que pueden ser tus viajes.
—No entiendo nada. —Mi hermana sacudió rápido la cabeza—. ¿Van las cosas mal con Harrison? ¿Esto es algún tipo de premio de consolación?
—Esa no era su intención, pero, sí, supongo que eso es lo que es.
En ese momento se empezó a oír un taladro muy fuerte y molesto desde la cocina, que acabó con nuestro intento de ponernos al día.
—Bueno, aquí no podemos hablar —observó Sarah—. Quiero que me cuentes todo lo que me he perdido, así que vamos a la playa.
Asentí ante esa idea. Con las olas bañándome los pies, ¿dolería menos hablar de las muchas formas en que Harrison me había hecho daño?
—Vamos. —Sarah me cogió de la mano—. Nos enfrentaremos a esto juntas. Y no olvides que, pase lo que pase, nos tenemos la una a la otra.
Le apreté la mano, y eso me hizo sentir un poquito mejor.