Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 29 Harrison
90%

29 Harrison

HARRISON

—Conque un color neutro, ¿eh? —pregunté a Kevin, señalando el punto color verde salvia en la tapa de la lata de pintura—. ¿No vas a optar por el típico azul o rosa para la habitación del bebé?

—Ni en broma, tío —me sonrió—. No vamos a saber lo que será hasta el día en que decida hacer su aparición.

Miré la habitación vacía.

—Bueno, pues vamos a ello. No debería llevar demasiado tiempo.

—Y esa es la razón por la que no he querido que contrataras una de esas empresas pijas de pintura. Puedo pintarlo yo en un par de horas.

—Podemos pintarlo nosotros —le corregí.

Él me miró y sacudió la cabeza.

—¿El gran Harrison Ashford va a mancharse de pintura sus pantalones de setecientos dólares? Tengo muchas ganas de verlo.

—Eh, ¿te parece bonito hablar así al tío que te va a hacer un favor?

Además, que sepas que he ido a Costco solo para comprar estos pantalones.

Me han costado veinticuatro dólares con noventa y nueve.

Me alegro de que pienses que parecen caros.

Tal vez, podría llevarlos a la oficina y empezar una nueva tendencia.

—Eso habrá que verlo —resopló él.

—Chicos, creo que vais a necesitar esto —dijo Sydney desde la puerta, enseñándonos dos rollos de cinta de carrocero—, para cuando dejéis de hacer el tonto.

—Gracias, cariño. —Kevin se acercó para coger los rollos y se inclinó para besar su tripa, apenas redondeada—. Y ahora, lárgate de aquí. En cuanto abramos la pintura, esto se llenará de vapor tóxico y no pienso exponer a mi pequeña mandarina a ningún veneno.

—Vaya un apodo —murmuré.

—No —rio Sydney—, es por el tamaño que tiene ahora. Es como una mandarina.

Todo aquello me resultaba muy incomprensible, pero me invadió una tristeza inexplicable al ver la ternura con la que Kevin trataba a Sydney, y cómo la instaba a salir de la habitación.

Eran felices, muchísimo, lo que significaba que esa felicidad era posible, aunque no para mí. Yo no estaba hecho para eso.

Kevin se apoyó en el marco de la puerta y se asomó al pasillo para gritar a Sydney.

—¡Y no vuelvas!

La risa de Sydney resonó por el pasillo, antes de que él cerrara la puerta.

Nos pusimos a trabajar, protegiendo con cinta el techo y el rodapié.

—Bueno, tengo que preguntártelo —anunció Kevin—. ¿Qué te pasa? Estás muy callado.

—Es mi estado normal —respondí—. Ya deberías saberlo.

—Ni de coña.

Pensé en intentar esquivar la pregunta de nuevo, pero Kevin era demasiado paciente y persistente como para darse por vencido, así que pensé que sería mejor confesar.

—Gwen y yo no estamos… Esto, ya no salimos juntos —dije por fin.

Él se detuvo y se volvió a mirarme.

—Ay, vaya. Siento oír eso, hombre. ¿Quieres decir que ya no os dirigís la palabra, o seguís hablando en el trabajo?

Sacudí la cabeza y miré la cinta que tenía en las manos.

—Su contrato con Ashford ha terminado, y ahora va a montar su propia agencia especializada.

—Joder.

—No pasa nada. Estoy bien —mentí.

—No sé —musitó él, volviendo a aplicar cinta—. Ella parecía diferente. Yo no pasé demasiado tiempo con vosotros, pero durante aquel vuelo, parecía que estabais muy en sintonía. Ella sabe manejarte, y no te aguantaba las tonterías.

—Cierto —reí a pesar de mí mismo.

—¿La echas de menos?

Era una pregunta que no me había permitido considerar. Prefería centrarme en los hechos: Gwen había sido parte de mi vida, ya no lo era, y lo mejor que podía hacer era seguir adelante.

—Me tomaré tu silencio como un sí —ofreció Kevin.

—Sí, la echo de menos —respondí, centrado en despegar un extremo de cinta desgarrado.

—Muy bien, atontado. Si no has hecho alguna estupidez, como acostarte con una supermodelo, ve a por ella.

—No es tan fácil —protesté—. Somos dos personas muy diferentes. Ella necesita cosas que yo no soy capaz de ofrecerle.

—¿Como qué? —Kevin se volvió a mirarme atónito—. Porque tienes el mundo en tus manos.

—Kev… —dije, en un tono que dejaba claro que no quería hablar del tema, pero Kevin no era de los que dejaban las cosas a medias.

—Yo solo digo que parecíais estar muy bien juntos, y eso no es habitual. A mí me da la sensación de que no se trata de que no puedas darle lo que quiere, sino que te da miedo hacerlo.

Estaba lanzándome un desafío, y lo sabía. Yo me dediqué a poner cinta cuidadosamente en uno de los rincones de la habitación.

—Puedes ignorarme todo lo que quieras —continuó Kevin—. Solo creo que debes saber que el amor no tiene por qué dar miedo. Cuando encuentras a la persona adecuada, todo encaja sin más, y la sensación es la hostia de increíble. Como si volvieras a casa, pero en un sitio donde no has estado nunca.

Sí, yo sabía muy bien de qué hablaba, porque eso era lo que había sentido con Gwen.

Estar con ella era muy sencillo, y la leche de sexi.

Una combinación de pasión y bienestar que no había sentido antes.

Noté la mirada de Kevin sobre mí mientras seguía con mi tarea, pero no tenía ganas de seguir hablando de Gwen. Era como hurgar en una herida.

—¿Qué tal en el trabajo? —le pregunté por fin—. Las opiniones de tus pasajeros han sido sensacionales. La gente empieza a pedir que les lleves tú.

Kevin se echó a reír.

—Ese ha sido el peor cambio de tema que he visto en mi vida. Pero, vale, como quieras. El trabajo va… bien.

—¿Eso es todo? ¿Bien?

—Me da lo que necesito. Puedo pagar las facturas y nos ayudará a prepararnos para recibir al nuevo miembro de la familia. Y el paquete de beneficios es excelente. Haré todo lo que pueda para seguir allí hasta que llegue el momento de pagar el aparato de los dientes y ahorrar para la universidad.

En ese momento, entró Sydney con dos cervezas.

—También puedes dejarlo y volver a hacer lo que te gusta de verdad.

—¡Creí que te había dicho que no entraras, mujer! —dijo Kevin de buen humor, cogiendo una botella.

—Aún no habéis abierto las latas de pintura, así que cállate la boca —replicó ella.

Me ofreció una botella, pero negué con la cabeza.

—Estoy bien, gracias.

—Pues nadie lo diría —murmuró ella por lo bajo.

—En cualquier caso —empezó Kevin, estirándose para poner otra tira de cinta a lo largo del techo—, mi trabajo es mantener a mi familia, y Ashford Jets me permite hacerlo a lo grande. Así que me aguantaré y lidiaré con todos los niñatos malcriados que haga falta.

Sydney se situó detrás de él y le rodeó la cintura con los brazos.

—Yo solo quiero que seas feliz, amor. Sé que estás aguantando mucho estrés. Saldremos adelante pase lo que pase, así que, si este trabajo es demasiado, vuelve a ser instructor. Prefiero ser pobre y feliz, a ser rica y desgraciada.

—Sí, pero preferiría no cargarme de deudas médicas desde el momento en que des a luz al primero de nuestros siete hijos.

Sydney se apartó de él de un salto y le dio un manotazo en la espalda.

—¿Siete? ¿Desde cuándo?

—Caray, sí que vais a estar ocupados —reí yo.

—Ni en broma —advirtió ella—. ¿No habría forma de asignarle pasajeros que no se pasen la vida de fiesta en fiesta? Cuando te lleva a ti, vuelve a casa del mejor humor del mundo, así que sé que puede disfrutar con este trabajo.

—Bueno, hemos intentado asignarle solo a nuestros clientes Business Platino.

—Sí, bueno —intervino Kevin con una mueca—. Esos banqueros platino son tan tontos como los influencers.

—Pues hay que hacer algo. No me gusta verte tan estresado —dijo Sydney—. Y tampoco será bueno para el bebé. Se supone que deberíamos estar disfrutando esta época, pero siempre llegas a casa con los hombros encogidos hasta las orejas.

—Y yo que creía que te lo estaba ocultando por completo —repuso él en voz baja—. Lo siento, cariño.

Ella puso las manos en los hombros de Kevin y la miró a los ojos. De repente, no había nadie más en la habitación, o incluso en el mundo.

—Lo sé, porque te conozco. Y quiero que seas feliz.

—Te quiero la hostia. —Él le puso una mano en la mejilla y le sonrió—. ¿Lo sabías?

—Sí, lo sé.

Me volví de espaldas mientras ellos se abrazaban, e intenté comprender las emociones conflictivas que estaba sintiendo en ese momento.

Me alegraba mucho por la relación que mi mejor amigo tenía con Sydney, pero ser testigo de su amor desataba un dolor muy dentro de mí.

Yo había estado a punto de conocer qué se sentía con esa clase de amor, y lo había echado a perder.

—Muy bien, de vuelta al trabajo —nos instó Sydney—. ¿Os traigo alguna otra cosa?

—Yo no necesito nada —respondí con rapidez.

—Yo tampoco. Acabamos de terminar con la cinta, y ¿sabes lo que eso significa?

—Vale, vale, ya me voy. —Sydney alzó las dos manos en el aire.

La puerta se cerró y me encontré hablando antes incluso de poder sopesar las ventajas e inconvenientes de lo que iba a proponerle a Kevin.

—Sé mi piloto personal —dije.

—¿Eh?

—Es la solución perfecta. Odio volar con alguien que no seas tú, y tú odias volar con alguien que no sea yo. Así que, si te hago mi piloto personal, eso resolverá nuestros problemas, y seguirás recibiendo los mismos beneficios.

—¿Cómo? —objetó Kevin—. Últimamente, casi no viajas. Sería menos que un trabajo a tiempo parcial.

—¿Se te olvida quién paga tus nóminas? Encontraré la forma de organizarlo, tú no te preocupes. Además, quiero empezar a pensar en la expansión internacional, así que te necesitaré más de lo que crees.

—Lo último que te hace falta es trabajar aún más. —Kevin me miró sacudiendo la cabeza.

—Ahora no estamos hablando de mí, ¿vale? —Le lancé una mirada severa—. Si planificamos tus vuelos como un trabajo a tiempo parcial, podrás continuar con las clases, de modo que lo compaginarás con lo que más te gusta hacer.

Kevin parecía incapaz de asimilar lo que le estaba diciendo, y se había quedado mirando al vacío, con el rollo de cinta entre las manos.

—Suena demasiado bonito para ser verdad.

—No, en absoluto. Tiene mucho sentido.

Kevin se dejó caer despacio en el taburete que había a su lado.

—Sí, tienes razón. Estoy en shock. Es como un sueño hecho realidad. Eso me permitiría tenerlo todo.

Me mordí la lengua para no fastidiar el momento, porque sabía la verdad: siempre había algo que se torcía.

Puede que no ocurriera en ese mismo momento, en el que su vida parecía empezar a ir bien, pero las bofetadas de la realidad le alcanzarían bastante pronto y, en algún momento, tendría que hacer sacrificios.

Lo único que iba a lograr yo al cambiar su trabajo en Ashford era retrasar lo inevitable.

—Entonces, ¿sí? —le pregunté.

—¡Pues claro, joder! —rio Kevin—. ¡Muchas gracias! No puedo creer lo perfecta que va a ser mi vida ahora.

—¿Alguna vez te preocupas? —pregunté antes de poder contenerme—. ¿Por lo que podría ir mal?

Esa vez se rio, pero de mí.

—Eres el señor pesimista, no cambias. No, amigo mío, yo no me preocupo por eso, porque elijo vivir en el momento y, ahora mismo, este momento me está dando todo lo que siempre he querido. ¡Soy feliz! ¿Por qué iba a buscar cosas de las que preocuparme?

Debía admitir que tenía razón. Yo no creía ser capaz de tomarme la vida del mismo modo despreocupado, disfrutando del presente, pero, desde luego, a él le funcionaba.

Durante un instante, intenté imaginar ser así, y cómo sería sentirse tan satisfecho con lo que tenía.

En teoría, mi vida era bastante alucinante.

Dirigía una empresa que me encantaba, la relación con mi padre estaba mejorando y tenía buenos amigos a mi lado.

Pero, a pesar de eso, había un vacío inconfundible que ensombrecía todo lo demás.

Y, en el fondo, yo sabía que ella era la pieza que me faltaba.