28 Gwen #2
—Sí, esa es la cuestión. Tuve que esforzarme por desintoxicarme, y para convertirme en el hombre que quería ser.
Me costó años de terapia, y de probar muchos tratamientos distintos hasta encontrar el que me iba bien.
Cometí muchos errores antes de encontrar la salida, y sé que os lo puse muy difícil a todos, sobre todo a vosotras dos.
Os decepcioné muchas veces, hasta que vuestra madre llegó al punto en el que ya no pudo más, y no puedo culparla por eso.
Aún doy gracias todos los días porque Sarah y tú estuvierais dispuestas a darme otra oportunidad.
—Pero tú te esforzaste. No te limitaste a decir «no puedo hacer esto» y abandonar. Eso es lo que me duele de Harrison. Si hubiera creído que estaba dispuesto a intentarlo, que estaba dispuesto a esforzarse… Pero, en cuanto las cosas se pusieron complicadas, él se rindió.
Hasta el momento, Harrison no había hecho absolutamente nada. Ni siquiera un mensaje para preguntar cómo estaba, lo cual, dado lo reciente de mi accidente, me parecía imperdonable.
—Tú sabías que querías cambiar, que era necesario hacerlo —insistí—. Querías superar la adicción para ocuparte de nosotras, y tomaste las medidas necesarias para lograrlo.
—Cielo, me hace ilusión que creas que soy tan fuerte, pero lo cierto es que eso es lo que más me costó: admitir que tenía un problema y necesitaba ayuda.
Me resultó muy humillante, porque tienes que recordar quién había sido yo.
Un héroe del deporte, muy endiosado, que conseguía lo que quería, cuando quería.
¿No recuerdas mis recaídas? Decía que lo había conseguido, y volvía a sucumbir, una y otra vez.
—Lo recuerdo —admití con suavidad, mirando al resto de mi magdalena, que ya no me apetecía.
—Cuando las cosas se ponen difíciles, la gente se viene abajo.
En eso se basa tu propio trabajo: en arreglar los problemas de la gente que comete errores.
Pero cuando todo se calma y es hora de admitir quién eres y lo que has hecho, entonces es cuando te das cuenta de quién eres en realidad, y qué es lo que más te importa.
—Su voz iba bajando de tono—. Para algunas personas, mantener las apariencias es lo más importante, y se mienten a sí mismos sobre sus problemas todo lo que haga falta, porque no pueden admitir que son débiles y tienen fallos.
Pero los que tienen suerte cuentan con algo mucho más importante que su propia visión de sí mismos.
O alguien que les importa más, que les inspira a enfrentarse a sus problemas y esforzarse en resolverlos.
Para mí, fuisteis tu hermana y tú. Vosotras nunca dejasteis de creer en mí, y eso me dio fuerzas para seguir intentándolo.
—Sabíamos que lo conseguirías.
—Y esa es una de las cosas que más me gustan de vosotras. Sobre todo, de ti.
—Un momento, ¿estás diciendo que soy tu hija favorita? Porque puede que necesite grabar eso —bromeé.
—No, os quiero a las dos por igual —rio él—.
Pero tú siempre apoyas a la gente a la que quieres, incluso cuando cometemos errores.
Sigues creyendo en nosotros, y no quiero que dejes de hacerlo nunca.
No puedes proteger tu corazón para que no vuelvan a hacerte daño, cielo, pero no pierdas nunca la esperanza ni la ternura.
No quería creer lo que estaba sugiriendo: que Harrison podía cambiar si yo le daba una razón para hacerlo. Era demasiado, pero no era suficiente.
—Papá, no creo que ese hombre sea capaz de admitir que se ha equivocado y que su comportamiento me ha hecho daño. Diablos, si ni siquiera es capaz de comprender que me ha hecho daño.
Su expresión se endureció y, en un instante, se puso en plan padre protector.
—Bueno, pues si Harrison no está dispuesto a admitir sus errores y volver arrastrándose, mantente alejada de él. No se merece tu perdón. Pero si está dispuesto a admitir que la ha cagado y esforzarse en ser mejor… tal vez se merezca otra oportunidad.
Me encogí de hombros y subí los pies a la silla para rodear mis rodillas con las manos.
—Mírate. —Mi padre hizo un gesto con la cabeza—. Esto no es propio de ti. Estás muy callada y encogida. Es evidente que debíais tener algo especial, si te ha afectado tanto. Y apuesto a que él siente lo mismo.
—Entonces, ¿por qué lo ha estropeado todo? —respondí con un grito.
—Gwen, cielo, yo no quiero disculpar su comportamiento, pero es cierto que algunos hombres son unos idiotas. —Hizo una pausa—. No, la mayoría de los hombres son unos idiotas. No sabemos lo que tenemos hasta que lo hemos perdido.
—Lo dudo —resoplé—. Es evidente que a él no le importa, porque este trasto no ha sonado ni una vez. —Levanté mi teléfono—. No ha mandado ni un mensaje, ni nada.
Mi padre frunció el ceño, y supe que me daba la razón.
—Debería volver de rodillas y suplicar que le perdonara —continué.
—Tienes toda la razón. —Se inclinó y me puso una mano en la mejilla—. Eso es lo que debería hacer. Tú no mereces menos.
—En ese caso, supongo que lo pasaré mal durante un tiempo, porque no veo que vaya a ocurrir.
—Bueno, ya está bien. —Mi padre se puso en pie—. Nunca tengo ocasión de ver a mi niña, así que no pienso permitirte estar triste mientras estés aquí, ¿de acuerdo? Vamos a estar tan ocupados que se te olvidará que tienes un móvil.
—Un móvil que no suena —añadí.
—Déjalo —me reprendió él—. Vístete, vamos a hacer algo divertido.
—Por favor, que no sea batear. —Junté las manos en gesto de oración.
Sarah y yo habíamos sido arrastradas a las jaulas de batear durante años y, aunque eso suponía un excelente alivio para el estrés de mi padre, a mi hermana y a mí nos resultaba aburridísimo.
—Vamos, fíate un poco de mí, ¡cielo! No, vamos a ese sitio nuevo de lanzar hachas, La venganza de Lizzie Borden.
No pude evitar reírme.
—Uf, qué nombre tan horrible.
—Pero es una forma excelente de liberar la tensión. Ve a vestirte. Tengo la impresión de que se te va a dar genial.
—Sí, nada como dar un hacha a una mujer enfadada —respondí.