Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 28 Gwen
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Caray, qué gusto despertarme en mi antigua cama.

De acuerdo, era una cama llena de bultos bajo unos pósteres de los Jonas Brothers y otras estrellas de Nickelodeon, pero todavía me daba una sensación de paz que no me había dado cuenta de que necesitaba, después de unas semanas tan difíciles.

Volver a casa a Mineápolis había sido justo lo que necesitaba, y después de ver la cara sonriente de mi padre en el aeropuerto la noche anterior, supe que no era la única que sabía que estaba en el lugar adecuado.

La puerta de mi dormitorio se abrió unos centímetros.

—Ah, bien, ya estás despierta.

Me froté los ojos y sonreí al ver lo entusiasmado que parecía mi padre.

—¿Qué hora es?

—Casi las once —dijo él—. Empezaba a estar preocupado por ti.

—¿Las once? —Me senté de golpe—. No puede ser.

—Sí puede ser. Pero está bien, seguramente necesitabas el descanso. Aún te estás recuperando del accidente, y eso lleva tiempo.

—Sí, pero se suponía que íbamos a desayunar temprano en Donny’s, para evitar la hora punta —protesté, en un tono muy acorde con mi dormitorio infantil—. Me apetecían mucho sus magdalenas, y ahora seguro que se habrán agotado.

Estaba haciendo pucheros, y los dos lo sabíamos.

—No confías lo bastante en tu padre. —Sonrió con picardía—. Levántate y ven a la cocina. Creo que te alegrarás.

Alegrarme. Sí, ya. Debería hacerlo, considerando que por fin iba a cumplir mi sueño de abrir mi propia agencia.

Ya había firmado el contrato de alquiler, mi página web y mi logo estaban casi listos, y faltaba poco para terminar la búsqueda de un asistente, después de revisar los cientos de currículos que había recibido.

Era todo lo que siempre había querido y, aun así, me sentía vacía.

Daba igual que intentara convencerme a mí misma de que estaba mucho mejor sin Harrison. Aún lo echaba de menos, lo que hacía que me enfadara conmigo misma y me tenía en un estado constante de ansiedad. Esperaba que pasar un tiempo en casa me ayudara.

Casa. Me puse unas mallas y una sudadera y me recogí el pelo en una coleta, sonriendo.

Desde que estaba sobrio, mi padre había estado arreglando la casa, desde simples cambios en la decoración, como sustituir el viejo mueble del baño que habíamos compartido Sarah y yo, hasta rehacer la cocina por completo, dejándola tan bonita, que la pastelera aficionada que había en mí sintió envidia.

Él se encontraba bien, por fin, y me hacía muy feliz ver su bienestar reflejado en todo lo que me rodeaba.

Entré en la cocina y me dejé caer en el nuevo banco situado bajo la ventana.

—Si salimos ahora, aún podemos llegar al final del servicio de desayuno en Donny’s —dijo mi padre—. Pero también podemos quedarnos aquí con nuestra ropa cómoda y comernos la pila de tortitas de arándano de Donny’s que he salido a comprar esta mañana a las siete.

Dejé caer las manos de golpe sobre la mesa delante de mí.

—Papá, ¿en serio? Qué listo eres.

—Solo quiero mimarte mientras estés en casa.

Hace mucho que no pasamos tiempo juntos —dijo con timidez, mientras sacaba una caja blanca de un armario—.

También he comprado otras cosas: dónuts, un par de rollos de canela…

Tengo ingredientes para hacer smoothies saludables, o puedo hacerte unos huevos revueltos, si todo resulta demasiado dulce.

—Ni hablar —protesté con una mueca—. Y ahora, dame eso.

Extendí los brazos y abrí y cerré las manos en el aire para pedir la caja, que él me acercó con una risa.

Volví a pensar en lo mucho que me gustaba verlo así.

Cuando vivía en casa, mi padre era un hombre reservado, demacrado, con sombras oscuras debajo de los ojos.

Era prisionero de su adicción. Yo no lo recordaba como un jugador de béisbol famoso.

Sí, conocía bien sus estadísticas y sabía que, durante un tiempo, fue uno de los mejores del mundo.

Pero sufrió la lesión que acabó con su carrera cuando yo tenía tan solo tres años, y el padre con el que crecí…

era un hombre muy diferente. Se hizo adicto a los opioides que le recetaron para el dolor, y le costó mucho, mucho tiempo desintoxicarse.

Durante ese tiempo, no conseguía conservar ningún trabajo, y resultaba muy embarazoso verle ponerse en ridículo cuando estaba colocado durante una de sus apariciones como locutor de partidos.

En aquella época, mi madre, una actriz y modelo que se había casado con mi padre en la cumbre de su carrera y que había imaginado una vida muy diferente para ellos dos, tuvo que empezar a trabajar como vendedora de coches, porque se habían agotado sus ahorros y no conseguían levantar cabeza.

Por fin, su matrimonio se vino abajo, poco a poco, hasta que se divorciaron cuando yo tenía diez años.

Después, mi padre sufrió una recaída tras otra, en un ciclo devastador, de modo que los fines de semana que Sarah y yo pasábamos con él consistían más en cuidarlo nosotras, que al contrario.

Aquella época tan larga había sido dura y muy dolorosa, pero ya había terminado. Mi padre estaba sobrio, sano y feliz, y le faltaban solo un par de magdalenas para estar agradablemente rechoncho, con mejillas coloradas, y su corte de pelo habitual ya veteado de canas.

Durante todo aquello, mi padre nunca había dejado de quererme, de eso no me cabía ninguna duda. Pero por fin parecía que también se quería a sí mismo y se sentía cómodo en su propia piel, y a mí me encantaba verlo así.

—¿Café?

—En la taza más grande que tengas —pedí.

Me sirvió una taza y me la acercó, sin perder aquella sonrisa feliz. Era cierto que hacía mucho que no pasábamos tiempo juntos.

Él dejó la taza sobre la mesa e inclinó mi cabeza hacia un lado con cuidado, para examinar las señales de mi accidente.

—Ay, cielo. Ahora que veo tu cara a la luz, me doy cuenta de lo mucho que ha debido dolerte. Aún tienes cardenales aquí. ¡Y vaya cortes!

Señaló mi pómulo izquierdo.

—Sí, ya soy toda una experta en ocultarlo con maquillaje. Un poco de corrector naranja, y nunca dirías que me ha embestido otro coche.

Mi padre se sentó y me miró con atención.

—¿Es eso lo que te tiene preocupada? ¿El accidente? Porque no pareces… tú misma. Estás más callada.

Encogí un hombro.

—Solo he estado muy ocupada, ¿sabes? Estoy intentando no agobiarme con todo lo que tengo que hacer.

Él me miró durante un instante.

—Sí, pero me parece que hay algo más. Te conozco, cariño. Es el hombre al que llamas Imbécil del Aire, ¿no?

Se me encogió el estómago.

—Papá, pero ¿cómo sabes lo del apodo?

—¡Te dije que conozco bien a mi hija! —Extendió una mano para darme un apretón en el hombro—.

En la sección de variedades de Good Morning America hicieron un repaso de lo ocurrido entre Scarlet y él, y mostraron unas imágenes de vosotros dos en su concierto.

Tengo que decirte que no parecían solo negocios.

—Me dio otro golpecito en el hombro—. Y cuando me hablabas de él durante nuestras llamadas, sonabas muy contenta.

Siempre te las apañabas para mencionarlo una docena de veces: «Harrison ha hecho esto», o «Harrison ha dicho lo otro».

A estas alturas, sé tanto de su vida como de la tuya.

Quité el papel de una de las magdalenas y le di un mordisco enorme.

—Trabajamos juntos, papá —expliqué con la boca llena, haciendo saltar migas por todas partes—. Ha estado en mi vida durante una temporada, pero ya no. No pasa nada.

Mi padre estaba buscando algo en su teléfono, mirando la pantalla con interés y murmurando entre dientes. Por fin, lo giró para mostrar con expresión triunfante un momento entre Harrison y yo en el vídeo del concierto al que se había referido.

—¿En serio crees que los compañeros de trabajo se miran así?

Lo miré con el ceño fruncido y cogí el teléfono.

Yo había visto todo lo que se había publicado sobre el concierto de Scarlet, pero habíamos estado tan ocupados analizando la respuesta del público a la disculpa, que apenas había tenido tiempo de considerar la imagen que ofrecíamos nosotros dos estando juntos.

Intenté que no se me salieran los ojos de las órbitas al mirar aquella foto borrosa.

Me pareció que correspondía al momento en que Ben se había acercado a hablar conmigo, así que Harrison estaba en modo protector, muy cerca de mí.

Yo tenía el brazo alrededor de su cintura, y lo miraba con una gran sonrisa de labios cerrados, disfrutando de cómo machacaba a Ben.

Pero a Ben no se lo veía en la foto. Solo estábamos Harrison y yo: él pegado a mí y yo con la vista alzada hacia él, mirándolo como si me hubiera bajado la Luna.

La sensación que transmitíamos era íntima, sexi y nada profesional.

—De acuerdo —suspiré—. Lo has adivinado, éramos más que compañeros de trabajo, pero la relación estaba condenada al fracaso desde el principio. Ese hombre es un desastre, papá. Estoy mejor sin él.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, desmintiendo mis palabras.

—Oh, cariño —murmuró él—. Cuánto lo siento.

Me cogió una mano y la apretó.

—Sí y, lo que es peor, permití que me hiciera daño dos veces.

Le hice un resumen de lo ocurrido en Aspen, asegurándome de no dar pistas de que, básicamente, habíamos vivido juntos toda aquella semana.

—Yo sabía que no era un hombre con el que pudiera contar, así que supongo que la idiota soy yo por pensar que cambiaría, ¿no? Desde el principio me dejó muy claro cómo era.

—Espera un momento —dijo mi padre con ternura—. La gente puede cambiar; estás hablando con alguien que lo hizo. Siempre lamentaré no haber sido el padre que necesitabas cuando eras pequeña. Fui un auténtico desastre.

—Tenías una adicción —repuse yo—, e hiciste un gran esfuerzo para superarla.