Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 27 Harrison #2
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27 Harrison #2

—Es que me ha dado por pensar, ¿sabes? Después del susto, he empezado a ver las cosas de otro modo.

Me veo a mí mismo de otro modo, y no me gusta lo que he descubierto.

Llevo demasiado tiempo enfrentándome al dolor a base de aislarme de los demás.

Tu madre solía reñirme por eso, pero ahora que estoy solo…

Los dos miramos la grava que crujía bajo nuestros pies al caminar, cada uno inmerso en sus propios recuerdos de la mujer increíble a la que habíamos perdido.

—En ese sentido, tú eres igual que yo —continuó mi padre—. Te guardas el dolor y haces lo posible por seguir como si nada.

Tenía razón, pero eso no hizo que la comparación fuera menos sorprendente.

Era Drew a quien comparaban siempre con nuestro padre.

No solo era quien más se parecía a él, sino que también tenía la personalidad más similar a la suya.

Yo nunca me había parado a pensar en mi propio parecido con mi padre, y pensaba que él tampoco se habría dado cuenta.

—Esa tendencia nos ha venido bien la mayor parte del tiempo —dijo él—. Nos permite centrarnos y mantener la cabeza fría en los momentos difíciles. Eso a veces viene muy bien. Cuando queremos algo, somos imparables.

—Exacto —respondí—. Funciona.

—En parte. —Me miró de reojo durante unos cuantos pasos—. Es muy fácil ocultarse bajo ese enfoque tan intenso. Los dos tendemos a dejarnos absorber por el problema que tenemos delante e ignorar lo que sentimos, porque es demasiado desagradable, complejo o nos da miedo.

—En eso te equivocas —repliqué—. A mí no me asusta nada. Puedo enfrentarme a todo lo que me encuentre en la vida.

Mi padre se detuvo y se volvió a mirarme.

—¿Estás seguro de eso?

Al momento, pensé en Gwen, aunque lo cierto era que siempre pensaba en ella, por mucho que intentara evitarlo. No contesté, y seguimos andando.

—¿Sabes que, cuando naciste, tenía celos de tu madre?

Aquello resultó tan inesperado que solté una carcajada.

—¿Cómo dices?

Él se rio conmigo.

—Eras nuestro bebé, pero ella era la única de nosotros dos que te importaba.

Sé que suena ridículo, ahora soy capaz de admitirlo.

Pero, en aquella época, yo solo quería que me quisieras tanto como a ella.

No me ayudaba mucho no saber nada de bebés, habían tenido que enseñarme a hacerlo todo: desde cambiarte el pañal, a hacerte eructar, e incluso cómo cogerte.

Solía intentar calmarte cuando llorabas, pero hubiera jurado que te ponías más tenso y llorabas más fuerte cuando yo te cogía. Me sentía un fracasado.

No podía creerlo. Mi padre siempre había sido una gran presencia en mi vida.

Desde que podía recordar, él había sido el hombre más inteligente y capaz al que había conocido.

Todo lo que tocaba se convertía en oro, y dominaba todo lo que le interesaba.

La única, y última, vez que lo había visto fracasar en algo, fue cuando mi madre enfermó y él puso el mundo patas arriba tratando de encontrar una cura.

¿Me había equivocado en todo? ¿Acaso el gran Oliver Ashford siempre había tenido fallos y yo simplemente no me había dado cuenta?

Sí, sabía que nunca habíamos tenido una gran relación, que mi madre era a quien prefería de los dos si podía elegir, pero nunca pensé que eso le molestara.

Había creído que no nos llevábamos mejor porque él no quería, no porque hubiera fracasado en el intento.

—Y eso continuó a medida que crecías —siguió diciendo mi padre—.

Los dos teníais un vínculo en el que yo no podía interferir.

En los primeros años, hasta tuve dudas de si tenía madera de padre, pero luego nacieron tus hermanos y las cosas fueron algo más fáciles.

Los pañales ya no me intimidaban, y ya no me daba miedo hacerles daño cada vez que los cogía, como me había pasado contigo.

—Soltó un resoplido y continuó—. Ya desde el principio, nos sentimos más unidos, y luego Drew empezó a interesarse por los hoteles.

A él le gustaba venir a trabajar conmigo, algo que tú nunca quisiste hacer, y trabajar juntos hizo más sólida nuestra relación, pero yo no dejé de querer una contigo. Es solo que no sabía cómo hacerlo.

—Papá, lo entiendo —dije—. No pasa nada.

Era mi pequeño gesto de reconciliación. La confesión debía de ser muy difícil para él.

—No, sí que pasa —respondió con brusquedad—.

El susto con el cáncer ha servido para que me dé cuenta de que el tiempo que me queda contigo y con tus hermanos terminará algún día.

Ahora me toca compensar algunos de los errores de mi pasado.

Quiero trabajar en mi relación contigo. Diablos, quiero verte de vez en cuando sin que sea por el trabajo, ¿sabes?

Aquello era lo último que había esperado de él.

—De acuerdo, papá —dije con precaución—. Podemos intentarlo.

—No, intentarlo no me sirve —dijo él, negando con la cabeza—. No es una promesa vacía. Lo digo en serio.

Él me pasó el brazo por el hombro.

—Estoy orgulloso de ti —murmuró, dándome un apretón—. Espero que lo sepas.

—Yo… Sí, supongo que sí. Gracias.

A decir verdad, nunca me había parado a pensar si estaba orgulloso de mí o no. Era solo que… No se me había ocurrido pensar en él de ese modo, porque no habíamos tenido ese tipo de relación. Necesitaba tiempo para acostumbrarme a esa nueva situación.

—Quiero empezar de nuevo —dijo—. Quiero que nos llevemos mejor, y estoy decidido a hacer lo posible.

Espero que tú también. —Se quedó callado unos instantes, dejando que la canción de los pájaros llenara el silencio—.

Y eso es todo, Harrison. Esa es la gran revelación, la razón por la que te he hecho venir a casa.

Estoy listo para empezar a compensar todos mis errores, y espero que me lo permitas.

Sacudí la cabeza, despacio y con intención, mientras lo miraba. Mi padre dejó caer el brazo y se apartó de mí, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—No pienso permitírtelo —expliqué enseguida, para aquietar su preocupación—. Pienso hacerlo contigo.