27 Harrison
HARRISON
—Buenos días, Susan —dije al entrar en mi despacho—. ¿Hay algo en particular que deba saber para hoy?
Ella me dedicó una mirada rápida y volvió a centrarse en su ordenador.
—Lo tienes todo anotado en tu calendario, como siempre.
Contuve un suspiro. Por lo general, Susan utilizaba la charla matinal sobre mi agenda para ponerme al día de los cotilleos.
Podía recordarme una reunión con los de contabilidad, y utilizarlo como excusa para empezar una discusión en profundidad sobre el divorcio de nuestro tesorero.
Aún no me había acostumbrado a esa nueva actitud fría y distante suya.
No tenía que preguntarle qué había pasado. Ella me había dejado muy claro lo que opinaba de la marcha de Gwen sin tener que hablar de ello siquiera. Tener una asistente entrometida a la que le gustaba jugar a ser mi madre era, a la vez, una bendición y una condena.
—No olvides la cita para comer —dijo a mis espaldas—. Es importante.
El instinto me hizo apretar los dientes, porque aquello había sonado como una advertencia. Y ahora, ¿qué?
Me senté a mi mesa y miré con atención mi calendario.
—¿Cuándo has programado esto? —grité.
Teníamos un intercomunicador, pero en ocasiones, resultaba más satisfactorio gritar. De hecho, ese era el caso en la mayoría de las ocasiones. Sobre todo en los últimos tiempos.
Susan apareció en la puerta.
—Ayer. ¿Tienes algún conflicto? Porque tu padre tenía mucho interés en quedar contigo.
Después de las noticias que nos había dado en su fiesta, la idea de una comida por sorpresa no me hacía ninguna gracia.
En mi familia, pocas veces nos molestábamos en quedar entre nosotros, lo que sugería que mi padre tenía algún motivo ulterior para hacerme ir a su casa.
Y eso también resultaba preocupante, porque hacía un siglo desde la última vez que había estado allí.
—Podemos cambiarlo a…
—Él dijo que cuanto antes, y he movido montañas para que fuera hoy, así que esta cita no se puede cambiar.
Noté una opresión en el pecho. ¿Sería otro problema de salud?
—¿Sabes si van a ir mis hermanos también?
—No. Vas tú solo —dijo ella por encima del hombro.
Genial. Una audiencia a solas con el rey en su castillo.
Me acomodé en la silla y miré las tablas de surf colgadas en la pared de enfrente.
Como siempre, tenía mucho que hacer, pero no me sentía de humor para enfrentarme a nada.
El estrés de lo ocurrido con Gwen, combinado con el infierno inminente que me esperaba en casa, eran suficiente para convencerme de que necesitaba salir de la oficina durante unas horas.
Si no me tomaba un respiro, cabía la posibilidad de que terminara haciendo algo que lamentara después.
O más cosas que lamentara. Había un par de becarios que, literalmente, se escondían de mí cuando me veían.
Cogí mi cartera antes de cambiar de opinión.
—Tengo que salir, me ha surgido algo —dije a Susan al pasar junto a su mesa—. Si me necesitas, llámame. Si no, volveré después de comer.
Ella dijo algo, pero ya me había marchado.
Siempre que me metía en el agua, escuchaba la misma cantinela en mi cabeza.
¿Por qué no hago esto más a menudo?
El surf había sido mi pasión desde que era pequeño, y era una de las pocas cosas que mis hermanos y yo teníamos en común.
Teníamos nuestros sitios secretos favoritos, donde habíamos pasado horas al sol, sin una preocupación en el mundo.
En cambio, ahora ya no sabía siquiera si ellos seguían teniendo sus tablas.
Yo tenía como media docena que apenas utilizaba, pero después de la sesión de ese día, había decidido encontrar tiempo para hacer surf con más regularidad.
Durante las horas que había estado subido a mi tabla, había conseguido olvidar el lamentable estado de mi vida, como si el surf fuera una droga que lo borraba todo, menos la sensación de ir muy, muy rápido.
Meditar haciendo ejercicio había resultado tan intenso que perdí la noción del tiempo, y tuve que apresurarme a vestirme de nuevo para llegar a tiempo a casa de mi padre. Con lo perspicaz que era, me pregunté si notaría el olor a océano que emanaba de mí.
La verja principal se abrió antes de que mi coche tuviera que detenerse a la entrada del camino.
Era evidente que mi padre había avisado al personal de mi visita.
Conduje por el camino hasta la casa, luchando contra las emociones conflictivas habituales: un breve destello de felicidad, porque la casa guardaba recuerdos maravillosos para mí, y la idea dolorosa de que no iba a encontrar a mi madre acurrucada con un libro, o cuidando sus flores en el jardín trasero.
La mansión, blanca y de inspiración toscana, era muy propia de mi padre.
Elegante, y justo al borde de ser exagerada, con sus grandes columnas, ventanas circulares y la arcada que recibía a los visitantes.
Había esperado tener unos minutos para prepararme a la sombra de los sauces llorones, pero la enorme puerta principal se abrió tan pronto como mi coche se detuvo.
Era mi padre en persona, no su ama de llaves. Lo miré con detenimiento mientras me acercaba a él. No me pareció demasiado estresado y, aunque no estuve seguro de si era mi imaginación o la realidad, me pareció más vital, menos pálido y delgado de lo que me había parecido en la fiesta.
¿Tal vez se trataba solo de una simple visita social, después de todo?
—¿Coche nuevo? —preguntó mi padre, señalando mi Aston Martin negro.
—Casi —respondí.
No quería explicar que lo había comprado solo unos días antes, siguiendo un impulso y con la esperanza de que un coche pequeño y atrevido me hiciera dejar de pensar en el asiento vacío a mi lado.
Nos abrazamos durante un instante, lo que fue otra anomalía. ¿Quién era este hombre tan afectuoso?
—Ven a ver en qué he estado trabajando —dijo, haciendo un gesto para invitarme a seguirle.
Me preparé para la oleada de recuerdos que me asaltaron al cruzar el umbral. Aún tenía la sensación de que, en cualquier momento, escucharía la voz de mi madre resonando en el pasillo principal. Aunque ya no estaba allí, seguía estando por todas partes.
Seguí a mi padre por la casa, intentando ignorar los jarrones vacíos distribuidos por todas partes.
Mi madre siempre se había encargado de llenarlos y, aunque Maria, el ama de llaves, podría haberse ocupado de ello, mi padre prefería dejarlos vacíos en honor a que mi madre ya no estaba con nosotros.
—¿Recuerdas los planes de tu madre para aumentar el tamaño de la rosaleda y arreglar el cobertizo?
—Por supuesto. Creo que quería a las rosas más que a nosotros.
El cobertizo, nombre muy poco apropiado, había sido el proyecto favorito de mi madre, pero no había tenido ocasión de terminarlo, y la zona en construcción donde se encontraba era la única imperfección en una finca digna de salir en una revista.
—¿Qué diablos es eso? —pregunté, al ver la zona de obras en la distancia.
—Es el invernadero de estilo victoriano que ella quiso siempre, de esa empresa de Inglaterra. Ella, bueno, nunca tuvo ocasión de completarlo, y he decidido que ya era hora de hacerlo.
Nos acercamos a verlo. Los cimientos estaban terminados, y la planta tendría el tamaño suficiente como para ser una casa de invitados.
—Esto es… demasiado —dije—. ¿En serio quieres terminarlo?
Él apretó los labios.
—Desde luego, sin duda. Esta zona lleva años hecha un desastre.
Cada vez que la miraba, me recordaba que tu madre no estaba aquí para ver la obra terminada, así que voy a terminarlo yo por ella.
—Hizo una pausa—. Había que hacer algo. Además, los invernaderos aportan mucho valor a la hora de vender.
Me volví hacia él bruscamente.
—Y eso, ¿qué más da?
Mi padre se dedicó a arrancar las flores muertas de un rosal.
—No podía dejar la obra a medias, así que la he terminado.
Estaba a punto de insistirle para que me explicase su decisión, pero él siguió hablando.
—Vamos a dar un paseo antes de comer, tengo que decirte algunas cosas.
Tragué con dificultad y eché a andar a su lado. Pasamos junto a la piscina, con su casita, y continuamos por el camino de grava que conducía hasta unos setos altos, recortados al estilo de Versalles.
—Harrison, te debo una disculpa —empezó.
Me había preparado para una discusión sobre el precio de las acciones de Ashford Holdings, así que su admisión en voz baja había sido lo último que esperaba.
—¿Por qué? —pregunté, incrédulo.
Él soltó una risa breve.
—Son demasiadas cosas como para entrar en todos los detalles, pero la razón más importante es por no haberte contado lo de las pruebas que me hice. Drew me ha estado dando la lata con eso, y la única excusa que tengo es que no pensé que os preocuparíais tanto.
—Ya, bueno, cómo no íbamos a hacerlo. Papá, es tu salud. Después de lo que pasamos con mamá…
—Esa es justo la razón por la que no os dije nada —interrumpió él—. ¿Por qué iba a preocuparos antes de que supiéramos si había motivo para ello o no?
—Porque no deberías haber pasado por algo así tú solo —protesté.
Él empezó a hablar, pero se detuvo de golpe.
—¿Qué? —exigí, con la sensación de que me estaba ocultando otro secreto—. ¿Has recibido otros resultados?
—No, no. Si fuera así, ya te lo habría dicho. Ya he aprendido la lección acerca de teneros informados. Estoy bien, y te avisaré si pasa algo —añadió con rapidez—. No volveré a ocultaros mi estado de salud a ninguno de los tres.
—De acuerdo, bien —asentí, satisfecho.
Seguimos andando en silencio.
—Sabes que se acerca otro aniversario.
Perder a alguien por el cáncer ocasionaba un montón de hitos tristes.
—Pues claro que lo sé —dije con rapidez.
Esperaba que no quisiera darle demasiada importancia, porque yo prefería recordar tranquilo y en soledad el día en que recibió el diagnóstico, el día que nuestro mundo se puso patas arriba.