Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 26 Gwen
80%

26 Gwen

GWEN

Ir a comer con Susan y Denise el día en que dimití de Ashford Jets no era el plan que más me apetecía, pero me resultó imposible rechazarlas a las dos a la vez.

Recogí mis cosas con rapidez, porque quería reducir al mínimo la charla con mis compañeros, sobre todo debido a la cantidad de gente que me preguntó por el ojo morado y los cortes de mis mejillas.

Hablar del accidente solo servía para hacerme pensar en Harrison, y no quería dedicar ni un instante más a pensar en un hombre al que yo no le importaba.

Mi trabajo en aquella empresa siempre había tenido fecha de caducidad, así que a nadie le sorprendió que me marchara. Aun así, no tenía ninguna gana de fingir que estaba contenta, después de todo lo que me había pasado.

Me había pasado los últimos días escuchando los discos de la época de Scarlet dedicada a las rupturas, vestida con una sudadera manchada y unas mallas descoloridas por la lejía.

Sarah había prorrogado su viaje, lo que me daba la ocasión de pasar todo el tiempo en el sofá sin necesidad de darle explicaciones.

Ella me había enviado sus fotos con el señor Encargado del Parque guaperas, en las que exhibían diferentes criaturas y plantas, y me alegraba que, al menos, a una de las dos le fuera bien en el aspecto romántico.

—¿Qué os apetece? —preguntó Denise cuando salimos del edificio a la brillante luz del día.

Yo busqué mis gafas de sol en el bolso, como si fuera un vampiro. De hecho, hasta iba vestida para desempeñar ese papel, de negro fúnebre.

—Me apunto a lo que sea —dije—. Últimamente no tengo mucho apetito.

—Será el estrés de empezar de nuevo —sugirió Susan—. Pero te irá bien, eres una máquina. Sabemos de lo que eres capaz.

—Y nosotras te apoyamos —añadió Denise—. Por aquí pasan muchos famosos que son un desastre andante, así que podemos enviártelos. La próxima vez que una estrella del rock tenga una sobredosis en un avión Ashford, serás la primera persona a la que llamemos, después de a la ambulancia.

—Vaya, muchas gracias —reí—. Me encanta atribuir las estancias en rehabilitación al «cansancio».

—Oye, al menos pagan bien —observó Denise con una sonrisa.

Terminamos por ir a un restaurante que parecía un invernadero y hasta tenía pájaros volando sobre nosotras.

Era el tipo de sitio que, por lo general, me habría encantado, pero aquel día me pareció demasiado brillante y ruidoso, y la luz del sol que se filtraba por la ventana me estaba dando dolor de la cabeza.

Noté que Susan me observaba mientras leía una carta del grosor de un diccionario.

—¿Qué te pasa? —preguntó por fin, levantándose las gafas para mirarme por debajo—. Sé que los cambios son difíciles, pero… no pareces tú misma.

Eso era un eufemismo para decir «triste». Me aclaré la garganta.

—Oh, bueno, solo es la sensación habitual de que se acaba una fase. Lo he pasado bien en Ashford, y me da pena tener que irme.

Susan y Denise intercambiaron una mirada.

—Oh, venga ya. Sabemos que se trata de algo más que eso. Es Harrison —dijo Susan—. No estamos al tanto de los detalles, pero es evidente que las cosas han cambiado entre vosotros.

Maldita sea. Y yo que estaba convencida de haber logrado ocultar mi corazón roto tras una fachada aburrida y agradable.

—Es evidente que le pasa algo —se estremeció Denise—. Está siendo un horror, de un mal humor que no había visto desde hacía siglos.

—Harrison sabe que yo no le voy a tolerar esa actitud, pero a cambio, me toca aguantar que esté enfurruñado, en lugar de cabreado —añadió Susan—.

Apenas es capaz de responder a mis preguntas con más de una palabra.

Cierra la puerta de su despacho de un portazo, como un adolescente.

Y ha cancelado todas las reuniones que no eran esenciales.

—Sabemos que no es asunto nuestro, pero nos ayudaría mucho saber qué está pasando —dijo Denise—, para poder adaptarnos mejor.

Lo dijo como si yo fuera a hacerles un favor hablando del tema, pero yo sabía bien que intentaba algo más que ayudarme. Se inclinaron un poco hacia mí, mientras yo bebía un largo trago de agua para ganar tiempo.

No podían hacer nada para ayudarme pero, al mismo tiempo, yo no quería zanjar el asunto sin más.

Las dos me caían muy bien, y no olvidaba que habían aceptado voluntariamente presentarse cada día a trabajar para el horror que era Harrison Ashford, así que, al menos, les debía la información sobre nuestra historia, para que comprendieran por qué se comportaba como un capullo.

—Nosotros… Bueno, estábamos medio saliendo —empecé—, pero ya no.

—Ya, bueno, cualquiera que tuviera ojos se habría dado cuenta —me animó Susan—. Nos encantó la forma en que calmabas a la bestia. ¿Qué ha pasado?

Bajé la cabeza a mi regazo, para esconder las lágrimas. Creía que ya había controlado esos sentimientos, pero no, bastaba una sola pregunta para que brotaran de nuevo. Debía ser a causa de la presencia maternal de ambas mujeres, después de los días que había pasado sola con mis sentimientos.

—No ha salido bien —conseguí decir al fin, y me mordí el interior de una mejilla para no decir más.

No quería entrar en detalles de hasta qué punto le era indiferente a su jefe. Era muy probable que lo supieran de sobra.

Denise extendió una mano para coger la mía. Aquel simple gesto reconfortante derribó las barreras que me quedaban, y las lágrimas brotaron sin remedio.

—Oh, vamos, cariño —me consoló Susan—. Tengo unos pañuelos por aquí, espera.

Sacó uno del bolso y me lo entregó.

—Lo siento mucho —dijo Denise con una sonrisa tensa—. No queríamos ponerte en un aprieto.

—No, no pasa nada —sollocé—. Tenéis que saber por qué está siendo más… Harrison de lo habitual.

Las dos soltaron una risilla.

—Es un hombre increíble. —Lo admití porque era cierto, siempre que una no estuviera en una relación con él—.

Pero, al final, no pudo darme lo que necesitaba.

—Me limpié una lágrima errante que me rodaba por la mejilla—.

Además, ha sido lo mejor, considerando cuándo ha ocurrido.

Así, ahora podré centrar todos mis esfuerzos en Comunicaciones Estratégicas Ackland.

Susan juntó las manos y las situó bajo su barbilla.

—¡Oh! Si hasta tienes ya el nombre, y todo.

—Así es —respondí, ansiosa por cambiar de tema a algo que no fuera su antiguo jefe—. Aún tengo mucho que hacer antes de poder abrir el negocio, pero estoy muy ilusionada.

Eso era mentira, pero no quería pensar más en lo triste que me sentía.

El camarero vino a tomar nota de la comida, y yo confié en que pudiéramos pasar a hablar del tiempo, o de lo rico que estaba el pan.

Denise miró a su alrededor, y luego volvió a acercarse un poco a mí. Me preparé para lo que fuera.

—No me corresponde decir nada, así que te pido disculpas por adelantado, pero creo que es importante que sepas que lo has cambiado para mejor. Lo hemos notado todos.

Para mi desesperación, no íbamos a dejar el tema. Clavé la vista en la cesta de pan porque sabía que, si miraba a alguna de ellas, volvería a venirme abajo.

—Cierto —dijo Susan—. La forma en que ha cambiado su personalidad desde tu llegada ha sido como unas vacaciones para todos nosotros. Sabemos que, en el fondo, es buena persona, pero se obsesiona tanto con lo que quiere que, a veces, se lleva a otros por delante.

—Pero últimamente —continuó Denise—, parecía haber nacido de nuevo. ¡Parecía feliz! O, al menos, antes lo estaba.

—Lo siento mucho. —Me encogí en la silla.

—Para. —Susan me miró sacudiendo la cabeza—.

No vamos a exigirte los detalles de lo que ha ido mal, pero sabemos que no has hecho nada por lo que tengas que disculparte.

Solo queríamos que supieras que tu presencia en Ashford ha sido como un rayo de sol, en muchos aspectos.

Te damos las gracias por darnos un descanso de la realidad.

—Creedme, Harrison estará bien —dije, con más amargura en la voz de lo que había pretendido—. Yo solo he sido un bache en su vida, nada más.

—Yo no lo creo —se opuso Denise con suavidad.

El camarero volvió con una tabla de embutido y queso, antes de que pudiera continuar el interrogatorio, y me alegré de que la conversación pasara a nuestras opiniones sobre el queso azul.

Daba igual que hubiéramos cambiado de tema, porque ya me habían dejado clara su opinión. Yo no creía haber cambiado a Harrison de ninguna manera, pero si ellas querían reconocerme algún mérito, no iba a oponerme.

Yo sabía la verdad. Él seguía siendo el mismo tío que me había abandonado en Aspen, y siempre lo sería.

Mi objetivo para el último día era despedirme, vaciar mi oficina, recoger mis cosas y escabullirme antes de encontrarme con Harrison.

Estaba a punto de completar con éxito mi misión hasta que giré la esquina del pasillo hacia los ascensores y me di de bruces con la única persona a la que había querido evitar.

Me detuve de golpe, haciendo temblar todos los trastos que llevaba en la caja que estrechaba contra mi pecho.

—Te marchas —dijo, lanzándome una mirada rápida.

No me gustó nada descubrir que su mirada sobre mi cuerpo seguía haciendo que el corazón me latiera con más fuerza.

—Eso parece —dije, cambiando la mano de postura.

—La cara se te está curando bien. —Hizo un gesto con la barbilla—. Apenas se nota.

—Supongo.

Había conseguido esquivarlo durante días, pero ver a Harrison de nuevo era como volver a abrir una herida y me volvía a sentir expuesta.

¿Cómo era posible que, a pesar de todo el dolor que me había ocasionado, mi cuerpo aún anhelara el suyo?

Dolía estar tan cerca de él y no poder caer en sus brazos.

Por supuesto, Harrison no se había conmovido lo más mínimo, y me miraba con dureza, y su ceño habitual. Aquel hombre había perfeccionado su propia expresión desagradable en reposo, aunque, en su caso, era expresión de jefe en reposo.

—Bueno, muchas gracias por todo tu trabajo —dijo Harrison—. Has sido muy valiosa para el equipo.

Desapegado, frío, como si yo no fuera más que una empleada cualquiera que se marchaba en busca de algo mejor. Muy bien, de acuerdo. Si eso era lo que él quería, yo podía jugar a ese juego.

—Muchas gracias. Creo que la estrategia salió de maravilla. Ah, y la semana pasada adoptaron a Ashford, el perro, por si no lo sabías.

Yo había asumido que él habría dejado de estar pendiente de los fans de Scarlet Rush tan pronto como su problema con ella estuviera resuelto.

—Sí, he estado en contacto con su gente para preguntar por él —respondió Harrison—. Quería asegurarme de que el perro que lleva mi nombre encontrara el mejor hogar posible. Me han enviado una foto suya con su nueva familia.

Bajé la vista al pequeño cactus que llevaba en mi caja para ocultar mi sorpresa.

—Ah, estupendo. Me alegro de que te hayan mantenido informado.

Dado que aún estábamos en territorio corporativo, me sentí tentada de añadir algo como «hacer seguimiento» o «desbloquear el problema».

Lo que fuera para evitar que la conversación se adentrase en un territorio más doloroso.

Después de todo, tampoco teníamos nada más que decirnos.

Los dos sabíamos que Harrison no podía darme lo que necesitaba, que tan solo era el mínimo razonable.

Y, siendo sincera, era mucho mejor haberlo averiguado ahora, antes de verme obligada a admitir la palabra que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Estuve a punto de echarme a reír. ¿Cómo podía haber creído que me estaba enamorando de Harrison Ashford?

—¿Has elegido ya tu nueva oficina?

—Harrison —suspiré—, no lo intentes, ¿vale? A estas alturas, no hace falta fingir nada. Preocúpate por tu negocio, no el mío. No debería costarte demasiado esfuerzo.

—Como quieras —respondió él, frunciendo el ceño aún más.

Yo planté en mi cara mi mejor expresión de atención al cliente; tan falsa, que dolía sonreír.

—Bueno, muchas gracias por la oportunidad que me ha ofrecido, señor Ashford. Le deseo buena suerte.

Él abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar de golpe.

Me miró a los ojos, y comprendí que estaba tratando de decidir qué decir.

Mi estúpido corazón dio un vuelco esperanzado, porque a aquel hombre nunca le habían faltado las palabras.

Lo que me fuera a ofrecer —¿una disculpa?

¿un ruego para intentarlo de nuevo?— era evidentemente difícil para él.

¿Cabía la posibilidad de que se sincerase conmigo y me dijera… ?

—Estoy seguro de que tu negocio será un éxito —dijo por fin—. Buena suerte para ti también, Gwen.

Qué decepción. No iba a tener mi final feliz inesperado. Me iba a dejar salir por aquella puerta y no nos volveríamos a ver jamás.

Pero era lógico. Ya me había demostrado quién era, solo me había faltado creérmelo.

El Imbécil del Aire volaba de nuevo.