Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 25 Gwen
78%

25 Gwen

GWEN

Harrison cogió la llave de casa de mi mano y se situó delante de mí para abrir la puerta de mi piso.

—Venga ya, no hace falta. No soy una inválida —protesté, en el tono más ligero que pude.

Apenas reconocía al hombre reservado que me había traído a casa desde el hospital y, por el camino, había parado a comprar pizza, pollo frito y tacos, a pesar de que no dejé de repetirle que no tenía hambre. Se parecía a Harrison Ashford, pero se comportaba como si fuera un autómata.

Había intentado mantener el buen humor por el camino, pero cada broma que hacía sobre lo que me había ocurrido caía en el vacío, y me hacía sentir estúpida por intentarlo siquiera.

Y también incómoda. Me sentía como si estuviera en la primera cita con un desconocido, intentando que se abriera a mí sin conseguirlo.

Era yo quien acababa de tener un accidente, así que, ¿por qué parecía que conseguir un poco de afecto y ternura por su parte requería tanto esfuerzo como empujar una roca montaña arriba?

—Un piso agradable —musitó Harrison cuando entró delante de mí y dejó el montón de bolsas de comida en la encimera de mi diminuta cocina.

—Mentiroso, pero la ubicación no puede ser mejor. —Hice una pausa—. Bueno, igual sí puede ser mejor, pero cualquier persona normal como yo estaría encantada de vivir en una pocilga, con tal de estar tan cerca de la playa.

Él echó un vistazo a la cocina.

—¿Por qué hay una cuerda atada a la puerta de la nevera?

—Se llama improvisar —bromeé—. Deberías estar impresionado por lo ingeniosa que soy.

—Desde luego, es llamativo —dijo, mientras empezaba a sacar la comida—. Ve a sentarte en el sofá, yo te llevaré algo para comer. Tienes que descansar.

—Venga ya, Harrison. Me estás tratando como si…

—Siéntate —me ordenó.

—Vale, vale. —Levanté las manos en gesto de rendición y me dirigí al sofá.

Harrison abrió varios armarios y cajones, y tuve que contener una risa cuando se quedó con el tirador de uno de ellos en la mano. Se volvió hacia mí y me lo mostró, con aspecto enfadado.

—¿Qué puedo decir? Soy una chica con clase —reí.

—Deberías contratar a alguien que se haga cargo de esta cocina —dijo Harrison, sin dejar de buscar cosas.

—Si sabes de alguien a quien le pueda interesar el trabajo, avísame, porque mi casero no contesta nunca. Los platos están a la izquierda de la placa —indiqué.

Cogió dos de ellos, puso un montón de comida en cada uno y se puso a buscar cubiertos. Estaba a punto de avisarle de que el cajón de los utensilios tenía mucho temperamento, cuando escuché cómo se salía de las guías y caía al suelo con un estruendo enorme.

—¡Joder! —gritó él.

Me levanté del sofá y me acerqué a donde estaba.

—No te preocupes, pasa todo el tiempo.

—Gwen, yo me encargo —dijo Harrison, agachándose para recoger aquel desastre—. Vuelve al sofá. ¿Está vacío el lavavajillas? Porque ahora habrá que lavar todo esto.

—El lavavajillas está roto y, ahora mismo, se usa para guardar los abrigos de invierno, para cuando tengo que ir a la Costa Este.

Se me ocurre algo mejor: ¿Por qué no lo dejas todo en el fregadero y vienes a comer conmigo en el sofá?

Comeremos con los dedos, no hace falta usar cubiertos.

Vamos, ven a hacerme mimos. No me vendría mal un poco de cariño.

Lo miré mientras él recogía los cubiertos de plástico y metal a puñados.

—Harrison…

—Tendrás que comer algo más que comida basura —insistió él sin dejar de recoger—. Dijiste que no habías comido nada desde el desayuno, y son casi las cinco. Aún estás sintiendo los efectos del accidente, y tienes que conservar las fuerzas.

—De acuerdo —suspiré—. Quiero dos tacos y guacamole, por favor.

Tuve la sensación de que buscaba mantenerse ocupado con cosas que no implicaran contacto físico conmigo, cuando lo que yo necesitaba en realidad era un abrazo enorme, un beso en la cabeza y la promesa de que todo iría bien. ¿Por qué le resultaba tan difícil mostrar afecto?

Me acomodé en el sofá, y Harrison se acercó unos minutos después, con dos platos llenos de comida, como si yo fuera una atleta que necesitara atiborrarse de carbohidratos antes de una competición.

—Hala. ¿Es que quieres cebarme? —bromeé, cogiendo el plato que me entregaba.

—Pues sí, no te vendrían mal unos cuantos kilos de más —respondió con voz monótona, sin mirarme.

Me aparté para dejarle sitio, pero él prefirió sentarse en el sillón enfrente de mí. Fue un rechazo sutil, pero lo bastante como para que no pudiera seguir ignorando su comportamiento.

—¿Qué pasa? —pregunté, tratando de que no se notara lo dolida que estaba—. ¿Por qué estás tan raro?

Por un momento, pareció dolido, pero después hizo un gesto hacia mi plato.

—Te estoy ayudando. ¿Cuál es el problema?

Una respuesta defensiva, pero no confusa. Así que no me lo estaba imaginando, y no lo hacía de forma inconsciente. Me estaba evitando de verdad.

—El problema es que te comportas como si fuera a contagiarte algo —le espeté—.

Desde que has entrado en la habitación del hospital, estás como si…

No sé cómo explicarlo, solo que estás la leche de raro.

Te necesito, Harrison. No quiero comida ni descansar.

Me ha pasado algo bastante traumático, y tú estás haciendo todo lo que puedes para mantenerte lejos de mí.

—Para. Estás diciendo tonterías —resopló.

Lo de las «tonterías» me sentó tan bien como si me hubiera dicho que me calmara.

—No, no lo son. Estoy pidiendo a alguien que me importa que me reconforte después de llevarme un susto enorme —repliqué, en un tono más ácido.

—Bueno, pues es posible que no se me dé bien lo de reconfortar —me soltó él.

Su tono, y su expresión malhumorada, fueron como una bofetada en la cara. ¿Pero qué bicho le había picado?

—¿Por qué dices eso? —pregunté, aunque no estaba segura de querer escuchar la respuesta—. ¿A qué te refieres?

—A que eso no es lo mío. —De repente, Harrison pareció muy interesado en reorganizar los trozos de pizza de su plato—. Nunca lo ha sido.

No pensaba permitir que la tensión que había entre nosotros se convirtiera en una tormenta. Aún era posible arreglar la situación. Puede que solo estuviera estresado por el trabajo y, encima, también estaba preocupado por mí.

—Bueno, apuesto a que yo puedo enseñarte cómo hacerlo —empecé, en un tono más relajado—.

El primer paso es traer aquí ese culo tan estupendo y sentarlo a mi lado.

Luego tienes que dejar ese plato en la mesa de centro para poder rodearme con tus brazos.

Unos cuantos besos tampoco me vendrían mal.

E igual podrías decir algo sobre lo mucho que te alegras de que esté bien, y que siempre estarás ahí para ayudarme.

Lo último me salió demasiado rápido como para contenerme; en parte porque aún tenía esperanza y, en parte, como una prueba.

Nunca habíamos definido nuestra relación, así que era muy atrevido por mi parte sugerir que entre nosotros podía haber un «siempre», pero no podía negar que eso era lo que quería oír.

Contuve la respiración, esperando su respuesta.

—¿Cuándo vuelve tu hermana?

—¿Qué tiene eso que ver con lo demás? —pregunté.

El estómago se me empezó a revolver, porque no era esa la respuesta que había esperado.

—Bueno, ella es tu hermana y vive contigo, lo que significa que te conoce mejor que nadie. Seguro que ella es la persona más adecuada para pedirle… abrazos y todo eso.

Él seguía empujando la comida en el plato en lugar de comérsela. La grasa de la pizza estaba empezando a enfriarse en una especie de desagradable potingue naranja.

¿Estaba aquello ocurriendo de verdad? ¿El hombre con el que estaba saliendo intentaba en serio endosar a mi hermana mi petición de mimos y atención?

Si antes no había tenido apetito, ahora sí que había desaparecido del todo.

De hecho, el olor de la comida que tenía delante me estaba empezando a dar náuseas.

—¿Por qué haces esto? —susurré.

El miedo se estaba apoderando de mí. Harrison estaba levantando un muro entre nosotros y yo solo podía limitarme a mirarlo, indefensa.

Él dejó el plato sobre la mesa, se puso en pie y empezó a dar vueltas por el salón.

—¿Por qué insistes en que haga algo que soy incapaz de hacer?

Aquella palabra me detuvo en seco. ¿Incapaz?

—Harrison, no, eso no es verdad.

Me acerqué a donde estaba, pero él se dio la vuelta para mirarme con desconfianza, así que volví a sentarme en el sofá. Sabía que quería que me lo tomara con calma pero, en ese momento, que no me dejara acercarme a él me parecía muy mala señal. Seguí insistiendo.

—¿Te acuerdas de la fiesta de tu padre? Allí me trataste con cariño y atención.

Estuviste pendiente de mí todo el tiempo.

Sé que eres capaz de hacerlo pero, por algún motivo, te comportas como si ahora no quisieras ocuparte de mí.

¿Es porque exijo demasiado? Porque no creo que esperar lo mínimo sea mucho pedir.

Harrison dejó de dar vueltas de un lado a otro y bajó la cabeza para soltar un bufido de frustración.

—No sé qué más quieres de mí, Gwen. Te he sacado del hospital, te he llevado a por tus medicinas, te he comprado la cena y ahora estoy aquí. ¿Por qué no te basta con eso? Por favor, explícamelo, porque a mí me parece que estoy haciendo lo que debo.

Ya no podía contenerme más. ¿Cómo podía ser tan ciego?

—¡Porque no sientes ninguna emoción! —le grité—.

Estás aquí —expliqué, señalando al suelo—, pero no estás aquí —terminé, golpeándome el pecho con la mano—.

Te agradezco mucho las tareas que has completado para cuidarme.

Muchas gracias, en caso de que no te lo haya dicho lo suficiente; pero lo que necesito en este momento, después de tener un puto accidente con el coche, ¡es que finjas que te alegras de que siga viva!

Comprendí que no había elegido bien mis palabras cuando vi la sombra que atravesó su cara. No había querido recordarle la pérdida de su madre.

—Lo siento, no quería decirlo así.

Los dos nos quedamos callados.

—Me estás pidiendo algo que no puedo darte —dijo Harrison por fin, con voz serena y los ojos clavados en el suelo—. Lo siento mucho, pero será mejor que lo sepas ya.

Me dejé caer en el sofá al escuchar su admisión, agotada. Parecía como si mis pulmones se hubieran encogido y no pudiera inspirar aire suficiente. Lo que había comenzado como una conversación tensa se había convertido en un tren que se dirigía a toda velocidad hacia nuestro final.

—Lo dices en serio —susurré.

No era una pregunta, porque ya conocía la respuesta.

Había expuesto mis sentimientos, como una estúpida, solo para descubrir que, una vez más, a Harrison Ashford yo no le importaba lo suficiente como para darme lo que necesitaba.

Preocupación y cariño auténticos. Sabía que eso no era demasiado pedir a una pareja, pero, al parecer, no era algo que él estuviera dispuesto a darme.

Sí, podría cuidar de mí, pero ese papel parecía vacío, como si yo solo fuera una tarea más en una lista que necesitaba completar.

—Sí, lo digo en serio —respondió Harrison al cabo de un momento—. Lo siento, Gwen.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero me negué a dejarlas caer, así que inspiré hondo y pestañeé para contenerlas. ¿Cómo podía haber estado tan ciega?

Debía haberlo sabido, porque ya en Aspen me había demostrado cómo era.

Aunque sus razones para marcharse sin despedirse tenían sentido, una vez que me las expuso, lo menos que podía haber hecho entonces era explicármelas.

Mientras las cosas fueron sencillas, había fingido tener una relación conmigo, pero en cuanto se habían complicado, estaba dispuesto otra vez a salir huyendo. Me había sincerado con él para nada.

Me invadió una tristeza dolorosa al comprender lo ciega que había estado.

—Tienes que irte.

Harrison me miró como si le hubiera abofeteado, y se puso en pie tan bruscamente que la silla se tambaleó detrás de él.

El corazón se me encogió aún más al ver las ganas que tenía de marcharse. En el fondo, había esperado que intentara luchar por mí un poco. Tal vez, podría haberse disculpado por ser tan cabezota y prometido hacer las cosas mejor en adelante. No por mí, sino por los dos.

—¿Es eso lo que quieres?

¡No!, quise gritar. Quiero que te quedes conmigo. Quiero que me quieras, aunque sea complicado o difícil.

—Teniendo en cuenta lo que me has dicho, creo que no hay otra opción —afirmé con calma.

El dolor estaba dando paso a la ira: contra mí misma, contra él, y contra la forma en que se estaban desarrollando los acontecimientos, una vez más.

—De acuerdo —respondió Harrison—. Entonces, me marcho.

Me miró durante un instante más, y yo me obligué a mantener la compostura. Si él podía enfrentarse al fin de nuestra relación sin fruncir el ceño siquiera, yo también podría hacerlo.

Mantuve la esperanza como una idiota mientras él se dirigía a la puerta. Los diez pasos que le faltaban hasta la entrada representaban una última oportunidad de que comprendiera lo equivocado que estaba.

Nueve pasos… ocho…

—Si sales por esa puerta —le dije—, esto se habrá acabado.

Harrison se detuvo y mi corazón dio un salto. Se volvió hacia mí para mirarme.

—Lo sé.

La puerta se cerró y, por fin, triunfaron las lágrimas.