Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 24 Harrison
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24 Harrison

HARRISON

Susan parecía tan frenética como me sentía yo. Los dos teníamos el móvil personal pegado a una oreja y el del trabajo a la otra, mientras intentábamos conseguir más información sobre lo que le había pasado a Gwen.

Mi corazón se había puesto a mil al oírla gritar, justo antes de que se cortara la llamada, y no parecía que fuera a calmarse en un futuro próximo. Me aterraba pensar en lo peor que podía haber ocurrido, y no estaba dispuesto a hacerlo.

—No está ni en Huntington, ni en Keck —dijo Susan—. ¿A cuáles has llamado tú?

—Estoy en espera con Cedars —dije, con los dientes apretados.

Me estaba costando la vida mantener la calma, y Susan lo sabía. Se acercó a mí y se me quedó mirando.

—Todo irá bien.

Asentí, pero no dije nada, porque no la creía. Todo aquello me resultaba muy familiar. Aquella sensación hueca de temor, a medida que la esperanza y el optimismo iban desapareciendo. ¿Y si ya era demasiado tarde? ¿Y si ella estaba…?

No. Era imposible que la hubiera perdido.

—¿Por quién pregunta?

La voz al otro lado de la línea me devolvió al presente. Era la tercera vez que preguntaba si ella estaba allí.

—Estoy tratando de averiguar si han llevado a ese hospital a una persona. Creo que ha tenido un accidente de coche, no estoy seguro. Estábamos hablando por teléfono y ha sonado como si hubiera habido un accidente. Se llama Gwen…

—Un momento, por favor —respondió la voz en un tono cortante, que volvió a dar paso a la música de espera.

—¿Tan complicado es buscar un maldito nombre? —grité al vacío.

Susan me había visto perder los estribos muchas veces, pero nunca me había mirado de ese modo. No quise ni imaginar qué clase de expresión mostraba mi cara, pero debía ser suficiente para disuadirla de intentar calmarme en esos momentos.

Mi móvil recibió otra llamada de un número que no reconocí, y estaba a punto de contestar cuando la voz de la operadora del hospital volvió a hablar en el otro teléfono.

—Cedars-Sinai, ¿en qué puedo ayudarle?

—¿Está de puta coña? —grité—. Llevo diez minutos en espera, y no dejan de preguntarme lo mismo todo…

—Un momento, por favor.

Tuve que recurrir a todo mi control para no estrellar el teléfono contra la pared. Estaba respirando con tanta fuerza que parecía que acababa de competir en una carrera.

El número desconocido me había dejado un mensaje, así que lo escuché mientras seguía en espera con el hospital.

—Harrison, soy yo. Estoy bien.

Gwen. Su voz apagó al instante el incendio devastador que ardía en mi interior, y sentí que podía respirar de nuevo.

—Alguien chocó conmigo en un cruce —continuó—.

Mi coche se ha llevado la peor parte, pero yo también tengo algún rasguño.

El parabrisas estalló, así que tengo algunos cortes, y me duele todo.

Me han llevado al Cedars para asegurarse de que no tengo ninguna herida interna, y todas las pruebas han salido bien.

Siento llamarte desde un número desconocido, pero mi teléfono se ha quedado en el coche.

Mi corazón se negaba a calmarse, aun después de escuchar que estaba bien. Tuve que obligarme a mantener la atención en su mensaje.

—Bueno, me han dicho que podré irme a casa pronto. Mi hermana sigue de viaje, así que me vendría muy bien si pudieras recogerme. Si no, supongo que llamaré a un Uber. Devuélveme la llamada, en cualquier caso. Gracias.

Hice una mueca. ¿Cómo podía pensar que no iría a recogerla?

—Gwen está bien —dije a Susan—. Está en el Cedars, voy a ir a recogerla.

Susan colgó de golpe el teléfono de la oficina y se relajó visiblemente.

—Oh, gracias a Dios. ¿Necesitas que te ayude con algo?

—No, pero te avisaré si hace falta alguna cosa. Es evidente que estaré fuera el resto del día.

Pasé a su lado a toda velocidad, mientras intentaba analizar mis sentimientos.

Alivio porque Gwen estuviera bien.

Furia contra la persona que la había embestido.

Y otra sensación, que no lograba identificar.

¿Enfado contra mí mismo?

Empecé a comprenderlo de camino al hospital, tal vez porque el trayecto me resultaba familiar, en el peor de los sentidos. No lograba detener el torrente de recuerdos dolorosos.

Cedars-Sinai había sido el último lugar donde había visto viva a mi madre.

Mi padre había recorrido el mundo con ella, desde Suiza a Singapur, buscando con desesperación un tratamiento que diera resultado.

La búsqueda había terminado donde empezó, en Cedars, con un tratamiento experimental que todos sabíamos que era arriesgado y que no había frenado el avance del cáncer.

Por fin, nuestra última esperanza fue recurrir a la extirpación de órganos, combinada con quimioterapia agresiva.

Me aclaré la garganta al recordar a mi madre en la cama, rodeada de sus hijos.

Qué esperanzados e ignorantes habíamos sido cuando bromeamos que pronto estaríamos bebiendo margaritas todos juntos.

Era evidente que ella había quedado reducida a una sombra de la mujer vital y activa a la que amábamos.

La charla ligera había sido solo un intento de ignorar lo que teníamos delante.

Aun así, durante unos instantes, nos sentimos llenos de esperanza, hasta que su médico nos llevó a una sala privada para hablar con nosotros.

La habían perdido en el quirófano.

Agarré el volante con fuerza y parpadeé para contener las lágrimas. No conseguiría nada obsesionándome con el pasado, ni tenía sentido revivir los días más dolorosos de mi vida. Lo único que podía hacer era centrarme en lo que sí podía controlar, y contener cualquier otro sentimiento.

Dejarme llevar por la fuerza de mis emociones no me ayudaría, así que las suprimí y me puse a organizar lo que haría durante las horas siguientes.

Llegaría al hospital y me obligaría a no dar de leches a las personas que contestaban los teléfonos.

Hablaría del tratamiento y los cuidados necesarios con las enfermeras y el médico.

Llevaría a Gwen a su casa y me aseguraría de que tuviera todo lo que necesitaba.

Y las cosas volverían a la normalidad.

Las manos me empezaron a sudar tan pronto como entré en el hospital y noté ese olor característico y desagradable. Debía ser el producto para limpiar el suelo, porque aquella peste estaba por todas partes. Me acerqué al mostrador de recepción.

—Gwen Ackland.

Si decía algo más, corría el riesgo de perder la paciencia con alguien que, sin duda, no lo merecía. La mujer tecleó en su ordenador.

—Sí, está en la habitación tres uno tres.

Pasé por delante de la silla en la que se había dejado caer mi padre cuando tuvimos que abandonar el hospital sin mi madre. Había ocultado la cara entre las manos y llorado, mientras mis hermanos y yo lo rodeábamos para protegerlo.

Una mujer entró en el ascensor conmigo, y su cara pálida bajo un gorro de punto me recordó cuánta gente seguía luchando contra la enfermedad.

Una lucha que mi familia había perdido. Noté que la ira volvía a brotar en mi interior, y me sentí mucho mejor enfadado que estando triste.

Sabía cómo manejar la ira. Afilaba mis sentidos y me hacía ser mucho más consciente de mi entorno.

Aumentaba mis revoluciones y me permitía tomar el control, justo lo que necesitaba en ese momento.

Gwen tenía que volver a casa, y yo me ocuparía de ello.

Entré en su habitación y casi atropellé a una enfermera diminuta que llevaba un portapapeles.

Apenas le dediqué una mirada, pues me centré en Gwen al momento.

Tenía arañazos en las mejillas y lo que parecía ser el inicio de un ojo morado.

Llevaba el pelo revuelto y la bata de hospital caída de un hombro. Una máquina pitaba junto a su cama.

Me costó la vida no tomarla en mis brazos.

—Ahí estás —dijo Gwen, incorporándose—. Hola.

Casi parecía nerviosa.

—Hola. —La enfermera me miró de arriba abajo—. ¿Quién es usted?

—Harrison Ashford, he venido para llevar a Gwen a casa.

—Ah, de acuerdo —asintió ella—. Yo soy Samantha, su enfermera. Le estaba explicando las instrucciones para marcharse a casa, así que ha llegado en buen momento. Les mostraré cómo curar las heridas.

Presté toda mi atención a sus instrucciones sobre cómo limpiar y cuidar las heridas que Gwen tenía en la cara, y la frecuencia con la que debía tomar ibuprofeno para el dolor.

Esas cosas se me daban bien. Cuánto tiempo, qué cantidad, con qué frecuencia, qué hacer después.

De eso podía ocuparme. Hechos, pasos concretos, resultados mensurables.

—De acuerdo, ¿podemos irnos ya? —pregunté cuando terminó Samantha.

—Aún no. Tiene que venir el doctor a revisar con Gwen los últimos resultados.

—¿Por qué? —pregunté, en un tono más brusco de lo que había pretendido—. ¿Pasa algo malo?

Contuve la respiración durante los dos segundos que le costó dejar de revisar sus papeles y mirarme.

—En absoluto —respondió, con una sonrisa forzada que, seguramente, era parte de la formación que había recibido—. Es el protocolo habitual. Cuando firme el alta, la señorita Ackland será libre para marcharse.

—¿Cuánto tendremos que esperar? Ya lleva aquí mucho tiempo y, si no le pasa nada, ¿por qué no podemos irnos ya?

Estaba empezando a sentir claustrofobia. Las cortinas estaban cerradas, así que no podía ver por la ventana, y sentía una gran necesidad de aire fresco.

—Harrison, no pasa nada —dijo Gwen en tono tranquilo—. No me importa esperar. Están ocupados.

—Ay, eres una paciente modelo —dijo Samantha, sonriendo a Gwen—. Muchas gracias. Y ahora, ¿necesitas algo más? ¿Agua? ¿Algo para comer?

—Estoy bien. —Gwen sacudió la cabeza—. Gracias por todo, me has atendido de maravilla.

—Sí, muchas gracias —añadí yo, aunque fue evidente que no sonó nada sincero.

Samantha me dedicó una de esas sonrisas falsas, con la nariz arrugada, mientras se dirigía a la puerta. Caminé de un lado a otro de la pequeña habitación, tratando de organizar lo que vendría después.

—Me imagino que tendrás hambre —dije—. Podemos comprar algo para comer de camino a casa. De hecho, ¿por qué no piensas qué te apetece, y lo pediré cuando nos vayamos a marchar, para no tener que esperar? En esta zona hay muchas opciones.

Conocía demasiado bien las distintas alternativas culinarias en la zona del hospital.

—¿Qué te apetece? —insistí—. ¿Algo sencillo, como una sopa? ¿O un smoothie? O podríamos pedir una comida completa, es lo bastante tarde como para cenar. Lo que te apetezca, solo tienes que pedirlo.

—Harrison, lo que quiero es que vengas aquí y me des un abrazo —dijo Gwen en voz baja.

Tendió los brazos hacia mí, con el labio inferior temblando.

Joder. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Me acerqué a ella y, en el último momento, recordé la fragilidad de su estado. Por mucho que quisiera apretarla contra mí, era probable que le doliera todo, por no hablar de los cables que aún estaban conectados a sus brazos.

Terminamos por darnos un abrazo incómodo y tímido, que me pareció peor que no habérselo dado. Todo me recordaba a la última vez, desde los pitidos electrónicos hasta la tela de la bata de hospital bajo mi mejilla.

Me aparté de ella.

—Muy bien. Entonces, ¿qué te apetece para comer?

—Nada —rio ella—. No tengo nada de apetito.

—Tienes que comer algo —insistí—. Elige, o lo haré yo.

—Oye, jefe, deja de mandar, por favor —dijo Gwen, en tono de advertencia.

Yo la ignoré, pero cambié de táctica.

—¿Necesitamos comprar algo por el camino? ¿Qué tal una almohadilla térmica?

—Tú puedes ser mi almohadilla térmica —bromeó ella.

—Venga ya, Gwen. Lo digo en serio.

Ella me miró un instante con el ceño fruncido.

—Estoy bien. Ya has oído a Samantha. Casi me siento mal por estar aquí, ocupando una cama que podrían dedicar a otra persona.

—Y por eso es hora de irse —dije, mientras me acercaba a la puerta para asomarme al pasillo y ver si se acercaba alguien con pinta de médico—. ¿Por qué tardan tanto?

—Harrison.

Me volví hacia Gwen.

—Por favor, relájate. Esto es un hospital, uno de los pocos lugares del mundo en el que no puedes obligar a nadie a hacer lo que tú quieras.

Solté un suspiro malhumorado. Sí, sabía muy bien hasta qué punto era eso cierto.

—Siéntate y habla conmigo —continuó.

Me acerqué a desgana a la silla situada junto a su cama y me dejé caer sobre ella. Me sentía exhausto, incómodo.

Sabía que no me encontraría mejor hasta que saliera por la puerta, con Gwen a mi lado.