23 Gwen
GWEN
Donde quiera que mirase, había escenas dignas de una foto.
Una persona mayor acariciando a un labrador con la cara blanca, una familia tratando de decidir qué cachorrito de una camada era el más mono, una mujer en una esquina del aparcamiento con un perro flacucho y tembloroso en el regazo…
El evento de adopción estaba a punto de concluir, y estaba segura de que habíamos vaciado el refugio casi por completo.
El interés y la prensa adicionales que había atraído el apoyo de Scarlet habían sido responsables, en buena medida, de la gran concurrencia, a pesar de que la cantante solo había estado presente en nuestros pensamientos.
Estaba muy ocupada iniciando su gira por Europa, pero había encontrado el momento de destacar el evento de adopción en una de sus historias en Instagram, y eso fue suficiente para enviar oleadas de posibles adoptantes al aparcamiento de la tienda de muebles.
Miré a los asistentes, tratando de encontrar a Harrison.
En la semana transcurrida entre la fiesta de su padre y el evento de adopción, se había mostrado más distante, lo que yo había atribuido al estrés de asimilar el susto que le había dado su padre.
O, al menos, eso era lo que me decía a mí misma cuando interrumpía nuestros abrazos, o cuando parecía recurrir al sexo cada vez que yo intentaba iniciar una conversación seria.
—¿No te parece que esto es maravilloso? —preguntó Susan, que se protegía los ojos del sol con la mano para admirar los finales felices que nos rodeaban.
—Estoy emocionada —respondí—. Y seguro que Harrison también lo está.
Observé su expresión, ansiosa por conocer su respuesta. Susan era una de las personas más cercanas a Harrison y, seguramente, habría captado matices en su comportamiento que a mí se me habrían escapado.
—Si pudiera dejar de obsesionarse con ese perro, Monty, estoy segura de que también le emocionaría que haya venido tanta gente —asintió ella.
—¿Eso es lo que le pasa? —pregunté.
—Oh, sí. Es como una agencia de marketing andante para ese perro. Y al pobrecito le hace bastante falta, desde luego.
Durante la preparación del evento, me había familiarizado con todos los perros disponibles, y Monty era el que había tenido peor suerte.
Todos sabíamos que los cachorritos serían los primeros en ser adoptados, seguidos de los perros adultos más dóciles y, al final, los más viejos. Y eso dejaba a Monty.
Lo que le faltaba al perro en belleza, lo compensaba con personalidad, pero el problema era que nadie se fijaba en nada que no fuera su cara.
Era una mezcla de boxer y pit bull, con un prognatismo que dejaba al aire los colmillos inferiores, en lugar de los superiores.
Era rechoncho y paticorto, con un cuerpo recio como un tanque.
Para empeorar aún más sus posibilidades de adopción, era de un color gris muy oscuro, lo que le daba un aspecto un tanto siniestro, a pesar de que, en realidad, era de lo más juguetón.
Todo eso, más su diagnóstico de diabetes, significaba que el pobre Monty necesitaba a una persona perfecta que lo reconociera como el diamante en bruto que era.
Por fin, divisé a Harrison bajo un árbol, sujetando la correa de Monty.
—Dime, ¿se ha interesado ya alguien por él? —pregunté cuando me reuní con ellos.
Monty hizo una especie de baile muy gracioso para mí, moviendo la cabeza de un lado a otro y girando sobre sí mismo. Me agaché para acariciarlo.
—Aún no —gruñó Harrison—. No lo entiendo.
Está entrenado para hacer sus necesidades, está acostumbrado a la correa y se lleva bien con los niños, los perros y los gatos.
Su dueño anterior dijo que era un vago redomado.
Yo he ofrecido hacerme cargo del coste de su insulina y el resto de sus medicinas durante el resto de su vida. No entiendo dónde está el problema.
Me encogí de hombros y observé cómo el perro miraba a la gente que le pasaba por delante.
—Los adoptantes quieren lo que quieren, por desgracia. Los perros y gatos negros son los más difíciles de dar en adopción.
—Eso es ridículo y frustrante —suspiró Harrison.
Parecía muy tenso, y sabía que no era solo por la mala suerte de su amigo, al que tenía sujeto con la correa.
—Oye, ¿por qué no paseamos un poco? —sugerí—. A los dos os vendrá bien estirar las piernas.
—Pero ¿y si nos perdemos a alguien? —Harrison hizo un gesto hacia las pocas personas que aún quedaban en el aparcamiento.
Saqué el teléfono para mirar la hora.
—Tendremos que empezar a desmontar todo esto pronto.
No debemos quedarnos más de lo previsto y enfadar a los propietarios.
No pasa nada, Harrison, caminemos un poco.
Haré algunas fotos bonitas de Monty y lo destacaré en la cobertura del evento.
Las historias tristes siempre atraen a la gente.
A lo mejor, alguien que no haya podido venir hoy lo ve, y se enamora de él.
—De acuerdo, vamos —suspiró él.
Monty sonrió y jadeó como si nos dirigiésemos a dar un paseo por un parque natural, en lugar de por una acera urbana junto a la cual circulaban los coches.
Harrison y él avanzaban al mismo paso, como si estuvieran acostumbrados a andar juntos.
Monty se mantenía cerca de la pierna de Harrison y lo miraba desde abajo de vez en cuando.
Yo me detuve para dejar que se adelantaran un poco y les hice una foto desde atrás.
—No sé si te das cuenta de que la respuesta está aquí mismo —comenté—. Me refiero al final feliz de Monty.
—¿Qué quieres decir? —preguntó con el ceño fruncido.
—Está loco por ti, Harrison. ¿No lo ves? Tú eres su humano, solo necesitas admitirlo.
—¿Yo? —Soltó un bufido incrédulo—. No, él quiere a todo el mundo por igual, ¿a que sí, colega? Eres todo un sentimental, ¿verdad?
Harrison bajó la vista hacia el perro, que sacudió la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se agitó.
—Puedes hacerlo —insistí.
—Pero está enfermo. —La voz de Harrison sonaba tensa—. Necesita cuidados especiales.
—Cuidados que tu podrías darle sin problema, o podrías pagar a alguien para que se ocupara de él —dije con suavidad—. La diabetes canina se puede gestionar.
—No me será posible —respondió Harrison con una firme sacudida de la cabeza—. No tengo tiempo para encargarme de un perro enfermo. De ninguna manera.
Su tono me hizo retroceder.
—Muy bien, de acuerdo.
Sabía que la mejor respuesta era dejar el tema, pero no pude resistirme a insistir un poco más.
—Va a ser muy triste cuando lo tengas que devolver a su jaula del refugio. Estará solito. El pobre…
Harrison dejó escapar un suspiro tenso.
—Sí. Un asco. La vida es una mierda.
Bajó la vista a Monty, que sonreía y se contoneaba a su lado por la acera.
Harrison estaba cometiendo un error, y el único que no se daba cuenta era él.
No podía creer que estuviera en aquel lugar.
El fin de mi trabajo en Ashford se acercaba a toda prisa, y por ese motivo había quedado con un agente inmobiliario en un edificio muy brillante e impresionante. Quería hablar de locales disponibles.
Iba a montar mi propia agencia de relaciones públicas para crisis.
Incluso aunque ya hubiera empezado el proceso, aún no me parecía real.
Tal vez eso se debía a que no estaba segura de querer que fuera real.
Abrir mi propia agencia siempre había sido mi objetivo, pero en ese momento, no estaba tan segura.
Estaba nerviosa, aunque también me sentía melancólica.
En Ashford me habían aceptado, y me encantaba trabajar allí.
Estaba muy orgullosa de lo que habíamos conseguido, y me sentía aceptada. Valorada.
No sabía si habría querido abrir mi propia agencia si hubiera trabajado en Ashford desde el principio, en lugar de en aquel infierno de McPherson.
Puede que querer mi propia empresa fuera una respuesta al trauma que me ocasionaron aquellos capullos.
Pero, por otro lado, Harrison no había hecho la menor referencia a prorrogar mi contrato, y eso significaba que debía ocuparme de mi futuro.
Desde el evento de adopción, tres días antes, él se había mostrado distante y malhumorado, y yo estaba intentando no obsesionarme con ello.
—Ya me dirás cuál de los locales te interesa —estaba diciendo el agente inmobiliario—.
Este edificio se está llenando muy rápido.
La oficina que hace esquina solo lleva en el mercado una semana, y ya ha generado mucho interés, así que, cuanto antes llames, más probabilidades tendrás de conseguir lo que quieras.
Había pensado que sabía lo que quería, pero ya no estaba tan segura. En un mundo perfecto, habría hablado a Harrison de mis opciones, e incluso le habría pedido que me acompañara a ver los locales, pero me había parecido… raro.
Si me lo montaba por mi cuenta, eso supondría una especie de punto final para nosotros, y no estaba segura de cómo gestionaríamos ese cambio. ¿Seguiríamos siendo nosotros una vez que la crisis estuviera resuelta del todo y él ya no necesitara mi ayuda?
—De acuerdo —respondí mientras nos dábamos la mano—. Te diré algo antes del fin de semana.
De camino a la salida, consideré todos los detalles del edificio, tratando de encontrar algún defecto que me llevara a descartarlo; pero no, era absolutamente perfecto, desde aquel vestíbulo tan elegante hasta el ascensor superrápido.
Y las oficinas eran ideales. Sería imposible equivocarse con ninguna. Entonces, ¿por qué sentía tantas dudas?
Me senté en mi coche y saqué el móvil para ver qué me había perdido durante la reunión.
Vi una notificación de prensa sobre nuestro evento de adopción, además de un mensaje de Becca, una antigua compañera de trabajo de la agencia de Hildy.
Hacía siglos que no hablaba con ella, al margen de dejarnos algunos «me gusta» en las redes sociales.
Abrí su mensaje y, al momento, vi el nombre de Ian.
Mierda.
Becca me había enviado unos cuantos vídeos en los que salía él hablando mal de mí en varias redes sociales.
Tenía que reconocer que había adaptado su mensaje a cada una de las redes, y no había perdido ni pizca de su intuición para el marketing, aunque lo utilizara para decir cosas horribles sobre mí.
Había publicado en su cuenta de Instagram una foto mía en un evento, hecha cuando no estaba mirando, en la que me habían pillado con los ojos cerrados y la boca abierta.
Sobre la imagen estaba escrita la palabra «Cancelada», y el pie de foto decía que yo no era más que una trepa celosa que había hecho que le despidieran sin motivo.
En otras publicaciones en X, daba a entender que yo era una zorra.
Mirándolo por el lado positivo, eso significaba que yo había tenido razón en que Scarlet lo despidiera, pero, por el otro lado… Uf, ¿por qué tenía que ser tan pesado, llorón y molesto?
Di las gracias a Becca por avisarme y puse el coche en marcha. Aquellas oficinas estaban algo más lejos de mi casa de lo que me habría gustado, y eso significaba que tenía tiempo de llamar a Harrison para desahogarme contándole todas las tonterías que tenía que aguantar.
—Hola —contestó al coger la llamada.
Se me hizo un nudo en el estómago. Esa única palabra fue suficiente para darme a conocer su estado de ánimo.
Cabreado.
—Hola —respondí, lo más animada que pude—. Tengo más dramas que contarte.
—Como si me hicieran falta más.
Ignoré el sarcasmo en su voz.
—Sí, yo igual. Es un asco. Creía que me había librado de Ian, pero la está liando otra vez.
Mi amiga Becca, de la agencia de Hildy, me acaba de mandar unos cuantos vídeos en los que se mete conmigo en internet.
Me echa la culpa de que lo hayan despedido y me acusa de ser una oportunista que ha llegado donde está acostándose con la gente.
—¿Lo dices en serio?
—Oh, sí. Espera a que te los enseñe. Son la leche.
—¿Crees que podrías demandarlo por difamación? —preguntó Harrison.
Frené para detenerme ante un semáforo y volví a coger el teléfono.
—No merece la pena, en serio. Tiene algo así como cuatrocientos seguidores en Instagram, no creo que sus acusaciones lleguen a ningún sitio.
—Bien.
No me gustó que Harrison volviera a ser el señor Monosílabo, pero parecía estar recayendo en su antigua personalidad.
Me ponía un poco nerviosa, porque al principio había asumido que se debía al efecto de conocer las noticias sobre la salud de su padre, pero estaba empezando a parecer otra cosa totalmente distinta.
Intenté reconducir el tema de conversación a algo más positivo.
—Oh, antes de colgar, quería decirte que ¡uno de los perros que se adoptaron el sábado ya es un influencer!
—El semáforo se puso verde, así que dejé caer el teléfono sobre el asiento del pasajero y pisé el acelerador—.
Lo ha adoptado el dueño de un restaurante muy popular, y lo ha convertido en su mascota.
Lo siguiente que escuché fue el chirrido de unos frenos.