Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 22 Harrison
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22 Harrison

HARRISON

—Caray —exhalé al ver a Gwen entrar en la habitación, lista para la fiesta—. ¿También debo agradecerle a tu hermana ese vestido?

Ella negó con la cabeza.

—Lo creas o no, se me había olvidado por completo que lo tenía. Lo compré para ir a un estreno de… —Se detuvo en seco.

—Ah —asentí—. No me extraña que se te olvidara. ¿El señor Escuela de detectives?

—Bueno, no fue una cita, ni nada de eso —se apresuró a aclarar Gwen, deslizando las manos por la parte delantera de su vestido de cóctel azul cielo—.

Fui al evento con un par de compañeros de trabajo en misión oficial, pero su novia decidió presentarse allí y Ben me dijo que no me necesitaba. Fue muy incómodo, y muy obvio.

Frunció el ceño al recordarlo.

—Bueno, pues él se lo ha perdido —dije, cogiéndole una mano para acercarla a mí—. Eres una diosa.

Le di un beso en la cabeza, y ella me dedicó una sonrisa radiante.

—Gracias. Tú también estás increíble.

Mis hermanos y yo habíamos decidido que la vestimenta para la fiesta fuera de cóctel, no de gala, así que me había puesto un traje de lino gris, camisa sin corbata y mocasines. Y me alegró saber que a Gwen le gustaba lo que veía.

Aunque su expresión de felicidad podía deberse también a los múltiples orgasmos que acababa de proporcionarle.

—¿Hay algo que deba saber? —preguntó Gwen—. Temas de conversación que evitar, tíos con la mano larga de los que alejarme… Será mejor que me lo cuentes todo antes de bajar, porque, si te soy sincera, estoy un poco nerviosa.

—Oh, venga ya, como si necesitaras ayuda para enfrentarte a situaciones incómodas. —La apreté un poco antes de soltarla—. No me preocupa cómo vayas a quedar esta noche, aunque puede que debas estar pendiente del tío Larry…

—El tío Larry. —Fingió hacer una marca en el aire—. Tomo nota.

—Es broma, todos mis tíos son personas decentes. Y ya conoces a los personajes principales, así que deberías estar lista.

—¿Y cómo estás tú? —preguntó Gwen, al tiempo que deslizaba los brazos alrededor de mi cuerpo y apoyaba la mejilla contra mi pecho.

Era como si supiera con exactitud lo que necesitaba en ese momento porque, a pesar de mi apariencia tranquila habitual, estaba a punto de meterme en un campo de minas.

El abrazo era un recordatorio de que no estaría solo.

Los Ashford eran mi familia, pero los lazos de sangre no eran una garantía de que la gente se llevara bien.

Nuestra relación no había sido siempre tan tensa. De hecho, nuestra infancia había sido bastante idílica, pero eso había que agradecérselo a nuestra madre: sin su presencia, que nos calmaba y nos mantenía unidos, habíamos quedado reducidos a unos imanes que se repelían, en lugar de atraerse.

El trabajo seguía siendo algo que teníamos en común.

Todos trabajábamos para la empresa matriz, presidida por nuestro padre.

Era un buen jefe, y nuestras conversaciones sobre trabajo casi siempre iban bastante bien.

Solo nos faltaba ser capaces de mantener una conversación sobre algo que no fuera el trabajo.

—Contigo a mi lado, no puedo estar mejor —respondí a Gwen—. Y ahora, vamos a bajar antes de que me echen la bronca por llegar tarde.

—Bueno, si lo hacen, les diré que estabas ocupado haciéndome un cunnilingus. —Subió y bajó las cejas muy rápido—. ¿Qué crees que responderían a eso?

—Chica, eres tremenda —reí, y le cogí la mano—. Pero ahora que me has dado la idea, te aseguro que ese va a ser el plan para después de la fiesta, cuando volvamos a la habitación.

Al cabo de unas horas, debí admitir que, para mi sorpresa, me lo estaba pasando bien en la fiesta.

Drew no había reparado en gastos, por supuesto, desde el decorado hasta la música y los toques especiales, como la película de sus vidas que se reproducía mientras disfrutábamos de una comida increíble.

El salón de baile se había convertido en una celebración centelleante y excesiva, pero lo que yo sentía iba más allá de la fiesta.

Por primera vez en muchísimo tiempo, me pareció que volvíamos a los viejos tiempos o, al menos, a lo más parecido a los viejos tiempos que era posible sin el corazón de nuestra familia.

Mis hermanos y yo nos reímos mucho durante la cena recordando cuando nuestra vida era más sencilla.

No me sorprendió que Gwen encajara a la perfección.

Se comportó como mi acompañante de apoyo emocional, dedicándome gestos durante la noche, comprobando que estuviera bien, y apretándome la mano cuando la conversación se volvía complicada.

Pero, en general, la noche estaba resultando mucho más agradable de lo que había previsto.

Un éxito, sin lugar a dudas.

Las cosas se animaron después de que mi padre hiciera un brindis sorprendentemente emotivo, y se lanzaran los fuegos artificiales. Cuando comenzaron la música y la barra libre, todo el mundo salió a la pista de baile, lo que fue mi señal para ir a por más bebida.

—¿Más champán? —pregunté a Gwen, haciendo un gesto hacia su copa vacía.

—¿Está intentando emborracharme, señor Ashford?

—En absoluto —le susurré al oído—. Quiero que estés muy consciente para todas las cosas perversas que te voy a hacer cuando volvamos a la habitación.

Su risa me alegró el alma. ¿Así de fáciles podían ser las cosas? No recordaba que mi relación con Miranda hubiera sido tan natural; ni siquiera al principio, cuando nos estábamos precipitando al matrimonio. Me costaba creer que sentirse tan cerca de alguien pudiera ser tan… perfecto.

Me dirigí a uno de los muchos bares distribuidos por el salón y el patio, sintiéndome algo más que achispado, pero no podía culpar al alcohol.

—Vaya, hola, forastero —dijo una voz detrás de mí.

Me di la vuelta para encontrar a mi tío Hank, el hermano pequeño de mi madre, sonriéndome.

Cuando éramos pequeños, habíamos tenido una relación muy estrecha con esa rama de la familia, y veraneábamos juntos casi todos los años pero, con el tiempo y la distancia, cada vez había sido más difícil vernos.

Aun así, mi tío me traía buenos recuerdos de mi madre.

Era tan amable como ella, lo que le venía muy bien en su trabajo de oncólogo.

Nos abrazamos y nos dimos unas palmadas en la espalda.

—Vaya noche, ¿eh? —dijo el tío Hank—. Tu padre se lo merece, después de todo lo que ha pasado últimamente. Estábamos muy preocupados.

Me tragué la confusión, porque me dio la sensación de que mi tío me acababa de contar algo que yo no debía saber. Por lo que sabía, lo único que le había «pasado últimamente» a Oliver Ashford eran el golf y las vacaciones, cosas que no eran nada preocupantes. Así que, ¿a qué se refería?

—Ya. —Me aparté un poco para mirarle a la cara, sin que se notara que no tenía ni idea de lo que estaba hablando—. Y tú ¿qué opinas?

Esperé que mi pregunta, vaga y abierta, le hiciera contar algo más.

—¿De los resultados de sus pruebas? Que menudo alivio.

Me obligué a mantener una expresión neutra, a pesar de que me estaba preocupando por momentos.

—Claro, por supuesto. Pero cuéntame, ¿cuál es tu opinión profesional?

No quería que se diera cuenta de que había revelado un secreto familiar sin querer y me soltara cualquier tontería sobre la confidencialidad entre médico y paciente.

Mi corazonada había sido correcta: A mi padre le pasaba algo, y yo no pensaba dejar escapar la oportunidad de conseguir respuestas.

Me tragué el enfado y la frustración; ya me enfrentaría a eso más tarde. Por ahora, tenía que mantener la calma.

—Ver una mancha en un escáner siempre es motivo de preocupación —dijo el tío Hank—, y el hecho de que la de tu padre estuviera en el pulmón era bastante preocupante, considerando lo que fuma. Si a eso le añades los resultados no concluyentes de las pruebas, parecía que la respuesta estaba clara.

No me esperaba ese bombazo. El miedo estuvo a punto de apoderarse de mí, antes de que lograra aplastarlo, recordando que los resultados finales habían sido buenos.

—Asumisteis que era cáncer —dije en tono neutro.

—Por supuesto que lo hicimos, no era descabellado hacer un diagnóstico prematuro. Sugerí llevarlo al Sloan Kettering para hacerle más pruebas y, por suerte, eso nos dio la información que necesitábamos. No era cáncer.

Todo estaba empezando a encajar. Esa era la razón por la que había estado en Manhattan el día que llamó para pedir, sin previo aviso, que lo llevara a casa en mi avión.

—¿Qué estás tomando? —preguntó el tío Hank y, aprovechando un hueco en la multitud, nos dirigimos al bar.

—Por ahora estoy bien —dije, empezando a alejarme—. Hablamos luego, tengo que ocuparme de algo.

O, más bien, de alguien.

Atravesé la fiesta, con una sonrisa agradable plantada en la cara, pero hirviendo de enfado por dentro.

Tenía que reunir a la familia, de inmediato.

Encontré a Logan discutiendo la superioridad de las bebidas alcohólicas color ámbar con un grupo de viejos amigos de mi padre, y a Drew tratando de fingir que no estaba trabajando, porque se suponía que estaba allí como invitado.

—Id a por papá y nos encontramos fuera —dije a Drew con un gruñido.

Utilicé un tono que no dejaba lugar a objeciones y, unos minutos más tarde, los cuatro Ashford estábamos reunidos en un patio discreto, lejos del ruido de la fiesta.

—Papá se acaba de enterar de que no tiene cáncer —dije, sin ningún preámbulo, señalando a mi padre con el dedo.

Las bocas de mis hermanos se abrieron al unísono—.

El tío Hank me ha dicho que estaba en Nueva York para hacerse unas pruebas por una mancha en un pulmón.

Y no nos había dicho nada. —Hice una pausa—.

O, al menos, no me lo había dicho a mí. ¿Vosotros lo sabíais?

—¿Cancer? —gritó Drew incrédulo, lo que contestó a mi pregunta.

—Esperad un momento —dijo Oliver—. No hay de qué preocuparse, solo era una vieja cicatriz. Una falsa alarma, nada más. No quería que os preocupaseis sin necesidad, después de lo de vuestra madre.

—Papá, ¿fuiste a hacerte las pruebas tú solo? ¿Fue una biopsia? —preguntó Logan, incrédulo—. ¿Por qué no avisaste?

—Estáis todos muy ocupados —respondió él—. Está bien, todo ha ido bien.

Observé a mi padre, y me di cuenta de que empezaba a notársele la edad.

Ahora parecía un hombre mayor, en lugar del torbellino sobrehumano que había sido hasta entonces.

Eso hacía que el susto resultara aún más conmovedor.

No duraría para siempre y, sí, esa vez habíamos tenido suerte.

Pero ¿y si volvía a pasar algo así? ¿Volvería a decidir excluirnos?

¿Nos enteraríamos solo cuando estuviera demasiado enfermo para ocultárnoslo?

—No digas eso, no hay nada más importante que tu salud —insistió Drew—. Deberías dejarnos cuidar de ti.

Oliver nos miró a los tres.

—Bueno, ahora estamos todos aquí, y eso es lo que importa. Mis hijos están conmigo. —Hizo una pausa para mirarnos a cada uno de nosotros—. Os quiero muchísimo. Creo que deberíamos decirlo más.

Hubiera jurado que tenía los ojos llenos de lágrimas cuando nos atrajo para un abrazo de grupo.

Nunca habíamos sido una familia cariñosa, con la excepción de mi madre, así que sentirme rodeado por un abrazo me recordó de nuevo lo mucho que habíamos perdido, y el tiempo que había pasado desde que nos habíamos sentido tan cerca unos de otros.

Me aparté a desgana, porque había disfrutado de aquel momento con ellos.

—¿Por qué tenéis esas caras tan largas? —preguntó Oliver, y fue a darle un puñetazo a Logan en la tripa, pero él se apartó antes de que lo tocara—. Estamos en una fiesta, ¡vamos a celebrarlo!

Intercambié una mirada con mis hermanos. Era evidente que todos pensábamos lo mismo: molestos porque no nos hubiera dicho nada, pero aliviados al saber que estaba bien.

—Eh, antes de irnos, quiero decir algo más —dije, aprovechando mi condición de hijo mayor—. Si alguna vez te llevas otro susto con la salud, dínoslo. Queremos apoyarte, ¿entendido?

—Sí, señor —respondió con un saludo militar—. Y ahora, volvamos ahí dentro y vamos a pasarlo bien.

Lo seguimos a regañadientes.

—Estoy la hostia de enfadado con él —dijo Drew entre dientes.

—Te he oído —canturreó mi padre.

Me retrasé a propósito, y mis hermanos se quedaron atrás conmigo.

—Escuchad, tendremos que estar pendientes de él a partir de ahora. Vamos a prometer que nos mantendremos informados sobre su estado. Será nuestro propio programa de supervisión, ¿de acuerdo?

—Por supuesto —respondió Drew—. Tenemos que hacer un esfuerzo por mantener el contacto.

—Eh, yo siempre estoy disponible aquí —dijo Logan, sacando el teléfono del bolsillo—. Ya lo sabéis.

De nosotros tres, Logan era el que más llamaba y enviaba mensajes, pero eso estaba a punto de cambiar.

Volví a la fiesta y busqué a Gwen por la sala, hasta encontrarla en la pista de baile con dos de mis primos.

Como si hubiera notado que la miraba, al cabo de un par de segundos clavó los ojos en mí, y su amplia sonrisa se desdibujó un poco al ver lo que fuera que reflejaba mi cara.

Después de decir algo a sus compañeros de baile, se dirigió hacia mí.

Aquella mujer era como un relámpago humano.

—Hey —dijo, mientras me abrazaba—. ¿Qué pasa? Pareces muy agobiado.

—Estoy bien. —Le devolví un abrazo rápido—. ¿Te lo estás pasando bien?

—Bueno, me preguntaba a dónde habrías ido y ahora, tu mala cara me confirma que ha pasado algo. Así que, cuéntamelo.

—No pasa nada, ya me he ocupado de ello.

Solo caí en la brusquedad de mi respuesta cuando su cara se ensombreció y dio un paso atrás para alejarse.

—Vale. Lo que tú digas.

Solté un bufido. Por una parte, hablar de mi dolor y confusión en una fiesta, rodeados de gente, me parecía un infierno.

Pero, por otra parte, no me parecía bien ocultárselo a Gwen.

¿Y si optaba por una solución intermedia, y le contaba los hechos, pero me guardaba los sentimientos para mí mismo?

Además, necesitaba alejarme de toda aquella gente. La cogí de la mano.

—Ven aquí. —La conduje a una zona más tranquila de la fiesta y le expliqué lo que acababa de averiguar.

—Vaya susto, Harrison. —Se llevó una mano al pecho al escucharlo—. Lo siento mucho. Debes estar sintiéndote fatal.

—Sí —respondí con una mueca—. Admito que no me siento muy bien.

Eso era quedarse corto.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Gwen.

Entorné los ojos y miré a mi alrededor.

—No estoy seguro, pero las cosas van a cambiar.

A pesar del resultado positivo, aún me sentía como si estuviera al borde de un precipicio, a punto de despeñarme.

¿Cómo podía haber ignorado las señales? ¿Y cuánto había faltado para perder a mi padre?

Pero no quería pensar en ello en ese momento.

Por suerte, tenía una fiesta muy animada y una mujer preciosa con las que distraerme esa noche.

En algún momento, tendría que analizar mis sentimientos, pero no sería entonces.