21 Gwen
GWEN
Tragué con dificultad cuando el coche giró en una curva y el Carmel Luxe apareció ante nuestros ojos. Estaba muy, pero que muy por encima de mis posibilidades.
—Por fin, en casa —suspiró Harrison.
Yo había entrado en la página de internet con antelación y conocía cada detalle del hotel, desde las camas italianas de plumas hasta los chefs de los tres restaurantes de cinco estrellas distribuidos por las instalaciones, y estaba muy emocionada por alojarme en aquel resort de lujo.
Intenté contener mi excitación por Harrison, que tendría que enfrentarse a los dramas familiares, y debía concentrarme en apoyarle.
—¿Estás bien? —Tendí una mano para apretar la suya.
Él no parecía especialmente preocupado, pero tampoco ilusionado.
—No voy mal.
Levanté su mano hasta mis labios para darle un beso.
—Hey.
Por fin, él me miró y consiguió dedicarme una sonrisa bastante auténtica.
—Hey tú.
—Todo va a ir bien —afirmé con suavidad—. Estaré contigo, lista para intervenir y asegurarme de que las cosas no pasen a mayores. Seré una combinación de bufón de la corte, defensa personal y muñeca sexual.
—Espero que no seas todo eso al mismo tiempo —bromeó Harrison.
—No me va ese rollo, pero ¿quién sabe? Tú solo déjame hacer, Ashford.
El coche se detuvo delante de un enorme edificio blanco, y un aparcacoches con guantes blancos se apresuró a abrirnos la puerta.
—Empieza la fiesta —murmuró Harrison por lo bajo al salir del coche a la luz del día aún brillante.
—Bienvenido una vez más, señor Ashford —dijo el asistente con deferencia—. El señor Ashford le está esperando.
—Estupendo. Muchas gracias, Jimmy.
El asistente me hizo una inclinación con la cabeza.
Si había estado nerviosa, el tamaño de aquel lugar aumentó la sensación al máximo.
No es que nunca hubiera estado en un hotel tan lujoso, pero hacerlo al margen del trabajo resultaba una experiencia totalmente distinta.
No estaba allí para confundirme con el entorno mientras trabajaba, sino que, esa vez, asistía como invitada.
Invitada por la familia Harrison, a la que iba a conocer en su totalidad.
Bueno, al menos había escogido un lugar muy bonito en el que tener mi primer ataque al corazón.
El hotel era una mezcla de estilo mediterráneo moderno y español colonial, con arcos amplios y bonitos detalles de terracota.
El vestíbulo estaba diseñado de forma que todos los invitados pudieran comprobar lo exclusivo de la ubicación, porque la pared posterior estaba abierta a una vista interminable de océano y cielo azul.
—Ahí está —murmuró Harrison entre dientes.
Lo observé mientras él se acercaba a estrechar la mano de un hombre que debía de ser su hermano.
Eran muy parecidos, de la misma altura, con narices parecidas y ojos increíbles.
Pero, aunque Harrison lucía su ceño fruncido permanente, resultado de dirigir un negocio muy exigente, Drew era capaz de ocultar su estrés bajo una sonrisa propia de atención al cliente.
Me pregunté si él ocultaría bajo la superficie la tendencia de los Ashford a ser unos gruñones.
—Drew, esta es Gwen Ackland.
Cuando me miró, noté como una descarga porque, maldita sea, qué intenso era aquel hombre, a pesar de su sonrisa.
Tuve la sensación de que estaba registrando hasta el último detalle sobre mí, aunque no resultaba inesperado.
Harrison acababa de terminar un divorcio muy complicado, y era lógico que su hermano mostrara una desconfianza inicial a cualquier mujer que lo acompañara.
—Gwen, me alegro mucho de conocerte —dijo, cogiendo una de mis manos con las suyas—.
Has conseguido lo imposible y logrado que mi hermano aparezca como un ser humano decente ante la opinión pública.
Enhorabuena. Este fin de semana vamos a cuidar muy bien de ti.
Te lo mereces, después de ocuparte tan bien de él.
Al decir eso, me guiñó un ojo.
Si no me gustara tanto Harrison, habría sido difícil resistirme a ese otro Ashford, a pesar del insulto.
Me había hecho sentir como si fuera la única persona en aquel lugar, como si no deseara nada más que hacer todo lo posible para que mi estancia en su hotel fuera maravillosa.
Pero me pregunté si su encanto no escondería la misma tendencia a ser un capullo que caracterizaba a Harrison.
—Es absolutamente increíble —respondí—. Y no me des las gracias, estoy disfrutando de trabajar en el equipo de Ashford.
—Bueno, nosotros tenemos suerte de contar contigo —respondió él—. Harrison, ¿qué te parece si jugamos nueve hoyos antes de cenar? Logan ya está listo, y se apunta si tú lo haces. Yo no voy a poder, por desgracia. Tengo que hacerme cargo de ciertas… dificultades.
—Me encantaría —dijo Harrison—, pero hemos hecho planes para cenar, y deberíamos ir a prepararnos.
—De acuerdo. ¿Cenaréis aquí?
Harrison ya me había advertido de que, si queríamos un poco de intimidad, deberíamos cenar en otro sitio.
—No, iremos a Surfside.
—Un lugar estupendo —asintió Drew.
—Bueno, ¿y cuál es ese problema? —preguntó Harrison—. ¿Pasa algo con papá?
—No, es peor —suspiró él—. Nuestro organizador de eventos se marchó sin previo aviso, y ahora no solo tengo que encargarme de la fiesta yo solo, sino que tengo todos los fines de semana reservados durante el futuro próximo.
Hay bodas, cumpleaños, quinceañeras, bar mitzvás, eventos corporativos…
—Drew sacudió la cabeza—. Necesito contratar a alguien pero, hasta entonces, me toca hacerlo a mí.
—¿Y por qué diablos se ha marchado sin avisar? —preguntó Harrison—. Llevaba un año contigo, pensaba que todo iba bien.
Drew se acercó un poco a nosotros y bajó la voz.
—No es tan sencillo. —Miró a su alrededor—.
Brian estaba organizando una boda de la alta sociedad con una lista de invitados enorme, y resultó que la futura novia estaba demasiado ocupada disfrutando de la atención como para darse cuenta de que el novio se estaba implicando muy a fondo en la organización de la boda.
En concreto, en el organizador de la boda.
Me acerqué un poco más, porque no me había esperado un cotilleo como ese. ¿Sería poco profesional por mi parte pedir los nombres de usuario en Insta, para poder buscar la información yo misma?
—¿Lo dices en serio? —preguntó Harrison—. ¿Y qué pasó?
—Desaparecieron. —Drew chasqueó los dedos—. Se largaron juntos la noche antes de la boda. Supongo que Brian sabía lo que yo haría, así que no me dijo nada. La novia y su familia tuvieron que reconstruir toda la historia partiendo de una nota bastante críptica que dejó el novio.
—Vaya, joder —dijo Harrison.
—Ya, y ahora todos somos víctimas del amor verdadero, supongo. No es de extrañar.
Fruncí el ceño. Otro Ashford con el corazón protegido bajo llave.
—¿Puedo ayudar yo? —pregunté—. He organizado eventos en el pasado. Si me cuentas cómo va todo, estaré encantada de ayudar.
—En absoluto —rio Drew—. ¿Crees que permitiría a una invitada tan ilustre ponerse a trabajar? Yo me encargo. Al menos, por ahora.
—Más vale que sea por ahora —dijo Harrison, preocupado—.
Ya tienes bastante de lo que ocuparte. No te sobrecargues añadiendo el trabajo de otra persona al tuyo.
—Enseguida, pareció darse cuenta de que sonaba como un hermano mayor y continuó—: Me preocupa la gente que tenga que tratar contigo en lugar de con alguien acostumbrado a enfrentarse al estrés con una sonrisa, pase lo que pase. Tu encanto tiene fecha de caducidad.
—Vaya, gracias, hermano —dijo Drew con sarcasmo—. Puede que encuentre a mi propio empleado milagroso —dijo, señalándome con la cabeza—. O tal vez, podría quitarte a la tuya.
Lo dijo con ligereza, como para tomarle el pelo a Harrison, pero noté que aumentaba la tensión entre ellos.
—Yo conozco gente. Organizadores de eventos —añadí con rapidez—. Puedo buscar algunos candidatos en la zona.
—Te lo agradecería mucho —respondió Drew—. En fin, tengo que marcharme a confirmar el número final de asistentes para mañana. Aquí tenéis la llave de vuestra habitación. Que disfrutéis la cena.
Observé a Harrison mientras cogía la llave que le entregaba su hermano.
Me pareció detectar algo de melancolía en aquella transacción, y lo sentí por ellos dos.
Era como si Harrison echara de menos a alguien que aún seguía en su vida.
¿Se habrían llevado bien esos hermanos alguna vez, o serían solo capaces de mostrar cariño de forma indirecta, metiéndose el uno con el otro?
Harrison permaneció en silencio mientras atravesábamos el hotel, lo que me dio la oportunidad de admirarlo todo.
El decorado estaba orientado a favorecer la relajación, con tonos cálidos y detalles calmantes, como fuentes burbujeantes y sofás bajos tapizados de color caqui en todas las áreas comunes.
Nuestra habitación —y referirme a ella como «nuestra» era todo un lujo, después de las accidentadas estancias en otros hoteles— era mucho más de lo que había esperado.
Había visto las habitaciones «exclusivas» en la página web del hotel, pero supuse que el Carmel Luxe se había guardado una habitación ultraexclusiva en la manga.
—Caramba —exhalé, sin pasar del umbral.
—Entra y cierra la puerta —dijo Harrison abruptamente.
—¿Puedo quedarme aquí para siempre? —pregunté, entrando de puntillas.
Era una habitación amplia y diáfana, con un balcón que recorría toda su longitud, pero también resultaba acogedora gracias a una chimenea encendida. Corrí a ver el dormitorio principal.
—Oh, Dios mío. El diseñador de interiores de Drew era una mujer, ¿verdad? —grité a Harrison, antes de entrar en el baño.
Él entró detrás de mí, con el ceño fruncido.
—Creo que sí, pero ¿por qué lo dices?