Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 20 Harrison #2
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20 Harrison #2

—Déjame que… termine… esto… —murmuró, sin dejar de escribir a toda velocidad, hasta que pulsó el ratón con una floritura—. ¡Ya está! Terminado. —Me miró a los ojos con una gran sonrisa—. Ya he atado todos los cabos sueltos.

—¿Atado? —repetí, con una sonrisa de suficiencia—. Es una idea interesante. Creo que deberíamos dedicarle más atención.

—Ah, ¿sí? —Gwen levantó una ceja.

—Sí, y a otras cosas también.

Ella levantó el dedo índice y cerró el portátil despacio.

—Continúa.

Yo señalé con la cabeza la parte posterior del avión.

—El baño es más pequeño que el de mi casa, pero más grande que el de cualquier vuelo comercial.

—Pero… ¿Y Dominic?

—Está ocupado repasando la planificación, porque se nos ha ido un asistente de vuelo y él va a ocuparse de su trabajo hasta que contratemos a otra persona.

Le he dicho que se ocupe de nosotros en este vuelo porque es muy corto, pero no dejará su puesto salvo que le llame.

Cosa que no pienso hacer, porque estaré muy ocupado haciendo el amor a la mujer más preciosa que he visto en mi vida.

—¿En el baño? —La forma en que Gwen abrió mucho los ojos y se sonrojó me hizo sonreír—. Estoy segura de que eres miembro honorario del club de la milla de altura, pero yo nunca he formado parte de él —añadió con delicadeza.

Yo me incliné hacia ella y la miré a los ojos.

—Te informaré de que, en todos mis años en la aviación privada, jamás, nunca, he tenido sexo en un avión.

—Mentiroso —me susurró.

—¿No me crees? Piénsalo. ¿Cómo me comporté cuando volamos con Dan el Brusco?

Ella retorció la boca, mientras lo pensaba un momento.

—Distraído. Nervioso.

—Exacto. ¿Y cómo estoy ahora que nos lleva el mejor piloto del mundo?

—Bueno… —Me miró de arriba abajo—. ¿Más centrado?

—Exacto —asentí—. No me estoy estresando por los informes del tiempo ni las advertencias de tráfico, para variar. En lo único que puedo pensar es en algo muy dulce y húmedo.

Mi polla se endureció con solo decirlo en voz alta.

—Vaya, ¿así que estás pensando en melocotones? —preguntó, agitando las pestañas al mirarme.

—Sí, podríamos llamarlo así.

Me puse en pie, cogí una de las manos de Gwen y la hice levantar. Nos dirigimos al lavabo, riéndonos en voz baja, como dos adolescentes que se ocultan de sus padres.

La luz se encendió cuando abrí la puerta.

—No era broma lo de que es bastante grande —se maravilló Gwen—. ¡Parece el baño de un hotel de cinco estrellas!

Miré aquel lugar con nuevos ojos.

—Servirá para lo que me interesa.

Gwen empezó a decir algo, pero se lo impedí con un beso. Ella levantó las manos para acariciarme las mejillas, lo que hizo que el momento fuera más cariñoso. Pero yo no estaba de humor para el cariño.

Dejé de besarla, le di la vuelta para que estuviera frente al espejo, y me apreté contra su espalda.

—Quiero verte la cara cuando te corras —dije, levantando la falda de su vestido.

Su expresión se volvió más traviesa, y se inclinó hacia delante para frotar sus caderas contra mí, como una stripper haciendo un baile privado.

Al ver sus braguitas deslizarse hacia el interior de sus nalgas, noté un cosquilleo en las manos.

Acaricié su culo durante un instante, admirando su curva perfecta y, por fin, le arranqué la ropa interior.

Introduje la mano entre sus piernas y la acaricié, a la vez que me bajaba los pantalones y los calzoncillos con la otra. En el baño había una reserva de condones, ocultos en un cajón muy discreto, y no tardé en ponerme uno. El vuelo era corto, y no teníamos mucho tiempo.

Gwen me miró por encima del hombro.

—¿A qué estás esperando? Te necesito ya.

Sonaba tan impaciente como me sentía yo, así que me introduje en ella sin una palabra más.

—Joder —gruñí cuando su calidez envolvió mi polla—. Eres perfecta.

Gwen arqueó la espalda y empujó contra mí.

—Lo sé.

Me miró en el espejo mientras yo empezaba a moverme en su interior, y se mordió un labio para contener los sonidos que solía emitir.

Me resultó más excitante que cualquier tipo de porno que hubiera visto nunca, y me acerqué al orgasmo a una velocidad de vértigo, pero no tenía intención de correrme solo.

Me moví más rápido, más fuerte, deslizando las manos por todas las partes de su cuerpo que sabía que le gustaban, hasta que ella cerró los ojos con fuerza, abrumada por las sensaciones.

En otras circunstancias, habría intentado aguantar más, pero la combinación de mi primera vez en un avión, ver en el espejo la buena pareja que hacíamos, y lo excitada que estaba Gwen, hizo que me precipitara al éxtasis.

Lo alcancé antes que ella, pero no pude evitarlo.

Me corrí durante largo rato, con un grito, y dejé caer la cabeza para apoyarla sobre la espalda de Gwen.

Salí de ella jadeante, sofocado, pero feliz de la leche.

—Lo siento —dije, mientras me ocupaba del condón—. Te lo compensaré.

Ella empezó a enderezarse, pero yo volví a situarme tras ella, que seguía apoyada en la encimera.

—Dame solo cinco minutos.

—¿Estás seguro de que podrás? —me retó, pero la tensión en su voz me confirmó que necesitaba más.

—Acepto el reto —murmuré contra su cuello.

Mis dedos volvieron a encontrar su calor húmedo, y ella se agitó contra mí. Le faltaba muy poco y, gracias a que podía ver su preciosa cara en el espejo, noté que volvía a estar preparado. En unos minutos, estaba como una piedra de nuevo, como un veinteañero.

Teníamos todo el fin de semana por delante para follar. En ese momento, lo único que me importaba era que Gwen gritara mi nombre.