20 Harrison
HARRISON
—Oye, ¿necesitas ayuda ahí dentro? —pregunté a Kevin, que se estaba instalando en la cabina.
Él me miró por encima del hombro.
—¿Tengo pinta de necesitar ayuda?
—Tienes razón, perdona —respondí con una risilla.
—¿Esa es ella? —Kevin señaló con la barbilla una berlina que se acercaba a toda velocidad por la pista.
—Sí, esa será Gwen. Tengo muchas ganas de que la conozcas.
—Pues es la primera vez —respondió en tono sardónico—. Creo que nunca he conocido a ninguna de tus acompañantes, desde Miranda.
—Bueno, ella es mucho más que una simple acompañante —protesté, algo ofendido en nombre de Gwen.
Kevin había aguantado todas mis quejas acerca de la venganza de los Rushies, y sabía el trabajo increíble que había hecho Gwen para evitar que me convirtiera en un completo paria social y conseguirme una victoria.
—También es tu empleada —señaló él.
—Ashford no prohíbe las relaciones entre empleados —señalé.
Kevin interrumpió el proceso de comprobación para dedicarme toda su atención.
—¿Hay algo que quieras decirme? ¿Estamos hablando de algo serio?
Escuché a Dominic dar la bienvenida a Gwen al pie de la escalerilla. El mero sonido de su voz bastaba para que me emocionara, aunque no quería que se me notara. Cuanto más intensos eran mis sentimientos, más necesitaba ocultarlos.
—Aún no estoy seguro —respondí con una evasiva—. No hemos definido nada, y no es momento de utilizar etiquetas.
Me dirigí a la puerta para saludar a Gwen, que subía por la escalerilla, esforzándome por parecer relajado y que no notara que estaba tan ilusionado como un cachorrito.
—Hola —sonrió al verme—. ¿Listo para la fiesta?
Cierto. La fiesta. Mi familia. En ese momento, parecía que Gwen y yo nos dirigíamos a una aventura, pero lo cierto era que nos tendríamos que enfrentar a una buena dosis de drama de los Ashford. ¿Y cuándo me había hecho ilusión hacer algo así?
—Más o menos. Estás espectacular, como siempre.
Gwen llevaba un vestido amarillo claro, muy fluido, que ondeaba con el viento y me recordaba a Marilyn Monroe sobre la rejilla del metro.
—Es gracias a mi hermana —rio ella—. Tú también estás bastante espectacular. Me gusta verte con aspecto relajado y vacacional.
Gwen sería mi excusa para librarme de jugar los nueve hoyos que, sin duda, propondrían jugar mis hermanos, pero aun así, me había vestido con ropa deportiva cómoda.
—Hola —repitió, cuando estuvo delante de mí.
—Hola —respondí en voz baja—. Me alegro de verte.
La tomé en mis brazos y le di un breve beso en los labios. Fue demasiado breve, pero es que Dominic estaba justo detrás de ella.
—Quiero que conozcas a alguien muy importante para mí —dije, conduciéndola hacia la cabina.
Ella se detuvo y sacudió la cabeza.
—Ni hablar, no pienso volver a sentarme ahí. Esta vez quiero ir de pasajera, te lo suplico.
—No, la tripulación ya está completa —reí—, así que hoy no te toca a ti. Mi amigo Kevin se ocupará de llevarnos hoy. Es el mejor. —Le di un empujoncito hacia la cabina—. Kev, esta es Gwen Ackland. Gwen, este es Kevin Briggs, el mejor instructor de vuelo del mundo.
Kevin se volvió para mirar a Gwen, y abrió mucho los ojos.
—Caramba. Quiero decir, hola.
—¡Encantada de conocerte! —respondió ella—. ¿Cómo está el cielo?
—Ahora mismo está muy estable —respondió él—. Estaréis allí a las seis, justo a tiempo para cenar.
—Uf, eso me recuerda que me falta algo por hacer, antes de desconectar el fin de semana. —Gwen dio un golpecito a la funda de su ordenador—. Me alegro mucho de conocerte, Kevin. Por favor, no nos estrelles.
Él soltó una carcajada.
—Si tienes trabajo, ¿te importa que me quede aquí con Kev hasta que alcancemos la altitud de crucero? —pregunté.
Gwen asintió, antes de pasar a mi lado y acomodarse en el que se estaba convirtiendo en su asiento habitual. Yo me senté junto a Kevin y me puse el otro par de auriculares.
—Sabes que me pagas por hacer esto —dijo Kevin—. No tienes que ayudarme, puedes ir a relajarte ahí detrás con esa mujer tan guapa.
—Eh, siempre puedo aprender algo más de mi sensei. Considéralo mi educación continua.
—Como quieras —respondió, encogiéndose de hombros.
Kevin terminó las comprobaciones previas al vuelo con una velocidad y precisión que sugerían que lo habría podido hacer con los ojos cerrados.
Solo llevaba poco más de una semana con nosotros, pero se había familiarizado de un modo impresionante con cosas que debían ser completamente nuevas para él.
Lo observé en silencio, tomando nota de todo lo que hacía y confirmando que yo lo habría hecho de la misma manera.
Cuando estuvimos en el aire y a altitud de crucero, comencé el interrogatorio.
—¿Qué te parece trabajar en Ashford?
—No me quejo —respondió—. Tenéis una empresa increíble. Todas las personas con las que he tratado en las oficinas han sido muy agradables. Y no hace falta decir que los aviones están muy por encima de todo lo que he pilotado antes.
—Me alegro de oírlo. Había imaginado que la flota resultaría muy atractiva, además de los beneficios.
—Sí, no estabas de broma —confirmó Kevin—.
Syd ya ha encontrado el mejor centro de maternidad cubierto por nuestro nuevo plan, y es mucho mejor que el hospital al que habíamos previsto ir al principio.
En lugar de echarla al día siguiente al parto, allí básicamente le ofrecen estar una semana en un spa.
Ese había sido el motivo de mi oferta. Kevin ya se estaba enfrentando a muchos cambios estresantes, pero, al menos, podría estar seguro de que su nueva familia recibiría los mejores cuidados.
Me alegré de haber podido quitarle ese peso de encima, aunque no me gustaba tanto ver que aún parecía estar envuelto en una especie de bruma, como si fingiera ser feliz ante mí y me ocultara cómo se sentía en realidad.
Además, tenía la sensación de que sabía cuál era parte del problema, al menos.
—¿Qué te han parecido los pasajeros que has llevado hasta ahora?
Él frunció los labios.
—Por aquello de ser diplomático con mi jefe, diré que han sido «interesantes».
Lo sabía.
—Venga ya, conmigo te puedes ahorrar la corrección política. Suéltalo.
Nuestros auriculares chasquearon a la vez, lo que le dio a Kevin unos cuantos segundos.
—W123AB, ascienda y manténgase a diez mil pies.
—Entendido —contestó Kevin.
Después de cumplir las instrucciones del controlador, permaneció callado, así que decidí insistir.
—Kev… ¿Cómo te han tratado los pasajeros? Sé que es muy distinto de tratar con estudiantes.
—Sí, y que lo digas —resopló él—. Bueno, si de verdad lo quieres saber, hasta ahora he tenido que llevar a un tío que es famoso en Discord por jugar a videojuegos, y sus diez acompañantes, que querían vapear durante el vuelo porque le patrocina Juul; un influencer al que pillamos robando todo lo que no estaba guardado bajo llave, incluyendo las bolsas de viaje para VIPs del armario de los suministros; un comentarista político conservador y su novia de diecinueve años, que no pararon de gritarse durante todo el viaje y, por último, un deportista famoso que se bebió tantos vodkas con tónica que vomitó por toda la cabina. Así que… no ha ido demasiado bien.
—Maldita sea, qué mala suerte has tenido —observé con una mueca—.
Lo siento mucho, te prometo que no siempre es así.
Puedo dar instrucciones para que solo te asignen a nuestros clientes más especiales a partir de ahora.
Lamento no haberlo dicho desde el principio.
No tendrías que haber aguantado toda esa mierda.
—No quiero un tratamiento especial —respondió—. No pasa nada.
—Esa parte del negocio me resulta un fastidio interminable —dije—.
El dinero no compra los buenos modales, eso está claro.
Y ahora mismo tienes demasiadas cosas de las que ocuparte, así que deja que, al menos, haga esta parte de tu vida más fácil.
A partir de ahora, solo llevarás a los clientes habituales corporativos.
—Como quieras.
Se volvió a mirarme con una sonrisa, y tuve que contener una mueca al ver que era mucho menos alegre de lo habitual.
Sí, le vendría bien que le quitara de encima a los clientes capullos, pero sabía que echaba de menos el trabajo que le había definido durante tantos años.
Por mucho que le alegrase poder hacerse cargo de Syd y el futuro bebé, pensé que tardaría mucho en superar lo que había perdido, si es que lo conseguía.
Miré el cielo azul eterno delante de nosotros, una vista que, hasta entonces, siempre nos había unido, y recordé cuando los dos éramos más jóvenes y yo estaba descubriendo lo maravilloso que era volar.
En esos momentos era cuando Kevin se encontraba en su elemento.
Mi amigo había nacido para enseñar, pero ahora se había visto obligado a dejar un trabajo que amaba.
—Lo echas de menos, ¿no? ¿Enseñar? —pregunté.
—Ahora mismo, no es una opción. —Se encogió de hombros—. Estoy haciendo lo mejor para todos nosotros. Syd y el bebé son más importantes para mí que enseñar a volar. Ya se me pasará.
—Bueno, veré cómo hacer que las cosas sean más fáciles para ti en adelante. Siento que hayas tenido que lidiar con una colección de pasajeros tan desagradables.
Cuando me levanté para quitarme los auriculares, él se volvió hacia mí y me dedicó toda su atención.
—Oye, no quería parecer desagradecido. Estoy en deuda contigo, tío. Gracias.
—Déjalo —pedí—. Soy yo el que te debe una. Saber que estás aquí es una gran ayuda para mí. Me permitirá relajarme.
Ya que no podía ser yo quien pilotara, Kevin habría sido mi primera opción como piloto en cualquier circunstancia.
Él volvió a sonreír.
—Anda, vuelve ahí atrás. Tienes una compañera de viaje estupenda, si me permites que lo diga.
—¿Gwen? —Le devolví la sonrisa—. Sí, ya lo creo.
Me tragué las preocupaciones sobre el estado de ánimo de Kevin y me dirigí a donde estaba sentada Gwen ante su portátil, tan absorta que no se fijó en mí.
—Ya es oficialmente el fin de semana —dije—. ¿Lista para descansar?