Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 19 Gwen
61%

19 Gwen

GWEN

—¿Pongo las galletas en una bolsa de plástico o será mejor un Tupperware? —pregunté a Sarah.

—Usa una bolsa para congelar, por favor —respondió—. Es más fácil de meter en la maleta.

Como siempre, todo estaba ocurriendo a la vez.

Al día siguiente, yo empezaría mi fin de semana con Harrison, y Sarah se iba a un viaje de investigación de dos semanas a las Everglades, así que las dos nos estábamos preparando a nuestro modo.

Yo había hecho las galletas favoritas de mi hermana para emergencias, y ella estaba excavando en mi armario en busca de atuendos adecuados para mi viaje.

No era de extrañar que la preocupación principal de cada una, fuera la otra.

Comparado con la increíble experiencia de utilizar la de Harrison, volver a mi ruinosa cocina me dio la sensación de estar haciendo galletas en la hoguera de un campamento.

Cada apaño que tenía que hacer, como utilizar una linterna para ver el interior de nuestro anticuado horno, me recordaba lo lamentable de nuestras circunstancias.

Pero ¿podía permitirme un horno de sesenta mil dólares, como el que tenía él? Pues no. Ni entonces, ni nunca.

—¿Qué le pasa a este vestido negro de fiesta? —Sarah entró en la cocina llevando el diminuto vestido sujeto delante de su cuerpo—. Parece hecho para una niña.

Su expresión extrañada me hizo reír.

—Fue un error por culpa de TikTok. Me dejé llevar, lo compré en una de esas páginas web tan dudosas que parecen haber sido creadas en los años noventa y, cuando llegó, me di cuenta de que era diminuto. Pero es algo elástico.

Sarah se lo estaba poniendo, e intentaba introducirse en él, retorciéndose y gruñendo mientras intentaba subirlo por encima de sus mallas y su camiseta.

—Ya está. ¿Qué tal me sienta?

Sacó una cadera e hizo una pose seductora, lo que le dio un aspecto aún más ridículo. Me eché a reír.

—Tía, no tiene gracia. Tu armario es un desierto de negros, grises o blancos de chica de oficina, y lo demás es ropa cómoda. Necesitas ropa divertida para fin de semana. Ropa en plan señoras que quedan para comer, ya que vas a estar con la clase alta.

—Lo sé —suspiré dramáticamente, mientras terminaba de empaquetar las galletas—. Vamos a ver qué se puede hacer.

Seguí a mi hermana, mientras ella trastabillaba, tratando de quitarse el vestido.

—¿Qué plan tenéis para el sábado, antes de la fiesta? —preguntó Sarah.

—Ninguno todavía. Creo que debería llevar algo que sirva para cualquier ocasión.

—Buena suerte con eso —resopló Sarah—. No tienes nada apropiado. ¿Tal vez podrías llevar uno de tus vestidos de oficina en plan informal?

—Bueno, tú también tienes ropa… —Dejé la frase sin terminar.

Aunque usábamos la misma talla, pocas veces compartíamos la ropa, pero el momento era desesperado. Me iba al día siguiente, y no me daba tiempo de ir de compras.

—Tú misma. —Hizo un gesto hacia su dormitorio—. Si quieres pantalones impermeables con un montón de bolsillos, y camisetas de manga larga de algodón con protección solar, estás de suerte.

—Oh, ¡venga ya! Tienes algunas cosas preciosas escondidas en el armario que no te pones nunca.

¡Y no digas que es mentira! Cada vez que te pagan una gratificación, aparecen cajas de Nordstrom.

Así que, ¿me dejarías que…? —Entrelacé las manos y las puse bajo mi barbilla, en una oración a los dioses del guardarropa.

—Pues claro. No te cortes. Mi seda lavable es tu seda lavable.

—¡Bien!

Corrí a su dormitorio y abrí de golpe la puerta del armario. Sarah se sentó en la cama detrás de mí, mientras yo empezaba a analizar las opciones.

—Te gusta mucho, ¿verdad?

Me detuve, con un jersey fino de punto en la mano.

—No lo he pensado mucho. Solo me estoy divirtiendo.

Un cojín salió volando por el aire y cayó a mis pies.

—Mentirosa.

Recogí el cojín, lo lancé para devolvérselo y le di en la cabeza. Sarah cayó de lado, como si hubiera recibido un disparo.

—¿Te he hecho daño? ¡Lo siento!

Corrí hacia donde estaba tumbada de espaldas. Ella sacó una mano y me golpeó con el cojín, que había escondido, y las dos nos dejamos caer sobre el colchón, muertas de risa.

—Me gusta verte así —dijo Sarah por fin, cuando nos tranquilizamos—. Eres muy divertida cuando eres feliz.

Me acomodé en la cama y me puse frente a ella, con las piernas cruzadas.

—Sí, soy feliz. Pero también estoy bastante estresada. ¿Una fiesta familiar? Esas cosas se hacen como a los seis meses de estar saliendo.

—Sí, es bastante serio —asintió Sarah—. Y me da la sensación de que significa algo.

Me encogí de hombros, sin saber qué decir. ¿Quería que significara algo? Y, si así era, ¿el qué, exactamente?

Como si me hubiera leído el pensamiento, Sarah preguntó:

—¿Vas a dejar caer tus defensas de una vez y ser valiente, para variar?

—¿Por qué dices…? ¿Quién…? —tartamudeé—. Explica eso.

—Solo digo que no deberías dar muchas vueltas a lo que Harrison y tú estéis haciendo juntos. Acepta que estás corriendo un riesgo, reconoce que te hace feliz y déjate llevar por el corazón. —Sarah enumeró sus consejos con los dedos.

—Podría… intentarlo —dije.

Siendo sincera, me parecía muy arriesgado lanzarme y esperar que todo fuera bien, porque yo nunca había sido alguien que corriera riesgos.

Sarah me volvió a golpear con el cojín, pero yo conseguí quitárselo.

—¡Venga ya! Ni que te estuvieras preparando para trabajar en una mina de carbón. ¡Se supone que va a ser divertido!

—Lo dice una mujer que no ha aceptado una cita en… ¿Cuánto tiempo? —Agarré el cojín con gesto amenazador.

Ella levantó la mano en ademán de rendición.

—Tienes razón, pero ya te he explicado que, en esta época de mi vida, estoy centrada en el trabajo.

Tengo planeados los próximos dos años, y no pienso dejarme distraer por una relación.

—Hizo una pausa—. Pero debo admitir que el encargado del parque en las Everglades, nuestro contacto allí, es un tío muy guapo.

Claro, que no es que eso me importe mucho.

—No, claro que no —ironicé—. Tu lista de prioridades para este viaje es algo así como: recoger algas, mirar por el microscopio, pelear contra los insectos, evitar a los caimanes e ignorar las ganas que le tienes al Señor Oso Yogui.

Para enfatizar mis palabras, le lancé el cojín a la cara, pero ella lo cogió en el aire justo antes de que le diera de lleno.

—Para, lo digo en serio. Sí, ya sé que, en el pasado, lo de mezclar los negocios con el placer no te ha ido bien, y lo entiendo.

Pero esto parece diferente —insistió, volviendo al tono de hermana mayor—.

No estás deslumbrada por una estrella de la televisión que es deshonesto contigo, y tampoco te estás viendo arrastrada a una relación tóxica por un tío que sabe que solo estará a tu altura si te rebaja a la suya.

Lo que tienes ahora parece una relación real, entre adultos, y que podría funcionar.

Estás feliz, Gwen. Y lo increíble es que no se lo debes todo a él. Es como si estuvieras en…

—¿Una burbuja de felicidad? —sugerí.

—La canción de Scarlet al rescate —resopló Sarah—. Pero, sí, se podría decir así. Tu trabajo te llena, se está cociendo algo increíble con el gran jefe, y pareces… feliz. Y me alegro muchísimo por ti.

El apoyo de Sarah me hizo admitir todo lo que había estado intentando ignorar. Sí, en esos momentos, me sentía muy a gusto con mi vida. Y las cosas serían aún mejor durante el viaje que tenía por delante, ¿no?

—Un momento, está la otra posibilidad —solté—. ¿Y si la cago? Se trata de su familia, Sarah. Su maldita familia, superrica y, seguramente, muy criticona. Y me ha dicho que no se llevan demasiado bien, así que la cosa se pondrá tensa.

—Tensa para él, y ahí es donde entras tú —dijo Sarah—. Puedes ser su oasis de calma cuando la política familiar se complique.

Tener esa responsabilidad me debería haber parecido agobiante, pero en realidad, me hacía sentir aún mejor. Intervenir en momentos de caos y calmar los ánimos era justo mi especialidad. Puede que no supiera cómo ser feliz en una relación saludable, pero gestionar un conflicto se me daba de perlas.

—Tú no pierdas el valor —continuó Sarah—. Sé que eres capaz de hacerlo. Por una vez, da rienda suelta a tus sentimientos, y no dejes que los capullos de tu pasado te hagan dudar de lo que hay entre Harrison y tú.

—Tienes razón —admití.

—Pues claro que la tengo. Soy tu hermana mayor, y tienes que hacerme caso.

Las dos nos echamos a reír, porque me decía eso desde que éramos pequeñas. Sarah siempre había sido muy mandona.

—Y ahora, volvamos al armario —bromeó—. Te he estado ocultando información, desde luego que tengo cosas que te irán bien para el fin de semana.

—Perdona —respondí, sorprendida—. ¿Me estás diciendo que la estirada de mi hermana, la científica, almacena ropa… en secreto?

—Dímelo tú. Aparta esas batas de laboratorio, a ver qué encuentras.

Y así fue. Detrás de las aburridas batas blancas, encontré una explosión de color.

—¡Tachán! —Sarah me guiñó un ojo—. Todo tuyo.

Y así fue como mi hermana se convirtió en mi hada madrina.