18 Harrison
HARRISON
Hasta su forma de roncar era encantadora.
Había anhelado despertarme de nuevo junto a Gwen y, por fin, había ocurrido. Después de nuestro increíble encuentro en el hangar, habíamos venido a mi casa para continuar la diversión, lo que dio lugar a horas y más horas de desnudez hasta que, al final, nos quedamos dormidos.
Me sentía satisfecho, pero aún quería más de ella. No me sorprendió demasiado.
Gwen cambió de postura y suspiró. La sábana se deslizó por su cuerpo y expuso el lateral de su pecho a la luz del sol. Aquella mujer era un puto espectáculo. Una diosa en mi cama. Y ahora estaba justo donde debía estar. Por fin.
Una parte de mí quería despertarla a besos, pero también disfrutaba con solo admirarla mientras dormía. Cada centímetro de su cuerpo era digno de ser examinado, desde las pestañas que acariciaban sus mejillas, a las uñas rosas de los pies que asomaban bajo la sábana.
Esa mujer me tenía fascinado.
Gwen inspiró, se movió y levantó los brazos, estirándose de un modo que terminó por deslizar la sábana hasta su cintura. Me puse duro al instante.
—Buenos días —me sonrió—. ¿Llevas mucho rato despierto?
Sonreí, porque estaba despierto en más de un sentido.
—Lo bastante como para saber que necesito más de esto —gruñí, cogiendo una de sus muñecas para atraerla hacia mis brazos.
Ella soltó un chillido, pero enseguida se relajó bajo mis besos.
—Tengo que lavarme los dientes —susurró, y deslizó una de sus manos por mi cuerpo, hasta agarrarme—. Pero antes…
Ella se puso a trabajar y yo solté un gruñido.
No iba a durar mucho. Siempre me había enorgullecido de ser capaz de aguantar, pero con Gwen, las cosas eran diferentes.
Con ella, tenía la sensación de que todo lo que había follado antes no era más que una pobre imitación del acto, y solo lo que hacíamos juntos era real.
Estaba a punto de detenerla para situarme sobre ella y hundirme en su calor una vez más, cuando escuchamos el estruendo más horrible y atronador del mundo, justo a unos metros de nosotros. Sonaba como una sirena antiniebla, combinada con un aviso de ataque aéreo.
—Pero qué… —protesté.
—Es mi alarma —confesó ella con timidez, y se apartó para silenciar el teléfono—. Tengo el sueño muy profundo, necesito ponerla a todo volumen.
—Sí —sonreí con ironía—. Haces muchas cosas a todo volumen.
—Para —rio, dándome un golpe con la mano—. Es un día laborable, deberíamos ponernos en marcha. Mi jefe podría castigarme si llego tarde.
Gwen me miró con un parpadeo, y conteniendo una sonrisa.
—¿Es que quieres que te castigue?
—Oh no, para nada. —Hizo un puchero—. Es un hombre terrible. Es conocido por… —Bajó la voz—. Sus azotes.
¿Era posible que se me pusiera aún más dura?
—¿Es eso cierto? —pregunté, arqueando una ceja—. Cuéntamelo.
Aún no habíamos probado lo de los azotes, pero quería escuchar su fantasía.
—Una vez en la que me porté especialmente mal, me subió la falda, me arrancó la ropa interior y me azotó hasta dejarme las nalgas coloradas.
Calma, chaval.
—¿Y te dolió? —pregunté con esfuerzo.
Gwen asintió y se inclinó para acercarse y hablarme en un susurro.
—Oh sí. Fue un dolor increíble.
No pude aguantar ni un segundo más.
—Se acabó. Vamos a hacer novillos.
Me puse boca arriba y la atraje para situarla sobre mí. En cuestión de segundos, me estaba follando con tantas ganas que me preocupó que se rompiera la cama. Lo hicimos una vez más, y luego nos quedamos dormidos, hasta que las ganas de comer nos hicieron salir de la cama de una vez.
—Vamos a pedir algo para el brunch —propuse.
Gwen se puso una sudadera que había colgada del respaldo de una silla. La había sacado del armario en algún momento de las doce horas anteriores, y ahora le pertenecía a ella.
—Ni hablar. Quiero usar esa cocina tuya. ¿Alguna vez cocinas?
La idea me hizo reír.
—Para nada. De eso se ocupa mi cocinero. Viene una vez a la semana, me lo deja todo preparado y solo tengo que recalentar lo que haga falta.
—Bueno, hoy puedes ahorrarte lo que te haya preparado, porque voy a cocinar yo.
A pesar de mi tendencia a controlarlo todo, estaba dispuesto a permitir que Gwen se hiciera cargo.
—¿Tienes comida de verdad? Es decir, ¿ingredientes?
—No paso mucho tiempo en la cocina. —Me encogí de hombros—. Pero Pierre sí, así que es muy probable que haya de todo.
—Eso es un crimen —me reprendió ella—. Quita de en medio, deja que le eche el guante a esa cocina Viking.
—En realidad es una La Cornue Château.
Los ojos casi se le salieron de las órbitas, y salió del dormitorio a toda velocidad. Yo me puse unos pantalones de algodón y una camiseta, y me dirigí a la cocina, donde encontré a Gwen haciendo piruetas como una princesa de Disney.
—¡Esto es el paraíso! ¡Tienes de todo!
Su entusiasmo me hizo reír.
—¿Tanto te emocionan los electrodomésticos?
—Que no se te ocurra llamar electrodomésticos a estas obras de arte —me reprendió—. Herirás sus sentimientos. Ahora siéntate, cállate y déjame hacer a mí.
Hice lo que se me ordenaba, y me quedé mirando cómo Gwen se familiarizaba con mi cocina.
—¿Qué vas a preparar?
—Una quiche —respondió, mientras sacaba los huevos y la mantequilla de mi frigorífico con puerta de cristal—. Esta nevera es digna de un restaurante, ¿sabes?
—Sí, lo sé —reí.
Gwen me fue explicando cada paso del proceso, haciendo pausas para admirar cada utensilio y electrodoméstico que tocaba.
Hasta los cuencos para repostería merecían una exclamación.
Mientras tanto, yo no podía dejar de mirarla mientras picaba, mezclaba y preparaba la masa.
A Gwen se le daba todo bien y, cuando encontraba algún obstáculo, como la mantequilla demasiado fría, encontraba una solución enseguida.
Era adaptable, creativa y, si el aroma que se extendía por la cocina era alguna indicación, era una cocinera increíble.
Cuando sonó mi teléfono, noté una oleada de culpabilidad al darme cuenta de que apenas había pensado en el trabajo, lo que significaba que Gwen también era una distracción de la leche. Pero, para mi sorpresa, no era Susan, sino mi hermano Logan.
Me preparé para la conversación que íbamos a tener.
En aquellos tiempos, mi hermano era como un desconocido para mí, y eso suponía que tendría que volver a congraciarme con él ese fin de semana, durante la fiesta de mi padre.
Aunque eso no estaría tan mal. Puede que hubiera llegado el momento de que encontráramos la forma de volver a ser una familia.
Gwen me miró cuando contesté la llamada.
—Hola. ¿Qué pasa? —dije al teléfono.
—Nada. ¿Por qué has pensado que pasaba algo? —rio Logan—. Joder, tío, suenas hecho polvo. Como siempre.
Fruncí el ceño mirando a la encimera. ¿Le parecía que estaba hecho polvo? Se notaba lo poco que me conocía. Aunque era muy posible que hablar con él me pusiera de mal humor, a pesar de lo bien que me lo había estado pasando hasta entonces.
—¿Qué necesitas? —pregunté, porque estaba seguro de que no me había llamado solo para charlar un rato.
—Bueno, quería preguntarte cuándo piensas llegar. Drew y yo queríamos hablar contigo para repasar algunos detalles de último momento antes de que llegue papá.
Lo cierto era que apenas había pensado en la fiesta.
—No estoy seguro. —Miré a Gwen, que estaba vertiendo la mezcla de huevo sobre la masa de la quiche—. Me organizaré y te enviaré la información de mi viaje.
Gwen me lanzó una mirada rápida, antes de volver a centrarse en su creación.
—Doy por hecho que vienes solo —continuó Logan—. Salvo que haya una modelo del momento de la que no he oído hablar.
—Ya te avisaré —dije, en plan enigmático—. ¿Hay algo más de lo que tengamos que hablar? Me has pillado liado con una cosa.
—Claro, son las doce menos cuarto de un martes. Me imaginaba que tendrías algo importante que hacer. Perdona la interrupción.
Ni en broma le iba a decir que, en aquel momento, me estaba dejando mimar por la mujer más guapa del mundo. Era mejor que pensara que estaba en la oficina, trabajando.
—Pues nos veremos pronto —dije.
—Ya lo creo —dijo Logan—. Me alegraré cuando esto termine. Se me da fatal guardar secretos.
—Oh, no te preocupes. Seguro que papá está fingiendo que no sabe nada.
—Aguafiestas —respondió Logan, y luego escuché unos roces porque tapó el teléfono para hablar con alguien—. Lo siento, Noah quiere que te salude de su parte. —Otra pausa—. Perdona, quiere que te diga exactamente: «Hola, tío Harry, te echo de menos».
Sonreí. Mi sobrino, Noah, había sido una sorpresa para todos, su padre incluido, pero ahora no podíamos imaginar la vida sin él. Noah vivía con su madre la mayor parte del año, lejos de California, pero intentábamos que pasara con nosotros todo el tiempo posible.
—Dile a ese crío que es genial, y que yo también le echo de menos.
Me fijé en que Gwen me miraba de reojo, antes de volver a centrarse en la cocina. Terminé la llamada.
—Parece que tienes un viaje en perspectiva. ¿Algo que deba saber? —preguntó Gwen.
Metió la quiche en el horno, y se volvió para mirarme, expectante. Yo me había estado planteando la cuestión desde que nos habíamos metido en la cama la noche anterior, porque las cosas ahora eran diferentes.
—Sí, a decir verdad, hay algo —empecé, despacio—. Tengo una… cosa que hacer el sábado. En Carmel. Es una fiesta. ¿Te gustaría acompañarme?
Había sido una invitación algo torpe, pero la idea de llevar a Gwen a una reunión familiar me había dejado sin palabras de un modo poco habitual en mí. Mientras lo pensaba, ella hizo una mueca en la que pude leer incredulidad, confusión y emoción.
—Una fiesta. Contigo.
Yo asentí.
—¿Qué se celebra?
Carraspeé un poco. Pensé que debía haber empezado por ahí.
—Es el sesenta cumpleaños de mi padre. Le vamos a dar una fiesta sorpresa.
No es que no quisiera llevar a Gwen, se trataba de las implicaciones de que me acompañara. Sí, en el pasado había llevado mujeres a eventos familiares, y nadie se sorprendería demasiado por ello, pero esa vez, la diferencia era cómo me sentía yo al llevarla. Porque Gwen no era cualquier mujer.
—¿Y cómo lo haríamos? —preguntó—. Porque Carmel está un poco lejos para una fiesta.
—Volaremos allí el viernes después del trabajo, pasaremos allí la noche, haremos lo que sea el sábado, asistiremos a la fiesta por la tarde y volveremos el domingo por la mañana. Temprano, si lo prefieres.
Gwen corrió hacia mí y me rodeó con sus brazos.
—Sí, sí, ¡sí! ¡Me encantaría!
Yo sonreí y la apreté contra mí.
—Tengo que avisarte de que, seguramente, habrá algún drama. A mi padre no le encantan las fiestas ni ser el centro de atención, y luego está el mal rollo con mis hermanos.
Ella se inclinó hacia atrás para mirarme a la cara.
—¿Mal rollo? ¿Ha pasado algo entre vosotros?
Negué con la cabeza.
—No, no pasó nada concreto. No nos peleamos, ni nada. Es solo que… Siempre ha sido así.
Gwen apoyó la cabeza contra mi pecho.
—Vaya, eso no está bien. Deberías llevarte bien con tus hermanos. Mi hermana, Sarah, es mi mejor amiga.
—Sí, bueno, el que sean familia no significa que me tengan que caer bien.
Ella se apartó de mí y dio un paso atrás.
—En eso te equivocas. Los necesitas.
—Ni hablar —resoplé—. No necesito a nadie.
Gwen arrugó la frente un momento.
—Al menos, yo no los necesito a ellos —continué—. Ellos son los chicos de oro, y yo soy la oveja negra. Siempre ha sido así, y ahora no va a cambiar nada. Sobre todo, desde que no está mi madre. Ella era quien nos mantenía unidos.
—Estabais muy unidos, ¿eh?
Asentí e intenté aplastar la tristeza que sentía cada vez que recordaba cómo la habíamos perdido. El mecanismo que utilizaba para enfrentarme al dolor o a la pena era compartimentar mis sentimientos y enterrarlos. Si no me permitía sentir nada, no me harían daño.
—¿Estás seguro de que quieres que vaya? —preguntó Gwen.
—No te lo habría pedido si no quisiera que fueras.
—Cierto —asintió ella—. En ese caso, será un honor asistir contigo. Puedo servir de mediadora.
Extendí un brazo para coger su mano y acercarla a mí de nuevo. Ella se acomodó contra mí, y me maravillé de lo bien que encajábamos. Apoyé la barbilla sobre su cabeza y le acaricié la espalda.
—¿Cuánto tiempo estará la quiche en el horno? —pregunté.
Gwen volvió la cabeza para mirar la hora en su teléfono.
—Aún le faltan treinta minutos. Lo siento.
—Treinta minutos —repetí—. De acuerdo. ¿Te apetece un aperitivo?
—Claro —asintió ella, separándose de mí y empezando ya a planear algo—. ¿Qué te apetece? He visto que tienes queso Stilton en la nevera. También tienes una baguete, y puedo preparar una salsa a base de aceite de oliva. ¿Te parece bien?
Yo negué con la cabeza mientras abría la nevera.
—Estaba pensando en esta clase de aperitivo.
Levanté en una mano un bote de nata montada y, en la otra, una botella de salsa de chocolate. Gwen me miró extrañada.
—¿A qué le vas a poner eso?
Me acerqué a ella.
—A ti.
Ella abrió mucho los ojos, pero enseguida me dirigió una sonrisa traviesa.
—Eso será si me coges.
Se quedó quieta un instante, riendo y, a continuación, echó a correr y el eco de sus pies descalzos resonó por mi piso.
Esperé que treinta minutos fueran suficientes.