17 Gwen
GWEN
Estar en la cabina de un avión era una experiencia nueva para mí, y no estaba muy segura de que me gustara mucho.
Y lo que era peor, aún no habíamos despegado siquiera.
Me había estresado muchísimo ver a Harrison hacer la inspección previa al vuelo.
Aunque sabía que tenía licencia de piloto, aún no había contestado mi pregunta sobre la frecuencia con la que volaba.
Además, aquel panel de control tenía un montón de botones, interruptores, mandos y pantallas, y cualquiera de ellos podía fallar en cualquier momento y hacer que nos estrelláramos contra el suelo.
Yo no era capaz de acordarme de cambiar la hora en verano sin poner una nota en mi despertador, y eso era muchísimo menos complicado que volar. Si Harrison solo pilotaba de vez en cuando, ¿se acordaría de para qué servía cada botón e interruptor?
Prefería con mucho los asientos de los pasajeros, donde podía fingir que era la magia lo que nos llevaba a nuestro destino, y no un humano que podía estornudar en el peor momento posible y estrellarnos contra una montaña. No me gustaba ver cómo se hacían las salchichas, solo me gustaba comerlas.
—Para ya —me reprendió Harrison.
—Que pare ¿el qué?
Él señaló mis manos con la cabeza y, al momento, dejé de arrancarme las cutículas.
—Estás asustada —dijo, haciendo una pausa en el proceso de inspección—. Pero no deberías estarlo. No hay razón para preocuparse.
—¿No puedes darme un poco de crédito? —protesté—. Estoy tratando de acostumbrarme a esta nueva versión tuya. Harrison Ashford, piloto.
—Soy piloto desde los dieciocho años —señaló él—. De hecho, no me has conocido nunca sin ser piloto.
—Ya, bueno, pero tú nunca has llevado un avión en el que haya ido yo.
Harrison hizo una pausa con una mano en un interruptor, y se volvió a mirarme.
—¿No quieres hacer esto?
Consideré su pregunta. Sí, una parte de mí quería quitarse el cinturón de seguridad y salir corriendo.
Pero otra parte de mí estaba disfrutando al verle en su elemento.
No podía negar que aquel hombre parecía más competente a medida que iba avanzando en su inspección, pero, además, parecía feliz, ilusionado y con ganas de hacer algo que le encantaba.
Y también estaba sexi de la leche, pero eso era habitual en él.
Además de seguir una rutina de inspección evidente, Harrison también parecía incluir sus propias pequeñas supersticiones, como el golpecito que dio al fuselaje antes de subir al avión y la forma en que trataba al aparato casi como si fuera una mascota, y no una máquina.
Hasta lo había oído murmurar «buen chico» cuando pulsó un botón y escuchó un pitido de respuesta.
Yo intenté relajarme, pero no había manera. Entonces… Él se puso los auriculares, empezó a hablar con la torre de control en lo que parecía un idioma diferente, y empezamos a movernos.
—Última oportunidad de bajarte —bromeó, mientras nos dirigíamos a la pista de despegue—. Puedo dejarte aquí mismo.
Harrison siempre tenía una presencia imponente, pero esta versión suya era increíble.
Miré asombrada cómo dominaba aquel avión espectacular, que apenas había tenido ocasión de admirar antes de ocupar mi asiento en la cabina.
Él estaba tan relajado como si estuviera conduciendo el coche por la autopista.
Me fijé en sus manos, esas manos que había admirado con frecuencia, para distraerme del hecho de que íbamos cada vez más rápido por la pista.
Eran unas manos competentes, que sabían bien lo que hacían, sin importar lo que estuviera tocando.
Apreté los ojos con fuerza al recordar cómo se habían movido esos dedos entre mis piernas.
Aquel recuerdo hizo que me preocupara menos por el hecho de que, sin duda, las ruedas ya habían abandonado la pista, pero ahora estaba atrapada en un ciclo de pensamientos subidos de tono.
Recordé cuando Harrison me cogió las muñecas y las sujetó al cabecero por encima de mi cabeza, y me obligó a suplicarle que no parase.
Harrison, de rodillas delante de mí y tardando solo cuatro minutos en conseguir que me corriera con la lengua.
Harrison inventando posturas que avergonzarían al Kama Sutra.
El cambio de presión en la cabina me obligó a centrarme en el hecho de que ya estábamos volando, y todo era culpa de Harrison.
—Mira, ahí está nuestro edificio —dijo Harrison, señalando a través de la ventanilla las luces de la ciudad a nuestros pies—. ¿Preferirías estar ahí abajo, o aquí conmigo?
Estábamos alcanzando la altitud definitiva, rodeados de nubes. Yo seguía nerviosa, pero eso no me habría hecho responder de modo distinto. No habría querido estar en ningún sitio que no fuera a su lado.
—De acuerdo, lo admito. Esto está muy bien.
—¿Bien? —Harrison fingió estar indignado—. Se acabó, tiro la toalla.
Quitó las manos de esa cosa que hacía las veces de volante y las levantó en el aire.
—¡Harrison! —Agarré los brazos de mi asiento con todas mis fuerzas—. ¡No hagas eso!
—No pasa nada —rio él—. No te preocupes, George se ocupa de todo.
—¿Quién es George? —pregunté.
—Es el nombre que hemos puesto a nuestro piloto automático —explicó Harrison—. Gwen, todo va bien. No permitiría que te pasara nada, te lo prometo.
Extendió una mano para apretar la mía y, de repente, empecé a sentirme a gusto.
—Bueno, ¿qué te parece tu nuevo juguete? —Hice un gesto para señalar la cabina.
—Es absolutamente perfecto. Una adquisición fantástica para nuestra flota.
—¿Ya te has vinculado con él? —bromeé.
Harrison me miró con una ceja levantada.
—Estamos en ello.
Un momento. ¿Por qué había hablado en plural? ¿Su comentario iba con segundas, o me estaba haciendo ilusiones?
Miré por la ventana al paisaje que cambiaba bajo nuestros pies.
Al dejar atrás la ciudad, el panorama se amplió, dando paso a montañas moteadas de verde.
El cielo azul brillante se extendía tan lejos que me pregunté si los diminutos edificios que veía en la distancia serían los rascacielos de San Francisco.
—No es un paisaje muy bonito —se disculpó Harrison.
—No, es precioso —rebatí—. Estoy impresionada.
Notaba los ojos de Harrison clavados sobre mí.
—Algún día podríamos sacar uno de los aviones pequeños y recorrer la costa. Esas vistas sí que son impresionantes.
—Eso me encantaría —dije en voz baja.
Pero ¿sería un vuelo de negocios o de placer? Porque me estaba dando la sensación de que esa propuesta se parecía más a una cita que a cualquier cosa relacionada con el trabajo.
—¿Quieres probar tú? —Harrison señaló con la cabeza el panel de control que tenía delante—. ¿Quieres llevarlo?
—¡No! —chillé, sorprendida y aterrada por aquella sugerencia—. ¡De ninguna manera!
—Oh, venga ya. Tú puedes hacerlo. Eres Gwen Ackland, eres la puta ama.
Lo he visto con mis propios ojos. —Harrison apartó la vista del horizonte y se volvió a mirarme, lo que me puso nerviosa por un montón de razones—.
Eres capaz de conseguir lo imposible. Estoy seguro de que hasta podrías aterrizar este trasto.
—Ah, no, ni en broma —respondí con una risa chillona—. Tienes suerte de que haya querido acompañarte.
—Sí —murmuró Harrison—. La tengo.
No estaba equivocada. Él también me deseaba.
—El papel de copiloto te sienta bien —dijo en tono amable.
No estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de tontear con él.
—A ti te sienta bien el papel de piloto —respondí—. Estoy muy impresionada.
—¿En serio? —preguntó Harrison—. Creo que es la primera vez que te he oído decir algo así.
—Oh, venga ya. —Me acerqué para darle un puñetazo en un brazo cuya dureza no me sorprendió—. ¡Lo dije después de tu entrevista en After Dark! Estoy segura de que ya te lo he dicho unas cuantas veces.
—Puede que solo me guste oírtelo decir —sonrió él.
—¿Te gusta que te haga la pelota, jefe? —bromeé.
Él levantó una ceja, pero no contestó enseguida. Sí, mencionar hacerle algo nos llevaba directos a terreno resbaladizo, y tuve ganas de darme un puñetazo por decirlo.
—Si no recuerdo mal, se te daba bastante bien lo de hacerme… cosas —dijo Harrison por fin.
Me lanzó una mirada rápida. Vaya, así que íbamos a hablar de eso.
—Bueno, muchas gracias. ¿Por qué no me das opiniones concretas sobre mis… habilidades?
El atrevimiento hizo enrojecer mis mejillas, pero quería saber hasta dónde podríamos llegar.
Harrison cambió de posición en su asiento, y tuve que esforzarme por no mirar si se le había puesto dura.
—Encantado de dártelas —dijo—. Señorita Ackland, su sujeción es perfecta. Firme, pero no demasiado. Su ritmo es impecable, y su entusiasmo por la tarea no tiene comparación. Es inigualable. Sus capacidades hacen que me resulte imposible mantenerme… digamos que, en calma, más de unos minutos.
Mientras lo describía, casi podía sentir su polla en mi mano, y entonces fue mi turno de cambiar de postura en mi asiento. ¿Sería George capaz de pilotar el avión si le bajaba a Harrison la cremallera de los pantalones y me lo metía entero en la boca en ese mismo momento?
—¿Y cree que necesito mejorar en algún aspecto?
Harrison inclinó la cabeza mientras lo pensaba.
—Diría que hay que reconsiderar la frecuencia con la que desempeña esa tarea.
—De acuerdo —asentí con seriedad—. Desde luego que puedo ocuparme de eso. ¿Y ha pensado en algún plazo para que me asegure de que esas tareas adicionales reciben la atención que merecen?
Contuve la respiración mientras esperaba su respuesta.
Su única contestación fue hacer una maniobra que obligó al avión a inclinarse dramáticamente. Pulsó unos cuantos botones y dijo algo en código de piloto a través de su micrófono. Después, se volvió hacia mí.
—Estamos dando la vuelta. ¿Qué te parece tan pronto como aterrice este trasto?
Veinte minutos después, Harrison me llevaba de la mano a su pequeño despacho en el hangar de Ashford Jets en el aeropuerto de Los Ángeles.
Habíamos pasado el resto del vuelo hablando en dobles sentidos subidos de tono y, para cuando aterrizamos, tenía tantas ganas de ese hombre que debí controlarme para no saltar encima de él.
Harrison cerró la puerta de su despacho, y me abalancé sobre él antes de que pudiera decir ni una palabra, para empujarlo contra la pared. Nuestras bocas se unieron, mientras yo trataba de arrancarle la ropa.
—Dios, me estaba muriendo por ti —admitió Harrison entre un beso y otro—. No sabes cuánto te deseo.
Mi respuesta fue ponerme a trabajar en los botones de su camisa, pero la necesidad entorpecía mis dedos y no conseguía desabrocharlos.
Mientras tanto, las manos de Harrison se habían introducido debajo de mi blusa y acariciaban mis pechos por encima del sujetador.
Tras dar un fuerte tirón a la tela, bajó la cabeza a mi pecho y yo me arqueé hacia él cuando sus labios encontraron mi pezón.
Entre un beso y otro conseguimos arrancarnos la ropa, y nuestras manos recorrieron cada centímetro de piel expuesta.
Yo no sabía si la puerta estaba cerrada con cerrojo, pero me daba igual.
Lo único que quería era sentir a Harrison sobre mí.
Si acabábamos teniendo público, que así fuera. Tal vez pudieran aprender algo.
Harrison nos hizo girar, de modo que quedé con la espalda pegada contra la pared, la falda subida hasta la cintura y la ropa interior alrededor de los tobillos.
Él introdujo una mano entre mis piernas y me acarició, describiendo círculos con los dedos sobre mi clítoris, para después introducirlos dentro de mí.
Entre eso, y la forma en que me estaba besando y mordisqueando, estaba a punto de estallar, y apenas llevábamos unos minutos.
¿Era posible que se erizara todo el vello del cuerpo? Porque Harrison me estaba haciendo sentir frío y calor a la vez, como si hasta mi piel estuviera alucinando por lo que me estaba haciendo sentir. Excitada, desesperada, feliz, atrevida, nerviosa… La mezcla de sensaciones era deliciosa.
Por fin, conseguí pensar en algo que no fuera lo que Harrison le estaba haciendo a mi cuerpo.
—Un momento, tengo una tarea pendiente —le susurré al oído, mientras deslizaba una mano por su cuerpo para agarrarlo.
Él cerró los ojos, y soltó un gemido cuando empecé a frotar su erección.
—Joder, Gwen.
—¿Te gusta? ¿Y qué te parece esto?
Me dejé caer de rodillas y me lo metí en la boca, tan adentro como me permitió su impresionante anchura.
Él golpeó la pared con el puño, pero apenas le había dado un par de lametones, cuando noté que me cogía en sus brazos.
Me llevó a un escritorio en el que ni siquiera me había fijado, y me sentó en el borde.
—Me toca —dijo, antes de poner sus manos en mis muslos para separarlos.
Me incliné hacia atrás y me agarré al borde opuesto de la mesa para sujetarme, porque Harrison empezó a devorarme con una lengua que habría jurado que era mágica.
Lo que recordaba de la semana que pasamos en Aspen no se acercaba ni de lejos a la realidad que experimenté en ese momento.
Enredé mis dedos en su pelo y me apreté contra él con ansia, mientras él me lamía y chupaba a conciencia.
El orgasmo surgió de la nada. Estaba muy excitada, pero la explosión que se apoderó de mí me hizo soltar un respingo de sorpresa, puesto que él solo acababa de empezar. Cuando por fin me recompuse lo bastante como para mirarlo, vi que ya había cogido un condón y se lo había puesto.
—Ven aquí —dijo, deslizando un brazo por mi espalda para acercarme al borde del escritorio.
Estaba a la altura perfecta para que nuestros cuerpos se unieran, pero Harrison se detuvo con la punta de su polla justo delante de mi entrada.
—No me provoques —le pedí.
Él respondió hundiéndose en mi interior, y ambos nos detuvimos un instante para disfrutar de la sensación de estar unidos. Era aún mejor de lo que recordaba.
Harrison me puso una mano en la mejilla y se inclinó para besarme con dulzura, antes de empezar a moverse dentro de mí, medio frotando y medio empujando.
Cuando bajó una mano para acariciar mi clítoris, dejé que mi cabeza cayera hacia atrás, segura de que iba a correrme de nuevo.
Nunca había tenido orgasmos múltiples tan seguidos con nadie.
Ni siquiera en Aspen, a pesar de que habíamos follado sin parar.
Pero esa vez, las cosas con Harrison parecían diferentes.
Harrison se inclinó para susurrarme al oído.
—Te falta poco, y a mí también. Estoy intentando aguantar, pero estar dentro de ti es tan increíble que va a ser imposible.
Él redujo el ritmo, pero incluso eso fue bastante para precipitarme al otro lado.
Me corrí con un gemido que fue la señal para que Harrison acelerase sus movimientos.
Con la estimulación de sus embestidas, me pareció que el orgasmo no terminaría nunca, pero antes de que pudiera pensar en que llegaría un tercero, Harrison se inclinó hacia atrás con una exclamación.
Se dejó caer sobre mí jadeando, y yo lo rodeé con mis brazos y lo abracé fuerte.
La mejor reunión de la historia.