16 Gwen
GWEN
Nunca había estado en una reunión como aquella.
En McPherson solían montar unos numeritos bastante raros —hubo una reunión en la que aparecieron pistolas Nerf—, pero por lo general, el plan solía parecerse más al tipo de fiesta de fraternidad que llevaba a una a preocuparse por si le habían puesto algo raro en la bebida.
En cambio, lo que estaba ocurriendo en Ashford se parecía más a un desfile celebrado en nuestro honor.
Cuando Harrison y yo entramos en la sala de reuniones, nos dedicaron una ovación de pie. El precio de nuestras acciones estaba indicado en la pizarra blanca y, en un lateral, había un bufet de desayuno enorme y muy sofisticado.
Harrison se situó en la cabecera de la mesa e inclinó la cabeza, con aspecto de héroe reticente, hasta que cesaron los aplausos.
—Ha sido trabajo en equipo —empezó, lo que suscitó otra ronda de aplausos y le obligó a esperar a que terminara—. En serio, no lo habríamos conseguido sin toda vuestra ayuda. Y mi mayor agradecimiento es para Gwen Ackland, que ha resultado esencial.
Todas las miradas se posaron sobre mí, y sentí cómo enrojecían mis mejillas, mientras volvían a resonar los aplausos. Hice un gesto tímido con la mano.
—Los dos formáis el equipo perfecto —se admiró Denise—. Sois increíbles.
Sí, Harrison y yo éramos increíbles juntos, y ese era el problema.
Aún no habíamos tenido ocasión de hablar de la forma humillante en que yo había roto nuestra relación profesional en el pasillo del hotel, después del concierto.
Una parte de mí quería hablar del tema con él de una vez, para poder dejar atrás todo el asunto, pero…
otra parte de mí estaba temiendo tener aquella conversación.
No podía justificar el beso como algo distinto a lo que era en realidad: el resultado inevitable de mi deseo incesante de desnudar a aquel hombre y recorrer con la lengua cada centímetro de su cuerpo perfecto.
Claro, que también podía fingir que el beso no había ocurrido nunca.
—Os lo agradezco. Muchas gracias a todos. —Harrison levantó las manos—. Si os parece bien, me gustaría dejar las celebraciones ya, porque tenemos que hacer planes para el evento de adopción.
Eso era cierto. Yo había organizado muchos eventos, pero ninguno de ellos había incluido animales vivos.
La logística no sería un problema, por supuesto, pero esperaba que Denise o alguien del equipo tuvieran experiencia en los diferentes aspectos necesarios para que el día de adopción fuera un éxito.
—La primera cuestión es el lugar. Veamos algunas ideas. ¿Alguien? —preguntó Harrison.
—¿Qué tal en el hangar, en el aeropuerto?
—Es buena idea elegir un lugar muy espacioso, pero el hangar tiene desventajas. —Harrison negó con la cabeza—. Sería demasiado ruidoso, y la logística es bastante complicada, porque el aparcamiento está demasiado lejos. ¿Qué más?
Susan levantó la mano desde donde estaba sentada, en una esquina. Solía tomar notas durante las reuniones, y raras veces intervenía. Harrison le hizo un gesto con la cabeza.
—¿En qué estás pensando?
—Hay un aparcamiento enorme justo enfrente del refugio de Nato Beach, donde está esa tienda de muebles. ¿Y si pedimos que nos dejen utilizarlo? De ese modo tendríamos mucho sitio para los perros, y hay espacio adicional para aparcar en la calle.
Harrison frunció los labios y entornó los ojos mientras lo pensaba, como si estuviera intentando visualizar cómo resultaría.
—Sí, eso podría funcionar. Nunca he visto a nadie allí.
—Esa tienda solo es una tapadera para lavar dinero —bromeó una voz desde el otro extremo de la mesa, y todo el mundo se echó a reír.
—Podríamos ofrecer alquilar el espacio, pero estoy seguro de que, si les decimos que es un evento benéfico, nos dejarán utilizarlo gratis —sugirió Brianna.
Yo empecé a pensar en todo lo que sería necesario para que funcionara bien.
—¿Nos querrán ayudar el personal de Nato y sus voluntarios?
—Sí —asintió Harrison—, pero ya van muy justos con el negocio, están al límite de capacidad.
—Bueno, yo iré a ayudar —dije, sin pensarlo.
Evidentemente, yo participaría en la organización del evento, pero también quería disfrutar de lo divertido que sería presenciar cómo los perros encontraban sus finales felices.
—Yo también —dijo Susan.
—Y yo —añadió Denise—. Creo que tienes delante a una sala llena de gente muy competente que querrá contribuir a hacer posible la magia del gran día.
Harrison hizo una pausa.
—No iba a obligar a todo el personal de Ashford a asistir, pero sí esperaba algunos voluntarios para ayudar. Hagamos un cálculo. ¿Cuántos de vosotros podréis asistir?
Todo el mundo levantó la mano, y la sala estalló en ruido y charla alegre. Sentí una oleada de calidez ante la actitud de mis compañeros.
—¿En serio? —rio Harrison—. De acuerdo, muy bien.
Esto supone un cambio de dirección, porque había pensado que solo tendríamos un mínimo de personal, pero parece que asistirá toda la plantilla.
Eso permitirá a la gente de Nato centrarse en el papeleo y en aprobar a los posibles adoptantes, y nosotros nos encargaremos de lo demás.
—Un acontecimiento como este es nuevo para mí, pero haré lo que pueda —dijo Susan.
—Bueno, para mí no lo es, porque ya he trabajado con Nato antes, así que me ocuparé de poner el proceso en marcha —señaló Harrison—.
Empezaremos por formar algunos comités. Necesitamos a dos personas que se encarguen de la comunicación con Nato, para no agobiarlos entre todos; un equipo de diseño que cree contenido promocional en las redes sociales; un equipo de investigación que prepare perfiles para los perros, que sean más especiales de lo que suele hacer el refugio; un equipo de marketing que llame la atención de la prensa, y un grupo que actúe como embajadores caninos el día del evento.
Empezaremos por decidir a quién asignamos cada responsabilidad.
Susan conectó su tableta a la pizarra inteligente y creó categorías para los diferentes equipos, mientras yo intentaba mirar a Harrison sin que se notara mucho.
Ya lo había visto ejercer de jefe en varias ocasiones pero, en aquel momento, me pareció diferente.
No se estaba preocupando por conseguir más beneficios, aumentar la cuota de mercado o mejorar la eficiencia.
En lugar de eso, estaba organizando un evento benéfico para perros, y le estaba dedicando la misma atención e interés que habría invertido en preparar su discurso anual al consejo de administración.
Citó a los perritos con nombre de desayuno —Tortita, Magdalena, Bagel, y Tostada— y habló de comprar su correa favorita para cada uno de los perros que hubiera en el evento, para que parecieran un equipo.
Contó una historia sobre cómo había ayudado a una persona mayor a encontrar al compañero perfecto, un caniche entrado en años y sin dientes.
Harrison sentía pasión por Ashford Jets, pero era evidente que su devoción por los perros abandonados era igual de fuerte.
Y eso me parecía la leche de sexi.
¿Por qué tenía que estar tan colada por mi jefe?
No era necesario que yo me ofreciera como voluntaria para alguno de los comités, porque tanto Harrison como yo sabíamos que me ocuparía de la supervisión del evento, y eso significaba que estaría tan implicada en todo como él.
Suspiré. ¿Por qué había creído que aquel beso sería una buena idea? Por supuesto, en aquel momento fue increíble, pero el hecho de que él ni siquiera lo hubiera mencionado dejaba muy claro que lo que yo sentía era unilateral.
No pasaba nada, teníamos mucho trabajo por delante.
Eso, si yo era capaz de pensar en algo que no fuera su culo.
Unas horas más tarde, habíamos vuelto al trabajo habitual, lo que me llevó a dirigirme al despacho de Harrison para analizar, como habíamos previsto, la cobertura mediática de su aparición en televisión. Cuando llegué, estaba al teléfono, pero me hizo un gesto para que me acercara.
No había tenido muchas ocasiones de ir a su despacho, así que aproveché el momento para observarlo. Para mi sorpresa, el despacho de Harrison dejaba claro que, oculto muy en el interior de aquel directivo obsesionado con el control, había un fanático de la playa.
Aquel espacio transmitía una gran sensación de tranquilidad, desde los listones de madera descolorida por el sol que decoraban el techo, hasta los enormes cuadros de olas en las paredes, y la colección de tablas de surf colgadas frente a su escritorio.
Tuve la impresión de encontrarme en un spa de playa, preparándome para recibir un masaje.
Eso me hizo pensar en quitarme la ropa, lo que me llevó a pensar en quitarle la ropa a Harrison, lo cual, a su vez, me hizo sonrojar intensamente. Por suerte, él estaba concentrado en su portátil.
—Por supuesto que creo que lo mereces —estaba diciendo Harrison—. ¿Estás diciendo que no quieres pilotar el nuevo Embraer? Venga ya, los dos sabemos que la mayoría de los pilotos matarían por esa oportunidad.
Escuchó un momento, con el ceño fruncido. Por curiosidad, miré con rapidez lo que había costado el último avión de la flota de Ashford y la cifra me hizo dar un respingo.
¿Cuántos millones valía aquel maldito trasto?
—Sí, ya lo sé —continuó Harrison—. Soy muy consciente de eso, colega, pero aún no has contestado mi pregunta.
Él siguió escuchando, aún con el ceño fruncido.
—Todavía no. Tú serás el primero en pilotarlo. Es tan nuevo que aún no hemos quitado el plástico de los retrovisores. —Una pausa—. Es una broma, Kev. Para.
¿Era el mismo Kevin que había llamado mientras estábamos en Nueva York? Aquella noche habían pasado tantas cosas que no me había acordado de indagar un poco para averiguar la razón de la llamada.
—Solo para los VIPs más importantes, y tú eres el mejor piloto que tengo, así que tiene sentido. Qué diablos, eres el mejor piloto que he conocido nunca.
Harrison volvió a escuchar, y yo seguí pendiente, a la espera de qué diría a continuación. Por alguna razón, parecía tratar a ese tal Kevin con mucha deferencia, y yo quería saber por qué.
—De acuerdo —dijo—. Sí, lo haré yo. Te mandaré fotos para demostrártelo, y será tuyo, ¿de acuerdo? —Asintió—. Hasta luego, colega.
Harrison dejó escapar una larga exhalación cuando terminó la llamada.
—¿Quién era? —pregunté.
—Mi amigo Kevin. Acaba de aceptar volar para nosotros. Quiero que sea el primero en pilotar nuestro nuevo avión, pero hay una estúpida superstición…
Su expresión preocupada me hizo reír.
—¿En serio crees en las supersticiones?
—No —resopló él—. ¿Yo? Jamás.
—Pero mencionaste una superstición sobre el tiempo cuando estábamos en Nueva York —le recordé—. Y esta, ¿en qué consiste esta?
Él negó con la cabeza, como si le diera vergüenza admitirlo.
—Parece una estupidez. Existe la creencia de que la primera persona que pilota un avión queda… vinculada a ese avión. Como si su ADN se combinara con el del avión, de alguna manera.
—¿Cómo?
—Sí —asintió él—. Se supone que el primer piloto marca la tendencia de toda la vida útil del avión, así que se trata de que quien pilote durante el vuelo inaugural sea alguien competente y positivo.
Ahora mismo, Kevin está en… bueno, en un periodo de transición, y cree que él no debería ser el primero en pilotar el avión.
No para de darle vueltas a todo, y le da miedo que…
—Harrison se interrumpió y sacudió la cabeza con timidez—. Le da miedo gafar el avión.
Tenía sentido que los pilotos fueran supersticiosos. Después de todo, se enfrentaban a un enorme nivel de estrés, pilotando un trasto enorme en condiciones meteorológicas que podían cambiar en un segundo, y siendo responsables de las vidas de otras personas a diez mil pies de altitud.
—Entonces, cuando has dicho que lo harías tú, ¿querías decir que tú pilotarás el primer vuelo? —pregunté despacio, mientras encajaba las piezas—. ¿Crees que es buena idea? ¿Cuándo volaste por última vez?
Él levantó la vista hacia mí.
—¿Qué estás tratando de decir?
Hice una mueca. Conocía la versión jefe capullo de Harrison, pero no conocía la versión piloto.
—¿A los pilotos no se les olvida volar por falta de práctica?
—Se les puede olvidar, sí, pero eso no quiere decir que a mí se me haya olvidado. No tienes ni idea de con qué frecuencia vuelo —me espetó.
—Tienes razón —respondí—. No quería ofenderte, seguro que se te da muy bien. Es que, para mí, eres un tío de despacho.
Él se quedó boquiabierto.
—¿Un qué?
—Lo siento, pero es que no consigo imaginarlo —admití, mientras mis hombros se acercaban cada vez más a mis orejas, porque era obvio que no le gustaba lo que opinaba de él.
Él se puso en pie tan rápido que su silla salió disparada detrás de él y chocó con la pared.
—Se acabó. Nos vamos.
—¿Perdona?
—Ahora.
Abrió la puerta de su despacho y señaló al pasillo.
—Voy a pilotar el Embraer por primera vez y tú vas a venir conmigo.