15 Harrison #2
—¿Qué quieres saber? —rio Gwen.
—Estoy seguro de que no querrás hablar de trabajo, así que cuéntame lo que haces para relajarte. ¿Cómo desconectas, cuando no te estás ocupando de los titulares sobre mi hijo?
—Eh, espera un momento. El mérito de cambiar la percepción pública sobre él no es mío —respondió, lanzándome una mirada rápida—. Quiero decir que sí, bueno, la idea fue mía, pero Harrison lo hizo todo él solo. ¡Lo ha vendido muy bien!
Agradecí su esfuerzo por dirigir los elogios hacia mí, pero sabía que mi padre lo ignoraría como si no fuera relevante.
—Sí, fue una actuación fantástica —dijo, lanzándome una mirada rápida—, pero volvamos a ti, Gwen.
Si no lo hubiera conocido tan bien, habría jurado que estaba tonteando con ella.
Pero sí lo conocía. Mi madre había sido la única mujer del mundo para mi padre, y lo seguía siendo, incluso años después de que nos dejara.
Creo que mucha gente había asumido que él se precipitaría a otra relación inmediatamente, porque no sería capaz de estar solo después de décadas de matrimonio.
Durante meses, las revistas de cotilleos especularon con ansiedad cada vez que lo veían hablar con una mujer soltera de entre dieciocho y ochenta años.
Pero nunca pasó nada, lo que sorprendió a todo el mundo, salvo a mis hermanos y a mí.
—¿Qué me gusta hacer? —repitió Gwen—. Hago repostería. Pan, tartas, galletas, pasteles… Lo que sea. De hecho, este fin de semana tendré listo mi cultivo de masa madre, así que me dedicaré a hacer pan. ¿Quieres un poco?
Mi padre soltó una risa.
—¡Lo que daría por un trozo de pan recién hecho! Por desgracia, hace un tiempo que no como pan, así que, disfrútalo por mí. ¿A lo mejor a este hombre le apetecería probarlo? —añadió, señalándome—. Nunca lo he visto rechazar comida.
Se refería a una broma familiar recurrente que nunca había tenido gracia.
Por alguna razón, una única ocasión en la que me comí una pizza entera cuando estaba en el instituto, se había transformado en la leyenda de que yo era el más comilón de los tres hermanos.
No importaba que también hiciera mucho más ejercicio que mis hermanos, porque jamás perdían la oportunidad de bromear con que era un glotón.
Gwen me lanzó una mirada amable, como si hubiera percibido el insulto escondido bajo el tono de broma.
—Estaré encantada de darle un poco.
—Gracias. —Hice un gesto con la cabeza y volví a centrarme en mi portátil.
—¿Y qué te gusta hacer a ti cuando no estás dirigiendo un imperio? —preguntó Gwen a mi padre.
—Oh, suelo estar muy ocupado con las obras benéficas en las que participaba mi mujer.
Hago todo lo posible para continuar su legado.
Lamento no haber podido prestarles más atención mientras ella aún estaba con nosotros.
—Hizo una pausa y miró a la distancia—. De hecho, me arrepiento de algunas cosas: los viajes que no he hecho, los acontecimientos importantes que me he perdido…
—Suspiró—. Es la maldición de la retrospectiva.
Hablaba con una candidez muy poco habitual en él y, por la forma en que me miraba, tuve la impresión de que lo hacía en mi beneficio.
—Tuve la suerte de visitar el ala del refugio dedicada a Alicia —dijo Gwen, cambiando de tema con habilidad para poner fin al momento de confesión.
Me pareció una buena decisión, porque yo no tenía ganas de escucharla. Mi padre había tomado sus decisiones, y ahora le tocaba vivir con ellas.
—Le encantaban los perros —asintió mi padre—. Siempre quiso uno. —Me señaló y continuó—. A este también. Los dos solían acosarme para intentar que cediera y les dejara tener uno.
—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó Gwen.
Dejé de trabajar para observar la expresión de mi padre al contestar, y me pregunté si diría la verdad.
—Una vez estuvimos a punto —dijo—. La perra de nuestro jardinero tuvo una camada inesperada antes de que la esterilizaran. Y bueno, te diré que no recuerdo quién de los dos suplicó más; si este, o su madre.
Rio un poco ante lo que, para mí, era un recuerdo doloroso. Aún me acordaba de cómo mi madre había abogado por mí; bueno, por los dos en realidad, porque era evidente que ella también quería uno de esos cachorritos. Mi madre y yo solíamos ser de la misma opinión.
—¿Y qué pasó? —preguntó Gwen.
—Iban a ser perros muy grandes —continuó mi padre—.
La madre era un sabueso y el padre era alguna clase de collie.
Se convertirían en perros grandes y activos, y nuestro estilo de vida no permitía ese tipo de responsabilidad.
A ver, no es que uno pueda cargar con un perro de treinta kilos cuando se va a esquiar a Gstaad, ¿no te parece?
Y nuestra vida diaria también era una locura.
Alicia con sus eventos y comités, los chicos con sus deportes…
—Podríais haber contratado a un cuidador de perros —observó Gwen.
Me encantó que no le diera miedo presionarle. Cualquier otra persona se habría amedrentado ante la presencia del Ashford primigenio.
—Demasiado complicado —respondió él—. Éramos más ágiles sin perro. Además, este hombre ahora podría haber llenado su casa de cachorros y aún no lo ha hecho, así que mi decisión debió ser la correcta. ¿No es así, Harrison?
Me negué a darle el placer de compartir su opinión.
—Me apaño con el refugio.
—Háblame de tus padres, Gwen —pidió mi padre.
Se había recostado en su asiento, como si los demás fuéramos invitados en su avión.
—Bueno, mi padre jugaba al béisbol profesional, y ahora tiene un restaurante temático sobre béisbol.
—¿Béisbol profesional? ¿Y has dicho que te llamas Gwen Ackland? Oh, vaya. ¿Significa eso que tu padre es Dale Ackland?
—Sí, ese es —respondió ella en tono ligero, pero cuando levanté la vista, me fijé en que su expresión estaba tensa, como si se estuviera preparando para lo que pudiera decir mi padre a continuación.
—¿Y cómo le va estos días? —preguntó mi padre, en un tono que me sorprendió por su amabilidad—. Si no recuerdo mal, tuvo unos años algo… difíciles, después de dejar el béisbol.
¿De qué estaba hablando mi padre? Tomé nota mental de buscar información sobre Dale Ackland en otro momento.
—Ahora está bien —dijo Gwen, que había vuelto a sonreír un poco—. Muy bien. —Levantó el teléfono—. De hecho, me ha enviado un mensaje justo antes de que despegáramos esta mañana para presumir de que había adivinado la palabra de Wordle de hoy a la primera. Hablamos casi todos los días.
—Oh —dijo mi padre en un tono… raro, casi melancólico—. Eso suena bien.
¿Un padre con una buena relación con su hija? Sí, eso sonaba muy bien. Una pena que los Ashford no fueran así.