15 Harrison
HARRISON
Mi teléfono vibró al recibir un mensaje. Aunque era muy temprano, ya estaba despierto.
De hecho, apenas había dormido. ¿Cómo iba a hacerlo, cuando aquel beso no dejaba de repetirse en mi cabeza, una y otra vez, como una película?
Había tenido que ocuparme de mí mismo en la ducha, lo que debió haber bastado para tranquilizarme y permitirme dormir.
Pero no, mi mente se había negado a pensar en otra cosa.
Cuando cerraba los ojos, lo único que veía era a Gwen.
Me incliné para coger el teléfono de la mesilla. Un momento, ¿me había escrito mi padre?
Me incorporé. Mi padre era un hombre chapado a la antigua. Para cualquier cosa relacionada con los negocios, prefería el correo electrónico. Los mensajes de texto solo eran para asuntos personales, y eso significaba que casi nunca me enviaba ninguno, salvo que pasara algo serio.
Las palabras bailaron ante mis ojos. ¿Estaba en Nueva York y quería que lo llevara a casa conmigo?
En lugar de responder con un mensaje, opté por llamar. Él contestó antes de que sonara un solo timbrazo.
—Hola, hijo —saludó.
Hijo. Solo me llamaba así cuando quería algo.
—Buenos días. ¿Qué haces en Nueva York?
No era necesario andarse por las ramas.
—Oh, un poco de todo —respondió con vaguedad—. Reuniones, ya sabes.
Lo sabía, y por eso yo tenía listo un avión para que me llevara a casa. Lo que no conseguía entender era por qué él no.
—¿Te importa que me una a tu tripulación?
Le encantaba usar términos del sector cuando hablaba conmigo, como si conociera mi negocio mejor que yo; sin embargo, en ese caso, no había utilizado la expresión correctamente, ya que no iba a viajar como miembro de mi tripulación.
—Sí —suspiré—, si puedes estar en el aeropuerto a las nueve.
—Claro, no hay problema. Ya estoy levantado y en marcha, y supongo que tú también. Siempre has sido madrugador.
Puse mala cara en el espejo al otro lado de la habitación.
¿Por qué estaba tan hablador? Se había pasado la vida trabajando en la industria hotelera y, aunque podía conversar tan bien como el mejor, pocas veces lo hacía con la familia.
Era incapaz de recordar la última vez que mi padre se había molestado en tener una charla trivial conmigo.
Allí pasaba algo raro.
—Mi, esto… —Me costó encontrar las palabras adecuadas para referirme a Gwen—. Mi nueva experta en relaciones públicas vendrá con nosotros. Espero que no te importe.
—Vale, vale, no hay problema. Me imaginaba que viajarías con un montón de gente, teniendo en cuenta tu gran aparición de anoche. Buen trabajo, por cierto.
—Gracias —dije, sorprendido de que me hubiera visto; aunque, claro, tal vez le había preocupado el efecto que mi aparición en los medios pudiera tener en el precio de nuestras acciones—. Tengo que dejarte, pero nos vemos en el hangar. Vamos con el tiempo justo, así que no llegues tarde.
Mi padre no llegaba tarde jamás, pero no había podido evitarlo.
—Por supuesto. Nos vemos luego.
Desconecté la llamada e intenté prepararme para lo incómodo que resultaría el vuelo.
Además de que cualquier interacción con mi padre ya resultaba incómoda de por sí, sobre todo si duraban horas, esa vez estaríamos en un tubo a presión en el que no podríamos evitarnos y, además, estaba el factor añadido de Gwen. Y también el factor del beso con Gwen.
Había supuesto que nos pasaríamos el vuelo tratando de determinar las implicaciones de ese beso para nuestra relación profesional, pero no íbamos a poder tener esa conversación delante de mi padre. Él ni siquiera estaba en la misma galaxia que una conversación sobre sentimientos.
Oliver Ashford no era un hombre severo, ni conmigo ni con nadie. En toda mi vida, estaba bastante seguro de que jamás lo había visto ser desagradable con alguien intencionadamente. Él solo era alguien… muy reservado y protector con sus emociones.
Tal vez había sido más abierto con mi madre, pero, si eso era cierto, los dos habían guardado bien el secreto. Siendo sincero, para mí habría sido tan desagradable encontrar a mis padres teniendo una conversación sincera, como lo habría sido encontrarlos haciendo el amor.
Así que, sí, lo que estuviera ocurriendo entre Gwen y yo tendría que esperar a que volviéramos a Los Ángeles. Sería imposible resolver nada durante el vuelo.
Como habíamos acordado, me reuní con Gwen en la recepción del hotel. Ella estaba tan espectacular como siempre, a pesar de ir vestida para el vuelo con solo una chaqueta, unos vaqueros y unos zapatos planos.
La miré mientras me acercaba, tratando de imaginar lo que mi padre pensaría de ella. Pocas veces le caía bien la gente con la que yo me relacionaba, tanto si eran amigos, compañeros de trabajo o novias.
Mi padre nunca había dejado de advertirnos a mis hermanos y a mí sobre lo «diferente» que era nuestra familia, su eufemismo para referirse a nuestra enorme fortuna.
Decía que eso nos diferenciaba de los demás y nos convertía en el objetivo de gente que quisiera aprovecharse de su relación con nosotros.
Era probable que Kevin fuera el primero de mis amigos al que mi padre había aceptado. Nunca le gustó Miranda, pero lo cierto era que había estado muy ocupado cuidando de mi madre. Estaba seguro de que su pena había influido en su forma de ver el mundo.
Desde luego, eso era lo que me había pasado a mí.
—Buenos días —dijo Gwen, toda profesionalidad, antes de señalar hacia la calle—. Va a hacer un día estupendo. No hay ni una nube.
Ah, así que eso íbamos a hacer. Tener una charla banal sobre el tiempo.
—Un tiempo perfecto para volar —confirmé—. Y supongo que debo alegrarme de que no nos hayas gafado. Aún no se te han pegado mis supersticiones, ¿no?
—¿Supersticiones? ¿De qué estás hablando?
—La primera regla de la aviación privada: nunca, jamás hables del tiempo que va a hacer. No pasa nada por hablar de las condiciones actuales, pero en cuanto uno empieza a sentirse seguro de la previsión… —Me encogí de hombros.
—Déjame adivinar… ¿Lo sabes por experiencia personal?
—No soy supersticioso, pero uno aprende a respetar a los dioses de la aviación —respondí—. Además… Ha habido un cambio de planes. Mi padre nos ha pedido que le llevemos.
—Oh, vaya —dijo ella, y me miró sorprendida—. ¿Va todo bien?
—Espero que sí. —Me encogí de hombros—. No me ha dado detalles de por qué está aquí, ni por qué no tiene un vuelo de vuelta. En fin, vámonos ya.
Nos pasamos el trayecto hasta el aeropuerto hablando del concierto y mirando las redes sociales, por si mencionaban algo acerca de mi asistencia.
Por suerte, las referencias sobre mí no eran más que una nota a pie de página, y la gran mayoría de los comentarios eran positivos, lo que significaba que, por fin, había pasado la tormenta.
Y todo, gracias a la mujer sentada a mi lado.
Fuimos los primeros en subir al avión, y sentí la tentación de aprovechar esos últimos momentos a solas para intentar encontrar el sentido de lo ocurrido en el pasillo la noche anterior, pero Gwen se dejó caer en su asiento y abrió su portátil enseguida.
Yo la imité, aunque sabía que me costaría mucho concentrarme.
Escuché a Dominic saludar a mi padre al pie del avión.
—Ahí viene —suspiré.
—Buenos días, compañeros de viaje —anunció mi padre al entrar, y fue derecho a donde estaba Gwen, con la mano extendida—. Soy Oliver Ashford.
—Gwen Ackland —respondió ella, poniéndose en pie—. ¡Encantada de conocerle!
Aproveché la oportunidad para observarlo mientras charlaban un poco.
Mi padre seguía siendo un hombre muy atractivo, con su pelo blanco bien cortado y su postura perfecta, pero me pareció más delgado, y no de un modo muy saludable.
¿Habría razón para preocuparse? Era posible que hubiera dado instrucciones a su chef para que siguiera una dieta baja en calorías.
Mi padre pensaba que, si lograba controlar todos los aspectos de su vida, podría vivir para siempre.
Calculaba al detalle el ejercicio, las vitaminas, las horas de sueño y la dieta para mantenerse en la mejor forma posible.
Al perder a mi madre, había encontrado un nuevo interés en la salud y, aunque ya hacía muchos años que había dejado de fumar, solo había conseguido dejar los puros hacía poco tiempo.
Aun así, parecía pálido, y eso no me hizo ninguna gracia.
—Ahí estás —dijo mi padre cuando, por fin, dejó de charlar con Gwen—. Me alegro de verte, hijo.
Me puse en pie y le tendí una mano, que era como nos solíamos saludar en público, pero él me acercó para darme un abrazo, con palmada en la espalda incluida. Al terminar, me aparté de él, un tanto sorprendido.
—¿Dónde me siento? ¿Está bien aquí? —Señaló el asiento enfrente del mío.
—Sí, claro. Donde estés más cómodo.
—Aquí está bien —dijo mi padre, sentándose en ese asiento y mirándonos a los dos.
Perfecto. Ahora tendría que ponerme a trabajar, sabiendo que estaría observando cada uno de mis movimientos.
—¿Quién está ahí dentro? —Señaló a la cabina.
Eso me hizo recordar la oferta que había hecho a Kevin, y confié en que ambos hubiéramos tomado la decisión correcta.
—Dan Fielding —respondí.
—Ah, bien —asintió él—. Ya he volado con él. Es un piloto excelente.
Por supuesto, tenía que opinar como si hubiera contratado al piloto él mismo.
—Señor Ashford, ¿qué le ha traído a Nueva York? —preguntó Gwen.
Como correspondía, estaba tratando de recopilar información y, en esa ocasión, yo lo agradecí. Tal vez a ella le respondería con sinceridad.
—Por favor, llámame Oliver. Solo un montón de reuniones aburridas, sin ningún interés —dijo, agitando la mano en el aire como si intentara disipar una humareda—. Prefiero hablar de ti. Cuéntamelo todo, Gwen Ackland.
Conque así iba a comportarse. Era su versión encantadora, la que usaba en las fiestas, muy diferente del padre callado y distante al que estaba acostumbrado.
Nuestra relación siempre sería incómoda, como si solo fuéramos conocidos distantes obligados a ocupar el mismo espacio durante un tiempo.
Me recliné para observar el espectáculo que ofrecía Oliver Ashford.