Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 14 Gwen #2
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14 Gwen #2

Estaba ignorando a Ben de una forma que parecía intencionada, incluso cruel. Oculté mi sonrisa tras la copa de champán, disfrutando a más no poder.

Harrison se volvió por fin a Ben y le tendió la mano.

—Perdona, no te había visto. Soy Harrison. ¿Y tú?

Me tragué una risilla. Un punto para el antipático del jefe, porque no había nada que Ben Simon odiara más que no ser reconocido. Ben se irguió un poco al estrechar la mano de Ben, para disimular la diferencia de altura.

—Ben Simon. Puede que me conozcas de Escuela de detectives.

—Anda, ¿das clases a detectives? —preguntó Harrison muy en serio—. Qué trabajo más interesante. Entonces, ¿has estado en la policía?

Ben negó enérgicamente con la cabeza.

—No, no, soy el protagonista de la serie Escuela de detectives. Soy actor.

Harrison miró al escenario, donde Scarlet estaba hablando en una pausa entre canciones.

—Ah. No me suena de nada. Tendré que mirarlo.

—Venga ya —rio Ben—. ¿No te suena de nada? Si lleva emitiéndose veinte años. Yo sustituí a Mark Sanders.

—Ah, ya —dijo Harrison, como si acabara de caer en algo—. De Mark sí que he oído hablar. Entonces, ¿eres un secundario en esa serie, Ken?

—Soy Ben —espetó, con una sonrisa forzada—. Y no, es mi serie, soy el protagonista.

—Por supuesto —dijo Harrison, asintiendo como si ya lo entendiera—. Me alegro por ti.

No habría podido sonar más condescendiente ni queriendo. No, mentira, había querido, y lo había conseguido de sobra.

La sonrisa de Ben se convirtió en una mueca despectiva.

—Si quieres saber más sobre el programa, puedes preguntarle a Gwen. Ella lo sabe todo sobre mí. Es mi fan número uno.

Me limité a mirarle furiosa en silencio porque, por supuesto, no tenía preparada una respuesta ingeniosa para esa afirmación. Harrison me rodeó los hombros con el brazo.

—Pues debe hacer mucho tiempo de eso, porque nunca te ha mencionado. ¿Me estás ocultando algo, cielo? —me preguntó Harrison.

La sensación de estar apretada contra su cuerpo me levantó el ánimo. Solo era una actuación delante de Ben, pero no por eso resultaba menos increíble. Levanté la vista para mirarlo.

—¡Para nada! Supongo que mis gustos han cambiado desde entonces.

Nuestra mirada se convirtió, más bien, en sexo con los ojos, y aquello pareció bastar para que, por fin, Ben comprendiera que había perdido la batalla y era hora de marcharse.

—Bueno, os dejo tranquilos. Tal vez contrate uno de tus aviones la próxima vez que tenga que ir a algún sitio, o algo así. Va a empezar la temporada de premios, ¿sabes?

Harrison asintió sin dejar de mirarme.

—Sí, claro. Tenemos diferentes opciones para la gente que no suele volar en avión privado. Puede que nuestro paquete bronce te vaya bien.

Ben pareció adecuadamente ofendido por esa sugerencia. Entonces, empezaron a sonar las primeras notas de la siguiente obra maestra de Scarlet.

—¡Dios mío, es Eres un sol! Cariño, va a cantar nuestra canción.

Harrison y yo no teníamos una canción, pero Ben no podía saber eso. Cuando se marchó, Harrison y yo nos acercamos a la parte delantera de la sala.

—Bien jugado —me dijo con discreción.

—Ha sido trabajo de equipo —respondí.

Harrison movió la cabeza al ritmo de la música, y tuve la sensación de que el trabajo de equipo estaba a punto de volverse más interesante.

No lograba entender cómo nos las habíamos apañado para no enrollarnos durante las canciones románticas del segundo bis.

Los dos lo habíamos sentido. Yo me había emocionado, y Harrison me había limpiado una lágrima con el pulgar. Cuando Scarlet había cantado sobre primeros bailes y segundas oportunidades, habíamos compartido una sonrisa cómplice.

¿Sería esa nuestra segunda oportunidad?

No pude dejar de hablar durante el viaje de vuelta al hotel, rebosante de adrenalina. La mitad se debía a la emoción del concierto y, el resto, a la anticipación de lo que ocurriría después porque, para cuando terminó el espectáculo, había parecido que estábamos en una cita.

Y ¿qué solía ocurrir al final de las citas?

Sin embargo, cuando llegamos al hotel, ya era tarde y se me estaba pasando el subidón. Me sentía agotada pero, al mismo tiempo, esperaba que en los últimos minutos, antes de darnos las buenas noches, surgiera algo entre nosotros.

Entramos en un ascensor atestado de gente y, cuando llegamos a mi planta, Harrison salió conmigo.

—Te acompaño a casa —explicó cuando lo miré confusa.

—Siempre un caballero —observé—. Una nunca sabe qué clase de indeseables se puede encontrar en el pasillo de un hotel de cinco estrellas como este.

—Ya sabes lo que opino de la seguridad —respondió con un guiño.

Será ahora, será ahora, será ahora, canturreé para mis adentros a medida que nos acercábamos a mi puerta. Iba a tomarme en sus brazos, cruzaría conmigo el umbral y haría conmigo lo que quisiera.

El corazón me martilleaba en el pecho. Debía actuar sorprendida cuando me besara, pero no descontenta. No quería que dudara de que quería hacerlo.

—Aquí estamos —dijo Harrison cuando llegamos a la habitación 1143. Me entregó la sudadera de 125 dólares de la gira de Scarlet Rush que había insistido en comprarme.

—Gracias por una noche increíble —dije, apretándola contra mi pecho—. Aún estoy alucinando.

—Creo que los dos merecíamos algo de diversión. Han sido dos semanas difíciles.

—Por decirlo suavemente —reí, y me apoyé contra la puerta.

—Mañana despegamos a las nueve. No te preocupes por el desayuno, nos estará esperando.

—De acuerdo —respondí en voz baja.

¿Por qué me explicaba lo que haríamos por la mañana, si pensaba despertarse a mi lado?

—¿Quedamos en la recepción a las ocho y media?

El corazón se me cayó a los pies. Iba en serio.

—Sí, claro —dije, esperando que mi voz no sonara tan desilusionada como me sentía.

Él me miró a los ojos durante un instante.

—Buenas noches, Gwen.

—Buenas noches.

Harrison empezó a alejarse, pero recordé lo que había dicho Sarah sobre que me dejara guiar por el destino y, como parecía que el destino me iba a decepcionar, decidí hacerme cargo yo misma.

—Oye —dije a sus espaldas.

Él se volvió a mirarme y yo me acerqué a él.

—Se te ha olvidado esta parte —dije.

Harrison pareció confuso un momento, hasta que me puse de puntillas, hice una pausa rápida para reunir fuerzas, y apreté mis labios contra los suyos.

El calor fue instantáneo, como lo fue el recuerdo de lo que la boca de Harrison era capaz de hacer. Él me rodeó con sus brazos, y me devolvió el beso como si nada hubiera cambiado entre nosotros en los meses transcurridos desde Aspen.

—Oh, Gwen —murmuró mientras me besaba.

Sí, él sentía lo mismo. Sabía lo bien que estaríamos juntos.

Pero… ¿Por qué había tenido que iniciar el beso yo?

Intenté centrarme solo en disfrutar de la sensación, pero unos pensamientos intrusos no dejaban de desconcentrarme.

Si Harrison hubiera querido, me habría besado él primero.

Sí, parecía que no se cansaría de hacerlo, pero ¿por qué me había dejado la decisión a mí?

Las dudas no dejaron de atormentarme hasta que, por fin, me aparté de él.

—Lo siento. Buenas noches.

Corrí hasta mi puerta sin mirarle, aunque sentí su mirada sobre mí mientras entraba en mi habitación y cerraba de un portazo.

El vuelo de vuelta a casa iba a ser incómodo de narices.