14 Gwen
GWEN
—Creo que este me gusta —dije, girándome para poder ver mi trasero en el espejo del probador.
Miré al teléfono, que había situado sobre la banqueta.
Había llamado a Sarah por FaceTime para que me diera su opinión sobre las diferentes opciones que me estaba probando para el concierto de esa noche.
No había llevado ropa adecuada para eso, y Harrison y yo estaríamos en una sala VIP.
La entrevista había salido a las mil maravillas, lo que significaba que la gente estaría pendiente de él en el concierto, y yo tendría que estar perfecta, porque también me llevaría mi parte de atención.
Y, sí, en el fondo, también quería estar guapa para Harrison.
Bueno, tal vez tampoco era tan en el fondo.
Quería que me mirase como lo había hecho en Aspen.
No podía dejar de recordar una noche en concreto, cuando por fin habíamos conseguido salir de la cama para ir a cenar.
Me había puesto mi vestido de punto ajustado favorito, que parecía pintado sobre mi cuerpo, y los ojos casi se le habían salido de las órbitas cuando me vio.
Desde donde estaba, a cinco pasos, pude ver cómo Sarah entornaba los ojos en la pantalla.
—Date la vuelta otra vez —pidió—. Quiero ver esas curvas, tía buena.
—Para —le reprendí—. No se trata de eso.
Aunque, en cierto modo, sí lo era. Giré sobre mí misma para que viera el efecto a 360 grados. El vestido era muy ajustado y tenía dos aberturas pequeñas en las caderas y otra más larga en la espalda.
—Caray, estás imponente con ese vestido —dijo Sarah.
Miré mi reflejo con la cabeza inclinada.
—¿No te parece que este color es demasiado?
—No, ese naranja me encanta para ti. Nunca llevas colores alegres.
Eso no era cierto del todo, pero tenía razón en que no solía ponerme vestidos de colores vivos.
Mi amor por los tonos alegres solía quedar restringido a cosas que no veía nadie más que yo: la ropa interior, la pedicura o algunos accesorios discretos.
En mi trabajo no podía destacar, y mi vestuario solía reflejar esa necesidad, por lo general.
Pero… Tal vez esa noche, no. Esa noche podía dejarme llevar un poco, pasármelo bien y disfrutar, con colores brillantes y todo.
—Además, también es un tributo a la imagen del nuevo disco de Scarlet —observó.
La cubierta mostraba a Scarlet bajo un naranjo, tumbada con los ojos cerrados y rodeada de frutas caídas. Yo aún no había tenido ocasión de analizar el simbolismo.
—Aunque me da la sensación de que Scarlet no es la única persona a la que quieres impresionar esta noche —añadió Sarah con un guiño.
Me acerqué al teléfono y lo cogí.
—Venga ya, ¿quieres parar de una vez?
—¿Por qué? Tal vez sea buena cosa que hayáis vuelto a encontraros. El destino te está diciendo que debéis intentarlo de nuevo.
—¿Perdona? ¿Una científica hablando del destino?
—Sacudí la cabeza, incrédula—. Ni hablar.
Ya he mezclado los negocios con el placer en dos ocasiones anteriores, y en las dos me ha ido fatal.
Ya conoces mi regla sobre implicarme emocionalmente cuando estoy trabajando.
—Hice una pausa—. Es muy simple: ya no lo hago.
—Pero ahora es diferente —respondió Sarah, frunciendo el ceño—. Tu posición es más sólida, y conoces la diferencia entre sentir algo de verdad, y llevarte bien con alguien solo porque pasáis mucho tiempo juntos. Por lo que me has contado, el jefe y tú vais más allá de llevaros bien.
—Es un poco difícil no hacerlo —admití, con las mejillas ardiendo.
—¿Verdad? —Sarah se echó a reír—. Lo vi anoche en el programa y ese hombre es magnético. Hasta Ryan parecía prendado de él. Y puede que debas tener cuidado con Scarlet, ¡estaba tonteando un poco con él!
—¡Eh! —Negué con la cabeza—. La verdad es que creo que está explorando otras opciones. Ampliando posibilidades. ¿Has oído los rumores sobre ella y su mejor amiga, Lulu?
—¿La modelo? —preguntó Sarah—. ¡Venga ya!
—En el disco hay una canción que utiliza pronombres ambiguos —asentí—. Creo que trata de ella.
—Bueno, entonces no tienes que preocuparte por que una estrella internacional del pop te quite a tu hombre. Mucho mejor.
—No es mi hombre —insistí.
—Pero podría serlo —canturreó ella—. ¿Por qué no te abres a esa posibilidad? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que… te divertiste un poco?
—Mucho tiempo. Demasiado —reí—. Creo que ya no me acuerdo de cómo se hace.
—Oh, apuesto a que al señor Ashford le encantará enseñarte.
—¿Quieres parar de una vez? —la reprendí—. ¿Qué mosca te ha picado?
—¿Quieres que te lo diga? —Sarah me miró a los ojos desde el otro lado de la pantalla, y su risa se transformó en una expresión más seria—. Creo que hay algo entre vosotros. Estás más feliz y más relajada, a pesar de todo ese dramón en tu nuevo trabajo. Creo que tiene que ver con él.
—Ya. —Me dejé caer en el pequeño taburete del probador—. Es posible.
—¿Por qué lo dices tan triste? Si tú también lo sientes, ¡ve a por ello!
Deja de reprimirte. Creo que ahora tu vida está bien estructurada, y no vas a meter la pata.
Así que, si en el concierto tenéis un momento, no te resistas.
Deja que pase lo que tenga que pasar cuando estéis a oscuras, escuchando a tu cantante favorita cantar canciones de amor.
—No es mi cantante favorita —protesté sin mucho entusiasmo.
—Caray —dijo Sarah—. Negando dos evidencias. Como quieras. Yo solo digo que te dejes llevar esta noche, ¿vale?
Era muy raro que mi hermana, tan respetuosa de las reglas, me animara a tomar malas decisiones. ¿Querría eso decir que, tal vez, tampoco era una decisión tan mala, después de todo?
—De acuerdo. Me dejaré llevar por el destino.
—Hasta su cama —rio ella.
—¡Ya vale! ¡Adiós!
Desconecté la llamada y me miré en el espejo. Esa noche iba a ser épica, pasara lo que pasara.
—Es increíble —me dijo Harrison al oído, para que le oyera por encima de los chillidos de un montón de fans de Scarlet Rush—. Me lo había estado perdiendo.
Scarlet acababa de empezar el concierto con su último mega éxito, y hubiera jurado que había visto a Harrison vocalizar la letra.
—Esta es una noche increíble —respondí.
Y lo era, por muchas razones. La forma en que Harrison me había mirado al verme con el vestido nuevo, cómo había puesto su mano en la parte baja de mi espalda mientras atravesábamos la multitud hasta la zona VIP donde estaban nuestros asientos.
Y, sí, también era increíble ver a Scarlet cantar canciones que me gustaban desde hacía años, además de otras nuevas que ya me encantaban también.
—Me alegro de que hayas venido —dijo Harrison—. Me gusta verte así, animada y entusiasmada, disfrutando como nunca.
El peso de su mirada casi me mareó un poco. ¿Se había intensificado la tensión entre nosotros, o era solo la energía en el estadio?
No es que el ambiente nos ofreciera ningún tipo de intimidad para ceder a esa tensión, porque la sala estaba llena de otros fans importantes.
Había visto a una bloguera de moda a la que reconocí de TikTok, un diseñador que había vestido a Scarlet para la Gala del Met, y una mujer mayor con gafas de sol que sabía que era famosa también, aunque no lograba situarla.
La sala VIP era todo un lujo. En las raras ocasiones en que íbamos a un concierto, Sarah y yo íbamos siempre al gallinero, así que los cómodos sillones de cuero, la vista increíble del escenario y el servicio de comida me parecían un sueño.
Y ver a Scarlet tan de cerca… Sí, ya no podía negar que era una gran fan.
No me contuve, y grité a pleno pulmón con los demás.
—Voy a por una copa —dijo Harrison—. ¿Quieres algo?
—No. Estoy perfectamente. —Sacudí la cabeza.
Una comisura de su boca se curvó hacia arriba mientras me observaba durante un instante.
—Sí, estoy de acuerdo.
El corazón me empezó a latir con fuerza. Era imposible interpretar mal lo que había querido decir.
Volví a fijarme en Scarlet, que estaba contando cómo había aprendido a tocar el piano cuando era pequeña, aunque me sabía la historia de memoria.
Al cabo de un momento, noté la mano cálida de Harrison alrededor de mis hombros, para atraerme hacia él. Me volví a sonreírle, pero me quedé helada cuando vi quién me estaba abrazando.
—¿Ben?
—Hola, ¿qué es de tu vida? Hace siglos que no te veo.
Me envolvió en un abrazo que no me gustó ni un pelo, y luego se apartó para mirarme de arriba abajo.
—¡Estás increíble! ¡Caramba!
—Tú estás… Igual.
Fue todo lo que pude decirle. Su presencia me intimidaba un poco. Ben era el prototipo de hombre famoso atractivo, y utilizaba su encanto como un arma.
—Me alegro de oírlo —respondió de buen humor—. Me preocupaba haber engordado un poco en Italia. —Se dio unas palmaditas en la tripa.
—Ah, es verdad —asentí—. Has estado rodando allí con Kate.
Los dos tenían lo que en Hollywood se consideraba una relación con éxito. Seguían enamorados, a pesar de llevar años juntos, pero eso no significaba que hubiera sido fácil. Corrían rumores acerca de sus discusiones épicas en los rodajes, y sexo de reconciliación en los camerinos.
—Sí, ha sido toda una experiencia —respondió con una mueca—. Pero hablemos de ti. ¿Qué haces aquí?
La implicación era evidente: ¿Cómo había conseguido una plebeya como yo acceder a la zona VIP? Consideré mi respuesta un momento, y me lancé a la yugular.
—He venido con Harrison Ashford.
—Ese nombre me suena. —Me miró con ojos entornados—. ¿Es de la Paramount? ¿Un guionista?
Me reí de él.
—No, es el presidente de Ashford Jets. Seguro que has oído hablar de ellos.
Su expresión se contrajo, que era justo la reacción que había esperado.
—Ah, ya. ¿Estáis juntos, o es por trabajo?
Le dediqué una sonrisa traviesa y me encogí de hombros. Justo entonces, Harrison apareció a mi lado con un vaso de licor y una copa de champán en la que había un bastoncito decorado con una pegatina de Scarlet Rush.
—He pensado que te apetecería esto —dijo al entregarme la copa, con los ojos clavados en mí.