Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 13 Harrison #2
45%

13 Harrison #2

Mi madre se moría, y se desesperaba al pensar en todas las cosas que se perdería, como ver a sus hijos asentados y felices.

En aquella época, mi relación con Miranda era bastante reciente, y ella me había apoyado de un modo increíble después del diagnóstico de mi madre, de modo que las cosas se pusieron serias muy rápido.

Creí que podría tener un futuro con ella, y había sabido que la boda haría feliz a mi madre, pero…

Al volver la vista atrás, eso no era una razón ni remotamente suficiente como para casarse.

No era de extrañar que nuestra unión hubiera fracasado.

El divorcio duró más tiempo que la fase funcional del matrimonio.

—En cualquier caso, he aprendido la lección —continuó Gwen—. He sido demasiado confiada. A partir de ahora… —Fingió cerrar su corazón con una llave y tirarla por encima del hombro.

Comprendía cómo había llegado a ese punto y, siendo sincero, después del desastre de mi divorcio, yo me sentía igual. Pero el que Gwen hiciera voto de proteger su corazón me había dejado… ¿Melancólico? ¿Enfadado? No sabía definir lo que sentía, solo sabía que no me gustaba.

Cuando sonó mi teléfono, mi reacción inmediata fue ponerme tenso. Una llamada después de las diez solía significar que algo iba mal. Gwen me miró preocupada.

—Es mi amigo Kevin —expliqué—. Discúlpame un momento.

Entré en el dormitorio para tener algo de intimidad mientras hablaba.

—¿Va todo bien? —pregunté.

—Hola, sí, estamos bien. Solo necesito consultarte algo. ¿Te pillo en mal momento?

Se escuchó un sonido de fondo, como si hubiera apartado el teléfono para mirar la hora.

No pude evitar poner los ojos en blanco.

Cuando se trataba de apoyar a la gente que le importaba, Kevin era el hombre más digno de confianza del mundo, pero en lo referente a ser consciente de la hora… . Eso no se le daba muy bien.

—Mierda, allí es muy tarde, ¿no? —preguntó un momento después—. Lo siento, ¿hablamos mañana?

—No, ahora va bien. Cuéntalo.

La tensión en su voz delataba que algo iba mal. Miré por la ventana al ajetreo de la ciudad, que no había cesado, a pesar de lo tarde que era.

—Estoy empezando a asimilar la realidad, tío —dijo Kevin—.

Sí, me hace ilusión tener un bebé, pero, a ver…

Eso es algo muy serio. Syd y yo hemos estado haciendo cálculos, hemos mirado la cobertura de nuestro seguro, y no nos salen las cuentas.

La cuestión es que no tengo el número de alumnos que necesitaré para llegar a fin de mes cuando seamos tres, en lugar de solo dos.

—Un momento —dije—. No estarás pensando en cerrar, ¿no?

La escuela de vuelo de Kevin no era una gran empresa, pero los pilotos que estudiaban con él terminaban más cualificados que la media. Era un instructor increíble, tan conocedor de los aspectos técnicos como dotado para gestionar personalidades.

—Creo que debería hacerlo —suspiró—, pero ya sabes lo que la escuela significa para mí.

No, lo que estoy pensando es en aceptar un trabajo a tiempo parcial cargando equipajes en el aeropuerto, además de enseñar.

Jerry ya me ha dicho que me contratará en cuanto se lo pida.

No paga mucho, pero es un trabajo fijo y, si echo horas suficientes, debería conseguir lo que nos falta. Quería que me dieras tu opinión.

—¿Y cuántas horas serían suficientes? —pregunté, frunciendo el ceño aún más al escucharlo—.

Tío, sabes que eso no tiene ningún sentido, ¿no?

Trabajando horas adicionales, tendrás suerte si encuentras tiempo para dormir, y mucho menos para estar con Sydney y el bebé.

¿Es eso lo que quieres de verdad? ¿Dedicarte a procurarles lo que necesiten, pero no estar presente?

Kevin soltó una fuerte exhalación.

—No, por supuesto que no es lo que quiero, pero ¿qué otra opción tengo? Los niños cuestan mucho dinero, y quiero que Syd y el bebé tengan lo mejor de todo. Pero con nuestra birria de seguro, eso significa que tendremos que pagar mucho por nuestra cuenta.

No estaba dispuesto a dejar que mi mejor amigo tuviera dificultades para mantener a su familia. Hacía años que me rondaba una idea por la cabeza, pero no se lo había dicho porque sabía que lo rechazaría. Sin embargo, ahora las cosas eran diferentes.

—Ven a trabajar a Ashford.

Kevin soltó un largo suspiro.

—No me tienes que contratar por compasión, colega.

—Calla —le ordené—. Sabes que eres el único piloto del que me fío. Además, no te estoy pidiendo un compromiso vitalicio. Cierra la escuela de vuelo temporalmente y pilota para Ashford hasta que las cosas se resuelvan.

En el fondo, sabía que, una vez que empezara a volar para Ashford, la escuela ya no sería una opción.

Se había esforzado mucho para construir la vida que quería, y ahora todo se estaba viniendo abajo.

Pero ¿no era así como funcionaban las cosas?

El amor siempre exigía demasiado de la gente, y requería hacer sacrificios.

Pero yo me ocuparía de él y me aseguraría de que, al menos, pudiera seguir adelante en condiciones.

—Lo digo en serio —continué—. Sabes que es la decisión correcta. Tendrás un seguro de salud completo desde el primer día, y participación en los beneficios de la empresa. Todos tus problemas desaparecerán.

Los dos obviamos lo que tendría que renunciar para conseguirlo. Cuando le conté el salario que pagábamos, la línea se quedó en silencio durante, al menos, diez segundos. Por fin, habló como si se hubiera quedado sin aliento.

—Eso es… Vaya. Eso es muy generoso por tu parte. Sé que no debería ni pensarlo. Es que… —Volvió a suspirar—. Te lo agradezco mucho, tío, de verdad. Hablaré con Syd.

Parecía resignado. La decisión era la correcta, pero el coste era muy alto.

—En cuanto me confirmes que estás de acuerdo, lo haremos —le aseguré—. Estarás listo para empezar en menos de veinticuatro horas.

—Gracias. Te diré algo cuanto antes.

Después de colgar, me quedé mirando el brillante panorama de la ciudad. ¿Por qué me sentía tan incómodo por proporcionar a mi amigo una solución a su problema?

Desde la otra habitación se escuchó la sintonía de After Dark, y recordé que yo también tenía mis propios problemas a los que enfrentarme. Volví a donde esperaba Gwen.

—¿Estás bien?

La expresión sincera de su cara me llegó al alma.

Normalmente, era yo quien solucionaba los problemas, la persona a la que consultaban los demás cuando necesitaban consejo.

Un ejemplo era la llamada con Kevin. Me resultaba un poco raro estar en el otro lado de la ecuación y que alguien se preocupara de verdad por mí.

Era raro, pero agradable. Muy agradable.

—Sí, solo estaba hablando de unas cosas con un amigo. —Señalé a la televisión—. ¿Qué tal ha sido el monólogo inicial?

—Muy divertido —respondió ella—. Se ha metido un poco contigo, pero solo está preparando el terreno para tu entrevista. Tu gran proceso de redención.

Se había pasado de la silla giratoria al sofá para ver mejor la televisión y, por la forma en que estaban situados los asientos, no tuve más opción que sentarme junto a ella.

Cuando me acomodé, me fijé en que ella se apretó contra el brazo del sofá, como si no quisiera estar demasiado cerca de mí.

Pero no importaba. A pesar de la hora, de que llevaba la cremallera del vestido a medio bajar y que nos habíamos bebido una botella de vino, Gwen y yo solo éramos compañeros de trabajo.

Lo único que debía hacer era seguir recordándolo todo el tiempo.