Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 13 Harrison
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HARRISON

—Creo que nos lo merecíamos —dijo Gwen, dejándose caer en uno de los sillones en mi suite del hotel, con los ojos entrecerrados.

—Estoy de acuerdo. Y ahora quiero más.

Los dos miramos los restos del volcán de chocolate que habíamos pedido al servicio de habitaciones.

Yo no era muy aficionado a los postres, pero Gwen siempre me instaba a hacer cosas poco habituales, como invitar a cenar en mi habitación a una empleada a la que estaba tratando de evitar meter mano.

Los dos habíamos decidido que no teníamos ganas de ponernos a buscar un restaurante en Manhattan para cenar.

La grabación de After Dark había supuesto la clase de éxito que merecía una celebración, pero debí haber buscado otra forma de hacerlo.

Cenar en mi suite resultaba demasiado íntimo, demasiado real.

Y también se parecía demasiado a las noches que habíamos pasado en Aspen.

Durante aquella semana mágica, habíamos probado varios postres en la cama, cuando no estábamos haciendo el amor.

Yo hasta había lamido chocolate fundido de sus pezones.

Noté que se me ponía dura al recordarlo. Oye, cálmate, chaval.

—La proporción entre el bizcocho y el relleno era perfecta —dijo Gwen, haciendo un gesto con la cabeza hacia el postre—. A mí siempre me sale más seca.

—Un momento, ¿tú haces repostería? —pregunté.

Me encantaba desentrañar el misterio que era Gwen Ackland.

—Pues claro que sí. Y se me da la mar de bien. —Hizo una pausa—. Bueno, o se me daría bien si tuviera una cocina en condiciones.

—¿Qué le pasa a tu cocina? —pregunté, mientras intentaba ignorar la forma distraída en que se estaba acariciando una pantorrilla.

—Digamos tan solo que vivo donde vivo por el ambiente, no por el piso. Nuestra cocina es un asco: la placa funciona mal, la nevera está loca y apenas hay espacio en las encimeras. Pero me apaño como puedo.

—Parece que ese es tu estado habitual.

—Ay, gracias, jefe —me sonrió—. Otro cumplido a medias. ¡Aceptado!

—Es un cumplido entero —le aseguré—. Y en voz alta.

Después de los milagros que has obrado esta semana, estoy dispuesto a cantar tus alabanzas desde la azotea de este hotel.

Si no me destrozan al editar el programa, cosa que no creo que hagan, la entrevista en After Dark ha sido una aparición triunfante para mí. —Hice una pausa—. No, para nosotros.

Gwen dio la vuelta a su teléfono.

—Empieza en diez minutos. ¿Me da tiempo de ir a mi habitación a cambiarme? Este vestido es muy incómodo. La cremallera parece hecha de alambre de espino.

—Considerando que tienes que bajar tres pisos, dudo que te dé tiempo de ir y volver tan rápido. Pero yo no soy el primer invitado del programa, así que, si no te importa perderte a Claire Deegan, vas bien.

—No, no pienso perderme ni un segundo. —Se llevó un brazo a la espalda para alcanzar la cremallera—. Si pudiera… al menos… bajarla un poco.

Me acerqué a ella.

—Permíteme.

Ella me lanzó una mirada inquisitiva, pero se apartó el pelo de la nuca. Incluso aquel gesto tan sencillo fue suficiente para hacerme pensar en la preciosa piel de su espalda, que una vez había cubierto de besos. No debía haber dejado ni un milímetro de su cuerpo sin explorar.

Le bajé la cremallera, y me acerqué un poco para mirar la parte posterior de su cuello.

—Esta parte está muy enrojecida.

Antes de poder contenerme, había presionado los pulgares contra las marcas de su piel, en un intento de calmar la irritación.

Por supuesto, no iba a hacerla desaparecer con solo tocarla, pero, al hacerlo, me di cuenta de lo tensos que tenía los músculos del cuello.

Bajé la cremallera justo hasta donde empezaba la tela del sujetador, y comencé a masajearle los hombros.

—Uff —dijo ella con suavidad, arqueando un poco la espalda.

—¿Te duele?

Me detuve, pero ella rio un poco.

—No, ¡es increíble! Puede que te contrate como masajista.

Me permití deslizar las manos por sus hombros, e hice un esfuerzo sobrehumano para no continuar más abajo.

—Mmm —murmuró Gwen, inclinando la cabeza hacia delante.

Había oído ese murmullo satisfecho antes, y sabía cómo hacerle emitir sonidos aún más fuertes.

Al recordarla gritando mi nombre, mi polla presionó contra mis pantalones.

¿Por qué cojones me estaba torturando de ese modo?

Tocarla como lo hacía en ese momento hacía mucho más difícil resistir la tentación de tocarla de otros modos.

Por fin, conseguí apartar mis manos de ella, y me alejé para servirme una copa.

—¿Un whisky?

Gwen parecía sonrojada. Sacudió la cabeza.

—Estoy bien.

Sí que lo estaba, y eso suponía un problema enorme.

Encendí otra lámpara de camino al bar, como si una iluminación más intensa fuera a impedirme tener pensamientos impuros sobre ella.

Pero no fue así, porque también habíamos hecho el amor bajo la ventana en Aspen, con nuestros cuerpos bañados por el sol de la mañana.

En la televisión, las noticias dieron paso a la información deportiva, lo que indicaba que pronto acabaría la transmisión. Gwen soltó un chillido y dio unas palmadas al escuchar algo que dijo el presentador, y yo me senté en el sofá, a una distancia razonable de ella, para prestar atención.

Ella señaló la pantalla.

—Mi padre jugaba en los Twins, ¡y hoy han ganado!

—¿Tu padre era jugador profesional? Eso sí que es impresionante —dije—. No tenía ni idea, la verdad es que no sigo los deportes.

—No tienes tiempo, lo pillo —respondió ella, sin dejar de mirar la pantalla—.

Lleva siglos retirado, así que, salvo que te interesen los resultados de hace treinta años, no esperaba que reconocieras su nombre.

En la ciudad, aún sigue siendo famoso, y siempre que puede, aprovecha para recordar sus días de gloria en el restaurante que ha montado, Sluggers.

Es un sitio agradable, y los aros de cebolla están buenísimos.

—Bueno, la próxima vez que tenga que ir por negocios a… —Hice un gesto para que ella completara la información.

—Mineápolis.

—Mineápolis —repetí—. Me pasaré por Sluggers. Me encantan los aros de cebolla. ¿Los hacen rebozados o empanados?

—Rebozados, por supuesto —respondió ella con una mueca.

—Me alegro. Era una prueba —sonreí.

Un anuncio sobre una serie policiaca interrumpió las noticias, y Gwen soltó un gemido.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿No te gustan las series de policías?

—No me gusta ese policía en concreto. —Apuntó a la pantalla, señalando con una mueca a un tío atractivo que sacaba una pistola con exceso de dramatismo—. Ben Simon. Se podría decir que sé de primera mano que, bueno, no es un hombre de palabra.

—¿Es como en una de esas novelas románticas antiguas? —pregunté con un resoplido—. ¿Se negó a sacarte a bailar, o se escandalizó al ver tu tobillo desnudo?

Ella frunció el ceño y me lanzó una mirada suspicaz.

—Intentaba ser discreta, pero supongo que ya es demasiado tarde, después de todo lo que os he contado a Scarlet y a ti sobre Ian.

—Un momento —empecé extrañado—. ¿Estás diciendo que Ben es otro de tus…?

—¿Otro de mis ex? —Me sonrió burlona—. Bueno, sí y no.

Empezó siendo mi cliente. —Jugueteó con el dobladillo de su vestido, para evitar mi mirada—.

Esto ocurrió hace diez años, cuando acababa de empezar a trabajar.

Estaba totalmente dedicada a ayudarle con su crisis de relaciones públicas, ¿sabes?

Quería demostrar de lo que era capaz, pero puede que me implicara demasiado.

Y él era… encantador, muy guapo y estaba agradecido por mi ayuda, así que empezó a parecer que había algo más entre nosotros.

No fue muy lejos. Más que nada, tonteábamos mucho.

Puede que me besara una o dos veces. Los mensajes de texto se volvieron muy… intensos, se podría decir así.

—¿Y qué pasó? —pregunté, esforzándome por usar un tono normal y no poner mala cara al pensar en ella con aquel actor guaperas.

—Él fue lo que pasó —dijo ella con un bufido—. Resulta que tenía novia. Me había contado que habían roto, pero en realidad, ella estaba en Bali rodando una película. Cuando me enteré de que seguían juntos, comprendí que me había estado utilizando todo ese tiempo.

—Qué idiota —dije.

Ella se sonrojó.

—Desde luego, no fue lo más inteligente que hice, pero…

Mierda, me había entendido mal.

—No, no me refería a ti. Él es el idiota. Tuvo una oportunidad contigo, ¿y la perdió para seguir con una actriz cualquiera?

—No es una actriz cualquiera. Su novia es Kate Caruthers.

—Venga ya —protesté—. Sí, es guapa, pero da la impresión de que no hay nada más. En cambio, tú lo tienes todo.

Se me había escapado, y las mejillas de Gwen enrojecieron.

—Quiero decir que tú no eres solo una cara bonita.

Maldita sea, lo estaba empeorando aún más. Grace me dedicó una amplia sonrisa.

—¿Gracias?

—El problema son los hombres que te gustan —espeté—. Parece que te atraen los capullos.

Ella soltó una carcajada.

—Ah, ¿eso crees? Pues usted es uno de ellos, señor mío.

Hice una pausa. Tenía razón.

—Por favor. Yo no tengo nada en común con Ben, ni con Ian —insistí—. Yo soy la excepción.

—Eh, no te precipites —protestó ella—. De hecho, hay algunos parecidos.

Ellos son muy atractivos, y… —Dejó la frase sin terminar, y señaló mi cuerpo de arriba abajo, como si hiciera constar algo evidente—.

Y los dos son muy buenos en lo suyo, lo que también es evidente en tu caso.

Pero no tengo mucha información sobre tu vida amorosa en la que basarme, y tampoco es que tú y yo tuviéramos una relación.

No sé si eres posesivo como Ian, o de los que abruman con gestos amorosos como Ben.

Yo no había sido posesivo nunca, porque tampoco me había implicado demasiado en ninguna relación, ni siquiera en mi matrimonio. Miranda y yo habíamos llegado al altar, pero yo no le había pedido matrimonio por amor, sino por obligación, aunque en aquella época no había sido consciente de ello.