12 Harrison
HARRISON
Gwen no dejó de hablar a toda velocidad mientras esperábamos en una antesala antes del programa, como si ella también sintiera pánico escénico por solidaridad conmigo.
Yo no me ponía nervioso antes de mis apariciones en público, pero su tensión estaba empezando a estresarme.
Sabía que, en parte, se debía a la sensación de culpabilidad por su implicación accidental en todo aquel asunto.
Habíamos tenido una conversación muy tensa cuando se marchó Scarlet, y yo había estallado contra ella de un modo irracional.
¿Lo había hecho porque ella hubiera contribuido a estropear un plan cuidadosamente trazado, o porque no me había gustado oírla hablar de su ex?
No podía permitirme analizar aquella cuestión en profundidad, sería inútil.
Después de todo, cuando me paré a pensarlo con calma, comprendí que ella no había hecho nada malo.
Gwen no podía saber que Ian estaba trabajando para Scarlet en ese momento, ni que le guardaba ese nivel de rencor.
No tenía sentido culparla a ella por las decisiones de un ex celoso.
Además, me iría mejor si no pensaba en su pasado romántico. Bastante me costaba ya evitar pensar en el pasado que habíamos compartido nosotros, pero Gwen ya no era la mujer que me había vuelto loco en Aspen. Ahora era mi empleada, y nada más.
Aunque mi polla siguiera negándose a admitirlo.
¿Por qué tenía que llevar un vestido que mostraba el muslo cada vez que cruzaba las piernas? ¿Acaso no tenía pantalones?
Gwen levantó la vista del teléfono.
—Vale, esto es un alivio. Acaban de llegar Scarlet y compañía.
Su inquietud resultaba encantadora.
—Todo irá bien, deja de preocuparte.
—Preocuparme es el sesenta por ciento de lo que me pagas por hacer. Es lo que me mantiene alerta, y lo que te mantiene a ti a salvo. Scarlet dijo que tenía una sorpresa, y eso no me hace gracia. Prefiero conocer hasta el último detalle de una entrevista como esta.
En ese momento escuchamos un golpe en la puerta, que se abrió al mismo tiempo.
—Hola, gente. ¿Va todo bien por aquí?
Hasta ahora, habían pasado por allí dos asistentes de producción, además del responsable de sonido para ponerme el micrófono, pero esta vez fue el mismo anfitrión quien nos honró con una visita previa a la entrevista.
De todos los presentadores de programas nocturnos, Ryan era el que me parecía menos atacante. No hacía parodias absurdas ni cantaba canciones tontas. Mantenía el enfoque en sus invitados y utilizaba su ingenioso descaro australiano para mantenerlos alerta.
—Solo quería entrar a saludaros un momento. ¿Todo bien? ¿Preparados para la redención? —Ryan se frotó las manos con alegría.
No me sorprendía que estuviera contento. Lo ocurrido la noche anterior había hecho que se hablara de él en todas las redes sociales, así que ahora estaba a punto de tener una segunda noche de muchísima audiencia, gracias a mí.
—Hola, Ryan —respondió Gwen con animación—. Estamos muy bien, gracias. Superemocionados por la entrevista. ¿Verdad, Harrison?
Sonaba como la madre de un niño prodigio, pero yo no necesitaba que me diera ánimos. Por una vez, me alegraba de ponerme delante de una cámara para poder aclarar las cosas y olvidarme de toda aquella pesadilla de una vez.
—Y tanto, Gwen —dije, con una sonrisa cálida que Denise me había hecho practicar durante más de una hora en una ocasión, justo antes de una entrevista importante.
No me gustaba sonreír cuando me lo pedían, como si fuera una foca amaestrada sosteniendo una pelota sobre la nariz, pero era una herramienta que sabía utilizar cuando la situación lo requería—. Creo que va a ser una noche estupenda.
—¡Perfecto! —exclamó Ryan—. Eso es lo que me gusta oír. Nos vemos ahí fuera.
Como ocurría siempre con las entrevistas televisivas, un momento nos encontrábamos esperando entre bastidores sin hacer nada, para, a continuación, ser conducidos a toda prisa al lugar desde el que saldría al escenario.
—Un momento, déjame hacer una comprobación rápida —dijo Gwen.
Se puso de puntillas y me miró la cara. Estaba tan concentrada en asegurarse de que no tuviera nada en la nariz o en los dientes, que no pareció darse cuenta de que su cara estaba tan solo a unos centímetros de la mía.
Al tenerla tan cerca, bajo la luz tenue, pareció que estábamos a punto de besarnos. Y eso no habría estado nada mal.
—Vaya, los de maquillaje no te han difuminado bien —murmuró por lo bajo.
Deslizó los dedos por el lateral de mi cara y tuve que contener un estremecimiento a su contacto. Ella sonrió para sí mientras frotaba mi mandíbula una y otra vez. Aunque estaba centrada en arreglar lo que fuera, yo solo podía pensar en lo íntimo de su contacto.
—¡Ya! Perfecto. Estás increíble —me sonrió—. Tú puedes.
¿Puedo tenerte? Porque eso es lo que me gustaría.
Pero no, claro. Por supuesto que no la tenía a ella. Y, si me quedaba algo de sentido común, olvidaría esa idea de una vez por todas.
—Lo sé —solté, haciendo que se encogiera un poco ante mi tono cortante—. Perdona, solo son los nervios previos al espectáculo —aclaré enseguida.
Pero no eran nervios. Tenía que admitir de una vez que no conseguía superar la atracción que sentía hacia esa mujer. Sin embargo, enamorarme de Gwen no era una opción.
—Señor Ashford, pase por aquí, por favor —dijo una mujer provista de unos auriculares, que agitó su portapapeles como un controlador aéreo—. Lo necesitamos junto al escenario ya mismo.
Miré a Gwen, que parecía no atreverse a desearme suerte.
—Gracias —le dije, antes de seguir a aquella mujer—, por ayudarme a llegar hasta aquí. Te agradezco todo lo que has hecho.
Ella se relajó un poco y me dedicó una sonrisa sincera.
—¡Trabajo en equipo! Ahora, haz que me sienta orgullosa.
Sus palabras me hicieron pensar. Sí, muy en el fondo, más allá de mis preocupaciones por el valor para los accionistas y salvar mi reputación, quería que esa pequeña fuerza de la naturaleza se sintiera orgullosa de mí. Enderecé los hombros y me preparé para dar la mejor representación de mi vida.
—Gracias, Gwen.
Esperé entre bastidores mientras Ryan hacía su presentación y, antes incluso de que dijera mi nombre, me indicaron que saliera al escenario.
Por lo general, cuando los invitados salían al plató por la gran puerta roja, el público vitoreaba como loco, animados por las señales luminosas de aplauso distribuidas por el estudio.
Sin embargo, a mí solo me recibieron unos cuantos aplausos desganados, y hubiera jurado que oí a alguien abuchearme. En fin, esa era la recepción que había esperado.
Activé todo mi encanto y me dirigí hacia Ryan con una sonrisa. Él me dio una palmada en la espalda, como si fuéramos viejos amigos, y empezamos.
Ryan me dio la oportunidad de contar mi versión de lo ocurrido en el desafortunado viaje de Scarlet con Ashford Jets.
Por supuesto, tuve mucho cuidado de no culpar a su equipo por hacerla llegar tarde respecto de la hora de su reserva, y luego pasé a contar todo lo que me sentí cómodo revelando sobre lo ocurrido con el periodista ante el juzgado.
Mientras hablaba, observé las reacciones del público y pude notar cómo iban cambiando de opinión.
Las expresiones de enfado se relajaron y la gente hasta se rio con mis intentos de burlarme de mí mismo.
Podía ver a Gwen entre bastidores, con las manos apretadas bajo la barbilla, asintiendo, sonriendo y acompañándome a cada paso.
Lo estaba clavando, pero aún quedaba una última revelación que hacer cuando Scarlet se uniera a mí en el escenario.
—Y bien, ¿qué os parece si recibimos a la mujer del momento? —propuso Ryan—. ¿Qué decís?
Como era de esperar, se produjo un gran alboroto entre el público. La banda de música empezó a tocar una canción que reconocí como una de su último disco porque, por supuesto, me lo había estudiado, y Scarlet salió al escenario, saludando al público con las dos manos.
Gwen me había explicado que la ropa que se ponía transmitía su estado de ánimo, así que me alegré de ver que Scarlet llevaba un vestido amarillo muy alegre.
Como estaba previsto, Ryan me entregó otro ramo de rosas que sacó de debajo de su mesa y yo se las entregué a Scarlet, quien las recibió con una sonrisa al aceptarlas.
Nos acomodamos los dos en el sofá.
—Bueno, qué bonito es esto, ¿no? —Ryan nos sonreía de oreja a oreja—. Harrison, creo que tienes otra cosa más para Scarlet, ¿correcto?
—Así es —asentí, mientras ella abría mucho los ojos—.
Scarlet, anoche dijiste que necesitabas de mí algo más que simples palabras para demostrar cuánto lo lamento, y tienes toda la razón.
A los dos nos encantan los animales, y sé lo importante que es tu obra benéfica de rescate de perros, por lo que voy a donar cincuenta mil dólares a su favor.
El público se volvió loco una vez más.
—Un momento, un momento —intervino Ryan para calmar los ánimos—. Aún hay más.
—Lo hay —confirmé—. Es muy fácil resolver un problema con dinero, pero yo quiero demostraros, a ti y a todos los Rushies, que estoy decidido a arreglar las cosas.
Por ese motivo, Ashford Jets va a colaborar con el centro de acogida Casa Permanente de Scarlet Rush para organizar un evento de adopción en Los Ángeles dentro de dos semanas.
Se escuchó otra ovación entre el público.
—Y no solo eso: me haré cargo de todos los costes de cada adopción realizada durante el evento.
Los aplausos enloquecieron aún más, y los ojos de Scarlet se llenaron de lágrimas.
—¿En serio? —preguntó, poniéndome una mano en el brazo.
—Del todo. Sé que no podrás asistir porque estarás de gira, pero te prometo que yo estaré allí para ayudar en todo lo que pueda. Pienso implicarme en persona.
Lancé una mirada rápida a donde estaba Gwen, y ella levantó los brazos en gesto triunfante.
—Oh, Dios mío, eso es fantástico —dijo Scarlet, secándose las lágrimas—. ¡Muchas gracias!
Se inclinó y me dio un abrazo por encima del enorme ramo de flores.
—Bueno, yo también tengo una sorpresa para ti —dijo Scarlet, que aún se estaba secando las últimas lágrimas—. Yo suelo acoger a unos cuantos perros cada año y, el que tengo ahora… ¿Podéis enseñar una foto suya?
Miró a su alrededor para buscar una pantalla, y los demás nos volvimos a mirar también cuando mostraron en ella la foto del perro.
—Oh, vaya —murmuré al verlo—. Qué buen chico.
Era un bulldog rechoncho y negro, con una cabeza ancha, patas desproporcionadamente cortas, un montón de arrugas en la frente y un mechón de pelo gris en la cara. El público emitió murmullos de aprobación.
—¿Verdad que sí? —rio Scarlet—. Vino de un centro de acogida de Alabama.
Tiene cinco años y llevaba allí ocho meses, así que pensamos que ya era hora de cambiar la historia de esta preciosidad.
La gente no suele adoptar perros negros, y bulldogs, aún menos.
¡Pero no mientras yo esté aquí! Se quedará conmigo hasta que encontremos un final feliz para él.
—¡Un perro con suerte! ¿Cómo se llama? —preguntó Ryan.
Scarlet me miró y sonrió.
—Ahora mismo se llama Giblet pero, si a Harrison le parece bien, me gustaría cambiarle el nombre a… Ashford.
No podía haber elegido un gesto mejor para hacer las paces. Poner mi nombre a su perro adoptado era una señal de tregua definitiva. Noté un nudo en la garganta al pensar en un perrito solitario que ahora tendría una oportunidad para empezar de nuevo.
—Bueno, Harrison. —Ryan se volvió hacia mí—. ¿Qué opinas? ¿Merece ese perro llevar el nombre de Ashford?
Sonreí a la enorme foto que había en la pantalla detrás de nosotros.
—No solo lo merece, sino que ahora es de la familia. Yo me ocuparé de sus gastos de veterinario durante el resto de su vida.
—Vaya, ese sí que es un perro con suerte —rio Ryan—. Muy bien, gente, ya lo habéis oído. ¡Ya podéis presentar vuestras solicitudes para adoptar al auténtico e incomparable Ashford!
El público rompió a aplaudir.
—Tengo una última sorpresa para ti, Harrison —dijo Scarlet cuando cesaron los aplausos—. ¡Te ofrezco dos entradas VIP para mi primer concierto de la gira Love, Scarlet, mañana por la noche en Madison Square Garden! ¿Podrás asistir?
Lancé una mirada de reojo a Gwen, que parecía muy ilusionada, con las manos apretadas bajo la barbilla, como una niña en la mañana de Navidad.
Joder. Una sala VIP a oscuras y tres horas de canciones románticas.
Gwen llevaría un vestido que haría imposible no mirarla.
Cada vez que estaba con ella, necesitaba hacer esfuerzos enormes para contenerme.
Y, ¿ahora iba a tener que estar sentado junto a ella, a oscuras, mientras Scarlet Rush cantaba sobre las segundas oportunidades?
—Me encantará ir —respondí, porque ¿qué otra opción tenía?
El público volvió a vitorear, mientras Ryan ponía fin a la entrevista. Yo salí del escenario y me dirigí a donde estaba Gwen, prácticamente dando saltos de emoción.
—¡Dios mío, Harrison! ¡Va a ser increíble!
Increíble. Claro.
Eso era lo mismo que había pensado sobre Aspen, justo hasta el momento en el que tuve que poner fin a la mejor semana de mi vida.
La noche del concierto iba a ser mucho peor.