11 Gwen
GWEN
Estaba nerviosa, pero por una razón equivocada.
Se suponía que debía centrarme en mi jefe, la auténtica razón por la que me encontraba esperando junto a la puerta de otro salón de un hotel de lujo.
Y sí, bueno, estaba pensando en esa parte de la historia, pero mi mente no dejaba de volver al hecho de que estaba a punto de conocer a la maldita Scarlet Rush. En la vida real.
Estaba haciendo todo lo posible por proyectar una imagen de estratega competente pero, en mi interior, no era más que otra fan chillona.
—Ay, vaya —dije en voz baja al ver a una chica rubia, vestida con tacones altísimos y una falda ajustada, que se acercaba a nosotros por el pasillo.
—¿Quién es esa? —preguntó Harrison.
—Es Willow Grant, la mejor amiga de Scarlet desde que eran pequeñas, que ahora es su publicista. Es muy dura, prepárate.
Le tendí la mano cuando llegó a donde estábamos.
—Hola, Willow, soy Gwen Ackland.
No tuve que explicarle cuál era mi posición en Ashford Jets, porque ya nos habíamos enviado algunos correos electrónicos, y sabía que ella ya me había investigado a fondo. Ella me cogió la mano, me dio un breve apretón y miró a Harrison.
—Ahí está —dijo Willow, sin apenas ocultar su malestar.
Se dieron la mano y yo miré la cara de Harrison con detenimiento. Su sonrisa parecía auténtica.
—Me alegro mucho de conocerte, Willow. Te agradezco muchísimo que hayas organizado esto con tan poco preaviso.
—Scarlet bajará enseguida pero, antes de que llegue, necesitamos repasar los parámetros —dijo Willow sin más rodeos—. Solo tenemos veinte minutos para esta reunión. Y nada de fotos. Gwen, tú y yo estaremos observando, y yo lo grabaré todo.
—Me parece bien —aceptó Harrison con cortesía—. Espero que tengáis tiempo de comer un par de cruasanes antes de marcharos.
—Scarlet no come bollería, ni pan —espetó Willow.
Yo sabía que eso no era cierto, porque había visto sus historias en Instagram y la había visto comer hamburguesas a medianoche.
—También servirán fruta, habrá algo para todo el mundo —repuso él—. En cualquier caso, agradecemos mucho que haya aceptado hacer esto. Tengo muchas ganas de resolver este problema entre nosotros.
Si fuera a poner nota a la actuación de Harrison, ya le habría dado un diez. Parecía afable, relajado y auténtico.
Entonces, sonó su teléfono.
—Disculpadme un momento.
Se alejó para coger la llamada y me dejó solo con Willow.
—Quiero que sepas que lo que pasó anoche no era parte de nuestro plan —explicó, observando a Harrison como un psicólogo de la policía—. Aún estoy enfadada por lo que dijo, pero Scarlet estuvo de acuerdo en seguir el guion y aceptar las flores.
—Sí, fue toda una sorpresa, considerando nuestras conversaciones de paz. —Le dirigí una sonrisa tensa—. Me dio la sensación de que algo había ido mal.
—Ha habido algunos cambios de personal y uno de los nuevos miembros del equipo cree que sabe más que los demás.
Nos contó no sé qué historia de que Ashford ha invertido en esa nueva empresa que clona perros.
¿Te lo imaginas? ¡La clonación es lo peor para el bienestar de los animales!
No tengo ni idea de si Ian tenía información equivocada, o si le guarda rencor a tu jefe.
Solo nos costó cuatro minutos verificar la historia, cosa que él debería haber hecho antes de abrir la boca, pero Scarlet le creyó.
Los animales son su debilidad, y ahora mismo, con la gira, está hasta arriba, así que es más vulnerable de lo normal.
Ahí estaba. El trabajo de Ian. Menudo capullo.
—Dios mío, ¡Harrison nunca haría algo así! Él adora a los animales, tanto que es voluntario en un centro de acogida. ¡Si hasta donó un ala entera a ese lugar!
Ella hizo una pausa y se me quedó mirando.
—¿En serio?
Willow era la clase de mujer que había desarrollado toda su carrera actuando como si nada pudiera sorprenderla.
Pero, de algún modo, yo había conseguido hacerlo.
Claro, que tampoco era que Harrison hubiera hecho pública su relación con el centro de acogida.
Seguramente habría hecho firmar acuerdos de confidencialidad muy estrictos a todos los que trabajaban allí, para ocultar el hecho de que, en el fondo, era un sentimental.
Estaba a punto de contar a Willow por qué Ian había saboteado todo el proceso, cuando noté un cambio en el ambiente. Miré hacia el pasillo, aunque ya sabía lo que pasaba, lo notaba en los huesos.
Scarlet se acercaba a nosotros, rodeada de tres miembros de su equipo.
Gracias a mi trabajo, ya había conocido a mucha gente famosa, incluyendo a varios ídolos de mi adolescencia cuyas fotos habían decorado una vez las paredes de mi dormitorio; pero al ver a Scarlet a unos metros de mí, sentí como si flotara en el aire.
Ella ni siquiera estaba haciendo nada especial, solo estaba andando, pero tenía una presencia que parecía hacer temblar las paredes mientras avanzaba contoneándose hacia nosotros.
Lancé una mirada rápida a su atuendo, porque su ropa siempre delataba su estado de ánimo.
Llevaba una gorra de béisbol negra, hundida hasta los ojos, y su melena rojiza flotaba sobre sus hombros, de modo que, aunque intentara ocultarse bajo la gorra, resultaba inútil.
Llevaba una sudadera negra ancha y corta sobre una camisa blanca, una minifalda de cuadros de Burberry y botas negras hasta la rodilla.
Iba perfecta, por supuesto. Pero ¿qué significaba?
Cuando Scarlet se nos acercó, Willow se interpuso entre ella y yo, en un gesto protector que debía ser habitual.
—Scarlet, esta es Gwen Ackland, del equipo de Ashford. Harrison está hablando por teléfono ahora mismo.
Las dos intercambiaron una mirada de irritación evidente pero, por suerte, Harrison ya se estaba acercando a donde estábamos. Scarlet fijó en mí sus ojos azules, y tuve que tragarme un chillido de emoción.
—Encantada de conocerte. Soy Scarlet —me dijo.
Me desinflé un poco al estrecharle la mano. Su tono era gélido, como si siguiera pensando que Harrison era un clonador de perros sin corazón y, en consecuencia, yo era una desgraciada por trabajar con él.
—Lo lamento mucho —dijo Harrison al unirse a nosotras—. Buenos días, Scarlet, y muchas gracias por venir. No puedo expresar cuánto te agradezco que hayas aceptado reunirte conmigo, y espero que tengamos muchos días soleados por delante.
Esperé que no se me notara la sorpresa al comprender la referencia que había hecho Harrison a una de las primeras canciones de Scarlet, Eres un sol. ¿De dónde había sacado el tiempo para indagar en su catálogo de canciones?
Al menos, la referencia a su canción fue suficiente para que nos dedicara un cuarto de sonrisa.
—Tenemos mucho de qué hablar. Vamos a comer —propuso ella.
Los demás miembros del equipo se quedaron donde estaban, como un coro griego de plañideras susurrantes.
Harrison sujetó la puerta para que pasáramos al salón y, al entrar, nos detuvimos sorprendidos.
De alguna manera, en el tiempo transcurrido entre contar a Harrison el plan, y nuestra llegada al hotel, él se las había apañado para conseguir que alguien llenara el restaurante de rosas amarillas.
—Oh, esto es demasiado —dijo Scarlet con una risilla—. Cielos.
—No estaba seguro de dónde acabó el ramo de anoche, así que quería compensártelo hoy. Y, cuando terminemos aquí, las rosas irán a distintos albergues para mujeres de la ciudad.
—Cielos —repitió ella.
Sí, Harrison había utilizado su dinero para hacer un gran gesto, pero ese parecía diferente.
Me molestaba un poco que no me hubiera consultado antes ese pequeño cambio de planes, pero debía admitir que su instinto había dado en el clavo.
Scarlet estaba claramente impresionada y, además, todo el restaurante olía a rosas, lo que resultaba un detalle agradable.
Harrison y Scarlet se sentaron en una mesa cubierta de una variedad de comidas de desayuno, y Willow y yo nos mantuvimos a unos metros de ellos, como carabinas preocupadas. Me imaginé que, en cierto modo, ese era nuestro papel.
Cuando el camarero salió del restaurante, Harrison se aclaró la garganta y empezó a hablar.
—Scarlet, quería decirte en persona lo mucho que siento lo que dije aquel día en las escaleras del juzgado. No quiero excusar mi comportamiento, admito que fui un imbécil, y que eso ocurre con demasiada frecuencia.
Harrison esbozó una sonrisa tímida, que resultó adorable, y Scarlet no pudo evitar devolvérsela.
—Sin embargo, quiero que sepas que estaba pasando por un momento difícil, y salía del juzgado después de resolver un asunto personal muy doloroso —continuó—.
Cuando aquel periodista me plantó el teléfono en la cara, no reaccioné bien.
Es posible que hubiera maldecido al Dalai Lama y a la madre Teresa si me hubiera preguntado por ellos, pero, en lugar de eso, me preguntó por tus fans y dije cosas crueles. Lamento mucho lo que dije.
—De acuerdo —dijo Scarlet con dulzura, pero a juzgar por sus brazos cruzados y la postura de su espalda, supe que aún no estaba dispuesta a perdonarlo—.
Te lo agradezco. Supongo que yo también te debo una disculpa por lo ocurrido en el programa de anoche.
Pero antes de hacerlo, quiero que me digas algo. ¿Has invertido en FiDeaux?
—¿Fido? —La cara entera de Harrison se contrajo en una mueca de confusión—. ¿Perdona?
Tuve que disimular un ataque de tos, porque no había tenido ocasión de avisar a Harrison del último giro de guion en la saga. Crucé los dedos y esperé que se las apañase para salir del aprieto él solo.
—Me dijeron que habías invertido en esa nueva empresa de clonación de mascotas —respondió Scarlet—. Estoy muy comprometida con el rescate de animales, y no puedo creer que nadie esté dispuesto a pagar miles de dólares para traer a otro animal al mundo. ¿Es eso cierto?
Harrison se inclinó hacia delante y miró a Scarlet con una expresión tan sincera que me preocupó lo que fuera a decir.