10 Harrison
HARRISON
El mejor despertador del mundo era Gwen entre mis piernas, con mi polla en su boca.
Tendí una mano para enredar mis dedos en su pelo, mientras ella prácticamente se me tragaba entero.
Solía recordar el tiempo que pasamos juntos en Aspen cuando me sentía…
excitado, pero la realidad era mucho mejor que mis recuerdos.
Por lo general, podía estallar con solo unos segundos de pensar en ella, y esa mañana no iba a ser una excepción.
Joder, esa lengua. Esos labios.
—Gwen —murmuré.
—Ya es hora —respondió ella.
—Me falta muy poco…
—No, ahora.
Noté que me empujaba un hombro, y abrí un ojo.
Gwen estaba inclinada sobre la cama, vestida, lista para salir y, sin duda, en ese momento no me estaba haciendo la mejor mamada del mundo.
Al comprenderlo, me puse de costado para que no notara mi enorme erección. Con su vestido azul marino, Gwen estaba aún más atractiva que en mi sueño.
—Buenos días. Hoy tenemos un día lleno de cosas que hacer.
Tuve mucho cuidado de no decir: Pues parece que no lo hemos empezado tan bien como yo pensaba. Al menos, su tono era normal, lo que sugería que no se había fijado en mi estado.
—Levántate —continuó—. Las cosas han cambiado, te lo explicaré mientras te vistes.
—¿Debería preocuparme? —Me senté en la cama.
—Tal vez. —Apretó los labios—. No lo sé. Ha habido un problemilla.
Aparté las sábanas, me levanté y me dirigí al baño, esperando moverme lo bastante rápido como para que no notara lo que había más abajo de mi cintura.
—Suéltalo —exigí, mientras ella se apresuraba a seguirme.
El baño de la suite nupcial estaba diseñado para toda clase de entretenimiento con el agua, aunque no podríamos aprovecharlo. Había una gran bañera delante de una ventana con vistas a la ciudad, una ducha con paredes de cristal y cuatro tipos distintos de cabezales, y un baño turco.
—Tenemos que salir hacia Manhattan en hora y media —empezó a decir Gwen, pero se interrumpió en cuanto me dirigí a la ducha—. Un momento, ¡déjame salir antes de desnudarte!
—No hace falta —dije.
Me dirigí a un panel de control y pulsé un interruptor. Las paredes de cristal de la ducha se volvieron opacas al momento. Me quité los calzoncillos y me obligué a relajar mis partes, lo que no resultó fácil, con Gwen a dos palmos al otro lado del cristal.
—Caray, por un momento, había olvidado lo sofisticada que es esta habitación —dijo Gwen, aliviada—.
Vale, esto ayuda. Bien, después de todas mis llamadas y mis investigaciones de anoche, he logrado reconstruir algo de lo ocurrido.
Resulta que la idea de rechazar tu disculpa no ha sido solo de Scarlet.
Me obligué a dar solo un tirón a mi polla mientras me limpiaba.
—Entonces, ¿alguien le está comiendo el coco?
—Un montón de gente, pero parece que hay alguien en especial que va a ser un problema.
Es un tal Ian, de su equipo. Yo he trabajado antes con él, y sé cómo piensa.
Es encantador, la persona más voceras de la reunión y siempre está buscando la forma de manipular las cosas.
Es mala suerte que esté trabajando con ella justo ahora.
Fruncí el ceño, mientras terminaba de ducharme.
—¿Y qué es lo que querría manipular en esta situación? ¿Tiene algún problema conmigo?
—Es complicado, y ahora no tenemos tiempo para los detalles. Lo que necesitas saber es que las cosas han cambiado, y mucho.
—De acuerdo, ¿y qué pinta tienen? ¿Cómo cambia esto nuestros planes?
Cerré el grifo y cogí uno de los dos albornoces colgados a un lado. Abrí la puerta de golpe, lo que le hizo dar un salto.
—¿Y bien? —exigí.
Ella me miró un instante, de un modo que me transportó a la noche en la que nos duchamos juntos. Me pregunté si ella también lo recordaría.
—Hoy comes con Scarlet Rush.
Me quedé de piedra.
—¡No!
—Sí —repuso ella, y se encogió de hombros de un modo que no se parecía en nada a una disculpa—. Tu trabajo es convencerla de que acepte tu disculpa cuando aparezcas esta noche en el programa.
Durante un momento, no pude hacer nada más que quedarme mirándola. Ella resopló un poco.
—Mira, ya sé que suplicar no es exactamente lo que más te gusta del mundo, pero acordamos que, en lo referente a este tema, ibas a tener que tragarte el orgullo, ¿no?
¿Creía que lo que me molestaba era tener que ser agradable? No estaba enfadado, en absoluto. Estaba admirado por el increíble trabajo que Gwen había hecho mientras el resto del mundo dormía.
—La hostia. ¿Cómo lo has conseguido? ¿Y dónde hemos quedado con ella?
—Si se supone que eso es un cumplido, muchas gracias.
—Gwen hizo una ligera reverencia—. Y vamos a quedar con ella en el Four Seasons, donde se aloja.
Por supuesto, no nos lo iba a poner fácil alojándose en un hotel Ashford.
Y, en cuanto a cómo lo he hecho, pues he pedido algunos favores, retorcido unos cuantos brazos, y te he organizado un brunch en un restaurante vacío, para que puedas pedirle a Scarlet que controle a sus fans. Con amabilidad. Y con una sonrisa.
—Caray. —Miré al reloj en una de las mesillas—. Creo que debo darme prisa.
Llegamos al aeropuerto a tiempo, a pesar del tráfico matutino, y Gwen se puso manos a la obra en cuanto estuvimos en el aire. Hasta Dominic se dio cuenta de que no debía molestarla.
—Pregunta de examen: lo más importante de esta reunión es…
—¿Ser agradable? —propuse.
Ella miró al techo con un resoplido.
—Pues claro, pero además de eso. ¿Qué le parece esencial a Scarlet?
—La sinceridad —respondí.
—¡Exacto, eso es! —exclamó Gwen—. Tienes que hacerle creer que sientes mucho lo ocurrido de verdad. —Hizo una pausa—. Pregunta tonta, ¿tú lo lamentas? ¿Lamentas algo de lo que has dicho o hecho?
—Qué eres, ¿mi psicóloga? —le espeté.
—¿Tienes un psicólogo? Creía que preferías los perritos.
—Ya vale, Gwen. Sí, lamento haberme portado como un capullo con Scarlet y sus fans, porque estaba cabreado con un periodista imbécil que me pilló en un mal momento.
Como seguramente habrás notado, tengo mucho temperamento, y reacciono mal cuando alguien me acorrala.
Eso significa que, en ocasiones, hay daños colaterales.
—Harrison —me reprendió ella—. Esas crías no son…
—Vale, vale —la interrumpí—. Prometo no usar expresiones militares con Scarlet Rush. Tienes un guion para mí, ¿no?
—Por Dios, pues claro que lo tengo. Para la reunión con Scarlet, y también para tu entrevista en el programa esta noche. Ya los tienes en tu correo electrónico, que sé que has revisado una docena de veces, pero mis mensajes siguen sin leer.
—¿Has puesto un acuse de recibo en tus mensajes? —exigí.
—Pues claro que sí. ¿Por qué no iba a hacerlo? Estamos a punto de entrar en una reunión que es la clave del plan que me has pagado una cantidad absurda de dinero por preparar. ¿Crees que te voy a dejar escabullirte y no hacer tu parte?
—De acuerdo —respondí.
Busqué su mensaje y leí por encima lo que quería que dijera.
—Esto está bien.
—Sí, lo sé. Por suerte para ti, puedo hacer encajar tu mal humor con el buen rollo de Scarlet para crear un mensaje alineado con tu marca. Esas son las cosas que necesitas decir para poder salir de esta pesadilla.
—Sí, puedo decir todo esto, pero la verdad es que no… —Dejé la frase sin terminar y volví a leer el mensaje.
—No ¿qué? —insistió Gwen.
—No soy conocido por mi encanto —admití—. No estoy seguro de poder decirlo de forma convincente.
Gwen puso los ojos en blanco, como si hubiera dicho algo ridículo.
—Señor mío, está usted alucinando. Sé de buena tinta que, cuando quieres ser encantador, destilas encanto.
Yo misma lo he comprobado, y sé lo que se siente cuando te centras en alguien y le escuchas de verdad.
Cuando estuvimos en Aspen, me hiciste sentir como la mujer más interesante, divertida y guapa del mundo.
Su expresión se enterneció, y eso me llegó al alma. Me mordí la lengua para no admitir que no era mi supuesto encanto lo que le había hecho sentir así. Me había limitado a reaccionar de forma natural cuando estaba ante alguien que era la mujer más interesante, divertida y guapa del mundo.
—Harrison, puedes hacerlo. Sé que no fingirás porque, en el fondo, te preocupa arreglar las cosas con Scarlet y sus fans.
Tienes un buen corazón, muy escondido, pero es enorme.
—Su voz bajó un tono—. Lo he comprobado por mí misma.
Susan no te habría aguantado tantos años si fueras un capullo de verdad.
Además, eres voluntario en un centro de acogida de animales.
Eso ya es ser buena persona de verdad, porque esos sitios son deprimentes de narices.
Quería mirarla, pero no podía. No me abría a mucha gente, pero, durante una semana, aquella mujer tan adorablemente mandona que estaba sentada junto a mí había derribado los muros tras los que me protegía, y me había obligado a vivir de otro modo.
Pero todo eso no fue más que una fantasía, una aventura de vacaciones.
Los dos lo sabíamos. En el mundo real no había tiempo para pasar la mañana en la cama, o cambiar los planes en el último momento para echar otro polvo.
Señalé la pantalla de mi ordenador.
—¿Quieres que me aprenda esto de memoria? Porque puedo hacerlo, no sería un problema.
—No, ¡para nada! —Pareció avergonzada—. Tú solo intenta meterte esas ideas en la cabeza y utilízalas con naturalidad durante la reunión. Puedes hacerlo, Harrison. Vas a estar genial.
Volví a leer el mensaje.
—Sí, bueno, salvo que a ella se le dé muy bien fingir, no creo que pueda seguir enfadada después de escuchar esta obra maestra.
—Ay, gracias —dijo Gwen con timidez—. Entonces, parece que valoras mi trabajo.
—Eh —respondí—. No estarías aquí si no apreciara lo que haces.
Y me refería a todas las formas en las que debía apreciarla, y otras muchas en las que no debía.
Nuestros ojos se encontraron, y nos quedamos callados un instante.
Por mucho que intentara convencerme a mí mismo de lo contrario, Gwen Ackland era irresistible. Cuando hacía gestos dramáticos, lo que ocurría con frecuencia, su vestido se movía, y me revelaba destellos del sujetador negro de encaje que llevaba debajo.
Me había estado engañando a mí mismo si creía que podía ignorar lo que habíamos compartido. Ella empezó a respirar con más rapidez mientras nos seguíamos mirando, hasta que, por fin, apartó los ojos y empezó a teclear con fuerza en su teléfono.
—Creo que necesitamos animar las cosas —dijo—. Un momento…
El avión se llenó del sonido de tambores y platillos. Gwen se puso en pie de un salto y empezó a bailar.
—Es su nueva canción, Mi venganza. Es muy buena.
La miré contonearse delante de mí y crucé las piernas. No tenía ni idea de lo mucho que sus movimientos se parecían a los de un baile erótico privado: los golpes de melena, los brazos en alto, las caderas ondulantes…
—Levántate —ordenó sin dejar de moverse—. El baile es estupendo para relajar la tensión.
—¿No te acuerdas de lo que dije? Yo no bailo.
Gwen giró sobre sí misma.
—Pero solo estamos nosotros. Vamos, no seas tan estirado.
—Tengo trabajo.
Ella siguió bailando, como si no me hubiera escuchado.
Por mucho que intentara negarlo, era justo la clase de situación ridícula que me vendría bien en aquel momento.
Una mujer hermosa que bailaba como si nadie la estuviera mirando, segura de que sus recomendaciones me sacarían de la crisis de relaciones públicas en la que me había metido.
Si alguien podía ayudarme a no sabotearme a mí mismo, esa era Gwen.