Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 9 Gwen #3
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9 Gwen #3

Ella arrugó la nariz y negó con la cabeza, como si le acabaran de ofrecer un ramo de palomas muertas.

Se suponía que debía aceptar las rosas y, después, habría una conversación bienintencionada que anunciaría una sorpresa, la aparición de Harrison en el programa la noche siguiente.

A continuación, la entrevista terminaría en un tono positivo.

Harrison y yo miramos la televisión boquiabiertos, sin poder apartar la vista de aquel desastre.

—Las flores son un gesto bonito —explicó Scarlet—, pero eso es todo. También son fáciles. Si no hay nada más detrás de ellas, el gesto resulta vacío e irrelevante.

Harrison se volvió para mirarme con enfado.

—¡El equipo de Ryan me juró que Scarlet estaba de acuerdo con el plan! Se está saliendo del guion —estallé, señalando la pantalla con impotencia.

—Me encantan las rosas amarillas —continuó Scarlet—. Como a todo el mundo ¿verdad?

El público volvió a vitorear.

—Pero la responsabilidad me gusta mucho más. Puedo ignorar el asunto de la confusión con el vuelo, esas cosas pasan —dijo Scarlet—, pero Harrison Ashford ha atacado a mis fans, y eso no se arregla con solo unas flores bonitas. El dinero no puede comprar mi perdón.

Sabía que Ryan debía estar alucinando con el cambio en el guion, pero, seguramente, también entendería que el rechazo a su disculpa saldría en todas las noticias.

—Bueno, Scarlet, espero que puedas ver nuestro programa mañana por la noche, porque el hombre en cuestión va a estar aquí para defenderse —dijo Ryan.

El público se agitó, y se oyeron algunos abucheos. Harrison se revolvió, incómodo.

—No, no, está muy bien que venga —aclaró Ryan con rapidez—. Estoy seguro de que tendrá mucho que decir, así que espero que todos ustedes vean el programa. Sobre todo tú, Scarlet.

—Supongo que tendré que verlo y escuchar lo que tenga que decir —respondió Scarlet con una bonita sonrisa, y el público aplaudió encantado.

—Mañana por la noche, señores. —Ryan señaló la pantalla con la tarjeta que llevaba en la mano—. ¡La discusión continúa! Scarlet, muchas gracias por venir y ¡mucha suerte con tu gira!

Los dos se abrazaron, mientras comenzaba a sonar la música, antes de pasar a la publicidad. En cuanto empezó el primer anuncio, de un medicamento, apagué la televisión.

—Vaya… —empecé, para llenar el incómodo silencio—. Eso ha sido todo.

Aquella situación, la peor posible, me había revuelto el estómago. Un buen estratega de relaciones públicas habría previsto todas las consecuencias posibles, pero esta había sido tan inesperada que no había creído que ocurriría. Me habría abofeteado por no haber previsto un plan de contingencia.

Me preparé para la bronca que vendría a continuación, pero no podía culpar a Harrison por explotar en aquel momento, porque lo que acaba de ocurrir era una pesadilla para nuestras relaciones públicas. Casi podía oír a los de McPherson riéndose de mí desde la otra punta del país.

Harrison no dijo nada, pero me fijé en que tenía la mandíbula apretada.

—¿Estás bien? —pregunté con precaución.

—He estado mejor.

Respondió con más calma de lo que había esperado, pero notaba su ira justo ahí, bajo la superficie. Debía controlar los daños.

—No pasará nada —empecé, con la esperanza de que, cuando terminara mi discurso, yo misma lo creería también—.

Sí, bueno, no es lo que queríamos que ocurriera, pero eso es lo que ha pasado.

Aún tienes una oportunidad fantástica para explicar tu punto de vista mañana por la noche.

Y, oye, la prensa va a dar prioridad a tu historia, así que tendrás mucha más gente pendiente de ti a los que demostrar quién eres en realidad.

No es lo ideal, pero aún puedes dar la vuelta a la historia. Podemos hacerlo. Yo estaré a tu lado.

Él se dejó caer contra el respaldo del sofá y se frotó los ojos.

—No consigo entender por qué lo ha hecho. ¿Me guarda rencor por algo que no sabemos? ¡No tiene ningún sentido!

No quise añadir leña al fuego pero, a decir verdad, Harrison tenía razón. Yo tampoco entendía por qué se había desviado del guion que habíamos acordado.

—No estoy segura, y eso me preocupa —respondí—. Tendré que indagar un poco porque, si hay alguna herida abierta, por mucho que pidamos perdón, no vamos a detener la hemorragia.

—Gracias por comparar mi vida a una carnicería. Eso es lo que parece. —Harrison suspiró—. Hay que ponerse a trabajar. ¿Qué tengo que hacer?

Negué con la cabeza, porque era mi trabajo solucionar aquel problema. Cogí mi teléfono, que se estaba iluminando como un árbol de Navidad.

—Tú no te preocupes, yo me encargo de esto. Digamos tan solo que no me voy a acostar enseguida. Tengo que hablar con los de After Dark, con su equipo y con el nuestro. También tendremos que cambiar tu mensaje.

—¿No hay nada en lo que pueda ayudar?

—Tú ve a descansar. Es a ti a quien van a interrogar a fondo mañana.

—Gwen, no, no puedo…

—Lo digo en serio, yo me encargo. Tú vete a la cama, confía en mí. Uno de los dos debería descansar algo, y no voy a ser yo. Pero, si lo miras por el lado bueno, eso significa que no tenemos que preocuparnos por compartir la cama, después de todo.

Harrison se despegó por fin del sofá y se puso en pie. Antes de marcharse, me miró durante un instante, en el que me pareció ver un destello de arrepentimiento en sus ojos.