9 Gwen #2
Carraspeé sin querer al imaginar a mi jefe en ropa interior.
A ver, ya lo había visto desnudo en muchas ocasiones.
Había tocado su cuerpo desnudo y conocía la sensación de su piel bajo mis manos, y su sabor al recorrerla con mi lengua.
Eso no lo olvidaría nunca, pero en aquel momento, las reglas eran completamente diferentes.
Había que respetar los límites, aunque pudiera ver la silueta de su fantástica polla a través de la tela ligera de sus pantalones, y supiera la clase de magia que era capaz de hacer.
—¿Qué?
Di un salto al comprender que me había pillado mirándole el paquete.
—Solo estaba… Esto… Pensando en la estrategia —conseguí decir—. El programa empieza en cinco minutos.
Los dos nos dejamos caer en nuestros respectivos sofás, a una distancia segura el uno del otro. En el dormitorio también había una televisión, delante de la cama más suntuosa del mundo, pero era evidente que ninguno de los dos estaba dispuesto a meterse en ella hasta que no quedara otra opción.
Vimos en silencio las entrevistas con otros invitados al programa, antes de que apareciera Scarlet.
Siempre podía deducir cómo había preparado Ryan a cada uno de los famosos antes de sus entrevistas.
Se le daba muy bien dejar que sus invitados se lucieran al contar historias, al parecer improvisadas pero que, en realidad, estaban basadas en un guion.
El público en general no tenía ni idea de cómo funcionaba la maquinaria publicitaria de Hollywood.
Muy poco de lo que se veía en los programas nocturnos de televisión era espontáneo de verdad, pero tenía que parecer natural del todo y sin artificio.
Cuando llegara el gran momento, y Scarlet mirase a la cámara con expresión sorprendida al recibir las rosas, pocas personas se darían cuenta de que toda la escena había sido preparada de antemano.
Ryan anunció la inminente aparición de Scarlet, antes de pasar a publicidad, y yo miré a Harrison.
—¿Todo bien?
—¿Qué te hace pensar que no es así? —Me miró enfurruñado.
—Ay, caramba, solo era una pregunta. Olvídalo.
—Perdona —suspiró él—. Es evidente que estoy bastante tenso, como te puedes imaginar.
Me pregunté si una de las causas de su tensión era que estábamos a punto de compartir una cama de nuevo.
Habíamos comprobado que los dos sofás del salón aportaban mucho estilo pero poca comodidad, y el bar situado entre ellos, detrás de los cojines y reposabrazos, hacía parecer que estaban hechos de metal.
—¡Ahí está! —exclamé, señalando a la televisión—. Oh, Dios mío, ¡está guapísima!
Me mordí la lengua, porque habría podido hablar durante horas de cómo había elegido su atuendo, y lo que significaba cada pliegue y cada lentejuela de su vestido rojo, pero esa noche jugaba en el equipo Ashford.
La nueva canción de Scarlet, Reducción, era perfecta, lo que no me sorprendió. Contuve la respiración cuando cesaron los aplausos al terminar de cantar.
—Este es el momento —dijo Harrison en voz baja—. Allá vamos.
Lo miré de reojo. Estaba sentado en el borde del sofá, con las manos fuertemente apretadas. Los dos estábamos nerviosos.
Ryan se acercó a felicitar a Scarlet y la condujo a los sillones donde se desarrollaría la entrevista. Cuando se sentaron, comenzaron a hablar de su próxima gira, en una conversación que parecía no acabar nunca.
—Vamos, pasad ya a lo que importa —murmuró Harrison.
—Bueno, Scarlet —dijo por fin Ryan, con una sonrisa pícara y una ceja levantada—. ¿Cómo te vas a desplazar de un concierto a otro? ¿Vas a coger algún… avión?
El público soltó un gemido colectivo.
—Mierda —dije en voz baja, porque no se suponía que Ryan fuera a iniciar la conversación con una broma a expensas de Harrison.
—Muy gracioso —sonrió Scarlet de buen humor—. Digamos tan solo que, a partir de ahora, no me perderé ningún evento más. Podemos dejarlo así, ¿vale?
Ryan asintió antes de responder.
—Bueno, yo tengo un mensaje para ti que podría hacerte ver las cosas de otro modo. ¿Podemos traer…? —Se volvió para mirar por encima del hombro cuando un asistente apareció con un enorme ramo de rosas envuelto en papel brillante.
—Oh, Dios mío… —dijo Scarlet, en un tono de sorpresa adecuado—. ¿Qué es esto?
—Bueno, yo solo soy el mensajero —dijo Ryan mientras le entregaba el ramo—. Las flores son de Harrison Ashford, de Ashford Jets. Quiere que sepas lo mucho que lamenta… Esto… Bueno, los acontecimientos recientes.
—Oooh —dijo Scarlet, algo menos sonriente, antes de dirigirse al público—. ¿A alguien le gustaría quedarse estas rosas tan bonitas?
El público vitoreó.
—Espera. ¿Qué? —preguntó Harrison a la televisión, sentándose más erguido.
—No, no, no —murmuré en voz baja.
—Un momento —dijo Ryan con una risa—. Las flores son para ti, Scarlet.