Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 9 Gwen
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GWEN

Harrison estaba al teléfono incluso antes de que Dominic terminara de explicar lo que pasaba.

—Nos tenemos que desviar a causa del mal tiempo —dijo Harrison a la persona a la que había llamado, en un tono bastante estresado—. Pasaremos la noche en Filadelfia. ¿Podrías…?

Se detuvo a escuchar, mientras se frotaba las sienes.

—Estupendo. Te lo agradezco, Drew.

Ah, al parecer, había llamado a su hermano, Andrew Ashford, para aprovechar la red de hoteles que tenía por todo el país.

Dominic nos había dicho que una tormenta inesperada había obligado a cerrar el aeropuerto de LaGuardia, así que pasaríamos la noche en Filadelfia, y volaríamos a Manhattan a primera hora de la mañana.

Harrison terminó la llamada, con expresión irritada.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Hay algún problema?

—¿Quieres decir, además del que nos ha obligado a cambiar nuestra cuidadosa planificación? No, todo va perfectamente —dijo.

—Oye, confía un poco en mí —respondí, devolviéndole una expresión similar—. Me aseguré de incluir algo de margen en el plan. No sé si recuerdas que tú querías presentarte allí tan solo unas horas antes del rodaje.

—Pues sí, porque estar esperando es perder el tiempo —espetó—. Y odio perder el tiempo.

—Pero ¿lo perderíamos de verdad? —pregunté—.

Has estado pegado a ese ordenador durante todo el vuelo, trabajando.

No has perdido ni un instante. Créeme, he estado en demasiadas situaciones traídas por los pelos como para dejar margen de error siempre que puedo.

Muchas gracias, pero no estoy dispuesta a jugármela.

No le había dado opción a réplica, así que permaneció en silencio, sumido en sus pensamientos, hasta que llegamos al hotel Ashford, en el barrio Main Line.

—Este lugar es increíble —me maravillé cuando atravesamos el arco de la entrada y empezamos a sortear la multitud que llenaba el vestíbulo.

Era mi primera vez en un hotel Ashford, y entonces comprendí por qué todo el mundo los consideraba lo más de lo más.

No estaba acostumbrada a un nivel de lujo como aquel, con maceteros de metro ochenta llenos de flores en cada esquina, un pianista en un rincón del vestíbulo y suelo de brillante mármol negro.

—Bienvenido, señor Ashford —nos sonrió el portero cuando entramos, con una ligera inclinación—. ¡Nos alegramos de que haya vuelto!

Él se limitó a hacerle un gesto con la cabeza cuando pasamos junto a él.

—Muchas gracias, Jeremy.

La brusquedad de Harrison me resultó un tanto vergonzosa, así que intenté compensarla.

—¡Hace un tiempo espantoso! Espero que no se haya mojado mucho.

Los dos miramos al otro lado de la puerta de cristal, donde las oleadas de lluvia habían oscurecido el día, aunque solo eran las cuatro.

—Va a seguir así hasta muy tarde. No es el mejor tiempo para aprovechar la vida nocturna de la ciudad —observó Jeremy en tono de disculpa, como si la lluvia fuera culpa suya, de algún modo.

—Eso no será un problema —respondió Harrison por encima del hombro.

Lo miré adentrarse entre la multitud con una mueca.

—Ha sido un día muy largo —me disculpé con Jeremy.

—Lo entiendo —asintió él—. No se preocupe. Regina se ocupará de ustedes. Espero que disfruten de su estancia.

Seguramente, el pobre Jeremy ya estaba acostumbrado a tratar con grandes personalidades y malos modales. Me pregunté si el hermano de Harrison sería también un capullo.

Me reuní con Harrison en el mostrador de recepción para clientes especiales, donde una atractiva mujer de melena oscura le estaba sonriendo, a pesar de su cara de pocos amigos.

—Drew ya se ha ocupado de reservarle una habitación —explicó la mujer, incluyéndome a mí en su expresión sonriente, aunque pareció algo confusa al mirar mis manos—. Esta noche estamos completos, pero ya sabe que su hermano es capaz de mover montañas.

—Sí, algo así —dijo Harrison, sin prestar atención.

Tendió una mano para que le entregara la tarjeta de la habitación, y yo tuve que contenerme para no darle una patada por ser tan desagradable.

—¿Necesita que le acompañemos a su habitación? —preguntó la mujer.

—No, estamos bien —respondió Harrison—. Gracias.

Corrí tras él como un perrito, sorteando la multitud.

—¿Está siempre tan lleno?

—Siempre hay mucha concurrencia, pero esto es excesivo —respondió, sacudiendo la cabeza—. Debe de haber algo especial. Espero que nos hayan puesto en una planta tranquila.

Por el bien de los empleados del hotel, esperé que ese fuera el caso.

Harrison se detuvo un instante cuando entramos en el ascensor.

—Un momento…

—¿Qué?

Apretó la mandíbula y sacudió la cabeza, antes de presionar la tarjeta contra la placa que activaba el ascensor.

El aparato se puso en marcha con tanta suavidad que no habría notado que nos movíamos, de no ser por la pantalla que mostraba el número de los pisos. Me fijé en ella a medida que subíamos.

—¿Estamos en el último piso?

—Eso parece —respondió, con los dientes apretados.

El ascensor se detuvo con un tintineo apenas audible y, cuando salimos, Harrison dejó escapar un suspiro irritado.

—Esto no tiene ninguna gracia.

—¿El qué? —pregunté, mirando a ambos lados del pasillo—. ¿Qué pasa?

Harrison señaló un letrero situado frente a la puerta del ascensor.

—¿La suite nupcial? —pregunté—. ¿Nos han puesto en la suite nupcial?

—Ellos no. Ha sido Drew, por hacer la gracia.

Tragué saliva con dificultad.

—Bueno, tal vez tendrá dos dormitorios, ya que es una suite.

—No los tiene —respondió enfadado, mientras avanzaba por el pasillo—. Esto es lo que faltaba. Muchas gracias, Drew.

Tuve que preguntarme si la idea de compartir la habitación conmigo le resultaba tan repugnante como para reaccionar de ese modo.

¿Tan mala compañera fui cuando estuvimos en Aspen?

¿O lo que le fastidiaba era que su hermano le hubiera gastado una broma?

Fuera lo que fuera, ahora estaba de un humor aún peor.

Deseé poder meterme en la habitación y evitarlo hasta que fuera la hora de ver la aparición de Scarlet en After Dark.

Cuando lo miré, estaba de nuevo al teléfono.

—Hola de nuevo. Ha habido un error con nuestra habitación. Drew nos ha puesto en la suite nupcial para gastarnos una broma, pero necesitamos dos habitaciones separadas.

Mientras escuchaba, vi como su cara se iba poniendo más tensa, su ceño cada vez más fruncido.

—Eso no nos conviene.

El estómago se me retorció al imaginar la erupción de lava que vendría a continuación. Me acerqué y me puse delante de él para obligarle a mirarme.

—No pasa nada, puedo dormir en el sofá —dije.

Sacudió la cabeza y me miró irritado, antes de empezar a andar de un lado a otro.

—No, eso no es aceptable —ladró, y desconectó la llamada.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Había asumido que, al ser de la familia, tendría algún truco en la manga, como llamar a los de informática para que se metieran en el sistema y cancelaran la reserva de algún pobre desgraciado.

—El hotel está lleno porque se celebra no sé qué reunión de ventas de un grupo farmacéutico. No hay más habitaciones, así que no nos queda otra. No me hace ninguna gracia, pero solo es una noche. Podemos acordar no molestarnos demasiado.

Entré en la habitación tras él, conteniéndome para no preguntarle si aún roncaba.

Ese no era el momento de tomarle el pelo, ya estaba demasiado cabreado.

Además, estaba impresionada con las instalaciones.

Yo tenía una imagen mental de cómo sería una suite nupcial, aunque, por lo general, solían tener vistas al mar y habría palmeras en la distancia, pero ese era otro nivel de lujo.

La habitación era, básicamente, como un apartamento muy lujoso, con varias zonas para sentarse, una mesa de comedor para diez, y un baño de mármol con una bañera para morirse.

Y luego estaba el dormitorio.

—Esto, ¿Harrison? —llamé desde la puerta—. Tienes que ver esto.

Por la forma en que se acercó, me di cuenta de que seguía cabreado a más no poder.

—Y ahora, ¿qué pasa?

Me aparté para que pudiera verlo.

—¿Qué demo…? ¡Maldita sea, Drew!

Me alegré de estar detrás de él, porque no podía parar de reír.

Sobre la cama había dos albornoces, dispuestos de forma que parecía que se daban la mano.

Entre ellos había una cesta de regalo con una botella de champán y bombones, además de varios tipos de lociones y geles que parecían muy sugerentes, incluso desde lejos.

—¿Este es el tratamiento habitual? Porque aquí hay… —Hice una pausa para mirar una de las etiquetas con los ojos entornados—. ¿Bálsamo de amor?

—No, es Drew, que es un imbécil —resopló Harrison—. Como mucho, suelen poner unas flores y la botella de champán. Solo me está tomando el pelo.

—Bueno, en cierto modo, es gracioso.

—Y una mierda.

Unas horas más tarde, después de una cena fantástica gracias al servicio de habitaciones, con una vista de la ciudad que me hizo enamorarme de Filadelfia, ya no tuve la sensación de que estuviéramos atrapados. Bueno, sí estábamos atrapados juntos, pero en un lugar increíble.

After Dark no empezaba hasta medianoche. Como ya había aguantado los tacones y la falda durante bastante tiempo, decidí ponerme el pijama para ver el programa. Con buen sentido, había optado por traer un pantalón largo vaporoso y una camiseta de tirantes, en lugar de algo más atrevido.

Harrison entró en el salón donde estaba la televisión más grande, con aspecto de estar listo para hacer ejercicio, vestido con unos pantalones estrechos color gris claro y una camiseta negra ajustada.

—¿Vas a levantar unas pesas antes de que empiece el programa? —le pregunté en broma.

—Qué graciosa. —Me miró con los ojos entornados—. No, he traído esta ropa porque pensé que mañana tendría tiempo de hacer ejercicio, pero es evidente que eso ya no será posible. Suelo dormir solo con los calzoncillos.