Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 8 Gwen #2
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8 Gwen #2

Me volví a mirarlo despacio. ¿De verdad le interesaba saber más de mi vida?

Cuando estuvimos en Aspen nunca hablamos de nuestro pasado, porque preferimos disfrutar de cada momento.

Unos momentos muy sexis, con muy poca ropa, sudorosos y deliciosos.

Los recuerdos me asaltaron y me hicieron enrojecer.

Sábanas revueltas, su boca en mi cuello, sus manos recorriendo mi cuerpo…

Esas mismas manos estaban justo ahí, al alcance de las mías. Eran grandes, con uñas bien cuidadas y unas venas prominentes que demostraban cuánto ejercicio hacía. Me obligué a no pensar en cómo me habían acariciado, cómo podían pasar de fuertes a tiernas en un solo instante.

—¿Gwen?

—¡Sí! —Volví a la realidad con un respingo—. ¿Mi historia? Bueno, empecé en las relaciones públicas nada menos que con Hildy Bartholomew.

Esperé a que pareciera impresionado, pero él se limitó a sacudir la cabeza, con un gesto de disculpa. Bueno, tal vez dejar caer nombres no servía de mucho en una conversación con alguien que no conocía las figuras claves del sector.

—Era una leyenda, créeme —añadí—. Tenía tantos contactos que podía conseguir que el presidente del New York Times le cogiera el teléfono en cualquier momento.

—Impresionante. —Harrison inclinó la cabeza—. Entonces, ¿ella te enseñó todo lo que sabes?

—Básicamente. Me considero muy afortunada por el hecho de que me acogiera bajo su protección. Pero luego, decidió jubilarse. —Esbocé una sonrisa torcida—. Qué mala persona.

—Sí, justo iba a preguntarte cómo pasaste de una jefa que te protegía, a esos capullos de McPherson.

La historia tenía una dimensión adicional de la que no tenía ganas de hablar con él. En lugar de eso, me limité a los detalles esenciales básicos. No hacía falta recordar cosas que no era necesario mencionar; era agua pasada, en cualquier caso.

—Hildy vendió su negocio a otra empresa.

Yo trabajé allí durante un tiempo, pero al final terminé por…

Bueno, tuve que marcharme, y aproveché la oportunidad para entrar en McPherson.

Fue una decisión fácil, porque tienen buena reputación en el sector, pero no tenía ni idea de que llevaban la empresa como si fuera una hermandad universitaria.

—Entonces, ¿te he hecho un favor al sacarte de allí? —preguntó Harrison con cierta arrogancia.

No estaba dispuesta a permitir que él se atribuyera todo el mérito de mi valiente decisión de cambiar de trabajo.

—Estaba a punto de marcharme, tú solo has acelerado el proceso.

—De nada —respondió, acomodándose en su asiento.

Estuve a punto de soltarle una réplica aguda, pero entonces caí en mi descuido.

—Oh, Dios mío. ¡No te he dado las gracias!

—No te preocupes, estaban implícitas.

—Pues ahora te las doy expresamente. Harrison Ashford, muchas gracias por salvarme de los horrores de esa fraternidad y abrirme un nuevo camino.

Los dos nos quedamos en silencio al mismo tiempo, y pude atisbar un destello del Harrison al que había conocido en Aspen, el hombre que yo había intentado convencerme de que, en realidad, no existía.

Sí, desde luego, él se había mostrado muy seguro de sí mismo y, cuando estaba sumido en sus pensamientos, podía resultar arrogante, casi brusco.

Pero en su interior parecía albergar una gran amabilidad y, tal vez, ese aspecto sí era genuino.

Caray, si hasta lo había visto abrazando cachorritos. Después de todo, no podía ser un asesino.

—He hecho los deberes —dijo al cabo de un momento, cuando por fin dejó el móvil a un lado—.

Tengo un par de aclaraciones sobre el incidente en el juzgado.

Estaba atravesando una circunstancia personal muy complicada, de la que no daré detalles, y había perdido el móvil, así que estaba muy estresado.

—Bueno. —Incliné la cabeza de un lado a otro—.

Eso no está mal, pero no es extraordinario.

Lo del teléfono podría resultar creíble, porque supondría un problema para cualquier mortal, pero con chasquear los dedos, tú podrías tener a una docena de asistentes que te trajeran un iPhone nuevo.

Será mejor profundizar en el tema personal.

¿Por qué estabas en el juzgado? Y no te preocupes, solo lo sabré yo, no el resto del mundo.

—Mira, no me siento cómodo contando esas cosas —respondió con una mueca—. Además, ¿no es ese tu trabajo? ¿Encontrar otro enfoque?

—Sí —confirmé—, pero para que funcione mi enfoque, necesita incluir algo de verdad. Así que, por favor, explícame qué estaba pasando aquel día. Te prometo que no utilizaré nada que no quieras que diga.

Él enarcó las cejas y me miró con desconfianza.

—Eso no será necesario, Gwen. Es personal. Tú solo cuéntame lo qué tengo que decir.

Me tragué un resoplido de frustración. Sí, puede que, en el fondo, fuera un hombre amable, pero la actitud antipática que mantenía en la superficie resultaba muy desagradable.

Entendía que no quisiera contarme su vida, pero yo era la persona a la que había contratado especialmente para sacarlo de aquel lío.

¿Cómo iba a hacerlo, si no me explicaba la clase de mierdas que tendría que dedicarme a limpiar?

—Será personal, pero si lo mantienes en secreto, la gente sacará sus propias conclusiones. Ya sabes, de la información disponible y demás. ¿En serio quieres enfrentarte a una panda de detectives adolescentes con demasiado tiempo y acceso a datos ilimitados?

—Mi caso está bajo secreto de sumario, así que pueden indagar todo lo que quieran.

—¿Tu caso? —Mi voz subió un par de tonos—. No me gusta nada cómo suena eso. ¿Te han vuelto a arrestar?

—Anda, venga ya —respondió enfadado—. No, no me han arrestado.

Harrison empezó a reorganizar los papeles que había en la mesa delante de él y cambió de sitio su ordenador.

—Dame algo con lo que pueda trabajar —pedí—. Tómatelo como una confesión, yo seré el cura.

—No soy religioso —replicó él.

—Bueno, pues será una sesión de terapia —propuse.

—¿Yo? —Harrison se señaló el pecho, incrédulo—. ¿En terapia? ¿Por qué crees que voy a ver a los perritos?

Que Dios ayudara a quien se atreviera a psicoanalizarlo. Eso sí que sería un trabajo desagradecido, un poco como el que me correspondía a mí hacer en ese momento. Se estaba comportando de un modo ridículo.

—Harrison, si no me cuentas lo que hacías en el juzgado aquel día, llamaré a Susan y Denise para que me lo cuenten.

—Que no se te ocurra. —Harrison dejó escapar un largo suspiro—. Me esfuerzo mucho por mantener mi vida privada fuera de las noticias. Lo único que necesita saber el público de mí es mi trabajo, no con quién me acuesto o qué loción uso después de afeitarme.

Ahora que lo decía, me daba curiosidad saber qué loción usaba, porque siempre olía muy bien.

—Entendido —respondí con rapidez—. Y créeme, no pienso divulgar nada de lo que me cuentes.

Todo quedará entre nosotros, salvo que sea absolutamente necesario lanzar al público algunas miguitas de verdad para que no sigan buscando información.

Mi trabajo consiste en asegurarme de que no nos llevemos ninguna sorpresa, y solo podré hacerlo si me cuentas las cosas.

A decir verdad, el hecho de que no me quieras contar lo que ocurrió me está poniendo nerviosa.

Se me están ocurriendo toda clase de situaciones horribles.

—Joder, Gwen, fíate un poco de mí, al menos —exigió él, irritado—. No era ninguna situación horrible, ¡solo estaba firmando un acuerdo de divorcio!

Había estado preparada para discutir con él, pero al ver el dolor reflejado en sus ojos, me quedé en silencio.

¿El fin de su matrimonio le habría roto el corazón?

¿Era esa la razón por la que no había dicho una palabra del tema y escondido sus emociones?

Si se trataba de eso, tal vez al verse presionado con otro problema, como las consecuencias de que Scarlet Rush no pudiera coger el avión, él había utilizado la ocasión para desahogarse un poco.

—No me gusta el fracaso, y eso es justo lo que significó firmar aquel acuerdo, ¿vale? ¿Ya estás contenta?

Empezó a reorganizar los papeles con más empeño aún, como si necesitara mantenerse ocupado para evitar sentir lo que fuera que le provocó el final de su matrimonio.

Comprendía que mantenerse ocupado era una forma de redirigir las emociones fuertes, pero necesitaba que me prestara atención para acordar lo que haríamos a continuación.

Sin embargo, su expresión tensa y concentrada sugería que no me iba a contar mucho más.

—Eso es un alivio —dije con suavidad, y con la esperanza de calmar un poco los ánimos—. Gracias por confiarme esa información. Ahora que lo sé, ya puedo terminar el guion para tus apariciones en los medios.

Harrison siguió callado, y no supe qué más decir. Por suerte, Dominic volvió a aparecer y aportó una distracción que resultó bienvenida.

—¿Por casualidad habéis estado pendientes del tiempo que hace?

Harrison me miró y soltó un resoplido irritado.

—He estado muy ocupado. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

Dominic se revolvió, incómodo.

—Lamentablemente, vamos a tener que hacer un cambio en el itinerario.