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GWEN
Aunque no me gustaba nada volar, viajar en un avión privado espectacular, con todas las comodidades posibles, era algo a lo que podría acostumbrarme.
Aunque sería mejor que no lo hiciera, porque no tendría la posibilidad de volar en avión privado en cuanto terminase ese trabajo.
Pero, mientras tanto, pensaba disfrutar al máximo de aquel oasis de puro placer de viajar, antes de verme obligada a volver a las colas interminables y a descalzarme en el control de seguridad con el resto del mundo.
Me aseguré de aprovechar al máximo el trato VIP que se me ofrecía, desde el momento en el que me subí a la berlina negra que Harrison había enviado a recogerme.
Casi deseé haberme puesto una capa dramática, o unas gafas de sol y un sombrero interesante, porque mi conjunto de Ann Taylor no era lo bastante elegante para aquel viaje.
No me sorprendió encontrar al capullo de mi jefe ya sentado en el avión, esperándome. Apenas se molestó en levantar la vista cuando llegué. Genial. Estaba de mal humor.
—Hooola —dije, alargando la primera sílaba a propósito—. Ya estoy aquí.
—Ya lo veo —respondió Harrison, sin levantar la vista del móvil.
Miré a los asientos vacíos a mi alrededor.
—¿Hay algún sitio en el que prefieras que me…
—Ah, bienvenida, señorita Ackland —dijo un auxiliar de vuelo, que había aparecido detrás de mí—. Me llamo Dominic. Tenemos un asiento preparado para usted.
Durante un instante, me sorprendió que Harrison hubiera contratado a un hombre para ese puesto, y no a una mujer guapísima, pero cuando lo pensé mejor, tenía sentido.
Él era un hombre al que no le gustaban las distracciones.
Miré el asiento al otro lado de Harrison y me fijé en que en él había una bolsa de lona azul marino esperándome.
—El señor Ashford quiere ofrecerle la misma experiencia de vuelo que habría tenido la señorita Rush si hubiera volado con nosotros.
Esa es nuestra bolsa VIP de bienvenida, con todos los artículos de aseo que pueda necesitar durante el vuelo, todos ellos de Chanel, además de prendas de descanso y calcetines.
—Vaya, qué detalle tan agradable —dije, asombrada.
—Es obra del señor Ashford —respondió Dominic con orgullo—. Está en todo.
En todo, salvo en ser amable, al parecer. Harrison ni siquiera se había molestado en mirarnos.
—Por favor, no dude en pulsar el botón de llamada si necesita cualquier cosa, lo que sea —indicó Dominic con una sonrisa—.
Enseguida vendré con algo de fruta fresca.
Encontrará las opciones de menú en una tarjeta, en el bolsillo delantero de su bolsa.
El señor Ashford ya nos ha informado de sus preferencias y requisitos en cuanto a la comida, así que podrá elegir entre varias opciones.
Estaba a punto de preguntar cómo sabía mis preferencias, hasta que recordé que, en Aspen, Harrison me había prestado atención durante el tiempo que estuvimos juntos. Me dejé caer en el suntuoso asiento de cuero y saqué la tarjeta de la bolsa, ya que Harrison seguía negándose a relacionarse conmigo.
No me sorprendió descubrir que las tres opciones de comida eran platos que me habían gustado cuando estuvimos juntos: una hamburguesa con queso y patatas fritas con trufa, salmón con costra de hierbas y risotto de champiñones y parmesano.
Y, para el postre, se había superado a sí mismo, con seis opciones diferentes y la posibilidad de pedir un postre entero, o porciones de todos para probarlos.
—Esto está muy bien —dije, mientras volvía a meter la tarjeta en la bolsa—. Me encantaría viajar así todo el tiempo.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo —comentó Harrison con un resoplido.
—¿Qué quieres decir? —Lo miré extrañada—. Este avión es increíble, tu asistente es encantador, no he tenido que pelear con una multitud para llegar aquí, no hay que preocuparse por los retrasos…
Él señaló a la cabina.
—Yo preferiría estar ahí dentro.
—Un momento, ¿sabes pilotar? —Eso era nuevo para mí.
—Lo hago siempre que puedo, así que, cuando estoy atrapado aquí fuera, no lo paso bien.
Volví la cabeza para mirar al piloto.
—¿Y no te fías del hombre que está al mando? ¿Tengo que preocuparme?
—No, Dan es un buen piloto. Algo brusco al aterrizar, pero nada serio. —Volvió a señalar la cabina—. Aunque preferiría ser yo. Me encanta volar, pero solo si soy yo quien pilota. De lo contrario, solo me resulta estresante.
Eso suponía información adicional sobre Harrison que podía archivar para otro momento.
Aún no lo había calado del todo, pero su tendencia a controlar las cosas era algo que sí sabía de él.
Me interesó lo que había dicho sobre que le encantaba volar.
Habría querido sacarle más información, averiguar qué le gustaba de estar en el aire… Pero ese no era mi papel, ¿verdad?
—No te preocupes, te voy a tener tan ocupado durante el vuelo que no tendrás tiempo para pensar en Dan el Brusco —comenté.
Hubiera jurado que levantó un poco una comisura de la boca, lo que consideré un punto a mi favor.
Dominic asomó la cabeza.
—Despegamos en tres minutos. Cinturones de seguridad, por favor.
Seguimos sus indicaciones mientras el avión empezaba a avanzar por la pista. Luché contra una oleada de nervios al pensar que aquel avión era diminuto, comparado con los de los vuelos comerciales habituales. Tal vez, después de todo, yo no era una viajera tan estoica.
Miré por la ventana a medida que el avión aceleraba.
—Deja de preocuparte —recomendó Harrison—. Es un avión perfectamente seguro.
—¿Quién dice que esté preocupada? —pregunté, volviéndome a mirarlo.
Él hizo un gesto con la barbilla hacia mis manos que, sin darme cuenta, agarraban los brazos de mi asiento con tanta fuerza que los nudillos se me habían puesto blancos.
—Estoy bien —mentí.
—Tu seguridad está asegurada al volar con Ashford —dijo él y, a continuación, volvió a coger su teléfono y fingir que no estaba sentada a su lado.
—Eso ha sonado a eslogan publicitario —resoplé.
—Según mi equipo, esa es la única forma de comunicación que se me permite a partir de ahora —explicó con sequedad—. Estoy seguro de que tú me prepararás frases más pulidas y perfectas, para que las recite como el muñeco de un ventrílocuo.
Tenía razón, sí que le había preparado algunas frases para intentar poner en contexto lo que había ocurrido aquel día en el juzgado, aunque contaba con que me diera su opinión para que sonaran lo más naturales y auténticas posible.
Pero cuando Harrison abrió su portátil, comprendí que mi plan de interrogarle sobre lo ocurrido aquel día tendría que esperar. Bueno, daba igual. Yo misma tenía mucho que hacer para preparar la primera parte de nuestra gira para pedir perdón.
Empecé por ponerme en contacto con la persona a la que conocía en After Dark para confirmar los detalles de los próximos días y, a continuación, organicé reuniones para las entrevistas con las revistas Variety y People.
El equipo de marketing me envió algunas ideas adicionales para posibles artículos, y contesté una llamada del grupo que llevaba las redes sociales, para hablar de cómo planeábamos presentar lo que estaba a punto de ocurrir.
El problema al que nos enfrentábamos era que la clientela de Ashford Jets era muy selecta, y muy conocida.
Era probable que muchos de ellos no fueran capaces de nombrar ni una sola canción de Scarlet Rush, y tampoco les importaría lo más mínimo la disputa con ella, así que debíamos admitir el asunto sin darle demasiada importancia ante personas que, de lo contrario, no se habrían enterado.
En aquel momento, las redes sociales de la empresa se centraban en transmitir el lujo y la fiabilidad ofrecida por Ashford Jets, sin mencionar a Harrison como un personaje esencial en la compañía.
Claro, que tampoco era necesario hacerlo, porque él siempre había sido muy conocido, gracias a su adinerada y prominente familia. Yo comprendía que él quisiera mantenerse al margen y dejar que sus productos hablaran por él, pero, para poder resolver la situación, era necesario cambiar las cosas.
La llamada con Bailey y Jace duró más de lo que había pensado, y en un par de ocasiones me fijé en que Harrison me lanzaba una mirada de reojo mientras yo hablaba de cómo proteger su carácter sin evitar el problema que le había metido en aquella situación.
Se trataba de un equilibrio muy delicado y, aunque sus genios de las redes entendían la teoría que yo les explicaba, les estaba costando mucho encontrar una forma de proceder que contentara a todo el mundo.
Así pues, decidí hacer lo que siempre había hecho: ocuparme yo misma.
—Creo que será mejor que yo escriba unas cuantas publicaciones que logren ese equilibrio —dije al fin, con ganas de terminar aquella discusión—.
Grabaré algunas escenas entre bastidores cuando estemos en Nueva York, redactaré algunos mensajes y os lo enviaré todo para que lo reviséis.
No le daremos muchas vueltas al tema, pero tampoco lo ignoraremos.
Aquel no era mi trabajo, pero por otro lado, el equipo de Ashford Jets no estaba exactamente preparado para enfrentarse a un escándalo de aquellas proporciones.
Como Harrison me había dicho el primer día, se esperaba que todo el mundo diera la talla, y con el salario que me estaba pagando, estaba más que dispuesta a tomar algunas medidas por mí misma.
Cuando terminé la llamada, apunté algunas notas para mis siguientes tareas.
—No paras —comentó Harrison, y hubiera jurado que había una nota de admiración en su voz.
—Hay que ponerse las pilas —respondí, encogiéndome de hombros—. Tenemos que asegurarnos de trabajar todos juntos.
Consideré para mis adentros si debía utilizar algo más de esa jerga corporativa que parecían esperar siempre los clientes, como «hacer seguimiento» y «desbloquear el problema».
—¿Cuál es tu historia? —preguntó Harrison—. ¿Cómo te especializaste en esto?