Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 7 Harrison #2
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7 Harrison #2

—Estos pequeños son muy insistentes —observó Gwen, que intentaba apartar a Magdalena de los cordones de mis zapatos—. Me gusta su estilo.

—Cómo no iba a gustarte —reí—. A ver, tú me has encontrado en mi trabajo de voluntario, así que diría que tú también eres muy insistente.

—Y, hablando de eso —dijo ella, sujetando a los cuatro cachorritos en sus brazos—, se suponía que íbamos a prepararte para hablar con los medios.

—Sí, pero a veces conviene hacer una pausa para los cachorritos —respondí—. Cuando estoy aquí, quiero disfrutar de estar con ellos. También me viene bien a mí. Me permite desconectar del estrés del mundo real y, simplemente, estar.

Gwen se quedó callada un instante para pensarlo.

—Supongo que tienes razón. Si no, no sería justo para ellos.

—Ya lo has entendido. Esta es mi forma de meditar.

—Y es mucho más divertido que la terapia.

—Estoy de acuerdo.

Gwen llevó a los cachorritos hasta una cesta rebosante de juguetes y repartió animales de peluche entre ellos para mantenerlos ocupados.

—Debo admitir que todo esto me impresiona mucho. Que sigas viniendo aquí y dedicando tu tiempo a los animales, y que no le des demasiada importancia.

Su tono había cambiado, sonaba más… dulce, y me estaba mirando de un modo que me comprimió el pecho.

—No te costaría nada convertir esto en un filón para tus relaciones públicas, pero has preferido no hacerlo.

—Algunas cosas son más importantes que los negocios —dije, encogiéndome de hombros.

—¿Estás rechazando un cumplido? —bromeó Gwen—. Porque, créeme, no tengo intención de hacerte más.

—Como si no lo supiera —reí.

Por lo general, solía mantener ese lado de mí oculto al resto del mundo, pero me sorprendió que mostrárselo a Gwen me pareciera lo correcto. Tal vez era porque ella sabía cómo jugar con la percepción del público; o, tal vez, fuera por algo más serio que no estaba dispuesto a admitir.

—Pues, ya que no vamos a hablar de trabajo mientras estamos aquí, ¿me dejas al menos que te ponga deberes?

Eso me hizo sonreír, por fin.

—Eres muy insistente.

—Y eso te gusta —rio ella.

Era la primera vez que la oía reír desde Aspen.

—Bueno, quiero que pienses en dos razones que puedas admitir ante las cámaras, para explicar por qué te comportaste de aquel modo ese día, en las escaleras del juzgado.

Pero tienen que ser fáciles de citar. Por ejemplo, si yo tuviera que hablar de un momento complicado reciente en mi vida, mencionaría el momento en que alguien me tiró un vaso de agua encima en un aeropuerto y ni siquiera se disculpó.

Por mucho que quiera, no puedo decir que habría querido matar a aquel tío con mis propias manos, porque eso me haría parecer una desquiciada.

—Hizo una pausa y me sonrió burlona—. Aunque se lo mereciera.

—Ya veo —respondí, mirando al techo.

—Y tampoco puedo decir que el lanzador de agua y yo nos conocíamos de antes, y que eso me puso más furiosa en aquel momento.

—Vaaaale —respondí, alargando la palabra.

—Lo que sí podría contar durante una entrevista inocente en la televisión nacional es que era uno de esos días horribles en los que todo sale mal: mi avión llegó tarde, yo iba corriendo y estaba sudorosa, y, quién lo iba a decir, recibí una ducha gratuita por cortesía de un desconocido muy guapo.

La miré con el ceño fruncido.

—Eso supondría demasiada información.

—En eso consiste el entretenimiento, y también el sesgo.

Me encantaría analizar las emociones que explicarían tu estallido en las escaleras del juzgado, pero sé que no te sentirás cómodo revelando tanto, así que vamos a optar por reconocer que tuviste un mal día, sin dar detalles de nada que no quieras contar.

—Se retiró el pelo de la cara, sin apartar sus ojos de los míos—.

No se trata de dar pena. Resultarás simpático con solo sugerir que te estabas enfrentando a alguna situación complicada, sin entrar en ella.

Tenemos que poner el enfoque en cómo vas a rectificar lo que has hecho mal, no en la razón por la que lo hiciste.

Su propuesta me gustó, y asentí con la cabeza, en una aprobación silenciosa. No estaba dispuesto a dar pie a que se hablara de mi divorcio, así que tenía sentido buscar un par de razones vagas y tolerables que explicaran por qué había estado más enfadado de lo habitual.

—Me pondré con ello —respondí, con un saludo militar—. Y ahora, por desgracia, tengo que irme.

—Por supuesto —dijo ella—. Seguro que tienes una docena de eventos en tu agenda a los que asistir, con una modelo en cada brazo.

—Ni mucho menos —reí—. Mi amigo se acaba de enterar de que su mujer y él van a tener un bebé, y necesita ayuda para despejar lo que, algún día, será la habitación del bebé, pero ahora mismo solo es un trastero.

Gwen se quedó quieta, con una mano sobre el corazón.

—Madre mía. ¿Dos actividades altruistas en un solo día? No te conozco en absoluto, Harrison Ashford.

Nos miramos a los ojos unos instantes, porque los dos sabíamos que eso no era cierto. En Aspen ya habíamos revelado una buena parte de nuestras personalidades auténticas, pero en el mundo real, no podíamos permitirnos ese lujo.

—El caso es que me gusta este aspecto tuyo. —Gwen hizo un gesto que abarcó todo aquel espacio—. Gracias por hacerme partícipe de esto.

—Tampoco es que me hayas dejado elección —bromeé—. Pero, de nada. Y gracias a ti por la ayuda con la limpieza —añadí, señalando la papelera desbordante.

Seguía pensando en Gwen cuarenta minutos más tarde, cuando llamé a la puerta de Kevin.

—¡Aquí estás! —Sydney abrió la puerta de un tirón, con una gran sonrisa. Era un diminuto rayo de sol de metro y medio, y la compañera perfecta para mi mejor amigo—. El hombre que me ha regalado el ramo de flores más bonito que he recibido nunca. ¡Muchas gracias, Harrison!

Me dio un fuerte abrazo y luego se apartó para observarme.

—¿Por qué estás tan sonriente?

—¿Yo? —Me señalé a mí mismo—. Debes estar equivocada. No he sonreído desde el año dos mil.

—Y que lo digas —añadió Kevin, que se acercó esquivando las cajas y muebles distribuidos por su sala de estar.

Nos reímos y nos dimos un abrazo. Aun con el paso de los años, Kevin siempre estaba igual. Seguía llevando el pelo rojizo rapado, aunque ya le empezaba a crecer un poco, y la misma barba incipiente en las mejillas que había tenido cuando nos conocimos, hacía diecisiete años.

—¿Listo para trabajar? —me preguntó—. Porque esta habitación es una pesadilla.

—Lo siento —dijo Sydney con una mueca avergonzada.

—Estoy seguro de que no será para tanto. Lo tenemos controlado —respondí.

Pero, cuando Kevin abrió la puerta, comprendí que no, desde luego que no lo teníamos controlado. Para nada.

—Tío, ¿en serio? —pregunté, mientras examinaba aquel desastre—. ¿Qué ha explotado aquí dentro?

—El hobby de fabricación de velas caseras de Syd —explicó él, señalando una pila de cajas—. Mi colección de cómics. Un par de regalos para el bebé.

Bueno, solo había una forma de solucionarlo, ¿no?

—Pues manos a la obra —dije, recogiendo una caja vacía.

—Oye. —Kevin me estaba mirando—. ¿Qué mosca te ha picado? Pareces… contento. Por primera vez en mucho tiempo.

Me detuve al oír eso. Lo cierto era que me sentía más ligero de lo habitual, gracias a dieciséis patitas diminutas y a una nueva empleada muy persistente.

—Deja que te cuente lo que ocurre cuando el destino choca con una botella de agua —dije, sonriendo al recordar a Gwen mojada, y su sujetador rosa fucsia.