Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 7 Harrison
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HARRISON

Si hubiera podido, me habría llevado a casa a aquellos cuatro cachorritos adorables y juguetones que intentaban acomodarse en mi regazo al mismo tiempo.

No había sido muy inteligente por mi parte no cambiarme de ropa antes de ir al centro de acogida de animales.

Estaba sentado en el suelo y mis pantalones de Dolce se estaban llenando de pelo y babas.

Pero, en realidad, tampoco importaba demasiado, porque tenía dos docenas de pantalones similares en el armario, y no había querido perder tiempo yendo a casa para cambiarme.

Cuando tenía un día muy complicado, me venía bien una dosis de serotonina perruna. Lo necesitaba, y ese día había sido particularmente difícil, puesto que mi nueva empleada me había hecho aprobar un plan ridículo para limpiar mi nombre.

—Oye, Magdalena, para, deja de morder a tu hermano. —Animé al cachorro despeluchado con una mancha negra en los ojos a que se centrara en el juguete que le estaba ofreciendo, y no en la oreja de su hermano—. Tortita no sabe a lo que indica su nombre, te lo aseguro.

No era fácil poner nombre a los cientos de perros que pasaban por el centro de acogida, así que el personal había llamado a esa camada de cachorros con nombres de comidas de desayuno.

Al cabo de los años, había habido perros llamados como los personajes de Friends, los dioses griegos, la tabla periódica de elementos (Cobalto y Cobre eran nombres interesantes, pero Seaborgio no resultaba fácil de pronunciar, que digamos) y las obras de Shakespeare.

Esa camada, con Tortita, Magdalena, Bagel y Tostada, se centraba en los carbohidratos.

—Oye, oye, señor Tostada —reprendí al cachorrito marrón que mordisqueaba el borde de mi chaqueta—, ¿puedes parar?

El perrito insistió, retrocediendo con la tela de mi chaqueta sujeta entre los dientes, mientras sus patitas resbalaban en el suelo y gruñía un poco.

—Disculpe, caballero —dije, tratando de abrirle la boca—. Ya está bien.

Los otros perritos debieron decidir que la lana italiana tenía buen sabor, porque, en unos segundos, los cuatro cachorros atacaron mi chaqueta con alegría, desde todos los ángulos.

—Eh, chicos, parad —les reprendí, intentando no reírme mucho por lo ridículo de la situación.

—Parece que necesitas ayuda.

Me volví hacia la voz, aunque ya sabía a quién pertenecía. Lo que no entendía era qué hacía ella allí.

Al oler carne fresca, los cachorritos soltaron mi chaqueta a la vez y corrieron a atacar a Gwen.

—Hola, hola —rio ella cuando saltaron hacia sus piernas. Se arrodilló, y como recompensa, recibió un beso en la boca de Bagel—. Vaya, estáis todos un poco locos.

Me puse en pie y me sacudí un poco, un tanto avergonzado porque me hubiera visto luchando con los perros.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, tratando de no fijarme mucho en su bonita sonrisa.

—Susan me dijo que te encontraría aquí, y este sitio me pilla de camino a casa, así que…

Tomé nota mental de reñir a Susan por contar lo que hacía cuando salía del trabajo.

—¿Y qué es tan importante que no podía esperar a mañana?

—Vamos con el tiempo muy justo —respondió Gwen entre un beso y otro a la cabecita de Bagel—.

Quería contarte algunas ideas que tengo para prepararte para hablar con los medios.

He pensado que este sería el mejor sitio para hacerlo, si te relaja estar aquí, en…

—Miró la placa que había en la pared—. Un momento, ¿Centro Alicia Ashford para cachorros?

¿Tu madre tiene un ala entera del centro de acogida de animales?

—La construí yo, en su honor. —Miré a Gwen con el ceño fruncido—. Si donas el dinero suficiente, te dan una habitación de cemento muy lujosa con tu nombre.

Estaba intentando quitar importancia a mi donación.

Lo cierto era que el lugar donde estábamos no era el típico centro de acogida austero.

Cuando empecé a trabajar como voluntario, me había llamado la atención lo deprimente que era aquel lugar, sobre todo para los cachorritos, así que había donado el dinero necesario para construir un espacio más alegre que ayudara al desarrollo de los cachorritos y su adopción.

Era una sala luminosa y agradable, en la que comenzaban los finales felices de los perritos, y otros animales.

—¿De qué va todo esto? ¿Tú tienes perro? —preguntó Gwen, que se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas y estaba rodeada de cachorros.

Sacudí la cabeza, apretando los dientes.

—No tengo tiempo para eso.

—Qué pena —dijo ella—. Eso les encantaría a los Rushies. Scarlet adora los perros. Pero, entonces, ¿de qué va esto? ¿Por qué pierde el tiempo el gran Harrison Ashford en un lugar que no aporta ningún retorno a su inversión?

La miré, sorprendido por su sarcasmo, y valoré hasta qué punto podía sincerarme con ella. A la vista de que su trabajo consistía en resolver cómo evitar meteduras de pata y mostrarme de la manera más favorecedora posible, supuse que, cuanto más supiera, mejor.

Con algunas excepciones, por supuesto.

—No sé si recordarás que, hace unos años, tuve un… esto… un encontronazo con un policía muy dado a poner multas.

Antes de que terminara de hablar, Gwen ya asentía con la cabeza.

—Pues claro, ¿cómo lo iba a olvidar? Estuvo en todas las redes sociales, las fotos fueron increíbles. Te pusieron una multa por exceso de velocidad, ¿no? Y te pusiste como loco con él, y casi te arrestan.

—Eso es cambiar la historia. —Suspiré cuando Tortita volvió a acordarse de mi chaqueta—.

No iba rápido, hice un giro ilegal y el tío se me echó encima con la sirena a todo volumen, como si fuera un traficante de droga.

La gente se paró a mirar porque parecía un arresto importante.

El policía y yo mantuvimos una discusión bastante acalorada, yo acabé en un juzgado y el juez decidió que pagar una multa sería demasiado sencillo para mí, así que me condenó a hacer servicios comunitarios.

—Extendí los brazos y señalé la sala—. Fue el mejor castigo del mundo.

Gwen se me quedó mirando unos segundos, mientras su expresión pasaba de la alegría a la preocupación.

—Un momento, eso fue hace unos cuatro años, ¿no?

—Un poco más, sí —asentí.

Ella abrazó a uno de los cachorritos contra el pecho.

—Eso fue más o menos cuando murió tu madre, ¿no? Recuerdo que el museo de arte hizo una retrospectiva sobre su trabajo filantrópico, y revelaron aquel precioso retrato de ella.

—Sí, fue más o menos en esa época —dije, tras aclararme la garganta—. Es evidente que no era yo mismo.

Sí, incluso en mis mejores momentos, yo era impaciente y, en ocasiones, grosero, pero no solía comportarme como un capullo que gritara a un policía por hacer su trabajo. El duelo por mi madre había intensificado mis peores cualidades, hasta que casi no pude soportarme a mí mismo.

—Lo siento —dijo Gwen en voz baja—. Parece que era una mujer increíble.

—Lo era —confirmé al momento, tratando de pensar en el cachorrito que tenía en brazos, y no en mi madre—.

El mundo es mucho peor ahora que se ha ido.

Intento honrar su memoria haciendo un viaje yo solo cada aniversario de su muerte.

—Hice una pausa, preguntándome hasta qué punto debería sincerarme, pero algo me animó a seguir hablando—.

Esa es la razón por la que estaba en Aspen.

Gwen abrió mucho los ojos.

—Oh, Harrison. No tenía ni idea.

—¿Cómo ibas a saberlo? Tampoco es que fuera a cargarte con mis penas cuando estábamos…

Me interrumpí antes de admitir lo especial que había sido aquella semana para mí. Lo que tuvimos era parte del pasado, solo una serie de momentos robados, sin nada que ver con la realidad. Gwen, que acariciaba a los perritos sin prestar atención, parecía sumida también en sus propios pensamientos.

—Aquella llamada que cogiste… —dijo, en una referencia que comprendí al momento.

—Era mi padre —admití, mientras sujetaba la cabeza de Tortita entre mis manos para mirar sus ojos oscuros—. Las cosas se pusieron un poco tensas.

—Oh, me di cuenta, créeme —replicó Gwen—. Y lo siento mucho.

El tono de la conversación se estaba acercando demasiado a una confesión, y empecé a sentirme incómodo por haber revelado tanto sobre mí mismo. Por suerte, los perritos no se habían enterado de nada. Dos de ellos decidieron agacharse al mismo tiempo.

—Aquí viene —gritó Gwen, poniéndose en pie de un salto.

—Suele ocurrir —respondí sin alterarme, mientras me dirigía a coger un cubo.

—Un momento —dijo Gwen al verme dejar caer toallas de papel en el charco—. ¿Les limpias el pis tú mismo?

Me detuve para mirarla un momento.

—¿Por qué no iba a hacerlo? Es parte del trabajo.

—Ya —rio ella—, pero ¡eres Harrison Ashford!

Pulvericé un poco de espray limpiador sobre los restos de humedad.

—Y a estos perritos aún no les han enseñado a ir al baño, así que hay que limpiar.

Gwen sacudió la cabeza, mientras yo empezaba con el otro charco.

—Vaya, eres un hombre de muchos matices. Menuda sorpresa.

Los cachorritos parecieron decidir entonces que el dobladillo de mis pantalones resultaba irresistible, y tuve que pararme a medio camino para no pisarles las patitas. La sala resonaba con el eco de sus gruñidos de felicidad.

—Vamos, chicos, dejadlo ya —pedí, intentando soltarlos a todos a la vez.

—Deja que te ayude —ofreció Gwen.

Se inclinó delante de mí para apartar a Tortita y Tostada.

Por supuesto, verla de rodillas delante de mí me trajo a la mente las noches pasadas con ella en la habitación de mi hotel.

Gwen mirándome desde abajo con sus ojos oscuros y su boca…

Joder. Apreté los dientes y aparté aquella idea, pero mi cuerpo ya había empezado a responder.

No. No podía permitirme pensar en lo que habíamos compartido. Ahora trabajábamos juntos y yo era su jefe, nuestra relación debía ser estrictamente profesional.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Sus palabras me devolvieron al momento presente.

—Sí, solo intento evitar que me rompan los pantalones.

Me maldije por hacer referencia a cualquier cosa relacionada con mis pantalones.