Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 6 Gwen
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GWEN

La prisa que se dieron para recibirme como era debido en Ashford dejó claro que Harrison era capaz de mover montañas.

Bueno, al menos podía mover algunas montañas.

Cuando llegué a la oficina a las ocho y media de la mañana, aún no tenían un despacho listo para mí, pero Denise, la mujer encantadora que me recibió, me juró que estaría preparado a la hora de comer y, mientras tanto, me instaló en una sala de reuniones enorme.

El resto de las cosas necesarias para hacer mi trabajo, desde el contrato y la documentación hasta el portátil y la tarjeta de identificación con mi nombre, me había estado esperando al llegar. Mi época de ser ignorada en McPherson había terminado. En Ashford, yo les importaba desde el primer día.

—Sentimos muchísimo no tener listo tu despacho —se disculpó Denise, preocupada—. No es propio de esta empresa, pero la velocidad con la que te han contratado ha sido un poco, bueno, inusual.

Yo le sonreí mientras organizaba mis cosas en la mesa de reuniones.

—Es una situación sin precedente…

—Ya lo creo —confirmó ella—. Pero eso está a punto de cambiar, gracias a ti.

Debería haberme sentido nerviosa debido a la presión de mis responsabilidades, pero la única sensación que sentía era emoción.

Estaba segura de que mi plan era muy bueno y, si su equipo de marketing era, al menos, decente —y sabía que lo eran, porque me había preocupado de investigarlo—, estaba segura de que me respaldarían.

Lo cual me vendría muy bien, porque al antipático que firmaba mis nóminas no iba a hacerle ni más mínima gracia.

—¡Ahí estáaaa!

Denise y yo nos volvimos a mirar a la puerta cuando escuchamos la cantinela.

Procedía de otra mujer, que parecía unos años mayor que Denise, con un moño canoso y aspecto de profesora de guardería.

Hasta llevaba una chaqueta de lana rosa sujeta con un broche.

Era la última clase de persona a la que habría imaginado trabajando para alguien tan despiadado como Harrison, pero aquel hombre no dejaba de sorprenderme.

—¿Es una blasfemia decir que eres nuestra salvadora, Gwen? —La mujer se acercó a mí con los brazos extendidos, y cogió una de mis manos entre las suyas—. ¡Ya he oído hablar maravillas de ti! Soy la asistente ejecutiva de Harrison, Susan Miller.

Traté de no parecer extrañada. ¿Quién le había contado maravillas sobre mí? Porque no creía que Harrison fuera por ahí cantando mis alabanzas.

—Oh, te agradezco mucho que me lo digas —respondí—. He venido dispuesta a cambiar las opiniones en este caso.

—Y nos vendrá muy bien —rio ella, lanzando una mirada a Denise—. Nuestro intrépido líder tiene sus épocas de mal humor, pero esta ya está durando demasiado.

Por mucho que quisiera sonsacarle información sobre la conducta de Harrison, aún era demasiado pronto para entrar en temas personales. Aunque, a juzgar por lo bien que parecían llevarse entre ellas, esperé que termináramos cotilleando juntas.

Asentí con amabilidad.

—Si todo sale como he planeado, saldremos de esta.

El único problema posible era el hombre en el centro de la controversia, pero esperé que cediera cuando se diera cuenta de que le superábamos en número.

—¿Te apetece algo? —preguntó Susan—. ¿Agua? ¿Café? ¿Una barrita energética? Porque parece que Harrison te ha preparado un día muy ocupado.

—Estoy bien, gracias —reí un poco—. He hecho crepes para desayunar.

—¿Las has hecho tú? —preguntó Susan sorprendida—. Eso es impresionante.

—Cuando estoy estresada me gusta hacer repostería, y creo que la rapidez con la que me habéis contratado en Ashford puede considerarse estresante.

—Pues me da la impresión de que vas a tener que encender el horno unas cuantas veces durante las próximas semanas —respondió Denise—. Este es un sitio fantástico en el que trabajar, pero a veces, las cosas se ponen tensas, ¿sabes?

—Bueno, si es así, las dos os beneficiaréis de mi repostería. —Les sonreí, a pesar de la tirantez que notaba en el estómago—. Espero que os gusten los dulces.

—¿Gustarnos? —rio Susan—. Yo soy adicta. ¡Trae los que quieras! Bueno, te dejamos tranquila para que puedas prepararte para la reunión. Ahí tienes el proyector —indicó, señalando un rincón de la sala—. Nuestro genio de la informática, Rakesh, vendrá a conectarlo en un par de horas.

La tirantez aumentó aún más.

—Vale, pero, esto… Harrison me dijo que tenía que dar una presentación a su equipo a primera hora. ¿No puede venir Rakesh ya?

—Oh —dijo Susan extrañada—. Ahora está con nuestro director financiero, pero le diré que lo necesitas cuanto antes.

—No pasa nada —respondí con rapidez, porque no quería parecer complicada desde el primer momento; además, había visto a los informáticos conectar proyectores un millón de veces a lo largo de los años, y no parecía tan complicado—. Puede que sea capaz de hacerlo sola.

Diez minutos más tarde, estaba en el suelo, de rodillas junto al proyector, mirando en YouTube un vídeo de instrucciones que no me estaba ayudando nada.

—¿Por qué yo no tengo ese agujero? —pregunté en voz alta mientras miraba los cables de conexión que tenía en la mano—. Este trasto es exactamente igual que el del vídeo, ¡pero solo tiene un agujero!

Me incliné para mirar otra vez la caja de conexión en el suelo, esperando que, por alguna razón, se me hubiera pasado por alto el escurridizo agujero que faltaba.

Mientras buscaba, percibí un movimiento con el rabillo del ojo y alcé la vista a la cristalera que tenía delante.

En el cristal, vi reflejado nada menos que al hombre del momento.

El Imbécil del Aire estaba en la puerta de la sala de reuniones, mirándome el culo, que tenía levantado en el aire, como una gata en celo.

—¿Qué era lo que decías de un agujero? —preguntó, en tono divertido.

Me giré en redondo.

—¿Perdona?

Tuve que esforzarme para mantener la indignación porque, en cuanto nuestros ojos se encontraron, el corazón se me puso a mil.

Noté un calor en el abdomen, mi piel pareció ponerse tensa, y tuve que resistir el impulso de alisarme el vestido.

Por muy imbécil que fuera aquel hombre, al parecer mi cuerpo olvidaba mantener la dignidad delante de Harrison Ashford.

Parecía más atractivo que de costumbre, si eso era posible, vestido con un traje negro que hacía que sus hombros parecieran dos veces más anchos de lo habitual.

Él no era el único que parecía haber hecho un esfuerzo por tener buen aspecto esa mañana.

Yo me había puesto un vestido con cinturón color verde esmeralda, lo bastante corto como para lucir pierna, pero de una longitud adecuada para ir a trabajar…

mientras estuviera de pie como una persona normal.

No tenía ni idea de cuánto muslo o nalga acababa de enseñar a mi nuevo jefe.

—Te he oído murmurar algo sobre un agujero —respondió Harrison—. ¿Tengo que avisar a recursos humanos?

Enrojecí al momento.

—No habrías oído nada si no hubieras estado… —Busqué la palabra adecuada—. Acechando en la puerta, como un acosador.

—Había venido a darte los buenos días y la bienvenida. No creo que eso pueda considerarse acoso —musitó—. Y ahora, ¿qué problema tienes?

—Ninguno —le espeté y me volví hacia el proyector, porque mirarle a él me ponía nerviosa—. Estoy bien.

Sentí sus ojos sobre mi espalda.

—Estoy de acuerdo.

Mis manos temblaron al oír el tono de su voz.

—Por esa razón te he contratado —continuó—. Pareces la clase de persona que consigue resultados, sin importar lo que haga falta. Así que, si a ese aparato le falta un agujero, estoy seguro de que se lo harás tú misma.

Vaya, me había equivocado. Estaba siendo profesional, no tonteando conmigo. ¿Por qué me sentí desilusionada al caer en la cuenta?

—En cualquier caso, espero que lo resuelvas pronto —continuó él—. El resto del equipo llegará enseguida.

—Lo estoy intentando —gruñí por encima de mi hombro—. Pero no me has contratado para encargarme de la tecnología, y tu informático está ocupado.

—Bueno, en Ashford todo el mundo contribuye a lo que sea necesario. Tendrás que acostumbrarte a echar una mano.

Por una parte… Eso estaba bien, y a mí no me importaba echar una mano cuando hiciera falta.

Pero, por otro lado, no podía creer que aquel hombre, nada menos, me estuviera sermoneando sobre ayudar a los demás, después de desaparecer de mi vida sin ninguna explicación y tratarme como si hubiera sido una chica de compañía, contratada para una semana.

—Ya. —Lo miré con suspicacia—. Pues si necesito alguna lección sobre cómo ayudar, ya te la pediré.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Harrison.

Parecía confundido de verdad, y eso me enfadó aún más. Ya era bastante malo que hubiera hecho lo que hizo, pero no iba a permitir que, encima, olvidara lo que me había hecho. Las leyes del karma exigían que se sintiera culpable durante, al menos, los próximos cincuenta años.

Me puse en pie y me acerqué a él, furiosa.

—Sabes exactamente lo que quiero decir.

—¿Aspen? —suspiró él—. ¿Otra vez? Venga ya, Gwen, tienes que olvidar aquello.

—Perdona, ¿cómo dices? ¿Olvidar que me dejaste tirada cuando acabaste conmigo, como si fuera la chica de compañía a la que contrataste para una semana?

—Oh, vamos.

—No me dejaste ni una nota —repliqué, acercándome tanto que podía ver las motas doradas en sus ojos verdes—. Desapareciste sin más.

—Este no es el momento ni el lugar para hablar de esto —dijo él, apretando los dientes—, pero te pido disculpas por la forma en que dejé las cosas. Estaba lidiando con…

—Perdonad, me han dicho que había una emergencia con un proyector aquí. —Un hombre de pelo oscuro que llevaba una bolsa de lona pequeña se acercó y me tendió una mano—. Soy Rakesh Durvasala.

Por fin conseguí dejar de mirar irritada a Harrison y miré al recién llegado.

—Gwen Ackland, gracias por venir tan rápido. Tengo que dar una presentación bastante importante.

—¿Tu primer día? —Rakesh soltó un silbido—. Muy bien, vamos a ello.