5 Gwen
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GWEN
—Que has hecho, ¿qué?
Volví a dejar la foto en la que salíamos mi hermana, Sarah, y yo, sobre la mesa del recibidor, me di la vuelta y la miré con el ceño fruncido.
—He dimitido, por supuesto. ¿Qué otra opción me quedaba? Alan me dejó en evidencia delante de todo el mundo, incluyendo al imbécil de Harrison Ashford.
—Tienes razón, es un imbécil, pero hablemos en serio, Gwen. Has dimitido sin ningún tipo de plan alternativo.
Ella me miró con el ceño fruncido de un modo similar al mío, pero el suyo se debía a la preocupación.
Sarah había heredado los genes de mi madre: pelo rubio brillante y ojos azules.
No nos parecíamos en nada, salvo en nuestra sonrisa idéntica y en la misma forma de reír, aunque esa no era una ocasión para reírse.
Pasé de largo junto a ella, evitando hacer contacto visual para la última noticia que tenía que darle. Sabía que la información le haría perder los nervios.
—No, sí que tengo un plan alternativo.
De hecho, era un plan muy sólido, chapado en oro puro, que debía agradecer a mis increíbles dotes de negociación.
Pero eso no le importaría nada a mi hermana, que siempre seguía las reglas al pie de la letra.
Sarah creía en seguir un proceso y plantearse con mucho cuidado cualquier decisión; yo también creía en ello, pero Sarah era científica y seguía trabajando en el mismo acuario donde empezó cuando se graduó.
Comparada con ella, yo era una especie de nómada, que iba por la vida recorriendo el mundo en una furgoneta.
Ella era la persona que más me había apoyado en mi vida, pero también se preocupaba por todo y pensaba que ceñirse a las reglas era la mejor manera de evitar los desastres.
Probablemente le escandalizaba que no hubiera respetado el preaviso establecido en mi contrato para dimitir de un trabajo en el que me habían estado arrinconando desde el primer momento.
—¿Y bien? —preguntó Sarah, abriendo los brazos—. ¿Qué vas a hacer ahora?
Hablaba como una madre preocupada y, siendo sincera, ella había sido mejor madre que la nuestra de verdad, pero, en momentos como aquel, esa tendencia me molestaba mucho.
Mi hermana solo tenía tres años más que yo, pero le encantaba demostrarme cómo esos tres años equivalían a toda una vida de experiencias.
—Fíate un poco de mí —dije—. Yo sigo mi instinto, y rara vez me he equivocado.
Debía admitir que había tomado malas decisiones en mi vida personal, pero en lo referente a mi vida profesional, todas mis decisiones habían sido acertadas.
—Vamos, que tienes un plan —dijo Sarah, entrando en nuestro pequeño salón—. Cuéntamelo todo.
El piso se nos había quedado pequeño hacía siglos, pero estábamos de acuerdo en que no había nada mejor que tener la playa a cinco minutos andando.
Habíamos decorado el piso a nuestro estilo, haciendo por nuestra cuenta todas las mejoras posibles sin incumplir las normas del alquiler.
Las estanterías de Ikea parecían de obra, gracias a nuestra habilidad, y la pintura del suelo era una obra maestra.
Cada vez que maldecía nuestra cocina diminuta y los electrodomésticos de pacotilla que echaban a perder mi repostería, recordaba que solo seguíamos allí por la playa.
Me dejé caer en el sofá, mientras Sarah se sentaba en un sillón frente a mí. Desde allí se podía oír el ventilador del congelador zumbando en la cocina, llenando el silencio entre nosotras con el sonido más irritante del mundo.
—Voy a trabajar en Ashford Jets.
Sarah se sobresaltó y me miró con sorpresa.
—Espera… Te refieres a Ashford, como en ¿Harrison Ashford? ¿El hombre que te tiró cuatro litros de agua en las tetas antes de una reunión importantísima, y ni siquiera se disculpó?
Asentí con la cabeza haciendo una pequeña mueca, mientras esperaba a que reaccionara de una de dos maneras: o me juzgaría en silencio, o se pondría a gritar.
—¡Gwendolyn Meredith Ackland!
Vale, se había puesto en modo madre. Mantuve la boca cerrada y esperé el resto del sermón.
—¡Eso no es propio de ti! ¿Por qué co…? ¿Cómo crees…? —tartamudeó, sin poder terminar.
Saqué el teléfono del bolsillo de mi vestido, que los tenía, como Dios manda; abrí la aplicación de notas, escribí mi nuevo salario y le mostré la pantalla.
—Por esta razón.
Ella cerró la boca.
—Oh.
—Sí —confirmé—. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Mi hermana se relajó un poco, por fin, y subió los pies al asiento, poniéndose cómoda para escuchar cuando se lo contara todo.
—Pero ¿cómo vais a llevar lo de vuestra… historia?
—Ya lo resolveremos. —Me encogí de hombros—.
En la vida real, él es mucho más capullo de lo que parecía y, aunque no lo creas, eso ayuda.
El hombre al que conocí en Aspen era la versión novelesca de Harrison Ashford.
Ahora que he visto su personalidad real en lugar de la retocada, estoy segura de que no me moriré por sus huesos.
Creo que las dos sabíamos que estaba mintiendo.
—¿Y qué hay de eso del Imbécil del Aire?
—Esa es justo la razón por la que me ha contratado: para que le ayude a diseñar una estrategia de relaciones públicas que cambie la opinión pública a su favor.
—Bueno, tú sabes mucho sobre Scarlet —asintió Sarah—. Creo que, si tuvieras más tiempo libre, serías una de esas superfans. En estas condiciones, es como si… te tomaras lo de ser fan en microdosis.
Arrugué la nariz, sin saber si me gustaba aquella comparación. Claro que, considerando que solía repetir una y otra vez mi lista con todas las canciones de Scarlet en Spotify, tal vez no podía argumentar nada en contra.
—Siendo sincera, esa es una de las razones principales por las que he aceptado el trabajo. Sé cómo arreglar lo que ha pasado.
—Estoy segura de que sí, pero ¿por qué quieres ayudarlo? Si le odias.
Le sonreí con arrogancia y volví a enseñarle la pantalla del teléfono.
—Seis meses de este salario, y creo que podré montar mi propia agencia especializada, tres años antes de lo previsto.
—Cierto —aceptó Sarah—. Bueno, ahora lo entiendo. Vas a trabajar con el Imbécil del Aire como un medio para conseguir un fin.
—Exacto —dije—. Créeme, sé bien lo que estoy haciendo.
Sarah soltó un resoplido.
—Venga ya, créeme.
—Puedo ofrecerte algo mejor todavía.
Sarah se levantó y corrió a su habitación, de la que volvió con una bolsa negra de una tienda de alimentación especializada muy lujosa, cuyo escaparate yo solía admirar cuando tenía un mal día. No podía permitirme nada de lo que vendían, pero las fantasías eran gratis.
—¡Regalos! —exclamó, sentándose en el sofá junto a mí—. Había previsto darte esto la próxima vez que Alan te riñera por algo y necesitaras que te levantara el ánimo, pero como eso ya no va a pasar más, considéralo como un regalo de preparación para enfrentarte al Imbécil.
Me entregó la bolsa, mientras yo la miraba boquiabierta.
—La sal en escamas cuesta sesenta dólares el medio kilo.
—Entonces, menos mal que no te he comprado sal en escamas —respondió ella, señalando la bolsa con un gesto de la cabeza—. Además, es un regalo egoísta, porque yo también me voy a beneficiar.
Por fin, metí la mano en la bolsa y saqué un tarro diminuto y perfecto, color ámbar.
—¡Sarah! ¿Me has comprado la miel de acacia?
—Para cuando decidas usar a Burbujas. ¿Pan de masa madre caliente, con mantequilla salada y miel? ¡Será perfecto! Y ahí dentro hay algo más.
Miré dentro de la bolsa y me quedé de piedra.
—¡Oh, Dios mío! ¿Chocolate negro de Ecuador? ¿Estás de broma? El precio de mercado de esto cambia cada día, ¡como la langosta!
—Estaba de oferta —explicó Sarah—. Además, mi último trabajo de investigación se ha publicado en la Revista occidental de ciencias marinas, y mi departamento me ha pagado una pequeña gratificación, así que he decidido compartir la recompensa con mi persona favorita.
—Hizo una pausa—. Siempre que ella acepte compartir su repostería.
—¿Te han publicado? —chillé—. ¡Enhorabuena, Sarah!
Salté sobre ella y la abracé con fuerza, y ella se echó a reír y me apartó de un manotazo.
—No es para tanto. Solo es una revista regional, pero me vendrá bien en el currículum.
Miré los valiosos ingredientes que tenía delante.
—Entonces, hay que celebrarlo con repostería, sin duda. Burbujas aún no está lista, pero podría hacer algo rico con el chocolate. ¿Qué te parece si hago galletas de caramelo salado y chocolate negro?
—¡Sí! ¡Cuanto antes, por favor! —respondió ella con los ojos muy abiertos.
Estaba cansada, pero la repostería era mi forma favorita de desestresarme, y no pensaba dejar a mi hermana sin dulces. Corrí a mi habitación para cambiarme y me reuní con ella en la cocina.
Sarah sabía que no debía molestarme cuando cocinaba.
Nuestra cocina era absurdamente pequeña y los electrodomésticos ya no estaban en su mejor momento, lo que significaba que, por lo general, me tocaba improvisar y ser muy creativa con mis postres, para compensar cosas como un horno que no calentaba igual por todos los lados, botones tan gastados que sus indicadores casi habían desaparecido, y una nevera que se negaba a cerrar, y cuya puerta requería un golpe de cadera para encajar bien.
Pero, a pesar de todas esas adversidades, yo me apañaba bien.
Levanté la brillante tableta de chocolate para enseñársela a Sarah antes de destruirla.
—Es preciosa, ¿eh?
—Como cualquier tableta de chocolate —respondió, encogiéndose de hombros.
Esa era otra de las muchas diferencias entre nosotras.
Yo sabía apreciar la belleza de los ingredientes que utilizaba, como el rojo brillante de una hebra de azafrán o el aroma de un roux a medida que cogía color, pero Sarah no lo captaba.
Sin embargo, a ella le entusiasmaban los charcos que dejaban las mareas, o los trozos de madera que flotaban a la deriva que, para mí, no eran más que cosas que era mejor evitar cuando se paseaba por la playa.
—Bueno, ¿y cómo lo has visto? —preguntó Sarah.
Se chupó un dedo y recogió con él las virutas de chocolate que se iban acumulando mientras lo troceaba.
—Da igual —respondí con rapidez—. Ahora solo somos compañeros de trabajo.
—No, él es tu jefe —me corrigió ella, antes de meterse el dedo en la boca—. Y también es el tío bueno con el que te enrollaste en vacaciones, así que ahora no me vengas con remilgos. Cuéntamelo. ¿Cómo estaba de bueno?
Hice una pausa y miré a mi hermana con mala cara.
—Mucho. Tan bueno que casi no podía pensar en otra cosa. Pero también se comportó como un capullo con la recepcionista de mi edificio…
—Uf —interrumpió Sarah—. Eso es lo peor. Para mí, eso es imperdonable.
—Exacto. Así que ahora entiendes por qué no me voy a dedicar a babear por él. No tengo tiempo para capullos.
Empecé a picar el chocolate con más vigor, mientras recordaba todo lo ocurrido.
—¿Y él es así de verdad? —preguntó Sarah—. ¿Lo de Aspen era solo una fachada?
Acuchillé el chocolate con más fuerza.
—Sí, eso creo. Tampoco es que, cuando estuvimos allí, fuera un hombre dulce o simpático, pero estaba mucho más relajado de lo que he visto estos días.
Creo que se dejó la sonrisa en Colorado.
Claro, que allí estaba de vacaciones, y es más fácil comportarse como una persona decente cuando uno está descansado.
—Sí, y ser agradable es mucho más difícil cuando uno se ha metido en un incidente diplomático con la novia de América y su ejército va a por ti —añadió Sarah—. Un momento, ¿tenemos que ser compasivas con él?
Hice una mueca, sin dejar de picar el chocolate.
—Para nada. Las circunstancias difíciles no son una excusa para ser desagradable. Uno puede enfrentarse a las adversidades sin dejar de tratar bien a los demás.
—Yo solo digo que, tal vez, la presión está pudiendo con él. —Sara hizo ademán de coger un trozo de chocolate, pero le aparté la mano de un golpe—. ¿Quién sabe? A lo mejor, en el fondo, es un tipo decente.
Lo pensé un momento, mientras recogía los trozos de chocolate de la tabla de cortar y los incorporaba a la masa.
La versión de Harrison Ashford a la que había conocido en Aspen era un hombre único, por el que me había colado desde el momento en que lo vi.
Al principio, había tonteado con él junto a la chimenea por simple diversión.
Era un hombre guapo que se había sentado cerca de mí y me había preguntado si había probado el ponche caliente.
¡Solo era un tonteo! Pensé que se limitaría a ese momento de conexión, y nada más.
No se me ocurrió que nuestros dobles sentidos y juegos de palabras fueran a dar lugar a una semana entera en la suite presidencial con él. Ni que, después de seis días maravillosos juntos, con sus noches, me despertaría una mañana para encontrar que había desaparecido sin ninguna explicación.
¿Era Harrison Ashford un hombre decente? No. Pero me estaba pagando un salario considerable y, con el tiempo, podría ser yo quien desapareciera, al igual que él lo había hecho conmigo.
Desaparecería adentrándome en mi propio futuro feliz, sin que la sombra de un jefe capullo se cerniera sobre mí.