Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 4 Harrison #2
12%

4 Harrison #2

—Eso es porque nunca me habéis dado la oportunidad de hacer nada. Me tratáis como una secretaria glorificada. —Hizo una pausa y miró hacia atrás un momento—. Y ser secretaria no tiene nada de malo, Connie, pero ese no es el trabajo para el que me contrataron.

—Permíteme mejorar la oferta —dije, y propuse un salario que llevó a alguien a mis espaldas a soltar un silbido.

—Eso es ridículo —resopló Alan—. No vale tanto.

Gwen enrojeció y, después de mirar a Alan con desdén, se volvió hacia mí.

—Dóblalo y seré tuya.

Las palabras quedaron en el aire entre nosotros, cargadas de significado. Tenía las mejillas sonrojadas, la barbilla levantada en actitud desafiante y estaba increíble de cojones.

Alan se echó a reír a carcajadas y su grupito de colegas le imitó, como una manada de hienas. Apreté los dientes para no decir algo que pudiera lamentar después. Mis palabras ya me habían metido en líos en otras ocasiones, así que me centré en Gwen.

Nos miramos a los ojos, y solo pensé en sacarla de aquel lugar. El sueldo que estaba pidiendo era absurdo, pero yo estaba desesperado, y ella lo valía. No me cabía la menor duda.

—Hecho —le dije—. Salgamos de aquí.

Me di la vuelta tan rápido que casi choqué con Alan, quien se había acercado a mí sin hacer ruido.

—Harrison, espere. ¡Un momento!

—Aquí ya hemos terminado —dije por encima del hombro, sin detenerme.

Llegué al ascensor y apreté el botón con la impresión de que todo el mundo me estaba mirando. La sensación no me resultaba desconocida, teniendo en cuenta mi posición, pero no estaba acostumbrado a que me mirasen de ese modo.

Todos los allí presentes pensaban que estaba cometiendo un error, pero yo sabía, en el fondo, que tenía razón, y siempre me fiaba de mi instinto.

Sí, las cosas con Gwen no serían fáciles al principio, estaba seguro.

Aquella mujer me irritaba profundamente cada vez que hablábamos, pero sabía muy bien lo que hacía, a diferencia de aquellos charlatanes del piso treinta y dos.

En algún momento, me sobrepondría a mi atracción hacia ella. No tenía otro remedio.

La alternativa, es decir, pasarme cada día luchando contra el ansia de apretarla contra la pared más cercana, no era una opción. Ahora sería su jefe y debía comportarme con profesionalidad. Debía hacerlo, aunque todo lo relacionado con ella me hiciera desear tirar el profesionalismo por la ventana.

Las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse cuando una mano, con las uñas pintadas de color rosa chillón, apareció entre ellas y las obligó a abrirse.

—Hola —dijo Gwen, que entró en el ascensor cargada con un cuaderno, una planta en una maceta y una foto enmarcada.

Me hubiera gustado ver quién era tan importante para ella como para tener su foto en la mesa de trabajo, pero si me movía para tratar de verla, parecería que estaba admirando sus pechos.

Aquellos pechos tan perfectos, redondos y firmes, provistos de unos pezones color rosa, preciosos y muy sensibles.

Recordé la forma en que había arqueado la espalda y gemido cuando me metí uno de ellos en la boca para lamerlo.

El recuerdo fue suficiente para despertar mi polla, que era lo último que necesitaba en ese momento.

Me alejé un poco de ella. A partir de ese momento, debía enterrar la tensión que sentía entre nosotros y concentrarme en el trabajo que teníamos por delante.

—¿Estás bien? —pregunté, sin mirarla.

Ella contestó con un largo suspiro.

—No lo sé. ¿Sí? ¿Tal vez?

—Son unos payasos —dije—. Tenías razón.

—Vaya —resopló ella—. ¿Estás dispuesto a admitirlo? ¿En voz alta?

—Gwen, ya basta —pedí, con un suspiro cansado—. Al menos, intentemos fingir que nos llevamos bien. Ahora estás en mi equipo.

Ella se apoyó contra la pared y me miró.

—Si mis cálculos son correctos, ahora mismo yo dirijo a tu equipo —respondió, petulante.

Tenía razón, pero no pensaba admitirlo.

—Diriges una campaña —corregí.

—Vale, de acuerdo. —Me guiñó un ojo—. Y, a todo esto, ¿cuándo empiezo?

Por fin, me volví para mirarla a los ojos.

—Ahora.

—¿Cómo? ¿Es que quieres que vaya a tu oficina ahora mismo?

—preguntó, pálida—. ¿Tienes un despacho para mí?

¿Los de recursos humanos ya han preparado mi contrato?

—Empezó a caminar de un lado a otro, como si acabara de asimilar la decisión que había tomado: había dimitido en mitad de un día de trabajo, al estilo Jerry Maguire—.

Porque empiezo a preocuparme por si me has hecho dejar mi trabajo como una especie de broma, y empiezo a sentirme un poco…

—Gwen, dame un puto respiro. Para empezar, yo no te he hecho dejar tu trabajo.

Te he hecho una oferta y la has aceptado y, en lo que se refiere a cuándo empiezas, deberías ponerte a preparar tu plan ahora mismo.

Te pagaré el sueldo desde hoy, aunque no empieces oficialmente hasta mañana.

Me aseguraré de que tengas un despacho y un ordenador listos para ti a las nueve.

Eso sí, en cuanto llegues, quiero que acudas a mi despacho para presentarnos tu plan a mí y a mi equipo.

Quiero una presentación completa, con actuaciones concretas, sin ninguna de esas tonterías de relleno que he tenido que aguantar hoy.

Te he contratado con ese salario ridículo porque es posible que seas la única persona capaz de dar la vuelta a lo que se dice sobre mí, así que espero que vengas bien preparada.

Ella se enderezó un poco.

—Oh, no te preocupes, lo haré.

El tono estaba entre una promesa y una amenaza.

¿Dónde diablos me había metido?