Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 4 Harrison
10%

4 Harrison

HARRISON

Maldita sea. ¿Por qué tenía que haber acertado en todo?

Me estaba costando mucho no enfadarme con Alan y su equipo de atontados por hacerme perder el tiempo.

Intenté mantenerme inexpresivo mientras daban su presentación.

Habían perdido demasiado tiempo analizando a los fans de Scarlet hasta el último detalle, lo que resultaba fascinante desde el punto de vista del marketing, pero a mí no me aportaba nada útil.

Parecía que estuvieran intentando ocultar la falta de creatividad de su propuesta con la solidez de su investigación.

—Y ahora vamos a pasar a lo más interesante —me dijo Alan con una sonrisa enorme y brillante.

Se había pasado la presentación exhibiendo sus dientes, lo que me había llevado a la conclusión de que había comprado sus enormes carillas dentales en Temu.

—Queremos grabar la disculpa en algún lugar neutral, como hicieron Bryant y Danielle para su vídeo de disculpa.

Se situaron frente a una pared de su casa sin ningún aspecto distintivo, para no llamar la atención sobre la casa tan increíble que tienen.

—Alan se volvió hacia sus colegas—. Nosotros estábamos justo fuera del plano. Es una casa espectacular, ¿verdad?

Tres de los hombres del grupo, con pinta de pertenecer a una fraternidad, asintieron al unísono.

—Así que eso haremos —continuó Alan—. Buscaremos un lugar de su mansión que le haga parecer menos…

—Ashford —intervino uno de sus colegas, con una risa cómplice.

—¡Exacto! —corroboró Alan.

Me revolví en mi asiento, pero mantuve la boca cerrada.

—Y, por supuesto, de fondo se escuchará una canción de Scarlet —dijo Alan—. Estábamos pensando en Tiempos felices. ¿Verdad? ¿Se llama así?

—Se llama Feliz de nuevo —respondí malhumorado, al ver que todo se estaba desarrollando exactamente como había predicho Gwen.

Alan levantó una ceja y me apuntó con un dedo acusador.

—Vaya, ¡está usted hecho todo un Rushie! Eso les va a encantar a los fans. Bien, entonces la canción sonará de fondo, redactaremos lo que vaya a decir y, esto es importante… Sé que es mucho pedir, pero supondrá una gran diferencia. —Hizo una pausa—. Se pondrá una tiara.

—Sí. —Uno de los de la fraternidad levantó un puño en el aire, como si fuera la primera vez que escuchaba esa idea.

Alan siguió hablando, antes de que yo pudiera intervenir.

—Y hay algo más que creemos que impactará mucho a los fans.

—Un baile —dije, sin entonación alguna.

—¡Pues claro! —respondió él, en una exclamación entusiasmada—.

¡Ya lo ha pillado! Una de las chicas de la oficina le enseñará uno de esos bailes virales de TikTok para que lo haga al final del vídeo.

¡Los Rushies fliparán con eso! Parece que ya está de acuerdo con la idea, así que vamos a pasar a los tiempos.

—Desde que he llegado, no he hecho más que escucharle hablar —repuse—.

Se suponía que esta sería una primera reunión para tomar contacto, ver con qué concepto me sentiría cómodo y determinar lo que encaja con mi marca.

Pero ¿saben una cosa? Podría haber pasado por alto que hayan ignorado todo eso, si hubieran acertado con lo que esperan los Rushies, pero tampoco han dado una en ese aspecto.

Todo lo que han propuesto no es más que basura.

Él se había quedado boquiabierto.

—Está de broma.

—En absoluto —respondí, y me incliné hacia delante en mi asiento—.

Le voy a explicar por qué todo lo que ha propuesto sería un desastre.

Un mensaje que no es una disculpa es mucho peor que no disculparse, porque no asume ninguna responsabilidad.

La canción que ha elegido básicamente dice que Scarlet querría ver muerto a su ex, así que, si la utilizo, los fans se burlarán de mí todavía más.

Si me pongo una tiara, cabrearé a todos los fans gais. Y, por último: Yo. No. Bailo.

En el silencio que se hizo cuando terminé de hablar, se habría oído caer una aguja. El equipo de McPherson se quedó mirándome atónito.

—Yo creo que… —empezó Alan, muy azorado—. Harrison, me parece que lo está enfocando de forma incorrecta. En este tipo de situación, lo mejor que puede hacer es seguir el consejo de un grupo de gente que conoce bien el juego.

—Cree que no entiendo el juego, ¿eh? —pregunté, poniéndome en pie—. El problema no soy yo, son ustedes.

Me dirigí a la puerta a grandes pasos.

—Un momento, ¿a dónde va? ¿Qué quiere decir? —preguntó Alan, que había corrido tras de mí.

Abrí la puerta de un tirón, me detuve y miré a los presentes.

—¿Dónde se sienta Gwen Ackland?

Una mujer, muy nerviosa, señaló una fila de cubículos a la vuelta de la esquina. Me dirigí en esa dirección.

—¡Gwen! —grité—. ¿Dónde estás?

Su cabeza asomó por encima de uno de los cubículos, como la de un animalito.

—¿Aquí?

Me dirigí hacia ella a toda prisa, mientras Alan seguía corriendo tras de mí.

—La quiero a ella —le dije.

—Quiere a… ¿Gwen? —preguntó Alan, en el mismo tono que habría usado si hubiera propuesto contratar al responsable de un puesto de perritos callejero.

—¿Me quieres a mí? —repitió ella.

Sí, la quería, y en más de un sentido, si era sincero. Gwen estaba increíble con su elegante vestido negro y el pelo recogido en uno de esos moños que parecían franceses, y que hacía que mis manos ansiaran deshacerlo. Y esas curvas…

Tuve que hacer un esfuerzo por mantener los ojos en su cara, porque habría podido mirar sus curvas durante horas.

Como antes. Sabía que, por increíbles que parecieran, eso no era nada comparado con sentirlas moverse debajo de mí.

Recordaba el tacto de su piel de terciopelo bajo mis dedos, y lo sencillo que era hacerla gemir de placer.

Y aquella boca tan bonita, esos labios carnosos, que había tenido la suerte de observar mientras devoraban mi…

—¿Por qué ella? —exigió Alan—. No está cualificada para resolver un problema como el suyo.

Me aclaré la garganta y me obligué a centrarme en la discusión que se estaba preparando.

—Porque la señorita Ackland conoce bien a los Rushies, y sabe cómo piensan. No creo que un grupo de hombres pueda tomar el pulso a un grupo de fans mayoritariamente femenino.

—Bueno, podríamos incluir a Gwen en el equipo —ofreció Alan esperanzado.

—No —respondí, sacudiendo la cabeza—. Si ella no lidera el proyecto, no seguimos adelante.

Gwen se me quedó mirando, atónita y sin decir palabra.

Ella no había pedido ese nivel de atención, pero había conseguido el trabajo sin pedirlo cuando me había informado de los hechos en el ascensor.

En tan solo dos minutos, había demostrado comprender la situación y a los fans mucho mejor que Alan con su presentación interminable.

El instinto me decía que trabajar con Gwen me sacaría de aquella pesadilla.

—Vamos, Harrison, eso es imposible. Al margen de sus… encantos, Gwen no es capaz de llevar un proyecto tan importante como el suyo, pero la incluiremos en el equipo y la mantendremos al tanto de la dirección a seguir.

—La dirección equivocada —dijo Gwen por lo bajo, pero de un modo que me permitiera escucharlo.

Por fin, conseguí apartar la vista de Gwen y mirar a Alan.

—Entonces, ¿no está dispuesto a plantearse otro tipo de estrategia para la campaña?

Él abrió mucho los ojos y tartamudeó durante unos segundos, antes de reponerse.

—Estamos seguros de que el plan que hemos expuesto es el adecuado. Además, no nos podemos permitir el lujo de perder tiempo en preparar uno nuevo. —Su expresión se oscureció—. Su situación es bastante jodida, Harrison. Hay que actuar con rapidez.

Si había pensado que ponerse duro me haría cambiar de opinión, se equivocaba de pleno. Su trabajo era sacarme de aquel lío, no recordarme que estaba de mierda hasta el cuello, como si fuera a tomar la decisión solo por desesperación.

—¿Gwen? ¿Cuánto crees que tardarías en preparar un plan más adecuado para mí? —pregunté, ignorando a Alan y su equipo.

—Ya lo he hecho.

—¿Perdona? —preguntó Alan, acercándose a ella—. ¿Qué quieres decir? ¿Has estado usando los recursos de la empresa para tu propio trabajo personal?

Gwen suspiró y miró al techo un momento.

—Está en mi cabeza. A eso es a lo que me dedico, Alan.

Analizo los problemas a los que se enfrentan nuestros clientes y busco mi propia solución para resolverlos.

A veces coincide con los planes de McPherson pero, por lo general, tomo un camino distinto.

—Se encogió de hombros—. Y, en este caso, no estamos ni en la misma ciudad.

—Muy bien —respondí, asintiendo—. ¿Crees que podrías poner tu plan en práctica de inmediato?

—Claro —respondió ella, aún con precaución, como si estuviera esperando un golpe final.

—De acuerdo, entonces —dije—. Ven a trabajar para mí.

Se escuchó un murmullo colectivo a nuestro alrededor porque, para entonces, toda la oficina estaba pendiente de lo que, sin duda, ya era la reunión más escandalosa de la historia de la empresa.

—¿Qué? —gritaron Alan y Gwen al unísono, en dos tonos muy diferentes.

—Te quiero a ti —dije a Gwen, ignorando el posible doble sentido—.

Tú comprendes lo que quieren los Rushies, y me has señalado los errores en el proyecto de McPherson, por no hablar de que necesito ayuda inmediata y tú estás lista para empezar.

Deja esta empresa, ven a trabajar para mí y ayúdame a acabar con esta pesadilla.

Todo el mundo se volvió a mirar a Gwen, esperando a que dijera algo.

—No está cualificada —repitió Alan en tono cortante—, ni de lejos. Por eso no estaba en el equipo. Gwen está justo por encima de un becario, ni en broma sería capaz de ocuparse de una campaña tan importante como la suya.

—Perdona, ¿qué me acabas de llamar? ¿Becaria? ¿Sabes para quién trabajaba antes, y cuánto tiempo llevo en este sector?

—Sí, y nada de lo que has hecho hasta ahora para nosotros ha tenido ninguna relevancia —respondió Alan, despectivo.

Gwen se acercó a él enfadada y, por un momento, pensé que iba a darle un puñetazo.