3 Gwen
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GWEN
Mi padre y yo solíamos enviarnos mensajes por la mañana, mientras iba de camino al trabajo.
Yo lo había convertido en un juego, y me dedicaba a buscar memes ridículos sobre béisbol para enviárselos y hacerle reír.
Él había sido jugador profesional y se había retirado cuando yo era un bebé, pero el béisbol seguía siendo una parte importante de su vida.
¡Qué gracioso!, respondió, en referencia a un meme que le había enviado, en el que las mascotas de los equipos hacían break dance, y que no había entendido. ¿Estás bien?
Me detuve junto al edificio donde estaba mi oficina, pensando en cómo responder a su pregunta.
¿Estaba bien? No, para nada. El trabajo era un asco, mi vida social era inexistente, y no había nada que me hiciera ilusión, salvo ver cómo crecía Burbujas, mi cultivo de masa madre.
Pero no podía dejar que mi padre supiera nada de eso.
Le había ido bastante bien durante los últimos años, pero evitar causarle estrés se había convertido ya en una costumbre.
¡Todo genial!, contesté. Acabo de tener dos reuniones importantes, una en Denver y otra en Las Vegas.
Estamos a punto de que nos contrate ese jugador de videojuegos que soltó un discurso sobre que los hombres eran genéticamente superiores a las mujeres.
Es un pedazo de capullo, pero supone una oportunidad estupenda para mí.
Lo cierto era que mis jefes habían insistido en firmar con él, y la única razón por la que me enviaron a mí fue que a aquel individuo le engordaba el ego pensar que había obligado a una mujer a desplazarse hasta Las Vegas para hacerle la pelota.
Pero ni en broma me permitirían a mí llevar esa cuenta.
Claro, que yo tampoco la quería, pero no estaría mal que mi jefe viera hasta qué punto era capaz de encargarme de los aspectos claves de mi trabajo.
Alan no tenía ningún problema en asignarme tareas de investigación y funciones administrativas, pero, en cuanto el cliente firmara, esperarían que me quitara de en medio y les dejara llevarlo a ellos.
¡Me alegro por ti, cariño! Ya era hora de que empezaran a apreciar tu trabajo.
Cómo deseaba que fuera verdad. Maldición, echaba de menos trabajar para gente que respetara mi trabajo de verdad.
Sin embargo, no me había sido posible seguir con mi trabajo anterior.
Mi jefe en Bryant lo entendía.
—Esto, también necesito hacerle una foto, para la tarjeta de acceso —dijo con cautela, mientras empujaba su identificación hacia él por encima del mostrador—. Por favor, sitúese delante de esta cámara —señaló con un gesto.
—Acaba de tener mi identificación en la mano —espetó Harrison—. Sabe que soy quien digo ser, y esto no es el Pentágono. ¿A qué viene tanta seguridad?
—¿En serio la vas a culpar a ella por la seguridad del edificio? —pregunté, señalando a la recepcionista, encogida en su silla—. Solo está haciendo su trabajo, deja que te haga la maldita foto.
—Es la política —repitió ella con timidez—. Sitúese dentro del cuadrado rojo que hay en el suelo.
Harrison soltó un suspiro profundo y se dirigió al lugar indicado.
—¡Sonríe! —le indiqué con alegría.
Él me miró con desprecio justo cuando se disparó la cámara, que le pilló básicamente gruñendo.
—Solo un segundo más —dijo la recepcionista, antes de sacar la tarjeta de la impresora y ponerle una pinza—. Por favor, no se la quite mientras esté en el edificio.
Me incliné para mirar la foto cuando ella se la entregó y me eché a reír, tan fuerte que resonó por todo el vestíbulo. La imagen era borrosa, en blanco y negro, y le hacía parecer un salvaje.
—Ay, Dios mío, es una foto increíble —dije, sin dejar de reír—. ¡Bien hecho! Cuando termines con la tarjeta, ¿podrías dármela? Me vendrá bien para asustar a niños y animales pequeños.
Y también podría usarla como sustituto de una ducha fría, sin necesidad de mojarme. La recepcionista me guiñó un ojo.
—Señor Ashford, tiene que subir al piso treinta y dos.
Él hizo una mueca al ver la tarjeta.
—Parece que tendremos que subir juntos —dije por encima del hombro, mientras empezaba a alejarme—. A menos que quieras quedarte aquí abajo y hacerte otra foto para tu álbum de modelo.
Escuché los gruñidos de Harrison mientras me seguía hacia los ascensores. En cuanto entramos en uno y las puertas se cerraron, él se arrancó la tarjeta de un tirón y se la metió en el bolsillo.
—Oh, oh —le reprendí—. No puedes quitártela.
—Y tú tienes que dejar de hablar —replicó, mirándome enfadado—. ¿También voy a tener que aguantarte en la reunión?
Me encogí de hombros solo para fastidiarlo. Yo ya sabía que la respuesta era no, pero ¿por qué no iba a estresarlo todo el tiempo que pudiera? Claro, que también sabía que la única persona de nuestra empresa capaz de ayudarlo era yo misma. Eso me permitía aprovechar la situación.
—Antes de entrar, quiero que entiendas que todo lo que te propongan será una mala idea.
—¿Por qué dices eso? —preguntó, confuso.
—Esta empresa la llevan hombres, y eso está muy bien para los deportistas y los clientes corporativos, pero tu situación requiere un planteamiento diferente.
—¿Sabes lo que están planeando?
—Oficialmente, no —resoplé—. Mis jefes pensarán que estás por encima de mis responsabilidades, pero te apuesto mil pavos a que Alan te estará esperando en la recepción, ataviado con una corbata de Hermès con dibujos de aviones, porque esa es la clase de peloteo que él considera sutil y encantadora.
Luego sugerirá que hagas un vídeo para las redes sociales con una disculpa genérica, basado en un guion escrito con mucho cuidado para asegurar que no te disculpas de verdad.
Es probable que sugiera que suene una canción de Scarlet de fondo. Y te hará ponerte una tiara.
—¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó con un respingo.
—¿Es que no lo sabes? —pregunté, incrédula—.
Ese es el accesorio característico de Scarlet, y todas sus fans la llevan.
Tiene una canción que se llama Ponte la corona, ¿no te suena?
—Hice una pausa, mientras él me miraba como si hablase otro idioma—.
Una reina no se desmorona; levanta la cabeza y se pone la corona —canté.
A medida que subíamos, el ascensor me empezaba a parecer más pequeño.
La presencia de Harrison llenaba la cabina de un modo que me hacía percibirlo todo con mayor intensidad: mi voz estúpida, la forma en que él giraba los hombros cuando estaba enfadado, cómo se le habían oscurecido los ojos cuando canté aquel verso.
Me fijé en que tenía la vista clavada en su boca y me obligué a apartar la mirada.
Por un instante, su expresión se relajó y dejó de reflejar odio, y luego volvió a reflejar desprecio.
—Nunca la había oído.
—Ya se nota —respondí con desdén—, y por esa razón te has metido en este lío.
El caso es que, si les haces caso, te saldrá el tiro por la culata, sin ninguna duda.
Los fans se darán cuenta de que no te estás disculpando; sobre todo porque cualquier canción que elijan Alan y su equipo como música de fondo, casi seguro que será la canción equivocada.
La mayoría tienen doble significado, así que, si eligen algo como Feliz de nuevo, que parece perfecta a juzgar por el título, será un fracaso, porque habla de lo feliz que sería ella si su ex desapareciera del mapa.
Agité la mano en un gesto despectivo y continué hablando.
—Y lo de la tiara es peor. Los Rushies masculinos hetero no se la ponen, porque parecería una apropiación y una burla a los fans gais.
Los fans masculinos hetero saben que la forma de mostrar su apoyo es con gorras planas, como los bailarines que salen en Arreglada para ti.
Ah, y hablando de bailarines, apuesto a que te van a proponer que, al final del vídeo, hagas el baile de TikTok de Melocotones, o el de Sorpresa solitaria.
—Has dicho que no eras una fan, pero lo disimulas bien…
—He dicho que no era una Rushie, no que no sea fan —repuse.
El nivel de implicación necesario para ser un Rushie requería todo el tiempo del mundo, y yo no comprendía cómo ellos encontraban el momento de hacer cualquier otra cosa.
Cuando llegamos a nuestra planta, Alan y su equipo estaban reunidos en el vestíbulo, como yo había predicho, ya preparados. Ni siquiera se molestaron en saludarme, fueron directos a hacer la pelota al Aviador.
Harrison estrechó la mano de Alan y me lanzó una última mirada antes de que me dirigiera a mi puesto.
—Hermès —murmuró, en un tono que sonó impresionado a su pesar.
Yo me volví y le sonreí mientras caminaba de espaldas, imitando el gesto de ponerme una corona en la cabeza.