Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 2 Harrison #2
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2 Harrison #2

Cuando se marchó, inspiré hondo y deseé tener que resolver un millón de problemas administrativos, un millón de cosas sencillas que pudiera arreglar y no requirieran conocimientos de relaciones públicas, ni hacer las paces con gente a la que no conocía.

Quería algo que me recordara lo bien que se me daba mi trabajo, y no enfrentarme a aquel problema, que me obligaba a pensar en todas las personas a las que estaba decepcionando.

Mis empleados, que esperaba que se sintieran orgullosos de mi trabajo.

Mi padre, presidente de nuestra empresa matriz, Ashford Corporation, que había creído en mí tanto como para permitirme fundar Ashford Jets y dejarme a cargo de la empresa.

Mis hermanos, que dirigían otras divisiones del negocio familiar y a quienes había salpicado el escándalo que yo había atraído sobre nuestra marca.

Y mi madre, a quien, aunque ya no estaba con nosotros, podía imaginar suspirando y diciendo: «Cariño, te quiero muchísimo, pero el amor no es ciego, y es evidente para todos que has metido la pata, ¿no crees?».

Sí, mamá. Soy consciente de que la he cagado, y este no es el tipo de problema que sepa resolver yo solo.

Por lo general, suelo controlar mis emociones, hasta el punto de que la gente me considera frío, y eso no me supone ningún problema.

Lo único que me importa es mi empresa, y eso me deja muy poco tiempo para nada más.

Por eso es tan irónico que todo este escándalo se deba a que perdí los estribos una vez y no tuve el sentido común como para mantener la boca cerrada.

Volví al presente al escuchar una serie de notificaciones en Slack que me recordaron que, además de lidiar con el problema de relaciones públicas en el que estábamos metidos, también tenía que dirigir una empresa.

Justo cuando iba a ponerme a ello sonó mi teléfono con una llamada de mi hermano mediano, Drew.

No solíamos hablar mucho, pero en las últimas semanas habíamos estado en contacto más a menudo de lo habitual para planear una fiesta sorpresa por el sesenta cumpleaños de nuestro padre, que se celebraría en el hotel que Ashford Resorts tenía en Carmel.

—Hola Drew —saludé al contestar—. Deja que lo adivine: se ha enterado de que le estamos preparando una fiesta.

—Por suerte, aún no tiene ni idea —respondió Drew riendo—, pero creo que nos lo acabará sacando a alguno de nosotros. ¿Y quién es el que tiene más papeletas?

—Logan —respondí, a la vez que él.

Nuestro hermano pequeño era tan despiadado como nosotros dos, pero, en la familia, siempre lo habíamos considerado el rebelde.

—Bueno, ¿qué pasa? —pregunté—. No tengo mucho tiempo, estoy bastante liado.

—Sí, cualquiera que esté en las redes se habrá dado cuenta de eso —respondió Drew con sequedad—. ¿Qué piensas hacer? Porque la mala prensa está poniendo nerviosa a mucha gente.

Hice girar mi silla para mirar el cuadro del océano que tenía colgado en la pared, en un breve instante de meditación.

—Estoy en ello —aseguré—. Denise está buscando empresas de relaciones públicas.

—Bien. Hay que acabar con todo eso ya.

—Drew —suspiré—. Eso ya lo sé, así que déjalo, y dime qué quieres.

—Vale, vale. Bueno, necesitamos una buena razón para llevar a papá al hotel para la fiesta. Está en una de sus fases de mal humor y se resiste a ir de un lado a otro.

Los dos consideramos aquello en silencio durante un instante.

—No le culpo —respondí al fin—. Es una edad significativa, y seguramente, está recordando su cincuenta cumpleaños…

—Sí, esa fue una noche perfecta —comentó Drew en voz más baja—. Mamá la planeó hasta el último detalle.

El corazón se me encogió al recordar a mis padres abrazándose después de brindar con champán, mientras nosotros tres los rodeábamos. Cuánto la echaba de menos.

—¿Quieres que hable con él? —pregunté.

Como era el mayor, me solía tocar tener las conversaciones difíciles, aunque Drew y mi padre tenían un lazo más estrecho.

Me daba cierta envidia, desde luego, pero lo atribuía a que era Drew quien se había hecho cargo de la división hotelera.

A mí nunca me había atraído esa parte del negocio y había optado por abrir mi propio camino en la aviación.

Mi padre apreciaba todo lo que había logrado por mi cuenta, pero tenía debilidad por la parte de la empresa que era el negocio central de la marca Ashford.

Y eso hacía que también tuviera debilidad por Drew.

—No creo que hayamos llegado a ese punto todavía, pero podrías empezar a dejar caer pistas de que vamos a ir allí. Tenemos tiempo para que se haga a la idea, solo quería que lo supieras.

—Gracias por tenerme informado. Haré lo que pueda. ¿Tú estás bien?

—Aparte de tener que hacerme cargo de la dichosa fiesta, sí. Todo bien.

El instinto fraternal me dijo que ese era un buen momento para tomarle un poco el pelo.

Tal vez con su vida amorosa, pero no tenía ni idea de si estaba saliendo con alguien.

Echaba de menos cómo éramos antes: nunca fuimos la clase de hermanos que se llama todos los días, pero solíamos estar en contacto con más frecuencia.

Tal vez la fiesta nos diera la oportunidad de volver a conectar.

—Verás como merece la pena. Y, bueno, tienes a Brian para que te ayude con los detalles —le recordé, refiriéndome a su organizador de eventos principal—. Le pagas bastante, deja que se encargue él.

—Solo quiero que todo salga perfecto —dijo Drew, y supe a qué se refería.

Todos queríamos celebrar a nuestro padre de la misma forma maravillosa en que lo había hecho nuestra madre.

Mi teléfono vibró al recibir otra llamada.

—Oye, Drew, te tengo que dejar. Gracias por ponerme al corriente.

—Sin problema. Ya hablaremos. Cuídate.

Terminé la llamada con Drew y respondí la siguiente, que tampoco era de trabajo. A ese paso no me iba a marchar nunca del despacho.

—Más te vale que sea importante —dije al responder.

—Tío —empezó mi amigo Kevin—. ¿Qué pasa contigo, hombre?

—Todo —respondí, nervioso por estar perdiendo el tiempo—. ¿Qué pasa?

—Joder, gruñes más de lo habitual —rio él—. ¿Tienes dos minutos para algo que no sea el trabajo?

Kevin era mi amigo más antiguo, lo que él se tomaba como un derecho a decirme a las claras lo que pensaba de mí.

Y lo cierto era que tenía razón. Era la persona en la que más confiaba, y en buena medida se debía a que sabía que siempre sería directo conmigo.

El resto era consecuencia de que, literalmente, cuando cumplí los dieciocho me había regalado la libertad, al tomarme bajo su protección y enseñarme a ser piloto.

Solo tenía un par de años más que yo, pero, en algunos aspectos, tenía una vida entera de experiencia más, y también era la persona más feliz que conocía.

—Sí, cómo no —suspiré—. Cuéntame.

—Adivina quién está hecho un machote.

—¿Eh?

—Sé que tú eres de los que lo planean todo y hacen las cosas bien y en el momento oportuno; pero, a veces, la vida le da a uno lo que necesita, justo en el momento adecuado.

Tenía la sensación de que me había perdido cinco minutos de conversación, porque no encontraba el sentido de nada de lo que decía.

—Kev, ¿de qué estás hablando?

—¡Sydney está embarazada!

Eso eran… ¿buenas noticias? Desde luego, sonaba muy contento, pero Sydney y él solo llevaban dos años casados y él me había dicho en alguna ocasión que aún no estaban dispuestos a empezar una familia.

La pequeña escuela de vuelo de Kevin les daba lo suficiente para vivir, pero añadir a una persona más a la ecuación parecía arriesgado.

—Vaya, eso es… increíble.

Mi cerebro, muy analítico, se había puesto a calcular las implicaciones logísticas de su nueva situación al momento. Si no lo habían planeado, ¿estarían preparados de verdad?

—Aún no lo puedo creer. Hemos hecho un montón de pruebas, todas positivas. ¡Estoy la hostia de emocionado con ser padre! ¿Te lo imaginas? Tendré mi propio bebé Maverick.

—Podría ser una niña, ¿sabes? —sugerí, dejando a un lado mis preocupaciones.

—¡Lo sé! —respondió, muy animado—. Sea lo que sea, ¡vamos a tener un bebé, maldita sea! Syd va a ser la mejor madre del mundo.

—Y tú, un padre estupendo —le aseguré—. Será un niño con suerte. Enhorabuena.

—Muchas gracias, tío. A lo mejor, ahora se te pega la fiebre del bebé a ti también.

—Oh, no, gracias —reí—. Estoy muy bien así.

—¡Nunca se sabe! —respondió Kevin con su optimismo habitual—. Bueno, quería que fueras el primero en saberlo.

—Te lo agradezco mucho —dije, mirando al vacío—. Dale un beso a Sydney de mi parte.

Tan pronto como colgamos, envié un mensaje a Susan para que les enviara unas flores de felicitación.

Mi papel era alegrarme por la feliz noticia, no estresarme por las dificultades a las que se enfrentarían después.

Así funcionaban las cosas: cuando todo iba bien, cuando uno se relajaba y pensaba que la vida era fácil y sencilla, justo entonces se fastidiaba todo.

Al menos, así me habían ido las cosas a mí.

Como esa mañana, cuando me encontré con Gwen en el aeropuerto.

Había asumido que no volvería a verla nunca más, a pesar de la conexión increíble que habíamos establecido; pero, a juzgar por cómo había reaccionado ella al verme, seguramente habría sido mejor no volverla a ver.

A eso me refería. No importaba lo perfecto que hubiera sido nuestro tiempo juntos, o lo increíble que me pareciera como persona. Las relaciones fracasaban siempre, y era mejor pasar página.

Aunque, si era así, ¿por qué seguía soñando despierto con aquella preciosa mujer, que parecía odiar todo lo relacionado conmigo?