Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1) 2 Harrison
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HARRISON

Deseé que todos los problemas fueran tan sencillos de resolver como el asunto de personal que me había llevado al aeropuerto de Los Ángeles.

Ashford Jets había contratado no hacía mucho a una persona para servir de contacto con el personal del aeropuerto pero, cuando intentó organizar con ellos nuestro ejercicio trimestral de preparación para emergencias, no había logrado obtener ninguna respuesta.

La seguridad de nuestros vuelos era nuestra prioridad principal y, por ese motivo, mi empresa triplicaba los estándares de seguridad del sector en todos los aspectos.

No estaba dispuesto a correr el menor riesgo, aunque ello me obligara a ir al aeropuerto en persona para resolver el problema.

Por supuesto, en cuanto me presenté en el aeropuerto, el director de operaciones me recibió como por arte de magia y se aseguró de que recibiera toda la atención necesaria.

El asunto se resolvió con rapidez y, en menos de una hora, estuve de vuelta en mi despacho, con la satisfacción de haber resuelto otro problema con decisión.

Aunque no me gustaba hacer valer mi posición de autoridad, no estaba dispuesto a tomar atajos en lo referente a hacer las cosas bien.

Y ese era el motivo por el que aquella disputa con Scarlet Rush estaba resultando una pesadilla.

Suspiré al dirigirme a mi despacho, dedicando sonrisas fingidas a las personas con las que me cruzaba. En los últimos tiempos, mi vida entera era una pesadilla, lo que me había quedado aún más claro al encontrarme con Gwen.

Tal vez pudiera admitir que tenía cierto derecho a estar enfadada conmigo, pero eso no hizo que me resultara más sencillo enfrentarme a su ira.

Era muy posible que hubiera debido ser más racional en aquella situación y evitar provocarla, pero no lamentaba en absoluto lo que había hecho; ni siquiera un poco.

Si ella estaba dispuesta a clavarme sus garras, pensaba contraatacar.

Esa era mi forma de actuar, para bien o para mal.

—Ahí estás.

Me detuve en seco al ver a Susan y Denise esperándome en la puerta de mi despacho.

Había contratado a Susan como mi asistente cuando empecé a trabajar en Ashford Jets, y ella no tardó mucho en convertirse en la persona más importante de la empresa.

Siendo sincero, ella era mucho más importante que yo mismo, y lo sabía muy bien.

Por suerte, teníamos una excelente relación de trabajo, a pesar de su tendencia a aprovechar nuestra diferencia de edad y comportarse como una madre un tanto entrometida.

Siempre se burlaba de mí diciendo que le había ocasionado más problemas que sus propios hijos.

Denise era nuestra directora de marketing y la mejor amiga de Susan en el trabajo. Juntas acumulaban más poder que un gobierno y, a juzgar por la expresión de Denise en ese momento, no habían venido a contarme cotilleos de la oficina. La cara de Denise presagiaba malas noticias.

—¿Qué hay? —pregunté al pasar junto a ellas—. Susan, tú llevas mi agenda, sabías muy bien dónde estaba.

—Sigo pensando que deberías haber enviado a Mark, en lugar de ir tú mismo —respondió ella, altanera—. Tu personal está más que capacitado para lidiar con problemas de organización en los aeropuertos.

—Pero a mí me gusta resolverlos por mí mismo —respondí por encima de mi hombro, sabiendo que me habrían seguido al interior del despacho—. Una simple discusión cara a cara y ¡bam! Problema resuelto.

—Ya, bueno, esa no es siempre la solución —repuso Denise en tono arisco—. Tenemos que hablar.

Yo no estaba de humor para enfrentarme a su actitud pesimista.

—Me gustaría mucho, pero tengo que…

—No, no tienes —interrumpió Susan—. He cambiado tu siguiente reunión para que podáis hablar.

—¿Tan mal está la cosa? —Me había detenido, con una mano en el respaldo de mi silla.

Denise había apretado los labios. Con su chaqueta de traje y pelo corto, parecía una presentadora del telediario a punto de informar sobre un choque de trenes, que era en lo que mi vida parecía haberse convertido en los últimos tiempos.

—Sí. El asunto está yendo a peor.

El dolor de cabeza por tensión que me había estado amenazando se instaló definitivamente detrás de mis ojos.

—De acuerdo. Siéntate.

—Si necesitas refuerzos, avísame —dijo Susan a Denise en tono de conspiración, antes de salir.

—Bueno, ¿qué pasa? —pregunté cuando la puerta se cerró tras Susan.

—Son los Rushies, que no se rinden. Nuestra estrategia de esperar a que se calmen no está dando resultado.

—Joder. —Cerré los ojos y me apoyé en el respaldo de la silla.

—Son muy creativos —explicó Denise, sin apenas disimular su admiración por los adolescentes que se dedicaban a atacar mi empresa en las redes sociales con el equivalente verbal de palos y piedras—.

Están reescribiendo las letras de las canciones de un modo que hace que Ashford Jets parezca el novio malvado.

A Scarlet le han gustado unas cuantas, y se han hecho supervirales.

En el Weekend Update de Saturday Night Live estuvieron bromeando sobre todo el tema.

Te has convertido en una etiqueta, Harrison.

Al algoritmo de TikTok le encanta el drama, y gracias a la fama de Scarlet y al amor de la generación Z por los memes, esto no se va a acabar pronto.

Había dado por hecho que el escándalo no tardaría en disiparse, teniendo en cuenta la capacidad de atención de internet. Después de todo, tampoco era que yo me hubiera enfrentado con la estrella del pop número uno del planeta a propósito.

Un periodista me había pillado con la guardia baja al salir de un juzgado, donde había cerrado por fin un capítulo muy lamentable de mi vida al firmar el acuerdo de divorcio que mi ex, Miranda, había estado utilizando contra mí durante dos años muy largos.

No había lamentado demasiado el final de nuestra relación, que había terminado mucho antes de firmar aquel acuerdo, pero me había fastidiado a más no poder que alargara la disputa sin ningún motivo aparente, aparte de amargarme la vida.

Si ese había sido su objetivo, le había salido la hostia de bien.

Incluso al margen de sus tonterías y rencores, la firma del acuerdo me había recordado lo que nos había hecho tomar la decisión de casarnos, y lo distinta que era mi vida en esos momentos.

El proceso me había dejado dolorido y vulnerable, y lo último que me apetecía era que me pusieran un micrófono en la cara nada más terminarlo.

La ruptura de mi matrimonio no era un asunto de interés público, y odiaba hablar del tema.

Cuando aquel periodista me preguntó mi opinión sobre los comentarios que Scarlet Rush había hecho recientemente sobre la mala experiencia que había tenido con Ashford Jets, perdí los papeles.

Fue como si lo viera todo rojo. Me negué a ver los vídeos de la escena en las escaleras del juzgado, pero recordaba muy bien que había utilizado las expresiones «niñata estúpida» y «princesa malcriada».

En mi defensa, cualquier persona con un mínimo de inteligencia comprendería que Ashford Jets no tenía la culpa de que Scarlet no se hubiera presentado en un evento para sus fans en Colorado.

Su asistente la había enviado al hangar equivocado y, cuando ella no llegó a la hora en que estaba programada la salida del vuelo, sin llamar para avisarnos, habíamos puesto el avión a disposición de uno de nuestros clientes habituales, que había tenido una emergencia de último minuto.

Scarlet había aparecido una hora más tarde y, aunque los empleados dijeron que ella había sido muy agradable, sus asistentes se comportaron como perros rabiosos y se volvieron locos cuando comprendieron que sería imposible que llegara al evento.

Ella se conectó en directo desde nuestro hangar, identificado de un modo muy visible con el logo de Ashford en la pared a su espalda, e hizo una broma sobre cambiar el nombre de la empresa a Asco-ford.

Los fans que habían pagado por asistir al evento habían estado más que dispuestos a dirigir su ira contra mi empresa, pero tampoco había sido para tanto…

Hasta que se publicaron las imágenes de mi estallido en las escaleras del juzgado. Entonces sí que se montó un escándalo.

¿Quién hubiera dicho que las adolescentes pudieran ser tan peligrosas? La reputación de mi empresa estaba por los suelos, y eso estaba teniendo consecuencias muy reales y desafortunadas para el precio de nuestras acciones y nuestros acuerdos de negocio.

—Entonces, ¿qué hacemos? —pregunté a Denise, mientras me masajeaba las sienes.

—Nosotros no podemos hacer nada más. Necesitamos ayuda de profesionales, cuanto antes. Creo que deberíamos contratar a una empresa de relaciones públicas especializada en la gestión de crisis.

—Vale, de acuerdo. Lo que haga falta —respondí con rapidez—. Busca unas cuantas y preséntame las tres mejor valoradas para que hable con ellos. Quiero a los mejores. Necesitamos parar esta hemorragia.

—Me alegro de que estés de acuerdo —dijo Denise.

Con mucha sensatez, se contuvo para no recordarme que lo de esperar a que pasara el temporal había sido idea mía.

—Tendré listas las opciones para mañana a última hora —terminó Denise, antes de dirigirse a la puerta con la vista clavada en su teléfono.